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4 min
El inescrutable Roger la Patata
Reflexiones |
19.04.15
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Sinopsis

Roger la Patata deseaba luchar contra el crimen. Siempre se caracterizó por tener una personalidad ciertamente inescrutable. Considerado por él mismo como una patata diferente, poseía grandes esperanzas y ambiciones de salir al exterior, de conocer algo más allá de su propia planta. Asimismo, de haber podido leer, a Roger le hubieran encantado los superhéroes. Melancólico de ser reconocido en toda la plantación, Roger se evadía de la realidad constantemente, con vanos y placenteros anhelos de un crimen al que sobreponerse, de un misterio que solventar, de un nombre que dejar grabado en las tremebundas fauces de la Gloria con hazañas y gestas a la altura de pocos individuos. Se aburría del día a día, del almacenar y almacenar como buen tubérculo. El hartazgo de sus compañeros cada vez medraba de forma más ostensible, y él no podía hacer más que aguantarse e intentar ir a lo suyo. En verdad, sí tenía algo especial. El resto de patatas ni siquiera se atrevían a pensar, y quedaban anonadadas limitándose a crecer y a crecer, aprovechando toda la energía que quedaba a su disposición. La mayoría de las patatas querían ser las más grandes, y estaban realmente motivadas, por obtener los más bellos colores, la más perfecta forma, el más desmesurado tamaño. Pensaban que consiguiéndolo, se encontrarían a ellas mismas, pues irían de la mano del que sería el sentido de su vida. En su obsesión, negaron todo contacto con el resto de sus congéneres, se aislaron herméticamente y obviaron todo lo que ocurría a su exterior. A Roger no le llamaba la atención todo esto. Él quería destacar por hacer el bien, quería otro tipo de Grandeza. Era una de las pocas patatas que no había aún tergiversado el significado de la palabra “ambición”, que no había caído en las cestas de la avaricia.

Con el paso del tiempo, acabó por aparecer el tan esperado día de la patata. Todas las patatas estaban encantadas, porque al alcanzar la madurez el mundo ya conocería cuán grandes eran. Roger también estaba ansioso, pues se disponía a conocer el mundo exterior. Ya notaba la tierra vibra a su rededor, cuando entonces una gigantesca mano lo elevó con fuerza y rapidez. La mano situó a la patata a la altura de un par de rostros, que discutían de forma grotesca por el pequeño tamaño de ese espécimen. Tras una serie de gruñidos, ininteligibles al tubérculo, Roger fue arrojado con desdén a una cesta.

Una vez en la cesta, Roger se empezó a preguntar qué diablos estaba ocurriendo. La desesperación comenzó a brotar de él mientras el resto de patatas dialogaban ahora, comparando sus caracteres, ilusionándose, desilusionándose, pero siempre con el deseo de ser la mejor. En cada mente de esas patatas rondaba el "alea iacta est" de César, mientras en Roger la desesperación se hacía un notable hueco en detrimento de la curiosidad.

Los hechos se presentaron incomprensibles ante Roger, hasta el momento en el que aquella Patata pasó a ser encajada en un expositor de un comercio. Fueron pasando los días, y Roger permanecía ahí, mientras veía cómo las otras patatas eran secuestradas y cómo otras nuevas pasaban a ocupar sus huecos en una dádiva de longevidad a ese siniestro equilibrio. Fue entonces cuando Roger comprendió que había llegado su momento, la oportunidad en la que podría transformarse en héroe y salvar a las otras patatas para salvaguardar sus vidas. Sabía que no podía lograrlo en soledad, así que comentó la situación a las otras patatas. Sin embargo, éstas no quisieron escucharlo, e ignoraron los bramidos de desesperanza de Roger.

Roger, pasados los días, comenzó a tener la depresiva ilusión de que lo secuestraran para que finalizara su calvario. En su lugar, acabó pudriéndose, con fuertes dolores y sensaciones que le parecían antinaturales. De nuevo, una mano lo cogió, y lo sostuvo sobre la papelera. Roger comprendió, o creyó comprender, todo en ese momento. Lo dejaron caer. Reparó en que la basura tenía el mismo aroma a estiércol que el suelo del que se nutrió. El héroe fracasó, ya no servía de nada. Era la última escena de su historia, y palpó, con su mano diestra, un palo de plástico. Sin embargo, no iba a enarbolar ninguna bandera en él.

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