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3 min
El hombre que saludaba
Terror |
21.06.15
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Sinopsis

Estaba allí. Su silueta se recortaba en medio de la calle. Agitaba la mano en silencio, tratando de llamar mi atención. No decía nada, solo movía su mano. Derecha, izquierda, derecha, izquierda; como el péndulo de un reloj, siniestro e hipnótico.
Las farolas parpadearon, todas a la vez. Durante un segundo la oscuridad fue completa. Después, el hombre había desaparecido. Pero no se había marchado. Seguía allí, entre las sombras, acechando.
Apareció de nuevo en mi ventana, una noche. La luna lo iluminaba, proyectando su figura en la pared, saludándome.
Cuando me atreví a girarme, no estaba en la ventana, ni en la pared.
El viento aullaba fuera. Hasta entonces no lo había oido por los violentos latidos de mi corazón. Ahora lo escuchaba como un lamento fúnebre.
Encendí la luz. Los fantasmas desaparecieron con el destello de la lámpara. Cerré los ojos, deslumbrada. Tras mis párpados, en la oscuridad rojiza, pude verle agitando su brazo imperturbable, llamándome o despidiéndose de mi.
Abrí los ojos y la puerta de mi habitación. El pasillo parecía exageradamente largo y oscuro. Al encender la luz volvió a su longitud normal.
Esta era mi casa, donde había vivido siempre. Nada malo iba a ocurrir.
Sin embargo, mi imaginación desbordada contradecía toda lógica, creando seres monstruosos bajo mi cama o aguardándome en la esquina del pasillo, allí donde no los podía ver.
Crucé el pasillo apresuradamente, con los dientes apretados, la respiración contenida y el corazón en un puño.
Llegué al baño. Me miré al espejo. Estaba pálida y ojerosa. Llevaba varios dias sin dormir.
Abrí el grifo, bajé mi cara hacia el lavabo. El agua fría se llevó el miedo por el desagüe pero, al volver a alzar la cabeza, él estaba ahí, en el espejo, y ya no era una sombra sino algo tangible. Escuchaba su respiración entrecortada y su aliento podrido y helado en mi nuca.
Sabía que desaparecería si me giraba, como siempre había hecho; solo que esta vez no podía moverme. Sus manos treparon por mis hombros. Su tacto repulsivo me hizo temblar. Sus dedos, como raíces de árbol, se enrollaron en mi cuello y comenzaron a estrangularme. Notaba como mi garganta se cerraba bajo la presión, sentía como mis pulmones ardían por la falta de oxígeno.
Puntitos de colores nublaron mi visión, pero no evitaban que le mirara a los ojos mientras me asfixiaba. Esos ojos, que brillaban con un placer y una maldad inimaginables, serían lo último que vería.

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