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4 min
El juego de la cuerda.
Amor |
12.12.07
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Sinopsis

EL JUEGO DE LA CUERDA.



Todas las tardes íbamos a jugar al río. Yo era la primerita en llegar. Sonia llevaba puesta sus pulseras de caracoles, y Samanta una pecera para coger pececitos. En verdad era un riachuelo, y éramos muy felices jugando en él. Mamá nos dejaba salir, después de que hacíamos las tareas escolares. Y nos ponía como condición regresar antes de las seis. Yo llevaba en mi mochila mi muñeca Barbie llamada Florecita. Unos zapatos viejos para no ensuciar los nuevos, y mi juego de vasos y tetera para servir el té. Entre todas comprábamos galletas con el dinero que nos regalaba nuestros padres. Éramos muy felices. Tan felices, que se nos salían las lágrimas de alegría y sentimiento.

Una tarde, por ejemplo, jugábamos a las bailarinas. Sonia era la primera en salir al escenario. Como era la más alta, se veía muy hermosa. Movía alegremente sus caderas. Sus cabellos negros y lisos que le llegaban a mitad de espalda. Se ponía todas sus pulseras de caracoles. Era muy hermosa. La más hermosa de las tres. Luego le tocaba bailar a Samanta. Samanta no era muy buena en esta disciplina. Era la más bajita y tenía los ojos verdes. No tenía muchos ánimos de bailar. Y como estaba distraída, se tropezó con una piedra, y se fue de cabeza contra el suelo. La pobre se raspó los codos y las rodillas. Se llenó los labios y el rostro de tierra. Cuando fuimos a levantarla, tenía la nariz inundada de sangre. Grandes lágrimas brotaban de sus ojos. Pero no se quejó. Simplemente lloraba en silencio.

Le costaba pararse. Era natural que le doliera mucho. Entre las dos fuimos su muleta, y la llevamos hasta la vera del riachuelo, en donde le lavamos las heridas de la rodilla afectada, los codos y la nariz. También la cara. Se sentía aliviada y sonreía, pero igual caminaba medio coja. Tardó varios días en mejorarse. Pero no dejaba de venir con nosotras al río. Le gustaba mucho coger pececitos, los cuales los llevaba a su casa y los ponía a vivir en frasquitos de mayonesa llenos de agua. También pescaba renacuajos. Era muy hermosa al verla pescar. ¡Cómo los peces se entregaban a sus tiernas manos! ¡Cómo la noche caía en el mundo, llenando el pequeño río de arrebol cristalino!

Todo marchaba bien, hasta que llegaron unos niños y lo arruinaron todo. Eran tres varones; uno alto, otro enano, y el otro gordo. Se quedaron mirándonos al otro lado del río. Empezaron a silbarnos. A faltarnos el respeto con piropos groseros. No sé que cosa le dijo uno de ellos a Sonia, que la enfureció tanto, y ésta cogió una piedra y se la mandó con todas sus fuerzas. La piedra le cayó en la frente, que hasta le salió un chichón y veía pajaritos.

El muchacho se puso muy grosero, tratando a Sonia de prostituta. Nos dio mucho miedo y salimos corriendo hasta la casa. Desde ese día no volvimos más al riachuelo, por culpa de esos granujas, que insultaron a Sonia groseramente. Yo se lo conté a mamá. Se molestó mucho. No conocía a la mamá del patán, o si no, le hubiese ido a reclamar para que le halaran las orejas a ese niño grosero y majadero, que era el más alto y el más feo de todos.

Cuando entré al cuarto, me di cuente de que me faltaba la muñeca. Florecita se había quedado en la arena en donde jugábamos, cerca del riachuelo. Me puse a llorar y le conté a mamá. Me regañó y me dijo: “¡Eso te pasa por andar brincando con tus amigas
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