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8 min
EL HUECO
Varios |
06.11.13
  • 4
  • 8
  • 2099
Sinopsis

que más da

EL HUECO

 

El principio es arduo. Las primeras capas son un revuelto de escombros, trozos de varillas, plásticos, latas de sardinas, tubos de P.V.C y restos de cable eléctrico. La tierra ha sido apisonada y el calor de agosto la ha endurecido como el cemento. Sudo abundantemente y bebo litros y litros de un agua  tibia. Al medio día el sol es una verdadera maldición. Perpendicular, allí en lo alto, reverbera sobre los tejados, destella en las calles sin aceras, y calienta sobre las cabezas de los obreros que sobreviven como hormigas en medio de un incendio. El viento no reconforta; sopla desde el monte cargado de polvo y barre la obra. Caliente, como si procediera del mismo infierno. Algunos tienen la suerte de trabajar a la sombra. Son los que rematan interiores, instalan grifos o alicatan baños. No les basta la satisfacción de su comodidad y suelen asomarse a las ventanas para echárnosla en cara. Preguntan con sorna si tenemos mucho calor o qué tal va el verano. El calor enardece los ánimos: hay quienes no soportan las bromas y responden con insultos, entonces se presentan amagos de riñas. Yo no digo nada. Qué más da.

Bajo el sol o a la sombra, el tiempo de la jornada parece inmóvil. Las agujas del reloj se arrastran. Mejor no mirarlo. Lo mejor es tener algo que hacer, y no pensar. Qué remedio, hay que trabajar. El capataz no ha dudado un segundo en asignarme el trabajo del hoyo. Sabe que no voy a protestar. Recibiré las instrucciones, me echaré las herramientas al hombro y me dirigiré al sitio indicado. Un agujero entre la fachada de la vivienda A2, y la calle. En el espacio terroso donde estará la acera.

La pala choca una y otra vez con restos de ladrillo y piedra caliza. Saltan chispas en cada colisión. Después de un rato, la superficie horadada es incipiente. Solicito un martillo neumático. El capataz me lo entrega sin decir palabra. La caseta de su oficina tiene dos ventiladores industriales en su máxima potencia. Estornudo dos veces y salgo. El martillo perfora la capa de escombros sin problema, pero su avance se hace infructuoso a mayor profundidad. Se entierra permanentemente y se convierte en un artefacto inútil. Los trabajadores vecinos respiran aliviados por el fin de la estridencia.

Me han estado observando con cierto aire de respeto. Nadie me hace bromas. Alguno hasta se arrima y me dice que descanse un poco, que el sol está muy duro. El capataz se acerca el tercer día. ¿No aparece? Se asoma al hoyo. Nada. Me recomienda ampliar el perímetro antes de seguir socavando. El agujero entonces se va convirtiendo en un inmenso boquete que me da a la cintura y empieza a llamar la atención entre los obreros. Muchos vienen a curiosear. “Esto es una vergüenza”, se solidariza un viejo de barba y piel renegrida.

La obra ha sido una cadena de desaciertos desde un principio. Los supervisores han detectado graves muestras de negligencia en todos los niveles. Robos de herramientas, despilfarros de material, graves fallas técnicas. Hay casas con diferencias espaciales notables entre ellas, cuando lo que tenía que imponerse era la uniformidad. Pero ya no se puede hacer mucho y hay que terminar la obra como sea; llevamos un retraso de más de 6 meses y eso significa pérdida de dinero. Los inversionistas están preocupados. Capataces, jefes y supervisores se atacan cada día. Han sido despedidos varios obreros a lo largo del último mes. El viejo capataz de nuestra zona,  experimentado en estas lides, no parece muy afectado. Sabe que su jubilación ya está a las puertas. “Se pueden ir todos a la mierda”, le he oído decir.

Resulta que a medida que avanzo, encuentro frescura. El ambiente húmedo me regala una temperatura ideal.  A estas alturas muchos envidian mi tarea: mis desplazamientos son mínimos y la tierra blanda cede suavemente al hincar la pala. Para sacar el material, instalé una rústica polea que me evita salir a la superficie. En términos generales, mi trabajo me exige un gasto  mínimo de energía. He escavado pequeñas aberturas en las paredes para colocar la radio, el teléfono y la fiambrera. Siento orgullo de mi obra.

El aparente esfuerzo físico me otorga prerrogativas: puedo pararme a fumar un cigarrillo cuando me da la gana y nadie me lo reprocha. He adquirido cierta popularidad. A la hora del descanso muchos se vienen a almorzar alrededor del hueco y a veces me ofrecen cervezas o enlatados. Con el declinar del sol al final de la tarde, me invade un grato sosiego. Mi cabeza ha dejado de alborotarse con pensamientos agobiantes. Ya no me altera esa antigua desesperanza.

Muchas noches sueño que aún estoy en el hueco. Despierto inquieto y me quedo esperando que den las  6 am para dirigirme a la obra. Ésta va de mal en peor. Se han demolido algunas viviendas por fallas estructurales irreversibles. En la superficie se rumorean cosas: van a rodar cabezas; contratarán nuevas cuadrillas para terminar de una vez la maldita urbanización. El agujero se ha convertido en el tema central de las discusiones. El capataz me visita con más frecuencia. ¿Nada? Nada. Se aleja apesadumbrado. Él se obstina en la tesis del agujero como solución al problema de la vivienda A2. Por su parte, las voces de los detractores aseguran que hay maneras más prácticas de solucionarlo. Yo trato de ralentizar la excavación para que el boquete deje de llamar tanto la atención, sin embargo cada día se ahonda y ya me saca unos dos cuerpos.

Un día aparece un tipo desconocido con atuendo de jefe. Se asoma al interior. Buenas. Buenas tardes, y sigo con lo mío. El tipo empieza hablar por teléfono. Ha encontrado un pobre hombre metido en un agujero enorme. Esto ya supera todos los límites. Le parece surrealista. Se asoma de nuevo. ¿Quién lo mandó a hacer esto? El jefe. ¿Y con qué propósito? Pregúnteselo a él. Se larga de malhumor y me deja en paz.

Un par de días después vuelve el capataz. ¿Qué tal amigo? ¿Nada? Nada. Bueno, ni modo, lo hemos intentado, si quiere puede dejarlo ya. Me extiende la mano y me desea mucha suerte en mi vida. Se irá a descansar al fin, ya es justo, lo espera la casita de campo, la huerta y sus perros. Eso dice y se aleja. Yo no lo voy a dejar, por supuesto.

El nuevo capataz concentra los trabajos en la primera etapa de viviendas, la que más urge entregar. Envía a todas las cuadrillas hacia esa zona. Yo me quedo solo. Sin ruido de maquinarias, sin voces, sin discusiones, oculto del mundo, hermanado con el aroma arcilloso y delicado de la tierra. Si me lo pidieran no tendría ningún problema en quedarme a dormir aquí. El tiempo que paso por fuera se me hace inhóspito e inútil. El interior del hoyo en cambio tiene el poder de reconfortarme. Soy un ser completo, con una misión específica, sin grietas de indeterminación,  con la capacidad idónea para alcanzarla.

Una mañana oigo pasos apurados sobre el pavimento de la calle. Alguien se acerca. Una cara desconocida aparece allá en lo alto. Pero santo Dios. ¿Qué está haciendo ahí abajo? ¿Qué es lo que busca? Ya no lo recuerdo. Y que importa, ya no busco nada. Que salga inmediatamente de ahí.

Regresa acompañado de un grupo de policías y otros con aspecto de bomberos. Uno me explica amablemente que la obra está clausurada por el municipio y será demolida en su totalidad. Tengo que salir si no quiero ser detenido.

Pala en mano, derribo al primero que desciende con un golpe certero en la cabeza. Lucho con el segundo que ha logrado bajar con una soga. Nos revolcamos en el poso de lodo que se ha formado con las primeras lluvias. Hay gritos, y un gran caos. Los mataré a todos. Dispárele. Algo me quema en el pecho.  

Antes del desplome, antes de la primera palada de tierra en la boca, antes de la disolución del contorno del hueco que deja un punto de luz blanca en el horizonte, contemplo, hechizado, el prodigio de las gotas tibias que caen en el fondo y se mezclan con el barro.

 

 

 

 

 

  

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  • Nunca nos cansaremos de admirar con qué facilidad nos plegamos al absurdo, y qué cómodos nos sentimos liberados de las exigencias y rigideces de los lógicos que mueven el mundo. La situación absurda, y cuanto más aceptada mejor, permite burlarse de ellos sin bajarse del mundo. Un gran personaje el narrador, que se apropia de la insensatez que le ordenan y la toma como la obra culminante de su vida. Hay que entender que sobrevivió para contarlo. Me ha gustado, muy entretenida y bien ambientada. Saludos.
    Amigo Umbrio, agradezco enormemente tus observaciones. Tienes razón, por supuesto. Creí equivocadamente que al escribir "arrastran" consolidaba la idea de la inmovilidad, pero la contradigo. La confusión de licuan procede de una asociación que conduce a error y es que estaba pensando en la idea del electrodoméstico, de la licuadora que lo que hace es revolver algo, licuar, pero claro, es inexacto. Me alegro que te haya gustado y sobretodo que destaques lo del hoyo sin un propósito definido, que era algo que quería proponer. Un abrazo
    Me ha encantado el relato. Y me ha traído muchos pensamientos y, también decirlo, sensaciones vividas, como aquella sensación de estar metido al calor asfixiante de mediodía en un agujero en medio de la calle. El olor a existencialismo es inevitable: Camus, Sartre, e incluso un Kafka aventajado viene a visitarnos con tu relato. Enhorabuena.
    Del sol agobiante a la oscura y acogedora humedad, de la rutina pautada a la enajenación ermitaña. Tus relatos son una inversión de tiempo altamente rentable. Poco más que añadir a los comentarios anteriores, más allá de la enhorabuena. Un abrazo
    La importancia de sentirse útil, aunque no se sepa para qué ni para quien, de crear algo aunque no se sepa que es y defenderlo hasta el final. Dejar de ser nosotros mismos para ser propiedad de nuestro trabajo que siempre nos abandona. Son muchas las posibles interpretaciones y todas me gustan. Como dice Tangil vas metiéndonos en el hoyo tal y como el hombre lo agranda, y como él no apetece salir.
    Me gustó mucho, a pesar de lo trágico y lo sombrío que pintas todo, se lee con gusto. Por cierto, no le des coba al "escritor silencioso" ese, no se la merece. Creo que lo de la estrellita lo ha hecho con todos los que estamos arriba en el ranking. Iba decirle algo también pero cuando entre en sus relatos y vi que uno esta titulado "Livertad" pasé.
    Me ha gustado mucho. La narración va ahondando en el relato, al igual que el hombre cava su hoyo, implacable. Quien quiera, podrá ver una alegoría de cómo todos cavamos, con más o menos dignidad, nuestra propia tumba. En todo caso, siempre será un potente relato, sin concesiones superfluas. Saludos
    Que fácil resulta imaginar la situación.Tremenda la sensación de agobio, que luego se vuelve refugio del protagonista.Enhorabuena.
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