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6 min
El Hombre Perro
Drama |
27.01.15
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Sinopsis

Un hombre se da cuenta que no nació para estar en una oficina de gobierno donde se dedican a perseguir delitos. Su sensibilidad lo lleva a conocer el caso de un hombre que vive como perro.

El hombre perro

Un hombre, bien vestido, se dirigió al vendedor de jugos, que estaba atendiendo en el puesto de la esquina:

─Siempre que lo veo, he querido preguntarle si de casualidad usted trabajó como Agente del Ministerio Público en la Procuraduría General de la Justicia, hace como  cinco años.

─Sí, fíjese. Yo a usted lo reconocí de inmediato. Ha de preguntarse qué hago aquí, ¿verdad?

─Pues, la verdad, sí ¿A poco le va mejor vendiendo jugos?

─No, señor. No crea que estoy aquí porque no encuentro trabajo o porque me corrieron. Simplemente, ya no tengo estómago para ver cosas tan horrorosas. Le cuento, si tiene tiempo.

Un día, llegó una anciana. Bueno, no era tan grande de edad, pero, estaba muy acabada. Parecía pajarito la señora; huesuda, un poco encorvada, con pañoleta en la cabeza, y unos ojos temerosos, de esos, que inmediatamente delatan el sufrimiento. Me pidió ayuda; me dijo que había aguantado muchos años al lado de un esposo neurótico que siempre le pegaba y la insultaba.  Que ella no hubiera venido, pero que ayer había sido un día insoportable. Ellos, solamente habían tenido un hijo: Chuyito. Él fue un niño muy bueno, decía, ya de grande trabajaba como albañil. Siempre le daba dinero, para usted mi jefecita. El problema es que un día cayó desde una barda y se abrió la cabeza. Quedó otra vez como niño. Yo tenía que darle de comer en la boca. Mi señor, dice, que ya no es humano, que es un animal.

Entonces, el padre lo sacó a vivir afuera. En el patio había una casita de madera, donde algún día había vivido un perro. Créame, Licenciado, cuando mi señor sale de la casa, yo meto a Chuyito, lo limpio y le doy comida  caliente,  pero, si está su papá tengo que aventarle la comida como si fuera un perro.  Ayer, hizo mucho frío y empezó a llover. Yo le decía, viejito, por favor, deja que entre Chuy a la casa, se va a morir congelado. A la tercera vez que le dije, me dio una cachetada.

Después de escucharla, le dije que iba a levantar la denuncia por violencia familiar.  La señora se puso a temblar y me dijo que ella no quería que se llevaran a su esposo a la cárcel, que después de qué iban a vivir, que sólo quería ayudar a su hijo. Le respondí que la ayuda también sería para ella, pero que no se podía hacer nada sin una denuncia. Salió la mujer despavorida.

No me podía quitar el caso de la cabeza. Para poder actuar, tenía que ser yo el que denunciara de oficio el delito. Para esto, tenía que tener datos suficientes. La señora había mencionado una colonia. Entonces, me aventuré a buscarlos. Cosa curiosa, al cruzar por una calle, era como si hubiera entrado a un umbral: la ciudad se había convertido en un lugar olvidado: calles polvorientas, casas destruidas, niños mocosos, cholos en la esquina, gente asomándose por las ventanas como si nunca hubieran visto pasar un automóvil. Pregunté por la señora, pero nadie la conocía, hasta que les dije que tenía un hijo que vivía en el patio. Entonces, me dijeron a donde llegar.

Llegué a una casa de adobe. Toqué a la puerta. Me abrió la señora; en cuanto me vio, peló los ojos y casi suelta un grito. Comprendí que adentro estaba su esposo. Hablé fuerte para que escuchara.

─Buenas tardes, señora, vengo porque la Autoridad tiene conocimiento que hay una persona viviendo en condiciones infrahumanas.

─Permítame un momento, déjeme le hablo a mi esposo.

El señor se acercó a la puerta, y en tono amable, me dijo:

─No, señor, aquí no tenemos a nadie viviendo así, como usted dice. Nosotros tenemos un hijo que está mal de la cabeza y le gusta vivir en el patio. Es un hombre, pues, ni modo que le digamos que no.      

─Necesito verlo.

Me condujeron al patio. Lo que vi, me quebró el corazón. Me asomé a la casa del perro, hecha con troncos; el hombre estaba ovillado en un rincón, en harapos y oliendo mal. Me miraba temblando como si esperara un golpe.

Me retiré del lugar. En el automóvil me solté llorando. Levanté la denuncia correspondiente, y para no hacerle la historia más larga, se llevaron a la cárcel a los padres.  No me pude perdonar que también se llevaran a la señora. La verdad, soy más feliz vendiendo jugos.

─¿Y qué pasó con el hijo?

─No sé, supongo que ha de estar en una Institución mental.

─Le aconsejo que investigue para que tenga un final su historia.

Varios días, le rondó al vendedor de jugos, el consejo que le había dicho el hombre. Un día, decidió por curiosidad, visitar la casa de la señora.

Le sorprendió que en la entrada hubiera macetas con flores de colores. De adentro, se escuchaba una música alegre. Tocó la puerta, y para su sorpresa abrió la señora. Por segundos, se quedó inmóvil y sin poder pronunciar palabra. Ella lo invitó a pasar y le ofreció un café. El hijo, de nombre Jesús, estaba en el piso viendo las caricaturas en una vieja televisión. La señora le platicó que la soltaron porque la ayudó una organización humanitaria y a su esposo, en la cárcel le dieron una golpiza brutal, que se quedó tonto.  

─¿Quiere verlo?, ─le preguntó la señora.

─¿Está aquí? ─respondió el vendedor de jugos con sorpresa.

─Sí, me lo regresaron porque ya no podía estar en la cárcel en esas condiciones.

Entonces lo llevó al patio. Le señaló con el dedo la casa del perro. Ahí, estaba el hombre, ovillado en un rincón.

El visitante se retiró del lugar para siempre y ya nunca cuenta esta historia, no vaya a ser que a alguien se le ocurra ir a poner una denuncia.

 

 

 

 

 

 

 

 

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