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8 min
El hombre oscuro (VII parte)
Fantasía |
06.05.15
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Sinopsis

Llegamos al final de la historia de Isabella. Espero que os sorprenda como les ha pasado a los que ya lo han leído. Todas las opiniones serán bien recibidas.

Isabella sintió el frío que calaba hasta los huesos. Esa fue la primera sensación física y no la más desagradable. Era el comienzo de lo que había de venir. De repente, sin saber cómo, se vio derribada en el suelo, retorciéndose de dolor, como si en su cuerpo se clavasen cientos de cuchillas minúsculas, que penetrasen en cada uno de sus músculos impidiéndole el movimiento. Podía oír sus propios gritos mientras observaba cómo Mark, sin embargo, permanecía en pie, a priori intacto, mientras la niebla roja, el mal, decidía envolverla sólo a ella.

Pero se equivocaba. Un ligero rictus de dolor en su rostro le indicó que él estaba siendo atacado de la misma forma. Simplemente era más fuerte. Parecía forjado en acero. Mientras ella se retorcía de dolor, él conseguía seguir de pie, apenas moviendo los labios en un hechizo arcano que ella casi había olvidado.

Se obligó a levantarse, o por lo menos a intentarlo. Estaba prácticamente segura de que, a pesar de todo su poder, él no podría terminar con aquello solo. Tenía que ayudarle puesto que había sido ella y nadie más quién lo había puesto en aquella situación. Mientras se levantaba, a duras penas, acosada por jirones de sombra roja casi corpóreas, vio cómo el nigromante elevaba sus brazos al cielo continuando con su muda oración. Al principio no reparó en ello, pero luego, la mujer vio como de esos brazos, así como de los suyos propios, brotaba la sangre procedente de múltiples pequeños cortes.

Una sacudida de dolor, casi la hizo volver a caer. Pero haciendo acopio de toda su voluntad. Isabella logró erguirse todo lo alta que era y situarse al lado de su compañero ignorando –como él- el sufrimiento. “Mi poder es mi voluntad”, se dijo para sí misma, repitiéndolo como un mantra, tal como él le enseñara muchos, muchos años atrás.

“Mi poder es mi voluntad”.

La ola de calor recorrió todos sus miembros, aliviando el dolor en parte. No desapareció del todo, pero dejó de molestarle hasta el punto de impedirle el movimiento. Con una media sonrisa, la hechicera se situó junto a su compañero que había comenzado a entonar una letanía que no le era desconocida.

“Protégete –le dijo él sin usar palabras-. Recita el conjuro de protección ahora que te has recuperado. Que no vuelvan a cogerte por sorpresa”.

Con los brazos en alto, la mujer entonó el mismo cántico que él, maravillándose de la exactitud con la que recordaba cada una de las palabras así como, por otra parte, de lo bien que se combinaban las voces de ambos. Era una melodía que tampoco había podido olvidar.

Por un instante, se preguntó qué la había instado a abandonar a aquel hombre cuando era más que obvio que nadie se había compenetrado con ella de aquel modo. Por un instante, casi perdió la concentración del hechizo. Un violento latigazo mental le recordó dónde estaba y que esos asuntos podían esperar. Volvió a concentrarse de nuevo en el canto, mientras que la bruma roja giraba a su alrededor, expandiéndose como si se tratara de un muro. Haciendo que, en pocos segundos, perdiera el contacto visual con su acompañante. Como si estuviera a punto de enfrentarse a una batalla que tuviera que librar ella sola.

Pero no era así, lo sabía. Era el mismo truco mental que habían empleado con ella y con Glenn en su enfrentamiento anterior. El mismo truco mental que había destruido al hombre y que casi acabó con ella. Pero no esta vez, se dijo. Ahora es distinto. Ahora sé que no estoy sola. Confío en mi compañero.

La luz se hizo en su cerebro: eso era lo que había salido mal. Precisamente ahí estaba el pequeño detalle que se les había pasado: la confianza. En su fuero interno siempre había sabido que su vínculo con Glenn no era fuerte. No era indestructible como lo confirmaba el hecho de que cuando había necesitado ayuda, ayuda de verdad, había regresado a aquella mansión a la que había jurado no volver. Era cierto que, con Glenn muerto, ¿Quién más podía haberla ayudado? Pero sabía que aunque no hubiera fallecido había muchas posibilidades de que ambos hubiesen tenido que regresar allí, buscar a Mark, humillados, pese a su voluntad.

Tendría que haberse quedado, se dijo, mientras intentaba, con ambas manos, formar un círculo de energía. Tendría que haber sido más fuerte, menos voluble. Tendría que haberse comportado como una mujer adulta, en vez de cómo una adolescente descerebrada.

Sintió que la energía la envolvía, la arropaba como un manto luminoso. Su propio poder expandiéndose a su alrededor. Aunque había cerrado los ojos, fue consciente de que todo se había vuelto de un tono platino, de que su magia, combinada con la del hechicero, estaba borrando del plano en el que se hallaban la terrible bruma roja que amenazaba con destruirlos a ambos. Algo parecido a la felicidad, la embargó y, sin ser consciente de ello, abrió los ojos para observar lo que sucedía a su alrededor.

Había desaparecido. La niebla roja simplemente se había evaporado, se había ido. Isabella no pudo reprimir un grito de júbilo al verse indemne después de haberse enfrentado a algo que la había mantenido aterrorizada y prácticamente sin pensarlo, saltó hacia delante, abrazándose al cuello del mago, uniendo sus labios a los de él.

Quizá fue la emoción del momento, quizá fue lo apresurado del mismo… la mujer no reparó en el fulgor rojizo que brotaba de los ojos del nigromante, de las yemas de sus dedos. No vio la enorme malignidad de la que se habían teñido sus facciones, crispadas en una mueca terrible cuando ella corrió hacia él. Sólo fue consciente de que una garra terrible, fría como la muerte, la atraía hacia sí cuando ya era demasiado tarde.

Estúpida mujer –la voz de su acompañante resonó en su cerebro con un ligero matiz metálico-, ¿de veras pensabas que iba a perdonar tu traición, que iba a permitirte escapar, después de que hubieras pisoteado mi alma, arrojándola como si no valiera nada?. No. Con Glenn fui generoso, le permití morir, porque era mi hermano. Tú no serás tan afortunada”.

Los ojos de Isabella se abrieron con horror, desorbitados en un instante de comprensión. Esta vez, la voz del mago resonó terrible, punzante, como un funesto heraldo de lo que le esperaba.

No vas a morir, Isabella –dijo-. No mereces esa muestra de piedad que podría haberte brindado hace tantos años. Permanecerás aquí, a mi lado, consciente de todo lo que te rodea pero sin voluntad para poder reaccionar ante las cosas que sucedan. Tu alma está encadenada a la mía y desde este momento me perteneces. Que me ames o me odies, ¡tanto da! Eres prisionera de la mansión. Desde este momento, me perteneces”.

La mujer intentó, sin éxito, zafarse de la garra que la asía, al tiempo que contemplaba como el hechicero comenzaba a transformarse. De él se desprendía un vapor rojo que la rodeaba como cuando saliera al patio creyendo que iba a protegerla. Un vapor rojo que ascendía desde sus pies hasta la cabeza, penetrando por sus fosas nasales, provocándole un embotamiento que imposibilitaba cualquier intento de fuga. Comprendió que estaba perdida y, con un regusto amargo en los labios, pensó que quizá lo merecía. ¿qué más daba, se dijo, si a fin de cuentas había resuelto quedarse en la mansión con él? ¿Importaba que él hubiera decidido privarla de su voluntad para prevenir nuevas traiciones? Ella misma se hubiera vengado de él, si hubiese sido a la inversa; no podía reprocharle nada. ¿Qué más daba cualquier cosa?

-Siempre he sido yo, querida –La voz de él fue apenas un susurro-. Deberías haberlo sabido –añadió mientras la tomaba en sus brazos y, con ella en volandas, emprendía el camino de regreso a su hogar, cerrando para siempre las puertas tras de si.

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    Esta es la penúltima entrega. Los magos se aproximan al final de la historia que, seguramente, podáis leerlo mañana. Espero que, con el relato completo, me deis vuestras opiniones.

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