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9 min
el mate del loco
Humor |
24.09.20
  • 5
  • 1
  • 83
Sinopsis

Un campeonato de ajedrez y la presión de un novato

El flash de una cámara cegó mis ojos. Intenté recuperarme moviendo la cabeza de lado a lado mientras puntos de luces relampagueaban a mi alrededor. Había conseguido clasificarme para las finales de uno de los más importantes torneos de ajedrez del mundo y todo el trabajo de concentración previo al campeonato, se había esfumado en un momento.

Mi entrenador comenzó a apartar a todos los periodistas que me agobiaban, intentando recuperar la cordura perdida debido a mi aparición en la sala, si bien yo no era el objetivo último. Distaba mucho de ser el jugador más brillante del mundo, pero la casualidad o el destino habían querido que el sorteo de la primera partida me emparejara con Svetlana Cirkucova, la unánime máxima favorita para llevarse el torneo de maestros con todo el ruido mediático posible acompañándola. Svetlana llevaba dos años sin perder una partida y optaba a arrebatar el título al indio Pavhan Anand. Las estrictas reglas de acceso al campeonato mundial habían impedido con anterioridad el más deseado enfrentamiento de los últimos treinta años. Las malas lenguas decían que Anand solía evitar los torneos donde jugaba Svetlana, aunque perdiera mucho dinero, porque tenía miedo a una derrota ante tan excelsa competidora. Él era el talento natural desde los once años, quien había roto todos los records de precocidad para llegar a ser un gran maestro y, también, campeón del mundo. Ahora, con veinticinco años y casi una década con el cetro mundial, sentía que alguien podía ganarle, quizás por hastío, quizás por la aparición de un nuevo talento, no lo sabía, pero de tener que ser, ese alguien tenía un nombre y era Svetlana.

Ella, por su parte, no tenía miedo a la derrota. Siendo brillante no necesitó realizar proezas precoces para destacar en este mundo, los artificios eran para otros, ella se dedicaba simplemente a mejorar, cada vez más. Su capacidad de trabajo, aprendizaje y maduración eran prodigiosos. Todo lo anterior provocaba desazón en Anand, de este modo y no de otro, nacieron los temores más profundos del indio.

Entre medías estaba yo, un jugador del montón que, con mucho trabajo, había logrado colarme en una de las mejores competiciones del mundo. Mi puesto era el doscientos treinta y dos en la clasificación mundial, que no está nada mal, pero normalmente no hubiera participado en un evento a este nivel. Una serie de rocambolescas bajas de última hora, ser nativo del país organizador del torneo y una victoria increíble ante el campeón de mi país en una partida clasificatoria hacia menos de un mes, me dieron la oportunidad de aspirar a todo. Y en esas estoy ahora.

  • Por favor, revisen su lugar de juego y cuando esté todo correcto empezará la partida – gritó en un inglés poco fluido el juez de competición para que no solo nosotros escucháramos el aviso, sino toda la sala también.

A mí me parecía que todo estaba en su sitio. El nivel del campeonato permitía utilizar los mejores materiales que había podido disfrutar en una partida de ajedrez en toda mi vida. Sin embargo, a mi contrincante, no le gustó el color de la silla, un par de luces, el reflejo del tablero y que el agua mineral no fuera de Minsk. Me dio la impresión que todas aquellas excentricidades eran parte de la estrategia de la partida. Se notaba que era una estrella de las buenas. Ella comenzaba ganando por un peón.

Cuando ya estaba todo arreglado, miré a mi entrenador que tantas horas había dedicado a analizar las partidas de Svetlana, para, con un gesto de agradecimiento y de confianza, decirle que estaba preparado. Él intentaba parecer tranquilo, pero los años juntos me habían enseñado a conocer su lenguaje corporal. Estaba, como vulgarmente se dice, atacado. Respiré hondo y miré a los ojos grises de Svetlana antes de alargar la mano y realizar el saludo protocolario.  Su mirada era la más intensa que había soportado nunca. La determinación y seguridad que mostraba en televisión eran más intimidantes en persona.

Una lluvia de aplausos inundó la sala como preámbulo del comienzo de la gran batalla. Mi rival jugaba con blancas, por lo tanto, tenía la iniciativa de la partida y el primer movimiento. Los flashes continuaron su “tiqueteo” ensordecedor hasta que Svetlana giró la cabeza con rotundidad y, con una expresión que helaría al mismo diablo, ordenó el cese inmediato de toda la operativa. Su imposición funcionó y se hizo el silencio. Contenta con el resultado, volvió su mirada hacia mí y esbozó una sonrisa forzada que no supe corresponder.

E4.

Transcurrieron menos de diez segundos y su decisión ya estaba tomada. Movió el peón de rey dos casillas hacia adelante. Sabía que lo iba a hacer ya que siempre comienza los campeonatos con aperturas abiertas. Mi entrenador había recalcado que no hiciera el clásico E5, porque ella tenía una gran capacidad para llevarte a la trampa que había pergeñado en su mente en pocos movimientos. En las semanas previas habíamos trabajado la mayoría de sus partidas de los últimos dos años habiendo llegado a una conclusión inequívoca: tenía que sorprenderla de alguna manera. Di vueltas y vueltas a las opciones que habíamos barajado sin llegar a una conclusión meridianamente clara. Al final me decidí y, acto seguido, moví mi pieza.

G5

Sus ojos se abrieron como platos al ver mi movimiento. Sorprender, había sorprendido. Y no era a la única que había desconcertado en la sala. A mi alrededor, un cúmulo de murmullos empezaron a tomar forma hasta que el juez decidió poner orden. Miré de soslayo a mi entrenador que me miraba de forma extraña. No entendía muy bien por dónde iba, teníamos una serie de movimientos básicos de apertura que habíamos determinados como prioritarios y éste no era uno de ellos. Eso sí, yo era el que estaba sentado en la mesa y en ese momento me pareció la mejor opción. Una en la cual cualquier ajedrecista se hubiera sentido desorientado. Mi rival se tomó su tiempo para el siguiente movimiento, ladeó un poco la cabeza y con un poco de incredulidad en su rostro, movió la siguiente pieza haciendo ver que su decisión era obvia.

D4

Un par de flashes rompieron el pacto sellado. Svetlana dirigió al juez una dura reprimenda. Éste no pudo más que obligar la salida de la sala de los periodistas responsables. Era la primera vez que presenciaba todo este teatro como protagonista y admiraba el poder de concentración de la campeona ante tanta distracción indeseada. Tras solucionar el problema, volvió a dirigirme una mirada condescendiente. Parecía que quería decirme que no me preocupara, que ya se encargaría ella de todo este circo. Tenía muchas tablas y me abrumaba. Volví a centrarme en el tablero, reflexionando sobre qué movimiento debía hacer. Ella quería dominar el centro y yo había abierto la posibilidad de un “fianchetto” (sorprender por los flancos) o eso creía. Pasaban los segundos. No quería precipitarme, pero tampoco podía dejar que el reloj dominase mis siguientes movimientos. Tenía que decidir pronto. Ya está, debía tomar una posición más defensiva. Protegería mi peón. En ese momento, mi percepción de la realidad se convirtió en una nebulosa. Mi entorno se volvió difuso, las caras vaporosas miraban sin ojos en sus rostros. La presión me embargaba. Debía salir del túnel, así que agité la cabeza mientras cerraba los ojos con fruición, el mundo volvió a sus luces centelleantes con miradas nítidas que sometieron a escrutinio mi comportamiento anómalo. Mi entrenador daba síntomas de histeria, sin emitir un sonido, con sus gestos bastaba. Tenía que actuar rápido, sin pensar. Ahí va.

F6

Los gritos de asombro, al iniciar el movimiento, confundieron mi mano que soltó el peón antes de lo previsto. Alarmado miré al juez pidiendo clemencia, sin embargo, su gesto fue inequívoco, las reglas estaban claras. Svetlana emitió un “ja” demoledor. Me miró a los ojos divertida y me soltó: “si querías hacerte famoso, lo has conseguido”. Era mi fin, no solo el de la partida.

Dh5, JAQUE MATE.

Svetlana movió la Reina al único sitio posible para dar por acabada la partida.  Se levantó me ofreció su mano mientras un haz de flashes iluminaban todo el recinto buscando la mejor perspectiva de la más implacable de las jugadoras. En poco más de cinco segundos, abandonó la estancia dejando tras su marcha que aflorara el silencio. No me moví de la silla. Mi error había sido mayúsculo. Quería hacer F5, seguro. Toda la confusión que se había creado había tenido un efecto devastador en la concentración  que necesitaba para la partida. Tenía cada mano apoyada a un lado de mi cabeza con el cuerpo echado hacia adelante totalmente desolado. Soltar la pieza en la casilla F6 era el suicidio ajedrecístico a escala mundial. Aparecería en las noticias, en las redes sociales, intentarían contactar conmigo para hacer todo tipo de entrevistas, en definitiva, para humillarme. Era la partida más rápida de la historia en un torneo de alto nivel internacional. Intenté buscar consuelo en la persona que me había estado apoyando todos estos años. Miré a mi entrenador que tenía la cara detrás de sus dos manos, con un semblante de derrota, lo había sido destrozado profesionalmente. Se levantó y abandonó la habitación sin decir nada. No le volví a ver en un tiempo. Al final, a todo acontecimiento que marca un evento, una historia, tanto de destrucción como de éxito, se le pone un nombre, una etiqueta, muchas veces acertada, otras veces cruel. No sabría decir si en esta ocasión había sido una u otra, solo sé que lo llamaron: EL MATE DEL LOCO.

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