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10 min
El monstruo
Amor |
14.04.15
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Sinopsis

De pena, amor, drama y un final que no voy a desvelar.

El Monstruo se abalanzó contra ella lanzándola al suelo del empujón. Sus dimensiones eran enormes y nada pudo hacer para salvarse de sus garras. Con gran furia fue clavando sus dientes por todo su cuerpo hasta que perdió el conocimiento.

Se quedó en el suelo no sé por cuánto tiempo. Cuando despertó estaba con su cuerpo destrozado por el feroz ataque. Fue un milagro que salvase su vida. Pero nunca más volvió a ser la misma.

Se había transformado en una mujer desfigurada y llena de horribles cicatrices que le recordarían para siempre el terrible sufrimiento que tuvo que soportar.

A partir de entonces empezó a sentir el rechazo, no solo de sí misma, sino también de la gente de su alrededor.

Observaba que la miraban con pena y repulsión a la vez y algunos hasta con miedo, temerosos de su horrible aspecto. Notaba cómo se alejaban de su lado al verla. Se sintió apartada de la sociedad. Su mirada se volvió triste y vacía y observaba la alegría a su alrededor sin poder participar de ella. El único lugar donde poder sentirse “cómoda” era su casa y asumió que su destino sería vivir en la más terrible de las soledades.

Pero, al igual que todo el mundo, necesitaba de vez en cuando alguien con quien poder hablar. Internet fue el único sitio donde solía escaparse en esos momentos tan necesarios de su vida. Lo hacía de forma anónima y así olvidaba su triste realidad por un momento. A través de ese medio buscaba el contacto humano en lugar de irse a buscar a la calle. Jamás nadie la conocería. Era su forma de evadirse para que su vida no se convirtiera en un tormento imposible de soportar.

Fue así como le conoció. Nada más verlo se enamoró él. Lo consideraba el ser más maravilloso y especial del mundo entero, al que eternamente amaría y sería el único y gran amor de su vida.

Tras su llegada, el mundo “virtual” se transformó en un lugar perfecto para ella. Se convirtió en una observadora invisible que pasaba las horas mirando a través de la pantalla del ordenador esperando todo el día para poder llegar a verlo. Tan solo un instante suyo y hacía que su vida valiera la pena…

Pero no debía olvidarse de quién era ella… Lo amaba con toda su alma, pero sabía que nunca podría estar con él.

Con el tiempo su rostro se volvió pálido. Un rostro pálido, desfigurado y lleno de horribles cicatrices. Si bien su cara brillaba percibiendo su presencia y de su mirada apagada surgían de pronto destellos de vida.

Pero a medida que pasaba el tiempo sentía una sed irresistible que la consumía en su interior. Había despertado en ella un deseo más vivo, más real. Hasta entonces todo era extraño, irreal, inmaterial. Pero ahora deseaba, no solamente tocar las teclas del teclado, ahora quería poder tocarle a él, abrazarle, besarle… En definitiva quería vivir la experiencia del amor como todo el mundo hace, simplemente eso. Si lo hace todo el mundo… ¿por qué no ella?

Rogó a Dios que hiciera desaparecer sus cicatrices y la dejase pasar al menos un día junto a él. Pero eso era como pedir peras al olmo. Definitivamente no podría estar nunca con él.

En ese momento despertó del sueño de su mundo irreal. Su mundo “ideal” se derrumbó y regresó a la terrible pesadilla de su vida real.

Todo eso provocó que se sumiera en una profunda depresión. Se sentía tan desdichada que hubiera podido escribir los versos más tristes, escribir, por ejemplo, “La noche está estrellada y tiritan, azules los astros a lo lejos”.

Todos tenemos un día para partir de este mundo, pero las circunstancias aceleraron su partida definitiva. Ya solo quería abandonar el mundo cruel que tanto dolor le estaba causando.

Preparó el viaje como si fuese a hacer un viaje normal, pero con la diferencia de que no llevaría nada en su equipaje. Así que no preparó gran cosa. Tan solo necesitaba un punto de partida imprescindible desde donde emprender el viaje hacia ese lugar misterioso llamado “Más Allá” donde todos vamos a ir a parar algún día.

Tumbada en la cama de su habitación maquinaba su suicidio. Quería una muerte dulce, sin ningún dolor físico, ya que bastante estaba sufriendo, y descartó muertes como el ahorcamiento, cortarse las venas, tomar veneno para ratas o electrocutarse en la bañera. Lo que quería era cerrar los ojos como si fuese a dormir y no despertar nunca más. Y así fue como se quedó dormida esa noche.

Cuando despertó volvió a la triste realidad de su vida, mas estaba segura de que ese día iba a ser el último día de su vida.

Todo llega en esta vida, había llegado su hora de partir y no quería llegar tarde a la cita.

En su desesperación, deseaba una pronta solución que la sacara rápidamente de este mundo. Era como cerrar una puerta y tirar la llave. Eso le permitiría poder comenzar de nuevo en otra parte y poder realizar todos sus sueños.

Se levantó y fue al cuarto de baño para coger el surtido de pastillas que tenía preparadas. Era un bote repleto de ellas, de distintas marcas para que el cóctel fuera lo más explosivo posible.

Pero al pasar por el lavabo, justo al lado del armario donde tenía guardadas las pastillas, se cruzó con el espejo y se llevó la gran sorpresa de su vida… ¡El milagro que le pidió a Dios se había producido!

En su reflejo no había rastro alguno del brutal ataque del que había sido víctima. Las horribles cicatrices que cubrían por completo su cuerpo habían desaparecido. Su piel era suave y su rostro volvía a ser tan bello como antes.

No podía creerlo.

Cerró los ojos y los abrió de nuevo, se pellizcó, mojó su cara para espabilarse por si todavía seguía sumida en un sueño.

Su piel brillaba ausente de cicatrices y el agua se confundía con las lágrimas que bañaban su cara de felicidad.

Estaba tan contenta que hubiera podido escribir los versos más alegres. Escribir, por ejemplo, “Me voy de parranda y no vuelvo hasta las tantas”.

En ese momento hubiera sido igual de feliz si hubiera salido con su árbol de Navidad, pero el milagro había sido expresamente para verlo a él y sabe Dios que no fue de mala gana ni por obligación.

Él ya se lo había pedido en varias ocasiones, así que no le costó demasiado convencerlo para tener una cita. En persona era todavía más guapo, se parecía al doctor House, hasta cojeaba un poco de su pierna derecha. Se presentaron con los dos típicos besos en las mejillas y se pusieron a caminar por entre la gente conforme hablaban, reían, incluso se hicieron varias fotos con el móvil para perpetuar aquél precioso momento que recordar.

Llevaban así unos quince minutos hasta que ella se solidarizó con su pierna coja y se fueron a sentar en una cafetería. Allí hablaron largo y tendido pero nunca le confesó lo del milagro, quería disfrutar de su reinado por un día sin ninguna cortapisa, además, no se lo iba a creer.

Después se fueron a un hotel y acabaron pasando el resto del día y la noche juntos. Él le dijo que la amaba y ella se entregó a él con todo su amor sin pensar que El Monstruo podía esconderse debajo de la cama, pues tenía la esperanza de que el milagro durase toda la vida.

Así se quedó dormida abrazada a él mientras escuchaba el latido de su corazón. Había sido un día perfecto.

Al despertar todavía seguía acurrucada entre sus brazos. Él aún seguía dormido. Vio por la ventana que hacía un día soleado muy bonito, sin embargo ella sintió mucho miedo. Había transcurrido el día en que supuestamente iba a durar el milagro y eso le causaba una angustia imposible de soportar. Se levantó, apenas podía caminar y fue como pudo hasta el primer espejo que se encontró.

Al mirarse dio un grito de espanto. Su cara volvía a estar llena de cicatrices. Se puso muy nerviosa y quiso salir corriendo de allí, a un lugar adonde él no la pudiera encontrar y que no se espantase de la horrible visión. Pero fue demasiado tarde pues lo despertó con su grito y la detuvo en su intento de huída.

A ella no le quedó más remedio que esconder con sus manos su cara.


-¡Por favor no me mires, estoy horriblemente fea! -le gritó sollozando

Inmediatamente él apartó sus manos y le preguntó por qué razón quería esconderse. Ella no respondió pues supuso que al verla lo entendería todo. Pero él seguía sin entender y volvió a preguntarle porqué se había puesto así.

-¡Mi cara está llena de horribles cicatrices! – decía ella mientras lloraba

- A mí eso no me preocupa. Yo te veo muy bella y es lo único que me importa – contestó él mientras intentaba calmarla.

-¡Pero ayer cuando me dijiste que me amabas no las tenía!– respondió ella

-¿Qué dices? Estás igual que ayer -contestó él

Ella se sintió muy confundida. No comprendía nada y no sabía si se hacía el distraído para no hacerle más daño.

Entonces se acordó de las fotos que se hicieron cuando se presentaron y fue a buscarlas. Pero su sorpresa fue mayor cuando vio que en las fotos tenía el mismo aspecto que en ese instante y no sin las cicatrices como cuando se las hicieron.

Parecía como si lo transcurrido el día anterior hubiera sido un sueño, sin embargo él estaba allí y era completamente real.

En ese momento empezó a entenderlo todo. El milagro sólo fue para ella, pero para él todo había seguido igual.

Entonces ella lo miró a los ojos y le preguntó:

-¿Me quieres a pesar de mi aspecto?

Él la cogió de las manos y le respondió:

-Claro que sí… Eres la persona de la que me he enamorado y con quien quiero pasar el resto de mi vida.

Ella se sintió muy feliz con su respuesta. El milagro le enseñó que el atractivo de una persona no está solamente en el físico y que si se muestra segura de sí misma puede llegar a conquistar a la persona que ama.

Y se dieron un beso que selló su amor para siempre… Y colorin colorado este cuento se ha acabado.

 

 

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