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10 min
El llamador de ángeles
Amor |
19.11.16
  • 4
  • 30
  • 705
Sinopsis

Sueñas con la posibilidad de, en una próxima vida, enamorarte de ella nuevamente. Pero esta vez, en la adolescencia.

El llamador de ángeles


Recuerdas como si fuese ahora la discusión que anoche has tenido con ella. Ha sido una de esas peleas por tonterías, porque tú no quieres ir a esa fiesta y, debido a ese desacuerdo, ambos han perdido la calma elevando el tono de voz por esa cuestión tonta. Se ha truncado entonces su sonrisa después del desencuentro de las palabras. Ahora recapacitas en las frases un tanto hirientes. Con un poco más de reflexión no se las hubieras dicho. 
Luego has notado como crecía el silencio de la casa alrededor de ella, su mirada había dejado de buscarte, la desviaba hacia cualquier objeto simulando indiferencia. La has puesto incómoda, sin hablarte se ha ido a dormir, y tú, te has quedado acosado por la culpa. No sabes quién de los dos ha apagado la luz de la mesa de noche. Casi pierdes el sueño cavilando ¿Cómo habrán sido sus sueños?, te preguntas.
Pero, lo sabes, el amor que le tienes no te permite estar distanciado más de una noche, sería insoportable para ti. Un poco más sin oírla se transformaría en un siglo, no lo puedes disimular. Tu nunca has llegado a herirla, si lo hicieses se haría presente su dolor, imaginas que puede ser intolerable, como la melodía de notas agudas que oyes, cuando sopla fuerte el viento del invierno.
Ahora, en esta mañana desapacible la vuelves a mirar con ternura, justo en este momento se está despertando. Sabes cuánto le gusta oír el tintineo del llamador de ángeles de la puerta balcón. Este se agita con el paso de un hilo de brisa que se cuela por un hueco, con sus agujas azules gotea notas musicales por toda la sala, los sonidos se escuchan lejanos desde la tibieza de las sábanas del dormitorio. Es el silencio el que eslabona las notas en la continuidad de los instantes. 
Estás atento oyendo con cuidado lo que ocurre detrás de los cristales, pero al mismo tiempo la estás mirando. Ella entreabre sus ojos frente a este clima invernal de lloviznas melancólicas. Hasta las aves se entristecen. Enfoca su mirada hacia el cielo plomizo, que se extiende más allá del río con su capa gris, más allá aún de los arroyos que arrugan las islas del delta, y ve como empuja con furia el viento sudeste, seguramente la crecida va a llegar por la noche. 
Miras su rostro intentando descubrir si resta algo de rencor bajo su frente lisa. La lluvia vertical no logra ocultar las nubes, corren en las alturas, van con prisa buscando el norte o el oeste. La atmósfera allí arriba no está quieta, se desplaza velozmente.
Pero aquí, entre los edificios hay calma. Entonces te preguntas, si sentirá la misma tristeza que emana de este aire quieto, al observar a través del ventanal de este sexto piso. Tal vez perciba otras cosas, por ejemplo, los pequeños sonidos y el vuelo de los pájaros, tan pesados con su carga líquida. Quizás tema su caída pues podrían perecer aplastados contra el suelo, ¿qué sentirá un ave herida flotando en el río con las alas quietas?
Te alegras con su mirada, te agrada que se haga un ovillo a tu lado. Ya ha pasado la discordia, piensas, la noche la ha disuelto, por eso te atreves a alisarle los cabellos con tu mano. Quieres despertarle una sonrisa.
Conoces muy bien esta abertura al vacío de vidrios transparentes que es la ventana de la alcoba. Te sientes seguro con ella en este lugar, elevado del piso, donde este edificio alza levemente los hombros para mirar entre los demás. Ves otras arboledas más allá de la calle, por encima de las copas de los fresnos. Es ahora cuando le pides que se imagine ser dueña del tiempo, suelta a soñar con colores y susurros. Ella responde con los gestos conocidos, y tú te acercas más, dispuesto a hacerle el amor como siempre.
Pero antes le ruegas que te abrace. La conoces. Tiene en sus brazos un cielo por el cual te sientes atraído, y también un mar luminoso entre sus pechos, con toda la inmensidad de los océanos, iluminado por las estrellas cálidas. Pero con un río de leche ardiendo bajo su piel. Una sola gota de rocío se evaporaría al contacto de sus senos.  
Deseas saber, te preguntas si la música viene adherida a la brisa de su voz cuando gira en tu oído y, se enrosca en esa espiral, con la misma forma de los rulos de sus cabellos. Pero, aunque lo sabes, de todos modos, te interrogas ¿de qué colores son su melodía, su cabello? Castaño es el color de sus mechones, canela el aire de su canto porque trae aromas en la armonía con que habla. Recuerdas esas fragancias exhaladas, dormida en alguna siesta.
Escuchas ahora que te susurra: «Una vez soñé que nos conocíamos cuando éramos adolescentes, ese sueño debiera ser real… tal vez en otra vida». 
No puede entregarse directamente al sexo, necesita antes hablar, decir algo que te desvíe un poco del camino, un jugueteo previo de pensamientos. Pero a ti te gusta esa idea, esa ilusión que nunca fue. El destino podría ser burlado a pesar de ser una utopía, sería un viaje hacia el pasado para convertirse en un hecho concreto. Un amor pendiente se haría realidad. Todo esto no lo dices, pero lo sientes ¿Ella también lo piensa en este despertar de agosto?
Te abandonas en esta visión tranquilizadora. El tiempo tendería un puente, o una nube completa, sin grietas. El tibio sonido del llamador de ángeles sería la costurera de esos dos momentos de amor, y los podría unir, quedando atados para siempre. La conocerías nuevamente para amarla cuando era una joven estudiante, volverías al pasado invirtiendo el sentido de los acontecimientos. Te dejas llevar así por los milagros de la imaginación.
Pero ahora la invitas a comenzar, olvidadas ya las discordias buscas su cuerpo acariciando su silueta ondulada. Se esconde desnuda como es habitual entre las sábanas, tus manos recorren sus suavidades, tus labios indagan en sus muslos. Le pides que te sostenga, aférrate como a una rama firme. 
Mientras tu fiebre se eleva. Ruegas que te bese con ternura y no se entregue todavía hasta ser encendida por tus dedos. Deseas que piense en una locura cuando sus párpados se plieguen, cuando el gozo la queme en su propia hoguera. Recién después podrá murmurar su gemido desgarrado, por lo bajo, cuando te sienta dentro. 
No reflexionas, estás perdido disfrutando del placer, el descontrol se ha hecho presa de ambos cuerpos, también ella está en otro sitio, en este torbellino de furias y gemidos, ebrios de amor los dos, sin miramientos. Subes y bajas en un rito que no puedes contener, te ves arrastrado en la corriente, apenas miras, con tus ojos entrecerrados te abandonas, cada vez te entregas más y más a la desesperación con desenfreno. 
No sabes de qué épocas lejanas llega esta sensación ardiente, ancestral, de fuegos, de heridas, tratas de buscar en lo profundo, te entregas a esta música de gemidos que compartes, quieres el mejor sonido, la sensación más blanda, allá vas tratando de que ella te lleve a su mundo tibio, esa sensación interminable que no puede ser saciada.
Aunque no te das cuenta de esta carrera loca que te mece como a un junco entre la brisa, de un lado hacia otro, sin ver el fin de esta lluvia de estrellas que se acumula en tu cintura, sin embargo, transitas estos momentos de delirio, te mareas ebrio entre jadeos gruesos, por tu espina dorsal te recorre un firmamento anunciando el fin de esta entrega imposible.
Aprietas con tus manos temblorosas sus caderas blandas, tratas de culminar ahora este gozo que se derrama por tu vientre, desvaneciéndose despacio, lento. Puedes verla tan perdida como tú. Quizás su placer termine en pequeños sollozos, en un río de emociones del alma, gemidos de felicidad después de haber hecho el amor en esta mañana de invierno.
¡Cómo puedes explicar con mínimas palabras este acto sublime que ha terminado en su crepúsculo! 
La ves con un remolino de recuerdos incluidos, todavía brillan en su cuello las venas parpadeantes. Contemplas como la pasión todavía está instalada en sus pupilas negras como la noche, cálidos y serenos, en su piel suave, en su cabellera revuelta. Tardará un rato todavía en recuperar la calma. 
Te tiendes de espaldas. Aún tienes el corazón palpitante, con ríos de sangre apresurada recorriéndote las sienes. La ola gigante ya ha pasado. 
Después de descansar un rato se aquieta tu respiración. Tu mundo vuelve a iluminarse en este dormitorio. La calma reposa ya con suavidad entre tus manos. Buscas sus ojos para ver si ella también ha superado el temporal. Su mirada quieta te dice que ha pasado la tempestad, está lúcida, tranquila.
Le preguntas si hay resquicios, si existen espacios en donde hayan quedado migajas de rencor por la discusión de anoche. Entonces, sin decirte ni que sí ni que no, con ese modo tan especial de evitar decirte tonto y sin dejar de sonreír te interpela: «¿Qué quieres para el desayuno? ¿te o café?». Arrugas la frente y la interrogas con cautela: «¿Es que sigues enojada?», y con sorpresa recibes su pícara respuesta: «Por supuesto».
Desde la cama donde te encuentras la ves que se levanta. Va soberbia hacia la sala. La estás viendo a través de la puerta, de espaldas, desnuda. 
Con el índice le da un golpecito al llamador de ángeles. Empiezas a oír el tintineo que se esparce por el ambiente mientras ella gira la cabeza para buscar tu mirada, sin dejar de mostrarte la desnudez de su espalda. 
Observas la sonrisa en sus labios mientras te lee lo que piensas. Sabe que te ha hecho compartir su sueño de adolescente. Además, se ha salido con la suya porque la deberás llevar a la fiesta. Es una amazona que disfruta su pequeño triunfo. Y tú te sientes agradablemente derrotado.
Ahora camina de frente, tu miras su figura hermosa, sus muslos firmes que se mueven, sus pechos que ondean. Se detiene ante el espejo, gira arqueando su figura para verse por detrás, se alisa el pelo, con sus dos manos se ajusta el pendiente de oro ladeando su cabeza, se mira nuevamente. 
Ves entonces que se da vuelta dándote la espalda y comienza a caminar descalza hacia la cocina. En un rato el aroma a tostadas embriagará todas las cosas.
El llamador de ángeles bailotea su retintín, una brisa sopla por la hendija suavemente. 
Ahora esperas y la escuchas. Ella está tarareando una melodía mientras prepara el desayuno.

 

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    Sueñas con la posibilidad de, en una próxima vida, enamorarte de ella nuevamente. Pero esta vez, en la adolescencia.

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