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4 min
El Invasor
Terror |
05.03.15
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Sinopsis

El invasor

Carmen, como cada mañana, iba a comprar el pan. Vivía en un pueblo pequeño, acogedor, en el que todo el mundo solía tener la puerta abierta. Al salir rebuscó en sus bolsillos y no encontró las llaves. “Tan solo voy a la panadería que esta al final de la calle”, pensó. De modo que entornó la puerta y comenzó a andar. Cuando había dado unos pasos miró hacia atrás y se aseguró de que no había nadie en la calle. Siguió caminando y, cuando iba por la mitad del trayecto, volvió a girarse. Entonces, vio como alguien vestido con una capa negra entraba en su casa. No pudo verle la cara, ni tan siquiera el tronco o los brazos. Tan solo vio unos pies, el bajo de la capa y levantarse una pequeña polvareda negra. Su primer impulso fue correr hacia la puerta. Cuando llegó, vio una sombra al otro lado del cristal que estaba haciendo fuerza para impedir que Carmen pudiera entrar, hasta que finalmente consiguió echar el pestillo. Asustada, fue puerta por puerta llamando a sus vecinos para que la ayudaran. “¡Han entrado en mi casa, quieren robarme!”, gritó llena de pavor. Uno de los vecinos corrió hacia la puerta y la encontró abierta. Al menos nueve personas entraron en la casa para dar caza al ladrón, pero por más que buscaron, no hallaron a nadie. Miraron en los armarios, debajo de las camas, en la despensa, en la chimenea e incluso detrás de las cortinas; allí no había nadie, ni tampoco muestras de robo alguno. La única explicación posible era que el ladrón hubiese huido por el patio trasero de la casa al escuchar los gritos. Algunos vecinos volvieron a su casa y un par de ellos aguardaron la llegada de Nicolás, el marido de Carmen. Cuando se aproximaba la hora de comer apareció. Los vecinos, junto a su mujer, le explicaron lo sucedido, pero él, lejos de amilanarse, dijo: “Si ese malnacido aún sigue aquí o tiene la intención de regresar, no encontrará más que plomo”, mientras cogía una escopeta de caza. Aquella noche Carmen no pudo dormir, tampoco lo hizo las noches posteriores.

Pasaron los días y alguna semana, todo parecía haber vuelto a la normalidad, excepto para una persona. Carmen empezó a notar que algo no iba bien, encontraba objetos cambiados de sitio, luces encendidas, olores nauseabundos al entrar en ciertas habitaciones, tenía escalofríos frecuentemente y escuchaba susurros casi inaudibles. Estas manifestaciones sucedían siempre por las mañanas, en ausencia de Nicolás. Al principio, Carmen las achacó a la falta de sueño prolongada, pero más tarde empezó a obsesionarse. Quiso contárselo a su marido, pero este, cada vez más distante y desmejorado, la habría tachado de loca. El distanciamiento entre ambos había aumentado. Apenas se hablaban y el carácter de Nicolás se avinagró sin motivo alguno. Una noche, un fuerte ruido procedente del salón despertó a Carmen. Bajó las escaleras y se encontró a su marido ahorcado. Nadie logró explicar cómo pudo haberse colgado de las vigas de madera que había en el techo sin colocar ninguna silla. Después del entierro, Carmen regresó sola y destrozada a su casa. Se acostó y, extenuada, durmió durante todo el día. Ya en la noche, notó como alguien se tumbaba al otro lado de la cama. El vello se le erizó y aquel nauseabundo olor había vuelto. Entonces, lo entendió todo. Comprendió que desde aquel fatídico día, no hubo ni un instante en el que hubiese estado sola y que, lo que vio entrar en su casa, ni estaba vivo, ni pretendía marcharse.

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