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22 min
El legado de Bhur Akmhed (2)
Históricos |
20.06.15
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Sinopsis

Continuación necesaria

(Esta 1° carta acompaña el manuscrito. Todos los datos de la misma hacen creer que efectivamente es obra de (XXX) escritor custodio de los bienes de Bhur Akmhed, que luego de dejar el cartapacio en manos de Lindemberg, se desvanece sin dejar rastros). 

El Legado de Bhur Akmhed              

 Embajador Gustav Lindenberg, por extraordinarias circunstancias fui nombrado albacea testamentario del hombre que se fuera conocido en Occidente como Bhur Akmhed. En ocasión de asumir la obligación moral que imponía el hacerme cargo de sus posesiones terrenas, firmé un acuerdo de confidencialidad en la Ciudad de Londres el otoño de 1939. El documento me obligaba de la misma forma que consentía, el conocer sin poder divulgar el trabajo al que el taumaturgo Saudita le dedicara cincuenta años de su vida. El compromiso estipulaba una fecha, luego de la cual, quien estuviera a cargo de las pertenencias del Akmhed quedaba en disposición, si así lo consideraba, de darlas a conocer al mundo. En tal fecha (marzo de 1990) fui liberado del acuerdo que protegía el secreto de sus investigaciones.    

Ese mandato es el motivo de la presente y debo sincerarme en este punto y aclararle la índole confidencial y caprichosa de la información que le expondré. El original agregado a la presente está extravagantemente encadenado a textos que adolecen de la más elemental verosimilitud como por ejemplo El Necronomicon o Al Azif, que según el escritor Yanqui H. P. Lovecraft fue transcrito por Abdul Alhazred (622-739), por no hallar el escritor de Providence, un personaje más obscuro y esquinado que el árabe loco. Por tanto el testimonio que le propondré es inédito, ambiguo, de demostración improbable, tan nebuloso e incierto como las revelaciones que anteceden al libro mas maldito de la humanidad. Como no podría ser de otra manera.  Si saca de un lado y pone del otro, probablemente, logre algo así como la verdad. Le dejo a usted la tarea, ya que es la única persona con vida que puede descifrar el críptico manual llamado por los antiguos Alla Azfahuar.

  Bhur Akmhed, arquitecto y filólogo. Filósofo y alquimista. Semiólogo y poeta, nació en marzo de 1849 en Jauf, hoy Saudí Arabia, al Sur Oeste de la tierra conocida como Jordania y al Oeste del Irak.  Hijo de Yusuff Amhed Bhaarhail, matemático y numerologo reconocido en oriente, que influyo en el pequeño Akmhed en el sentido de dedicar su genio al estudio de las ciencias matemáticas como él mismo lo hiciera. Asimismo aconsejado por su padre, el mítico Jeque Abdul Asch al Asch Yusuf. Alentado e inclinado hacia las ciencias duras por sus mayores, es enviado a Londres y se gradúa en Cambridge como arquitecto en 1872. Inmediatamente, en 1873, regresa a su tierra y prepara la primera de ocho expediciones a la mítica ciudad perdida de Ur. Esta serie de exploraciones captarían primero la admiración y luego el reconocimiento de los más afamados cenáculos científicos del mundo. Precisamente en su tercer viaje, y hallándose en las entrañas del yacimiento, localiza en el tercer subsuelo del hipogeo, la piedra filosofal de sus investigaciones: Las Tablillas de Kifri, así llamadas, por el páramo desértico que da nombre al territorio del hallazgo. En sucesivas incursiones, esta vez acompañado por el afamado arqueólogo y geólogo Británico Julius Moras, exhuma en absoluto secreto, las 113 lascas cerámicas, que constituyen y completan el panóptico de Kifri.

Las tablillas que contienen el legado de Kifri fueron exhumadas por Bhur Akmhed y su colega y amigo Julius Moras en el año 1886. Se advierte por lo tanto, que adjudicarle a Abdul Alhazred (622-739) los textos del Alla Azfauar, es peligrosamente aventurado. Intentar explicar por lo tanto, no importa la argucia, como un alienado, desterrado y perseguido por atrocidades de todo tipo, fue capaz de redactar el Alla Azfahuar, valiéndose de un rapto de iluminación, debería considerarse directamente ingenuo. De esos vientos, estas tempestades.

 El Texto conocido como Necronomicon o Al Azif, deliberadamente oscuro e ilegible, que pretende hacerse pasar por Alla Azfahuar, perfeccionado y engrosado por subalternos personajes de la literatura, la magia y la nigromancia, es una superchería montada por un misógino chauvinista al que las locuras de Alhazred le cupieron como anillo al dedo. Ahora la verdad, comenzando por el nombre o Numalif.

  En Yemen, la cuna del Islam, se lo conoce aun hoy como Alla Azfauar (Las crónicas del nieto de Ala). En otras palabras Las crónicas de Caín. De esto y no de otra cosa trata el verdadero Necronomicon.


 No existe en todo el texto, concienzudamente traducido por Akmhed, Moras, Simón Deville y Winslet Wallpole, una sola pócima que conceda poderes mágicos a quien la beba, un solo conjuro o maldición. Mucho menos, una invocación que pretenda rasgar el velo que separa a Los Oscuros Olvidados, de la raza humana. Falaz es el cincuenta por ciento de cada palabra del texto apócrifo que se conoce. Intencionalmente sibilino y oblicuo. Trasnochado y misteriosamente pueril. Ya veremos por qué cada uno de sus versos, hacen luz, paradójicamente, ahí donde solo existe el vacío.
Las crónicas del Cornudo (Dat el Haj) son en sí mismas abominables y no precisamente por el servicio que pudieran prestar a los modernos aprendices de hechicero. No poseen el secreto de la inmortalidad, no revelan el misterio de la transubstanciación. Son en realidad, el lamento aterrador de nuestro más lejano antepasado. Son el soliloquio de un desterrado, la descripción de su unión con la llamada Askasech, o Enki, o Lilith, como se la conoce en la Biblia (el texto se detiene obsesivamente sobre el particular). Un sobreviviente maldecido por dos padres, un hombre desterrado que es obligado a vivir con los “otros” –así los nombra él- haciéndolos, subsidiariamente, ascender por la escala humana utilizándose a sí mismo o como dice Carl Jung “Selbst”, para lograrlo y a su hermana Enki y a su primogénito Dulur. En el libro nos cuenta cómo escapa a los tres cataclismos con los que el famoso Alla o Jehová, trata de matarlo (el más conocido es el diluvio). Jamás lo logra, Caín muere a edad de 625 años rodeado de su familia y siendo el patriarca de Elisión (Dat el Haj) en Palestina.

En un tono coloquial y amistoso Dat el Haj nos narra maravillas por las cuales la iglesia cristiana, los mahometanos, los judíos y los brahmanes deberían cerrar la boca para la eternidad. Si Alla Azfahuar es verdad, todas las religiones deberán cambiar o empezar a terminarse.

Nos explica como la progenie de Caín también es la progenie humana, por lo menos el 50%. Y la misma sigue hasta hoy. Las Crónicas de Dat el Haj (en adelante me referiré al texto empleando la denominación popular de Alla Azfahuar) relatan minuciosamente como Caín (Dat el Haj), pactó con Samael (el Demonio, el Obscuro, el Ángel de la puerta -- que no es Gabriel) para engendrar a sus hijos, con Enki, hija de Samael y Eva, ergo, la simiente humana que no posee genealogía presuntamente divina. De los resultados curiosos de aquel pacto y sus implicancias para nuestra raza.

 Las Tablillas de Kifrí designan a su autor como Epherhamet, hijo de Jubal y Ada, y tatara, tataranieto de Henoch, hijo de Caín. Epherhamet, traslada el relato oral de Henoch, al barro cocido de las tabletas de Kifri, palabra por palabra.

 A la muerte de Epherhamet, Las Tablillas fueron a parar a las manos de Tubal quien las estudia, verifica, y memoriza, deteniéndose específicamente en cada uno de los datos que hacían luz en la genealogía de Caín (Dat el Haj). Poco antes de morir, Tubal entierra la duelas de barro cocido en el desierto de Ashther Kammur (Sumer). Allí permanecerían ocultas e ignoradas por mil años.

 Las primeras trece tablillas, que resultan una reseña cuasi histórica y genealógica de la raza humana, fueron empero, transmitidas oralmente de padres a hijos y de estos a nietos, pasa a manos del llamado Moisés y de él al libro santo cristiano Pentateuco (Biblia) al Talmud y Corán, en tanto el texto referencial permanecía a cuarenta metros bajo la arena del desierto del Sinaí.

 Un Sacerdote de la primera dinastía Tinita (3315-3100 a JC), desentierra las Tablillas de Kifrí y las pone a disposición del Faraón Axhenofontes (por razones que no puedo mencionar, utilizaremos el nombre griego del Faraón), quien ordena la trascripción a sus sacerdotes amanuenses, utilizando diversos idiomas. En esa época, presumiblemente siguiendo órdenes del Faraón, son aparentemente destruidas las tablillas originales ejecutadas por Epherhamet.

 Durante la dinastía de Akenaton I o Amenofis IV o Al Amarna (ap.1358 -1340 a JC) Las tablillas son trasladadas a Akhetatón (ciudadela de Akenaton). Allí, en las criptas secretas de la ciudad Fortaleza del Faraón Maldito, vuelven a ser transcriptas, esta vez al hierático sobre ochocientos cortes sagrados (22 por 47 centímetros) de papiro madre. El Juego de Tablillas de arcilla desaparece en esa época hasta la exhumación posterior a manos de Akmhed en 1886.

Los papiros conteniendo El Al Azif, por el contrario, fueron intensamente utilizados en el diario ritual Faraónico hasta la destrucción de Akhetatón por Ramses I. Durante el incendio de la Ciudadela y posterior asesinato de Akenaton I su corte y la totalidad de la casta sacerdotal, los rollos del Al Azif son casi completamente destruidos por las llamas. Alguien, no sabemos quien, logra rescatar del fuego cien rollos conteniendo un resumen aliterado del texto al que acompañaba una paráfrasis del ritual místico en el que se utilizaban los papiros del Al Azif. Precisamente aquí nace el lamentable equivoco que transforma un resumen litúrgico, en el libro maldito mas famoso de la historia.

 El texto, seriamente tergiversado por los sacerdotes de Akenaton, junto con los papiros que sustancian el rito al Dios Único (Aton), son introducidos en la corte del Califa Amru (639-643 d JC), convertidos ahora en ciento trece rollos que, sobre alimentados por la tradición oral que los precede, son entusiastamente aceptados por los cenobitas de Amru como Alla Azfahuar.

 Benam Al Buthy, fue el primer Califa ortodoxo de la dinastía Omeyana (ap 657-749 d JC). Bajo su terrible y despótico reinado, fue atrapado y conducido al Califato de Damasco el sexto de los custodios de los papiros Alla Azfahuar, Nemen Alfawi. El portador, que apenas había tenido el tiempo suficiente para esconder los rollos fue confinado en las mazmorras subterráneas del palacio, donde moriría dos años después en una sesión de tortura, sin revelar el paradero de los papiros. Durante su cautiverio Alfawi traba relación con su compañero de celda, un ladrón de caravanas y embaucador llamado por los latinos como Sisigadaon, aunque su verdadero nombre era Abdul Alhazred.

Alfawi era un puro de corazón cuya vida había estado consagrada al cuidado y protección del texto sagrado. Reconoce su destino, sin embargo, por alguna causa que se nos escapa, le ha tomado cariño a este bribón de ojos claros y, en un rapto de ingenuidad, le revela el paradero de su tesoro. Durante meses y en susurros Alfawi confía a Alhazerd el secreto que guarda con su propia vida haciéndole saber el sitio donde reposaban los papiros Alla Azfahuar. Alhazred, que conoce la tradición que sobrevuela el texto santo, demuestra un vivo interés en las palabras del anciano sacerdote llegando incluso a prometerle traspasar las escrituras, una vez libre, al séptimo Portador, según el deseo que le declara Alfawi. Este despreciable ser, es a los ojos occidentales el autor del Alla Azfahuar o como él le llama Al Azif.

 Muerto Alfawi en el 712, Alhazred planea su fuga de la cárcel Imperial.
Soborna a uno de sus carceleros y huye en medio de la noche confundiéndose con los viajeros de una caravana que parte hacia Meyadin, a orillas del Eufrates. En mitad del camino abandona el convoy de peregrinos y se interna en la desolada planicie de Tadmor. Allí, siguiendo las instrucciones de Alfawi desciende una gruta excavada por el viento y exhuma los papiros del Alla Azfahuar. Con ellos entre sus ropas y en absoluta soledad, marcha hacia el desierto de Jauf al Norte de Arabia, atravesando en la jornada los territorios de Siria, Jordania e Irak.

 Alhazred llega al Oasis de Yhoghod, en mitad del desierto de Jauf en el año 714. Es ahí donde decide detenerse, y efectivamente lo hace por espacio de diez años. Esa época, que resulta de una paz esclarecedora para su ánimo, es la que Alhazred dedica a la tarea de traducir los papiros en su poder.
En soledad y durante siete años Alhazred traslada los caracteres arameos, elamitas, avestanos y coptos al árabe, y les da el nombre de Allha Azfauar (Crónicas del Nieto de Ala). Pero no se detiene ahí. Mancillando los escritos sagrados del Faraón Akenaton, agrega de su propia cosecha ochocientas líneas de escritura que, cree le servirán luego para granjearse el beneplácito de la corte del Califa en Damasco. Es ahí donde aparecen por primera vez en el texto las invocaciones a los Dioses del desierto, a los Señores Nocturnos y específicamente, se presenta para desvirtuar por completo el texto litúrgico Egipcio, la raza que él cree ver todas las noches surgir de la arena del desierto y a los que les asigna el nombre de Bhutriamenes (Los Olvidados).

 En el año 725 Alhazred, cargando más de cien años, regresa a Damasco con un solo pensamiento en la cabeza. Se entrevistara con el Nuevo Califa Muamhud Alluf. Se presentará a él y entre otras cosas pondrá en sus manos el texto  Alla Azfahuar con un detalle agregado a último momento. Le dirá que las voces de las dunas le comunicaron que cada invocación será bienaventurada, solo si se le ofrece un sacrificio al Dios de las columnas de humo Vhar soberano del desierto. Lamentablemente para Alhazred, El Califa que era un virtuoso musulmán e interpreta cada una de sus palabras e insinuaciones como blasfemias abominables, ordena encerrarlo hasta darle destino, en la misma celda donde Alhazred pasara dos años en compañía del sacerdote que le reveló el secreto de los papiros Al Azif. Ironías del destino.

 Solo tres Califas Omeyas sucedieron a Muamhud Alluf.  Abhdala III, Bahawi Al Bahawi y el joven Asham Asif I (El Devoto de Ala). Este último, ordenó la decapitación pública de Alhazred en abril de 739. No existe, y en esto coinciden todos los cronistas, un testigo contemporáneo que nos relate las contingencias de su muerte. Hubieron sí innumerables murmuraciones y leyendas sobre el particular, algunas teñidas de misterio y otras, que a la postre se constituirían fundamento de la fábula que precedería al libro y a su conspicuo poseedor para siempre, que insinuaron directamente el carácter preternatural de la desaparición de Alhazred. Lo cierto es que, el verdugo bajó el alfanje sobre el cuello absorbido del anciano fabulador, sin prestarle demasiada atención. Los manuscritos puestos en manos del Joven Asham Asif fueron agregados a la hoguera que sucedió a la ejecución de Alhazred, aunque, nuevamente fueron rescatados de las llamas por manos anónimas que los custodiaron hasta devolverlos a la arena en el desierto de Hail al sur de Jauf.

Debo detenerme en este punto y ser reiterativo al punto de la impertinencia. El conjunto de papiros, a esta altura considerado por todos Alla Azfahuar, fueron exhumados de su tumba de arena y sílice por la tribu del desierto que se denominaba a si misma Los Oscuros Olvidados, La tribu nómada de los Bihail Turghett, mas conocidos como Thuaregs, en el año 812 aproximadamente.

El territorio que hoy se denomina Grecia, perteneció desde el siglo III hasta bien entrado el XIII al Imperio Romano de Oriente, se la conocía como la provincia de Acaya, y se hallaba a siglos del esplendor Helénico y del fasto de su época imperial. Sus dirigentes e intelectuales respondían al marco instituido por el concepto oriental de pensamiento, ya fuera en el terreno político, militar o el de las ideas. No existía un espíritu Griego en el pensamiento de nadie que viviera en aquella época en el territorio de la Hélade. En otras palabras, cuando nos referimos a Grecia en el contexto y el tiempo de esa cronología, debemos saber que hablamos y describimos el mundo Árabe. Dicho esto, avanzo sobre otra falacia instituida por el xenófobo de Nueva Inglaterra, que utilizó este opaco período de la historia para contextualizar el viaje del Alla Azfahuar a occidente.

 En 1166, muchos Defensores de la Fe regresaban a Europa de la Segunda Cruzada y con ellos hacían aparición no solo bolsas cargadas con astillas de los huesos de santos y profetas cristianos inmolados por la fe. También desembarcaron, en el puerto de Marsella (Francia) especialmente, los rumores y leyendas que antecederían al texto apócrifo, setenta y cuatro años. El 12 de agosto de 1241, dos meses antes de la muerte del Papa Gregorio IX el Jesuita y guerrero Mássimo Conditti, hace constar en el libro de Registros Sacristales de la Basílica de San Pedro (L; VL, Cap; 701, Hoja; 1314) –El asiento de este registro en particular, puede hallarse hoy en nave de Asuntos Externos de la Biblioteca Vaticana- el contenido de un cofre entregado en mano al Cardenal D´veglio, y de cuyo contenido Conditti hace el siguiente pormenor:  Seis cuerpos (dieciséis pliegos) de papiros de origen árabe en mal                                              estado de conservación - Cinco cuerpos de papiros de origen árabe en regular estado de conservación - Once cuerpos de papiros de origen árabe en buen estado de conservación - Seis cuerpos de papiros de origen árabe en muy mal estado de conservación. Recolectados en territorio del Neghev. Autor o Autores de la colección; Cada uno de los estuches de los cuerpos, están autografiados por un Tal Abdul Alhazred.

 El moribundo Gregorio IX no está en condiciones de interpretar, traducir o imponer la prohibición, (argumento inverosímil) de un material del que desconoce su contenido. Con casi ninguna fuerza y la voluntad quebrantada, acepta la propuesta del Cardenal D´veglio, quien le sugiere haga trasladar el manuscrito a Pádua para su traducción, estudio e investigación. Así, el cofre es confiado al jesuita Conditti con la orden de escoltarlo hasta La Basílica de Nuestra Señora de la Anunciación, en Pádua. Conditti debía permanecer en el Santuario hasta que los arqueólogos papales completasen el trabajo encomendado. D´veglio por su parte, le reclamó al sacerdote guerrero un informe mensual con los avances en el trabajo de traducción e interpretación de la obra.

 Las intrigas palaciegas que se sucedieron a la muerte de Gregorio IX, son dignas de otro informe. Baste decir que una semana después de las pompas fúnebres, Celestino IV, se ajustaba casi con sus manos la Mitra Avellanada. Es cierto que por circunstancias realmente misteriosas, el papado de Celestino IV duró un suspiro, cuatro meses, durante el cual se cortó la conexión entre Mássimo y las flamantes, aunque efímeras autoridades Vaticanas. Un correo de D´veglio le comunica al Jesuita, que por el momento los trabajos con los papiros debían suspenderse. D´veglio le ordenaba consignar el material en manos de las autoridades de la Basílica y regresar rápidamente a Roma. Mássimo acepta volver, pero llevando Alla Azfahuar consigo. Desobedeciendo así el mandato de D´veglio y adoptando un criterio que alteraría nuevamente el destino del texto.

El marco político que había bendecido e impulsado a Capitanes de la Iglesia como Mássimo Conditti a participar de Las Cruzadas, llegó a su fin con el ascenso al trono Papal tanto de Celestino IV, como de su sucesor Inocencio IV en 1243. La animadversión demostrada por los nuevos funcionarios hacia los sacerdotes guerreros, queda demostrada en la decapitación política del ministerio de D´veglio quien, disminuido, moral y físicamente vuelve a su tierra en El Venetto y desaparece de la escena oficial. Esto deja a Massimo Conditti sin protección y degradado políticamente.

 El frió atardecer del 6 de enero de 1242, Mássimo atraviesa las puertas de Roma y casi sin tiempo a desensillar, toma conocimiento de una disposición Papal que ordenaba detenerlo y confiscarle sus pertenencias. Por sus memorias, sabemos que ayudado por una Dama de la Corte de Saboya, íntima de D´veglio, Massimo es trasladado de incógnito al puerto de Génova donde con el nombre de Lothar Ébert, se embarca hacia España en el Buque de carga Gaviotta de bandera Siciliana. Sabemos que Mássimo Conditti, o Lothar Ébert desembarca en Aragón en el puerto de Oropeza. Sabemos que se hospeda en el Castillo del Señor de Berenguer; una edificación Morisca, enclavada en las sierras en Morella. Sabemos que en el año 1251 Sebastián de Berenguer le presenta al librero alemán Gunther M’hass. Sabemos que   M’ hass traslada el texto a Toledo. Y sabemos que M’ hass edita por primera vez en esa ciudad española Alla Azfahuar cambiándole el nombre por el de Necronomicon.

El texto del Alla Azfahuar, fue traducido parcialmente al latín por los amanuenses de Pádua. Y fue así porque los escribientes seleccionaban los párrafos del texto arábigo y los transferían primero al italiano coloquial. Solo como paso posterior era trascripto al latín oficial. De tal suerte, que solo la primera parte del Alla Azfahuar estaba acabada. M’hass invita a completar el trabajo a su editor un tal Wormius. Así, una tercera parte del texto fue traducido al italiano, la décima parte de ella al latín y el resto al alemán. M’hass editó tres ejemplares manuscritos del Alla Azfahuar en noviembre de 1259, El primero en Alemán, el segundo en Castellano y el tercero en Latín.

 El primer manuscrito reposa hoy día en el sexto subsuelo (incunables) de la Biblioteca de la Ciudad de Héidelberg, en Alemania. El segundo, debido a una historia digna de otro informe, se halla en el sector Incunables de la Biblioteca de la Ciudad de Buenos Aires, en Argentina. El tercero de los manuscritos, se pierde durante doscientos veintiún años para aparecer en el 1480 en las manos de la Reina de Castilla y Aragón, Isabel de Castilla, puesto allí por el Mitómano y fabulador francés Felipe Degast. Degast entrega a la Reina Española dos ejemplares míticos, El famoso Libro de las Maravillas y de los Monstruos, escrito e ilustrado por él mismo, y un ejemplar del Necronomicon en perfecto estado de conservación. Se trata de la edición latina.

En el año 1487 el Impresor Alemán Juan Gútemberg, imprime entre otras cosas El Catholicon, La Biblia, y El Necronomicon. Todos en Alemán y directamente extractados de la única fuente disponible El texto Latino de la Reina de Castilla y Aragón. Para el año 1523 el texto es estudiado y, por supuesto, desestimado por la curia especialmente la española y la italiana (vaticana). El libro, por lo menos uno de ellos, es llevado a Inglaterra y entregado a Lord Leopold de Wallpole que es quien primero menciona en sus escritos el famoso texto inciatico. Lovecraft, que jamás se acercaría a libro, abreva del texto de Wallpole creando una genealogía que, como en un deslucido hilván, roza la verdad de tanto en vez. Un fraude, una pieza literaria de excepción sin embargo, que como todos embustes que aspiran, forzosamente debe beber unos sorbos de la fuente de la verdad para rendir sus frutos.

Extracto del primer capítulo de mi estudio sobre las Tablillas de Kifri que se continúa con una aproximación puntual al texto, su contexto histórico y algunos de sus protagonistas, titulado, Alla Azfahuar crónica de una saga ignorada

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