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16 min
El mesón.
Históricos |
05.01.18
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Sinopsis

¿Os imaginais entrar a tomar unos vinos a un mesón aragonés en plena guerra de la independencia española? Estais invitados, adelante...

En el año 1808, Godoy tenía un problema, y gordo. Napoleón, le petit cabrón, tras el fiasco de Trafalgar, no vio otra opción que hacerle un embargo a la Gran Bretaña. Todo iba viento en popa hasta que a los portugueses se les ocurrió saltarse el bloqueo y comerciar con los hijos de la pérfida Albión, así, sin más. Napoleón intentó capturar a Juan VI, el rey de Portugal, que viéndole las orejas al lobo huyó a Brasil, por aquel entonces colonia portuguesa. Pero el corso no era persona que se rindiera, así que tomó la decisión de invadir Portugal, y para eso necesitaba que sus tropas cruzaran España.

Y ese era el dilema que Godoy tenía entre manos, literalmente, una petición recién llegada de la cancillería francesa en Madrid le solicitaba el paso franco por los Pirineos a los ejércitos imperiales franceses para dirigirse a Portugal.

Godoy tragó saliva, el tema era peliagudo, no permitir el paso era una declaración de guerra al ejército más potente del mundo. Aceptó. Los ejércitos napoleónicos entraron en España para invadir Portugal; pero lo que de verdad invadieron fue España, Portugal quedó en un segundo plano. El petit cabrón hizo abdicar al rey de España a su favor, y a la vez Napoleón abdicó a favor de su hermano, José Bonaparte, que de esta manera se convirtió en Rey de España. Y así España quedó bajo el yugo del Imperio Francés.

Pero a los españoles las cosas impuestas, aunque estén impregnadas de las ideas de la razón y de la ilustración, no les sientan bien. El 2 de mayo de 1808 el pueblo de Madrid se levantó contra el ejército francés. La noticia corrió como la pólvora por toda España, y como no también por Aragón, donde en su capital, Zaragoza, la población se levantó en armas.

La mañana del 6 de junio un ejército francés compuesto por cinco mil soldados de infantería, tres cuerpos de caballería y varias piezas artilleras salía de Pamplona con dirección a Zaragoza con la intención de sofocar la rebelión.

Y en esas estábamos, con España patas arriba y un ejército imperial cruzando Aragón, cuando Jorge acababa su jornada labriega en el campo.

El Sol ya se caía por el horizonte y los últimos rayos rojos iluminaban la viña recién podada. “Rediós que vínico más bueno voy a sacar de aquí” Decía Jorge mientras miraba la viña con los brazos en jarras y el sudor cayéndole por la frente, satisfecho del trabajo bien hecho. Arreó a su mula hasta casa, la metió en la cuadra y le dio forraje. “Come, come, animalico” Se lavó con el agua que tenía en un balde junto al fuego, y se vistió: faja roja bien prieta sobre el chaleco morado, en la frente el cachirulo, y la navaja cabritera bien ceñida dentro de la faja.

A esas horas y tras una dura jornada, en Calatayud sólo se podía hacer una cosa: ir al mesón a alternar. Y para allí se fue.

El mesón de la Dolores era a la vez venta, donde los viajeros que iban de Madrid a Zaragoza o a Lérida paraban a llenar sus buches con algo caliente: un buen caldo de jamón, estofado de caza o un congrio seco con garbanzos y verdura que hacía las delicias de los señoritos de la capital, eran los platos que La Dolores solía preparar habitualmente. La Dolores era toda una institución en Calatayud, moza recia, de busto generoso y mirada nerviosa, lo mismo te servía una jarra de vino cosechero que se remangaba las mangas de la blusa y sacaba arrastras a algún borracho. Ella sola se llevaba el negocio, no necesitaba más, y más ahora, que con la guerra la cosa flaqueaba y bastante. Ahora ya casi no llegaban ricos hombres y no digamos ya nobles, ninguno se arriesgaba a que lo cogieran los gabachos. De repente la nobleza había desaparecido, todos eran simpatizantes de los franceses. Años después cuando la guerra acabó y los franceses se fueron, todos volvieron a ser borbónicos, y por supuesto fueron los primeros en acusar a otros de afrancesados, pandilla de cobardes.

Desde que los franceses habían cruzado los Pirineos sólo paraban pobretones en el mesón, que casi no tenían con que pagar. A esos La Dolores les daba un caldo de judías verdes y los metía a dormir en las cuadras, previo pago por supuesto.

En esas entró Jorge, el Mesón era grande, con mesas de todos los tamaños repartidas por el salón, y al fondo la barra donde la Dolores se afanaba entre jarras de vino. Olía a tabaco, a sudor y a estofado de jabalí, y en los días de fiesta cuando estaba abarrotado hasta se podía ver una nubecilla flotando a media altura sobre las cabezas de los clientes.

 En una mesa grande unos labradores jugaban al guiñote, echando las cartas con fuerza sobre la mesa y acompañando el gesto con un gruñido, para darle más empaque. Cerca de la barra Jorge reconoció a un labrador que tenía tierras cerca de las suyas, hizo que no lo vio, habían tenido un enfrentamiento por un problema de lindes, no llegó la sangre al río pero esas cosas nunca se olvidan.

Al otro lado de la barra había otro conocido, “Manolín”, con este no había tenido ningún pleito, incluso alguna vez había ido de jornalero con él, así que decidió ponerse a su lado.

  • ¡Sácate un “vasico” vino Dolores, de ese cosechero que tienes por “hay”!

Antes de que se echara mano a la faja para sacar los dos reales, La Dolores ya escanciaba el zumo de uva en un vaso de cristal gastado de mil lavados.

  • ¡Vete aflojando esos dos reales, que ya sabes que aquí no se fía ni al Santísimo!
  • No te preocupes maña, tómalos, tómalos, póntelos en sal “pa” conservarlos bien.

Sus acentos era cantarines, poderosos, acentuando todas y cada una de las sílabas, parecía que hablaran cantando.

  • ¿Qué pasa pues Manolín, que tal va la labranza?
  • Va, malas viñas tengo este año, ni una uva ni media sacaré.
  • Siempre llorando, siempre llorando.- Jorge cogió el vaso de vino y se dirigió a una mesa cercana- Venga Manolín, vente “paquí” a echar un guiñotico con “mí”.

La Dolores les sacó una baraja y un tapete verde lleno de manchas de vino y grasa seca.

  • Dolores sácanos una ración de tocino, anda hermosa, y un porrón de vino tinto.

Pusieron el tapete ceremoniosamente y levantaron carta a ver quién repartía. Manolín sacó la sota de bastos y Jorge el cuatro de copas.

  • Das tú Manolín, empezamos bien.

Jorge puso diez reales sobre la mesa.

  • ¿Ya quieres apostar? Ala pues ala- Dijo Manolín lanzando otros diez reales sobre la mesa.

Tras barajar repartió cartas y puso el pinte. En bastos. Los dos labradores miraron ansiosos las cartas y se las fueron ordenando, los triunfos a la izquierda del abanico y el resto a la derecha. Manolín iba bien cargado de bastos.

  • Estas cartas no valen ni “pa” cagar.- Bramó Manolín.
  • Bien “cargao” irás pájaro, no me engañas, que yo no tengo ni un triunfo ni medio.- Aunque bien es cierto que Jorge no tenía claro que Manolín fuera cargado de triunfos, podía ser que todos estuvieran en el montón de la mesa y que el reparto hubiera sido malo para los dos.

Comienza la partida. Va rápida. Manolín a la tercera echada canta las cuarenta. Al poco veinte en oros. Cuando llega el arrastre Jorge apenas tiene un par de buenas bazas. Manolín que había contado los triunfos sabe que Jorge no tiene ni uno sólo, le empieza arrastrando con el bastillo, se lleva las diez últimas con el caballo de bastos. Manolín sonríe.

  • ¡Ostias Manolín, ¡vaya palizón “meas” “cascao”!, no cuentes no que no hace falta, partida tuya.- Su tono era gracioso; pero se dejaba entrever un pequeño atisbo de frustración mal llevada.

Siguieron para coto; pero la suerte de Jorge no cambió. Manolín se llevó de calle las otras dos partidas y los veinte reales que había sobre la mesa. Se los metió en la alforja y dejó diez para pagar el vino y el tocino. Jorge se echó mano a su alforja y sacó otros diez. La Dolores más viva que nadie replegó rauda los veinte reales no fuera a ser que les tentara jugárselos en vez de pagar, que la moza había ya vivido ya lo suyo, “Y estos ya casi se han “cascao” un porrón” Piensa. A Jorge le quedaba lo justo para pagar lo pedido, y para un par de tintos más a los sumo.

 Hicieron un pequeño receso para dar cuenta del tocino. Jorge pinchó un trozo y se lo llevó a la boca. En su interior una explosión de sabor le sobrevino, mezcla del magro con la grasa blanca, un poco de sebo se le descolgó por la comisura de los labios y se la limpió con el revés de la mano. Masticó apresuradamente y se ayudó a tragar con un trozo de pan blanco. Tras tragar asió el porrón y le dio un trago largo, cuando acabó soltó un suspiro largo de satisfacción.

  • ¡Me juego la viña de Carravieja!- Un par de trocitos de tocino salieron de su boca y volaron sobre la mesa hasta caer al tapete.- ¡No tienes “güevos” Manolín!- Sentenció dando un manotazo sobre la mesa. La Dolores los miró de reojo.
  • ¡No jodas Jorge, que esa viña es “mucho” buena!, qué me voy a jugar yo como no me juegue a la mujer.
  • ¡Juégate la viña del camino la Virgen copón!

Manolín sopesó la opción, la viña de Carravieja era una buena viña y además antigua, sacaba una garnacha centenaria de primera calidad. Su viña no estaba mal; pero no tanto como la de Jorge. Si ganaba, ganaba mucho, y si perdía, sólo perdía una viña decente. En la mesa más alejada uno de los labradores se levantó y empezó a cantar una jota con una bota de vino en la mano.

En la barra dos hombres bien vestidos con apariencia de funcionarios acaban de llegar, piden un par de vinos. Comentan que un general francés, un tal Lefebvre, está cruzando la ciudad camino de Zaragoza con un ejército. Le dicen a la Dolores que como entren a comprar víveres la ponen en su sitio. Ella les mira como si fueran un par de chiquillos ingenuos, “Estos no compran, rapiñan, y no me extrañaría nada, el mesón les cae de paso a Zaragoza” Les dice mientras limpia la barra enérgicamente. Ellos le miran los pechos que se mueven hipnóticamente con cada pasada de la bayeta.

  • Acepto la apuesta. ¿Al mejor de tres?
  • A un partida.- Jorge recogió las cartas y empezó a barajar.- El que gane la partida se queda con las dos viñas.
  • De acuerdo. Tendremos que darnos la mano y poner a un testigo.

Miraron a su alrededor; pero la Dolores estaba oportunamente en el otro extremo de la barra. Los dos funcionarios eran los únicos que tenían a mano. Ahí seguían hablando, entre mirada y mirada al busto de la Dolores, de que igual con los franceses estábamos mejor, que abajo los borbones y que tal y que cual. Manolín se les acercó, al levantarse notó que los pies se le hacían pesados y decidió que ya no bebería más, además debía de estar despierto para la partida que estaba a punto de jugar.

  • Señores.- Dijo agarrándose a la barra y haciendo una medio reverencia que arrancó un gesto de negación a la Dolores.- Nos vamos a jugar unas tierras al guiñote, y un asunto tan serio requiere un testigo. Si nos hicieran el favor…

Uno de los funcionarios, el más bajito y risueño, se prestó a servir de testigo. Los dos labradores dejaron claro cuáles eran las tierras que se jugaban, en qué parajes estaban y de que todo se ventilaría en una partida. Y se dieron la mano delante del funcionario bajito.

Levantaron carta para ver quién repartía. Jorge saca el dos de copas. Manolín el cuatro de oros. “La Virgen…” Se le oye jurar a Jorge. Manolín reparte las cartas, pone el montón en el centro y saca el pinte: pinta en bastos otra vez. Ordenan las cartas y comienza la partida. Esta vez ninguno lleva buenas cartas de dadas. No hablan, hay tensión en el ambiente, ni siquiera beben vino. El funcionario ha vuelto a la barra con su compañero a proseguir su charla. Los triunfos le empiezan a subir a Manolín, va bien cargado; pero Jorge le está haciendo buenas bazas con ases y treses.

Cuando aún queda medio montón de cartas por robar Jorge canta las cuarenta, las enseña golpeando la mesa con los nudillos. A Manolín le empieza a entrar el acojono, no por el hecho de perder en sí, si no ante la posibilidad de llegar a casa y tener que contarle a su mujer que ha perdido una viña al guiñote. Manolín roba y dice algo que Jorge no logra escuchar porque en ese instante entra apresuradamente en el mesón un cura. “El ejército francés está aquí, ya llega, pasarán por la puerta de mi parroquia, y no le gustan los curas, Dolores por favor…” La Dolores, que es una santa, le saca de beber al cura, lo tranquiliza y se lo lleva para esconderlo en algún agujero de la venta, ante la mirada de los dos funcionarios, que al poco se marchan del mesón.

El resto de clientes ante la perspectiva que se avecina pagan sus cuentas y se marchan a casa. Todos menos dos. La partida continúa, Manolín hace un par de buenas bazas justo antes de ir de últimas. Ya de últimas se lleva las seis bazas y las diez últimas con el cuatro de bastos.

La cosa está reñida, comienzan a contar. A Jorge le tiemblan un poco las manos, al fin acaba de contar.

  • Yo diecinueve buenas buenas, y tu treinta y una.- Le dice a Manolín.
  • Y el veinte en orós que he “cantao”, ¡partidaaaa!, ¡Casi me ganas! Cuando has “cantao” las cuarenta las he “pasau” perras.- Cogió el porrón y le pegó un buena trago.- Ya te llevare de jornalero “pa” tu viña ya, total, mejor que tú no la conoce nadie.

Manolín no cabía en sí de alegría. Jorge lo miraba con gesto serio, sin moverse.

  • Que ostias de veinte en oros estás diciendo…- dice al fin.

Manolín lo mira atónito.

  • Vamos Jorge no me jodas, que te he “cantao” un veinte en oros.
  • Donde está marcao.- Dice secamente.

Manolín revisa sus bazas y comprueba que no tiene ninguna carta del revés.

  • ¡Pues no lo habré “marcao”!, a veces se me pasa marcar los cantes; pero te lo “hi” dicho ehhh. ¡Cuando a “entrao” el cura ese del copón!
  • No te creo.

Manolín se puso serio, igual de serio que Jorge.

  • Me estás llamando mentiroso pues…- dijo Manolín masticando las palabras.

Al oir aquello Jorge levantó la barbilla y lo miró jaque.

  • Sí.- Le dijo.

Ambos se levantaron súbitamente echando los bancos hacia atrás. Manolín volcó la mesa y abrió su navaja cabritera a lo que Jorge respondió abriendo la suya. Se tantearon, andaban en círculo sin quitarse el ojo de encima, en una mano la navaja cabritera y en la otra el chaleco, cuando vio la oportunidad Manolín lazó una cuchillada a Jorge, era certera y bien lanzada; pero justo en el instante en que la navaja iba a atravesar su vientre una salva de fusilería atronó el mesón y destrozó a los dos labradores.

 Detrás de ellos humeaban los fusiles de una escuadra de soldados franceses, dos de ellos llevaban al cura que instantes antes había pedido auxilio. Otros dos sacaban a rastras a la Dolores de la cocina. Los pusieron de rodillas al lado de la barra. Cinco soldados formaron un piquete de ejecución.

A la orden del sargento y acompañada de un gran destello otra salva de fusilería resonó en el mesón, dirigida a la Dolores y al cura y llenando la estancia de humo y muerte. La Dolores se fue al otro mundo oliendo a pólvora quemada y a la mierda que el cura había soltado al aflojársele las tripas.

El sargento salió al exterior, donde más de siete mil hombres esperaban pacientes que la escuadra acabara el asunto en ese maldito mesón. El general Lefebvre, más firme que un cirio, se le acercó y le preguntó:

  • Dígame sargento, que clase de personas son esta gente.

El sargento se limpió la manga de sangre, le había salpicado al ponerse cerca de los ejecutados.

  • Borregos analfabetos que siguen a clérigos astutos.

Lefebvre asintió valorando las palabras de su sargento.

  • ¿Alguna virtud destacable?

El Sargento se percató del tono jocoso del general.

  • Sí, parece que les gusta jugar al guiñote.

La apreciación del sargento levantó unas cuantas risas que enseguida se apagaron dada la cercanía de Lefebvre. El ejército francés reanudó la marcha. Pronto dejaron atrás el valle del Jalón y penetraron en el valle del Ebro.

El dieciocho de junio de 1808 se acercaron a Zaragoza y contemplaron entre risas las torres del Pilar. Aquel día todavía se podían reír, ajenos al horror que les esperaba en una ciudad atestada de Jorges y de Manolines, que si eran capaces de llegar al cuchillo por una cuestión de juego, pronto les iban a demostrar a lo que eran capaces de llegar para defender a sus mujeres y a sus casas.

Pronto Napoleón comprobó lo que aquellos paletos y analfabetos llegarían a hacer para defender su hogar. 

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