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4 min
El juramento de Iseo
Históricos |
09.08.15
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Sinopsis

Leyendas del ciclo artúrico

 Los pálidos reflejos de un sol otoñal reverberaban sobre el recamado del ancho dosel que, sujeto a una docena de postes, se extendía -cubriendo parte de la misma- sobre la gran explanada, pero sin apenas dejar sentir su calor sobre el grupo de hombres de armas congregados en la misma aquella húmeda mañana de Cornualles. Sobre un altar improvisado descansaban las sagradas reliquias sobre las que Iseo la Rubia iba a prestar el juramento exigido por los nobles del reino mediante el que atestiguaba haberle sido fiel toda su vida a su esposo el rey Marck de Tintagel, a pesar de ser en todo el reino notorios sus amoríos con Don Tristán de Leonís, sobrino del monarca. La negativa a prestar el juramento conllevaba el repudio y la inmediata condena a muerte, y el perjurio llevaría aparejada la condenación eterna de la adúltera reticente.

 La tardanza de la encausada empezaba a impacientar a los caballeros congregados en el claro. Sólo el marido de la acusada y el rey Arturo -venido de su corte de Camelot como árbitro garante de la exactitud del procedimiento- mostraban un rostro impasible. Ya anteriormente, por el camino, toda la comitiva había sido importunada por un andrajoso vagabundo que, luciendo las inconfundibles bubas de la lepra en su rostro y en sus manos -entre las cuales chasqueaba unas tablillas de San Lázaro con las que los aquejados de ese mal estaban obligados a advertir  de su presencia a los demás- mendigaba con voz lastimera y cascada la caridad de los concurrentes.

 Algo más de una hora de espera había transcurrido cuando la reina, la rubia y blanca Iseo, hizo su llegada, acompañada de un puñado de damas de su séquito, la cual, imponiendo silencio a los congregados sólo con la exposición de su serena belleza, detuvo su espaciado caminar ante el lodazal que las recientes lluvias habían formado entre el final del camino y la entrada al recinto, el cual había sido salvado por el séquito real a lomo de sus caballos.

 Antes de que ninguno de los presentes hubiese acertado a intervenir para soslayar la dificultad, fue el mendigo leproso -que también se había acercado- el que, a una señal de la reina, encorvó su espalda y, tal como si fuese un asno, cargó sobre ella a horcajadas y con la túnica arremangada a la reina hasta depositarla al pie del altar donde debía prestar el juramento, tras lo cual, ella, observando con orgullosa altivez a los nobles que la habían acusado, dijo con voz clara y sin menor titubeo:

- Juro ante Dios nuestro Señor y los Santos Evangelios que ni mis piernas ni mi coño se han abierto jamás a otro hombre que no fuese mi real esposo o a ese pobre leproso que ha accedido a hacerme de animal de carga para poderme hacer presente ante todos vosotros, nobles caballeros.

Oculto tras los primeros árboles del bosque, el leproso vagabundo se sobresaltó al oír detrás suya - pues no lo había visto llegar- la voz grave de un hombre de barba blanca, que le dirigía una ceñuda mirada a través de sus espesas cejas:

 - Ya has visto y oído bastante, Tristán, le dijo con voz grave, marcha a lavarte en una fuente la cara y las manos y desaparece un tiempo de estos contornos. Pues ya sabes -añadió- que la reina y tú seríais quemados vivos si se llegara a descubrir esta superchería.

 Apenas el falso leproso se hubo marchado a través del sendero del bosque, una hermosa mujer surgida del interior de la fronda se acercó al anciano. Una diadema labrada en finísimo oro celta le ceñía su frondoso y negro cabello a la frente.

 - Para qué toda esta comedia, Merlín ?

 - Para distraer a los pobres humanos, Morgana.

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