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5 min
El increible hombre menguante
Reales |
12.11.08
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Sinopsis

Mi padre nos reunía alrededor de la mesa a la hora de la cena, para contarnos la última película que había ido a ver con pelos y señales. Ante las humeantes viandas con olor arcaico, diez ojos de diferentes tonalidades observaban sin pestañear. Sus descripciones eran deliciosas, porque no solo contaba el argumento, sino que hacía una puesta en escena, convirtiéndose en dos o mas personalidades diferentes simultáneamente, sin que la secuencia perdiera la más mínima credibilidad.

En cuestión de segundos, pasaba de ser un hombre de tamaño normal, a convertirse en “El increíble hombre menguante” (el filme que en 1957 dirigió Jack Arnold), y nosotros le mirábamos y podíamos ver cómo su cuerpo disminuía hasta parecerse al de un ratón, y cuando cogía el cuchillo diciendo que era un alfiler, y que con él mataría a la terrible araña, era un prendedor de la caja de costura de mi madre lo que blandía en el aire con enorme esfuerzo, amenazando a formas invisibles que corrían con patas oscuras de tejedora. En esa tela de araña fingía quedar prendido, mientras daba brazadas intentando romper los lazos que le mantenían paralizado, convertido en un atractivo cebo.

Segundos después se convertía en el gato, y su lengua áspera relamía su propia piel con deleite, sin dejar de perseguir al hombrecillo que había sido minutos antes, el cual, al borde del infarto, atrancaba la puerta de su minúscula casa de muñecas en unos momentos de angustia, en los que la sombra de su cabeza felina, se paseaba maullando sin parar, reflejándose en las paredes del salón como una siniestra sombra chinesca.

Cuando llegaba Navidad, el escenario cambiaba por completo. Entonces, nosotros cinco elegíamos qué animal quería ser, y desde ese disfraz fabricado con poco dinero y mucha imaginación, nos dedicábamos a montar el belén. El árbol navideño es una costumbre moderna. Entonces los árboles estaban en el campo, y a nadie que estuviera en su sano juicio se le hubiera ocurrido meterlo en casa y colgarle regalos, o asfixiarlo con el calor del aroma navideño. Demasiada dulzura para un ser libre, a pesar de su origen vegetal.

Sobre un gran tablero forrado con papel plateado, nos convertíamos en protagonistas de otra película importante, esta vez activa, y por eso llenábamos el espacio de pastores, ovejas, verdes praderas, bueyes, mulas, José, María y el Niño. Los tres magos, boquiabiertos ante ríos plateados; con sus camellos esperando ante el portal de Belén; todo un montaje esplendoroso que deberíamos haber grabado de alguna otra manera que no fuera en la efímera memoria.

Después de montar el belén, tocaba el turno de escribano. Era una delicia abrir aquellas postales navideñas de cartulina coloreada, y ver cómo les dedicaba un tiempo de su vida a cada uno de aquellos amigos o familiares que vivían fuera de nuestra ciudad. Tarjetas personalizadas, que dirían hoy en día. Cuando había terminado de rellenarlas, nos dejaba firmar o poner algún garabato, y después yo me encargaba de cerrarlas para que las echara al buzón chupando despacio la solapa y haciéndome algún que otro corte en la lengua. En ese mismo lote iban nuestras peticiones a los Magos de Oriente, y ninguno ponía en duda que irían franqueadas con un sello, llegando a su destino con carácter de urgencia.

Todo eso se ha perdido en estos tiempos modernos de inmediatez. No digo que sea malo, pero es triste. Se esfumaron los sueños de un gran soñador, la minuciosidad del montaje de ese nacimiento, -que hoy contemplo con nostalgia desde la distancia del agnosticismo-, el brillo de los ríos resplandecientes, la mansedumbre del ganado, la humedad del portal oscuro, el oro, el incienso, la mirra, la mirada impasible de los camellos. Ahora los christmas se han visto desplazados por el correo electrónico, que cubre la distancia España/Nazareth en un santiamén. Es más rápido, y puede que más ecológico. Lejos queda la ceremonia de rellenar la pluma con tinta Pelikán, escribir con cuidado y usar a veces el papel secante, cerrar el sobre, ir a comprar los sellos y luego echarlas. ¡Uf! Demasiado trabajo.

Un árbol desplazó al belén, y Papá Noel acabó con la monarquía de Oriente. A lo mejor por eso las felicitaciones navideñas se han convertido en un incunable, una imagen cada vez más de ciencia ficción, bastante parecida a aquéllas otras, cuando mi padre amenazaba a la araña peluda con un alfiler, convertido en un soñador e increíble hombre menguante.
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