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4 min
La aparición del Monje de la Fuensanta
Reales |
08.10.15
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Sinopsis

Y a pesar de los años, me siguen gustado las bromas artísticas

- El que se ha puesto en pelota delante de las niñas ha sido tú. Le espeté con fingido enojo a mi amigo Celuí. Así que te jodes si ahora van y se lo cuentan a los profesores y -rematé para aumentar su pusilánime preocupación- espero que no me salten chispas a mí también, como avisen a la guardia civil, por estar contigo.

 

 De haber tenido algo más de perspicacia, mi amigo habría desechado - o ni siquiera llegado a albergar- los temores subsiguientes al arrepentimiento que le había sobrevenido después de haberse despojado de su minúsculo bañador ante el puñado de chiquillas adolescentes que se habían acercado a una de las pozas del manantial de la Fuensanta en cuyas aguas ambos estábamos remojándonos.

 

 Yo, al momento, ya había advertido las miradas divertidas de las niñas dirigidas al pequeño adminículo que sobresalía de entre los pelos púbicos al final del abdomen de ballenato de mi amigo. Y las expresiones pichilla y también gurrinilla y hasta pirindolilla, oídas pronunciar entre los comentarios que salían de los labios de algunos de aquellos pimpollos, me confirmaron que seguramente llegarían a referir el incidente, pero no a los profesores, sino al resto del grupo de sus compañeras de colegio que formaban parte de la excursión y que en ese momento andaban atareadas montando las tiendas de campaña en la que iban a pasar la noche de acampada -al igual que mi amigo y yo- en aquel paraje enclavado en el parque natural de la Sierra de las Nieves, donde antaño se había ubicado un monasterio de frailes de la orden de San Nicanor Nonato, hoy ya abandonado, cuyas ruinas Celuí - en su afán exploratorio de novedades- fue incapaz de encontrar, a pesar de haberse pasado toda la tarde del día anterior deambulando por los alrededores mientras yo me reponía del viaje con una prolongada siesta dentro de nuestro iglú montado a la sombra de los altos eucaliptos esparcidos por todo el entorno.

 

 - Maricones ! El exabrupto, seguido de un coro de carcajadas juveniles, que salió del grupo de las colegialas, al volver nosotros de nuestro baño, iba sin ninguna clase de duda dirigido a mi amigo y a mí mismo, dado que, aparte de nosotros dos, no había otra gente que estuviese acampada próxima al mismo. Y, aunque en mi fuero interno perdonase la inmadura malicia agresiva de las chiquillas -provocada en parte por la conducta de mi amigo- mi carácter, dado a urdir bromas artísticas, comenzó a maquinar la que, ideada como venganza sobre el insulto gritado por las niñas -que atentaba contra mi acepción sexual, totalmente opuesta al contenido del mismo- me serviría, además de como diversión morbosa, como anécdota a relatar en cualquier reunión de amigos y hasta de material para alguno de mis futuros cuentos.

 

  A tal fin, una vez hecha la noche sobre el paraje de acampada, y en silencio para que mi amigo no se diese cuenta -dado que él nunca había sido partidario de esa clase de teatralidades- acordándome de la novela El Monje y de la presentida presencia del convento abandonado, y con una especie de hábito rudimentario hecho con una manta y una toalla de playa, además del báculo escenificado en una rama larga y seca de eucalipto, me aposté escondido tras los árboles junto a la zona donde las tiernas ninfas estaban cenando, queriendo mi buena suerte que al poco rato un grupo de unas cinco o seis de ellas se levantasen y fuesen todas juntas hacia los pilares del agua.

   Pecador que estás pecando y al infierno vas a ir,

mira que vas a morir, mira que no sabes cuando.

Una caridad para las almas en pena  de los monjes

 que caminan errantes por estos campos desiertos,

una caridaaaad...  

 Yo pensaba que a lo sumo, a las niñas, la aparición de aquella figura fantasmal que surgía recitando el miserere en mitad de la noche, se les iba a antojar como la acción típica de un gamberro, pero nunca que, tras soltar un unánime alarido, -y soltar también las ollas y los cacharros que llevaban a lavar, que cayeron al suelo estrepitosamente- apartaran a correr despavoridas hacia su área de acampada, donde escuché un gran alboroto, seguido del haz de luz de tres o cuatro linternas de los tres o cuatro profesores -que habían salido a comprobar la veracidad de lo que las pobres chicas habrían llegado sin duda refiriendo-  que rubricaba el completo y perfecto éxito de mi improvisada representación.   

 

 

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