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19 min
El Miedo a la Muerte
Drama |
10.04.15
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Sinopsis

¿Quién conoce los misterios de la muerte? ¿Cuál es la verdadera cara de ésta? James Pearson pudo haber logrado una vida plena y feliz, al haber conseguido estabilidad y paz; sin embargo, su egoísmo lo llevo a la ruina total. La aparente maldad de James se verá oprimida por algo que ni él mismo sabía: Su tremendo pavor hacia la muerte.

No hace mucho tiempo me di cuenta de la verdadera grandeza de lo que he poseído como persona. Una vez llegaron a decirme que pecaba de soberbia, que me libraba de los problemas con el uso de dinero y mi osadía enmarcaba mi personalidad nublando mi juicio. Nunca dudé que fuera verdad, más nunca creí que se convertiría en mi ruina. Se me atribuía actos completamente egoístas, ya que se decía que a mis necesidades más simples les dedicaba una atención y cautela tan pura y meticulosa que parecía olvidar todo. Estas cosas me llevaron a realizar mi error, el más grande en toda mi vida, en el cual aposte demasiado y por obra de mi fracaso lo perdí todo.

Muy tarde comprendí que la idea que tanto me inundó de esperanzas y sueños era en verdad idiota, y con muy poco sustento. Demasiado tarde predije que mi probabilidad de éxito no era más del 10% y el riesgo en verdad era bastante grande. Y sé que lo hice demasiado tarde cuando los sacrificios (que no fueron míos del todo) comenzaron a verse. Supongo que una mezcla de egoísmo, idiotez e ingenuidad fue el suero perfecto para que mi malicia haya obrado con tanta facilidad, concluyendo en ese funesto desastre.

Cuando el hecho ocurrió, mis amigos de la facultad de Derecho en su mayoría no resistían verme otra vez. La ofensa que realicé me convirtió en un judas de mi generación. Incluso mis amigos, los que alguna vez fueron mis hermanos del alma, mis camaradas, aquellos jóvenes que junto conmigo creamos una pequeña banda de Swing, con canciones tan bellas como Jitterbug Waltz, y alguna que otra cantada como Beyond The Sea de Cassotto; me atormentaron y regañaron, me deshonraron y por poco y me linchan. Y para aquellos que no representaba ninguna clase de camarada, no dudaron en propinarme uno que otro puño a la cual respondí con naturalidad. Las peleas a las que tuve si bien no fueron justas, fueron en su mayoría victoriosas para mis contrincantes y humillantes para mí.

Mis padres no se presentaron menos hostiles ante la enorme deshonra que traje a la familia. Mi madre con llanto y mi padre con regaños y bofetones me recordaron el grado de vergüenza e infamia que les había provocado. Mi hermano por su parte, trató de defender su puesto en su carrera política dando una explicación “creíble” para los medios, aunque no obstante su tristeza era bien vista por aquellos que lo entrevistaban. Se me dio un sermón del “juego de la vida” antes de ser exiliado de la familia; lo único que pude llevar conmigo (por las prisas) fue una mochila con dos cambios de ropa, una navaja de bolsillo y unas hojas de papel con un bolígrafo. Creía que era posible que esto último no me sirviera para nada.

En ese entonces, con el alma demacrada y sin algún otro apoyo económico acudí a una vieja amiga, aquella que en antaño había sido como una hermana menor para mí (al ser varios años menor que yo), pero que con el transcurso del tiempo adquirió el suficiente carácter para ser mí igual y regañarme. Cuando me recibió no hubo mucha charla, pues sabía de la calamidad que había hecho. Aunque no me lo dijera, supe que en el fondo estaba triste y decepcionada de mí. Me ofreció

una noche de asilo en su departamento (generosa oferta que sólo ofreció por mi desesperada insistencia a contarle mi cruel destino). No obstante, a la mañana siguiente me despertó muy temprano para desalojarme rápidamente. A pesar de mi tristeza, no le discutí la precipitada decisión y me marche sin saber que no la volvería a ver. Antes de irme, me entregó una guitarra azul: un instrumento que yo le había dado muchos años atrás para que aprendiera a tocar dicho instrumento. Tan sólo la acepté y me fui sin más.

Al no tener ni hogar ni dinero me transforme rápidamente en un vagabundo nómada; andando aquí y allá de ciudad en ciudad buscando un sustento, sobre todo alimento y refugio, pero manteniéndome en el anonimato total. La vida se convirtió en una pecera sucia con un sólo pececito, que tan sólo tocaba una vieja guitarra azul para conseguir monedas. De esta manera me di cuenta de la vida tan lujosa que tenía. En aquella vida (esa que soñaba en cada helada noche en las calles) no temblaba en una vieja banca de parque en posición fetal y murmurando “Little curly hair in a high chair”. En esa vida no remojaba las aterradas y negruzcas costras que se engendraban en mi cabello con el agua del primer arroyuelo que encontrara. Mucho menos tenía que acudir a los puestos de frutas más atestados de gente para robar una fruta y poder alimentarme. Tampoco tenía la necesidad de beber tanta agua hasta hartarme, con tal de sublevar el hambre que jamás dejaba de gruñir.

Por un tiempo traté de acostumbrarme al radical cambio de vida, aunque sin mucho éxito; añoraba los tiempos en donde no tenía que preocuparme por tener un techo y cariño a mí alrededor. No fue muy difícil darme cuenta de que el no preocuparme por aquellas cosas y enfocarme en mi nauseabundo egoísmo me hicieron perderlos con mayor rapidez. Admití que me había convertido en un tirano apoderado y terrible, y era obvio que pagaba por aquellos pecados. No paso mucho tiempo antes de que la profunda depresión me consumiera poco a poco hasta crecer de lleno.

En esa época, a pesar de los evidentes problemas económicos que sufría me las ingenié para hacerme de una botella de whisky John Shirley, que si bien no era barata, me serviría para cumplir mi indeterminado objetivo. En ese momento, mi escondite no era más que una casucha casi en ruinas a las afueras de la ciudad de Elk Grove. Con la botella y una voluntad de perro comencé a tomar desmesuradamente hasta haber dejado tan solo un cuarto de la botella en menos de media hora.

El alcohol no tardó mucho en surtirme efecto y aflorarme emocionalmente; aquellos sentimientos que se mantenían reprimidos y guardados tanto tiempo por el mismo ego que me había llevado a esa situación, comenzaron a bombardearme y atacarme como sanguijuelas en el rio Amazonas. Sin algún otro remedio comencé a llorar y dejarme llevar por la ola de descontrol. Los recuerdos me inundaron como un caleidoscopio mostrándome aquellas cosas que había perdido. A mi padre, pidiéndome ayuda en las tareas de mantenimiento de la granja. A mi madre recordándome que debía orar antes de dormir. A mi hermano por llamarme “Dedal” para molestarme cuando pequeños. A mis amigos por las grandes canciones que tocábamos juntos. Y cuando recordé el embrollo que me había arrebatado todo, las lágrimas se volvieron tan pesadas como el litio, bajando con una lentitud tan dolorosa que casi espinaban.  

Entendí que me había convertido en un parasito, un despreciable ser que debía ser erradicado; que las creaturas como yo tan solo oscurecían al planeta y lo involucraban en una primitiva y despreciable sociedad. Decidí que era hora de dejar el mundo y de acabar de una vez por todo ese intento de vida que mantenía. Tomé la navaja que no se separó ni un momento de mí desde el exilio y me la coloqué en la muñeca, lista para cortar. En ese momento recordé el papel y el bolígrafo, y no me pareció mala idea escribir un ultimátum. Sin vacilar, escribí el siguiente mensaje:

 

A quien lo Lea:

Escribo sin ninguna intención de afligir o causar compasión alguna hacia mi persona, así como de revivir el odio y el resentimiento para aquellos que me conocieron. El motivo de este papel no es más que para tratar de redimirme por medio de algún par de ojos despistado que tenga la curiosidad de leer lo que el “cadáver” hizo al final. También utilizar este escrito como la única prueba de que la muerte me la he proporcionado yo mismo sin ninguna clase de ayuda que pueda afectar a terceros; entiendo que suena ridículo que alguien quisiera defender o atacar a un vagabundo descarriado y ebrio por una razón particular, pero dada mi historia no me puedo privar del peligro que he corrido y que corro. Este peligro que tanto menciono lo justificaré redactando dicha historia lo mejor que pueda.

No existe maleficio alguno en cualquier cultura que genere la infelicidad que he proporcionado y que he sufrido de primera instancia. He sido maldecido, escupido, linchado y exiliado por aquellos que se llamaron mis amigos. No obstante no ha sido más de lo que he merecido; esta clase de conclusiones se la dejaré a su criterio.

Mi historia comienza en un poblado en el norte de Massachusetts. Después de la gran guerra, mi padre decidió dedicarse a una vida de granja llena de animales, de la cual yo tuve que soportar en la infancia. La riqueza en mi familia nunca fue una prioridad, idea que siempre detesté. Mi hermano mayor siempre conforme y progresista, ayudaba en los quehaceres diarios desde muy temprano, para tener el tiempo suficiente para no descuidar los deberes escolares. Yo por otro lado, me dedicaba a soñar despierto y juguetear con los niños en los senderos arrebolados, más no podía evitar sentir envidia por aquellos amiguitos que contaban con mejores juguetes, mejores ropas, mejores vidas. Conforme pasó el tiempo, mi sed de riquezas creció. Mis padres a pesar de no tener el suficiente dinero para despilfarrar, se las arreglaron para poder enviar a mi hermano Harvard, idea que detesté hasta hartarme. “¿Por qué él podía estar con las personas más acaudalas del país y yo no?” me preguntaba. El odio creció en mí rápidamente y con ello una promesa de que mi riqueza sería igual o mejor que la de mi hermano.

Tiempo después mis padres tuvieron el sustento suficiente para enviarme a la Universidad de Miskatonic en la Carrera de Derecho. No obstante nunca fue mi vocación, pues no me veía ejerciendo como un abogaducho. Ahí fue donde surgió una oportunidad indiscutible para mí: conocí a una hermosa chica que resultó ser una Whateley, de esa familia de acaudalados que tanto mencionan en los periódicos del este del país. Mary Whateley fue una revelación que no dudé en aceptar y que debía abordar como fuera. Sin mucha dificultad cortejé a la hermosa y tímida criatura. Sus gustos no eran muy lejanos a los míos, por lo que no fue difícil jurarle un amor artificial. Mi conquista fue aplaudida por mi familia y mis amigos, “¡Son tal para cual!” decían. No obstante mi amor a las riquezas era lo que me mantenía en la farsa, y fue lo que me apresuró a pedirle su mano en matrimonio sin mencionar los bienes mancomunados. La boda se celebró con lujos y excentricidades que me maravillaron hasta la medula ¡Como deseaba pertenecer a esa alta sociedad!

La noche de bodas la celebramos en la casa de los Whateley. Pasada la media noche me escabullí hasta el dormitorio del suegro, el señor Samuel Whateley, y le administre un veneno tan sigilosamente que no se despertó. No obstante, Mary notó mi salida y comenzaba a cuestionarme cuando una sirvienta entró a la habitación diciendo que el Sr. Whateley no respiraba. Mi reacción ante tan fría noticia no fue de lo más natural: comencé a temblar y a sudar. Tartamudeé algo que ni yo mismo entendí y nos dirigimos a la alcoba del dueño de la casa. No comprendía por que los nervios me traicionaban si instantes atrás lo había hecho con la exactitud y tranquilidad de un gato cazando. Ya en la habitación, nos encontramos con un Sr. Whateley pálido y sin vida. Irradiaba pánico y sudaba frío, lo cual me convertían en un foco de atención muy sospechoso. Mary no dejaba de llorar a los pies de su padre y la sirvienta decidió salir a buscar ayuda. Justo

Cuando la sirvienta cerró la puerta, me quebré sin resistir un minuto más: “Yo lo hice” dije. Le expliqué todo el plan a una incrédula Mary que como única respuesta fue levantarse y volver segundos después con un pequeño cofrecito. Lo abrió y sacó a puños monedas de oro y las lanzó al piso, gritándome histéricamente. No me atreví a moverme, y me quedé rígido viendo lo que hacía con tanta desesperación. Al final, encontró algo más en el cofrecito, algo que le llamó profundamente la atención. Con una mirada desgarradora me dijo “ahora podrás recoger tu oro”, para después sacar un revolver del pequeño cofre y darse un tiro en la sien. Quedé estupefacto ante lo que vi. Ahora había dos cadáveres frente a mí de la cual yo había sido el único responsable. Recogí una moneda de oro cubierta de sangre y por primera vez, no la deseé. ¿Cómo pude ser tan idiota como para haber hecho algo así?

Traté de huir primero de esa casa, después de la ciudad y por último del estado, y aquí fue lo más lejos que pude llegar. Ahora que he explicado mi horrenda existencia es hora de morir. Por supuesto que me arrepiento de haber hecho lo que hice. Nunca fui muy creyente de alguna religión, es por eso que no espero nada después del “otro lado”. Mamá, Papá, lo siento.

James Pearson

 

Cuando Terminé el escrito, me impresionó la calidad con la que la había terminado. Tomando en cuenta mi grado de ebriedad en la que la escribía, constaba de una sorprendente gramática. Tomé la carta que constaba de dos hojas, y la coloqué en la caja de la guitarra azul. Decidí que sería un sitio muy “elegante” de guardar las páginas de mi vida. “Es hora de morir” me dije con cierta burla al verme con la navaja en la muñeca. Aunque estaba decidido, empeñe tantas energías en escribir la carta y en los lamentos previos que el sueño me venció rápidamente; así, sin terminar la tarea que tanto deseaba.

Al día siguiente un dolor de cabeza terrible me despertó, causándome una sed horrible y un malestar que los ebrios reconocen al instante. “no pude hacerlo” me dije pensativo. Recordé donde coloqué la carta a la que tanto tiempo le dedique y me dirigí a la guitarra en su busca. Pero en vez de las dos hojas de papel garabateadas que esperaba localizar en la caja del instrumento, encontré un sobre rojo con una letra M sellada con cera en la apertura. Quede sorprendido a más no poder, porque estaba seguro que no se trataba de mi escrito. Sin perder más tiempo, me dediqué a inspeccionar el contenido del sobre que no era más que otra carta escrita en una elegante letra cursiva y firmada. El contenido de dicha carta era el siguiente:

 

Salve mi amice Pearson:

He recibido su carta con la solemnidad y el agrado que usted trató de transmitir para aquellos “ojos despistados y piadosos” que tuvieran la oportunidad de obtenerla. Si esto que le digo le causa alguna clase de indignación o desagrado, scuseme de la indiscreción que he cometido, asegurándole que los temas que usted ha tocado son de suma importancia y me incumben en su totalidad.

Para ahorrarle el misterio debo decirle que yo no pertenezco a ninguna de las instituciones gubernamentales que lo están cazando como un zorro en temporada: mis intenciones con usted son más serios de lo que cree, pero no desespere, deberá aguardar antes de que le resuma las cuentas que habrá que pagar, Non visitabo super vos. Si le sirve de consuelo, usted no es la única persona con la que tengo asuntos pendientes y que ha… ejecutado planes para hacerse de bienes. Siéntase predilecto de saber que pese a mi pesado trabajo, me tome la libertad de escribirle una carta, antes de darle mi cordial visita. No estoy acostumbrada a presentar tales detalles a las personas que atiendo, pero su peculiar caso me llamó la atención. Al igual que usted, no comprendo cual es el miedo que tiene usted hacia mí; es por eso que le quiero formar una buena impresión de mi parte con esta educada muestra de educación de mi parte It does non opus. Ahora no le parezco tan mala ¿o sí?

He llegado a conocer a la Pulcra Puella de su esposa y su viejo padre; dos generosas almas dispuestas a ayudar y amar a las personas que demostraran ganárselo. Ellos et receperunt illam, ut donum ad mortem y confiaré que usted también lo haga.

¿Ya ha adivinado quién soy? De no ser así, cuando lo visite será aún más grande su sorpresa. Lo veré esta noche señor Pearson para Offero a Paciscor; no tengo que decirle que huir de mí será enteramente inútil y tan sólo le causará una fatiga tremenda. Dico Vale mandándole mis saludos, Amicum tuum eterne.

Tu querida Aisa Morrigan.

 

La impresión fue mayor de la que me había esperado. ¿Me habían encontrado? No dejaba de hacerme ideas en la cabeza de salir huyendo de ese lugar en ese preciso instante. ¿A qué se refería con parecer tan mala? Yo jamás había oído o hablado de una tal Aisa Morrigan; mucho menos de tenerle miedo. ¿De qué diablos hablaba esa carta? No entendía muy bien el latín, así que supuse que se trataba de una refinada dama que tan sólo se burlaba de mí, o tal vez de algún otro gandaya. De cualquier modo, decidí hacerle frente a esa persona que contestó mi carta. No por el hecho de que me amenazara con decir que no podía huir, sino para entender el misterio.

Esperé en el sitio hasta el anochecer, aunque el tiempo pasó tanto que creí que no llegaría nadie. Estuve a punto de dar por perdida la visita de la enigmática visita y prepararme para dormir, cuando sin darme cuenta ya estaba ahí. No pude notar el momento cuando entró, pues pareció no hacer ninguna clase de ruido. Sin duda se trataba de una persona singular: Una mujer joven y esbelta, con un vestido negro escotado y un corsé del mismo color con encajes blancos que le ajustaba perfecto. Usaba zapatillas aunque no se distinguían muy bien, ya que el vestido las cubría en las sombras. También usaba un sombrero con un velo que le cubría el rostro para mi desgracia, ya que tan atractiva mujer que era más que desear, se hubiera embellecido aún más con la figura de su rostro.

Frente a mí, parada en todo su esplendor, suspire al saber de quien se trataba. No entendí el cómo no me había dado cuenta de ello, al haberme dado tantas pistas en su carta. Un ligero nerviosismo me atacaba pero no me impidió hablar tranquilamente con ella.

−¿Tengo el placer de tener frente a mí a la Srta. Morrigan? –dije decidido.

Salve Sr. Pearson –contestó con un inconfundible acento extranjero. Era una voz joven y armoniosa, casi como un cantico que hipnotizaba y me hacía desearla más.

−¿Sabe por qué estoy aquí? –fue lo siguiente que me dijo.

−No mucho, usted mencionó algo llamado Offero a Paciscor en su carta.

−Muy bien –dijo picaresca− Ya tiene una idea de quién soy, ¿No es así?

−Me hago a la idea.

−Voy a ofrecerle un trato Sr. Pearson. Será muy breve.

No contesté, por obra de mi indiscutible nerviosismo. Ella lo notó, pero a causa de que no se veía su rostro no podía saber que expresión hacía.

−Usted ha despojado a dos almas de su estado terrenal −Continuó−, a una la despojó por métodos físicos y a la otra por medio de su corazón.

Estuve a punto de protestar, pero recordé que Mary se suicidó por mi culpa.

−El alma de Mary Whateley de 25 años aún tenía 57 años útiles en este mundo. Del mismo modo, Samuel Whateley hubiera ocupado 22 años más antes de desocupar su cuerpo.

No puede más que adoptar una postura de perdón en todo mi cuerpo.

−Si las cuentas no me fallan, usted me debe 79 años, Sr. Pearson. ¿Comprende lo que estoy tratando de decirle?

−Así es –al fin conteste, aunque no tan convencido de ello− Si pago con mi alma, ¿Se me perdonará?

No hubo respuesta alguna. La noche comenzó a hacerse sumamente fría y oscura. Ella estiró una mano huesuda y me la ofreció con delicadeza. Sin más que decir, acepté la mano de la muerte que la primera vez que la vi me inundó de miedo, y que ahora me seducía hacia las oscuras premuras del averno.

Carlos D. V. M

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    Cuando un joven está cansado de su vida, piensa añoradamente en un suicidio prometedor. Hay tantas formas de morir y es fácil lograrlo, pero hay muy pocas formas de vivir; ¿Qué puede mantener la esperanza de un suicida?

    ¿Quién conoce los misterios de la muerte? ¿Cuál es la verdadera cara de ésta? James Pearson pudo haber logrado una vida plena y feliz, al haber conseguido estabilidad y paz; sin embargo, su egoísmo lo llevo a la ruina total. La aparente maldad de James se verá oprimida por algo que ni él mismo sabía: Su tremendo pavor hacia la muerte.

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