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6 min
El milagro que le aconteció al monje Godolidio
Humor |
11.08.15
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Sinopsis

Cuando es lo que parece ser

En unos pliegos sueltos de papel basto, que para edificación de pecadores y consuelo de beatas se vendían  por entregas semanales en el convento de las monjas clarisas enclavado en el barrio donde transcurrió mi infancia y juventud y a los que mi abuela paterna era especialmente aficionada, después haberme embebido en la leyenda verídica de los Siete Durmientes de Efeso y en la historia del martirio de San Dionisio Aeropagita -obispo de Atenas  a quien en principio se atribuyó la autoría de varios libros teológicos que después se descubrieron haber sido escritos por un impostor farsante al que en adelante se le llamó el Pseudo-Dionisio- y alternando mis lecturas piadosas con las novelas de a duro de Luchadores del Espacio y de El Coyote que semanalmente mi padre reservaba para mí en el kiosco de la esquina del parque, me encontré con la sorprendente narración del hecho milagroso que, según una crónica escrita por los primeros padres apologistas de la Iglesia, le aconteció en los albores del  siglo V dC., en pleno desierto de Siria, al joven monje Godolidio.

    Pertenecía Godolidio, desde que sus padres lo entregaron de niño durante una hambruna que asoló la región a una congregación de monjes anacoretas que, sustentándose diariamente de dátiles y pan negro, se dedicaban piadosamente al rezo y a la contemplación en un monasterio excavado dentro de una enorme roca calcárea, próxima a la calzada romana que unía el norte de la región con la ciudad de Damasco.

   Cuenta la crónica que, cuando el monje hubo cumplido los dieciséis años, fue autorizado por el prior de la orden a salir del convento para dar largos paseos en los que ejercitarse en la práctica de la meditación peripatética, debiendo estar de vuelta antes del atardecer.

   Aquel mediodía iba el joven monje dando su diario paseo desde el monasterio hasta el exiguo oasis situado  junto a la calzada que era utilizado por los viajeros para hacer un alto y tener un poco de sombra y agua antes de continuar su ruta. Ya hacía algunas semanas que venía siendo atormentado, primero en sueños y más adelante con imágenes que invadían sus pensamientos, por la visión de una muchacha de pelo negrísimo, labios ardientes, senos turgentes y culo prieto que, totalmente desnuda, turbaba su tranquilidad, desasosegándolo y provocando en su cuerpo reacciones que él empezaba a descubrir y no acertaba a explicarse.

   Meditando sobre aquel suceso había llegado al oasis y, como solía hacer en los días que el sol abrasaba más, se despojó de su sayal y del ancho sombrero de palma con el que protegía su cabeza y, desnudo, se tumbó de espaldas en las poco profundas aguas para aplacar un poco el calor de la tarde y especialmente el  ardor que últimamente a todas horas venía sintiendo en su cuerpo.

   El chapoteo le hizo no advertir el sonido de las voces de un grupo de novicias de la orden de las Arrepentidas de Santa María Egipciaca que, apiladas como tinajas de aceite dentro del carro en el que viajaban, hacían el camino de Damasco para visitar el sagrado lugar donde el fanático perseguidor de cristianos, Saulo, escuchó la voz divina que lo transformó para siempre en portavoz y  mártir de la Fe Verdadera, y de paso vender en el mercado de reliquias y exvotos de la ciudad dos -certificadas de veracidad por el obispo de la diócesis- que se guardaban en su convento: una astilla de la lanza de la caballería persa que hirió mortalmente a Juliano el Apóstata y el colmillo del tamaño de un dedo pulgar que la pedrada de David  le arrancó de la boca al gigante Goliat.

  Las jóvenes hermanas bajaron del carro y, con su priora al frente, se adentraron en el oasis sin dar tiempo a Godolidio a ocultarse tras los arbustos o a ponerse el sayal, acertando únicamente a coger el sombrero de palma, para, colocándoselo por debajo del ombligo, ocultar de esa forma la parte inferior de su cuerpo de la vista de las religiosas.

   Quiso Belcebú, que nunca duerme, que la diablesa - pues no otra cosa era aquella muchacha que perturbaba los  sueños y pensamientos del joven anacoreta para hacerlo caer en la tentación del pecado solitario- quisiese esa tarde divertirse un poco a costa de las monjas y, tomando humana forma, se presentó encueros, tal como él solía soñarla, ante los ojos asombrados del monje que permanecía de pie ante ellas cubriendo sus partes con el sombrero que apretaba con ambas manos contra su vientre.  

 Cuando el joven monje advirtió que, dado que la priora y las monjas -que por el corte en tazón de su cabello ya habían adivinado su condición de religioso- sólo lo contemplaban a él, y que nadie más notaba la presencia de la mujer, túvolo por artificio diabólico y, horrorizado, teniéndose por irremediablemente predestinado a la condenación de las llamas eternas, tapó con ambas manos sus ojos ante aquella visión, descuidando la guardia del sombrero que, incomprensiblemente, no cayó a la arena, sino que permaneció levitado sobre el vientre de Godolidio, como si estuviese pegado con brea a su parte púbica.

   Creyéndose obligada a dar una explicación -si bien ninguna de las novicias, jovencísimas prostitutas redimidas, la hubiese pedido, sino más bien parecían desternilladas de risa con el suceso-  la madre priora dijo con voz grave:  - Ya veis, hermanas, que el Señor en su infinita  misericordia ha enviado a sus ángeles a descender  de los cielos para sostener con sus alas ese sombrero y evitar así que este hermano nuestro en Cristo nos mostrase involuntariamente sus vergüenzas. Y ahora andando al carro, que  pronto nos caerá la noche, añadió dando un par de sonoras palmadas.  

 Así ocurrió y así se escribió.

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