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10 min
El Moribundo y la Oscuridad
Terror |
09.03.15
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Sinopsis

"Siento como la vida abandona mi ser, como la oscuridad me cubre y las fuerzas de mi cuerpo desaparecen. Mi piel pegada directo al hueso, sin carne por medio, se va descolorando y arrugando… como a un cadáver abandonado. Sé que no soy un muerto que escribe porque no hay gusanos ni descomposición, pero sé también que falta muy poco para derrumbarme y no levantarme jamás. Muy triste y desconcertado a la vez, mis últimos momentos, estamos solo yo, mi soledad y mi escritura. Me voy a ir sin haber cumplido mis grandes metas, con sueños frustrados y sin familia ni herencia. Siempre me gustó pensar que lo que nos mantiene existentes después de la muerte son los recuerdos de los demás hacía uno, pero sé muy bien que nadie va a lamentar mi ida. A demás ya me doy cuenta que mi mente se debilita, escribo una frase y tengo que leer del comienzo para saber cómo voy llevando este escrito, y voy verificando que no están bien conectadas oración con oración. Pero bueno, es una despedida que quizás nunca será leída, así que ya fue. ¿Y de qué o de quién me despido? Creo que solo de mi mismo.
Tantas cosas que aun quiero hacer, pero siempre el tiempo me llevó a la rastra y hoy como punto cúlmine la muerte me espera en la meta de llegada, en el fin de mi carrera, en el fin de mi vida... ¡Maldita sea! ¿Por qué mierda debemos morir? ¿Para qué vivir sufriendo, si sólo luchamos para morir? Es una estúpida injus...”

-¿Cómo le va señor Blas?- Una voz salió desde la oscuridad de mi habitación. Se notó monótona, vacía, seca y fría, sin emoción alguna. Me sacó de mi inspiración y paró mi escritura.

-¿Quién está ahí?- Pregunté completamente asustado.

-¿Para usted qué significa morir?- Contestó la voz sin una mínima profundidad.

-¡Dime su nombre! ¡Cómo entró y por qué está aquí!- Tratando de demostrar en vano seguridad y autoridad.

-¿Quiere respuestas a sus preguntas? ¿Qué es para usted morir?- Seguía la voz sobrenaturalmente monótona.

-¡Sí quiero! ¡Dejar de existir! ¿Qué más puede ser? - Contesté fastidioso.

-¿Y cómo sabe que deja de existir?- Cada letra y cada palabra sonaban iguales, no había rasgos de emociones.

-Lógica. Dejas de respirar, te descompones, los gusanos te comen, pasas a ser un esqueleto y el tiempo te hace ser olvidado, dejando de existir, quedando sólo polvo- Lo dije yendo del fastidio a la melancolía.

-¿Por qué estás tan seguro? ¿Crees que tu mente, cuerpo y alma tienen el mismo fin?- me comenzaba fastidiar el tono y la articulación de las palabras, parecía que hablaba con un robot.

-¡Dime quién eres, cómo entraste y qué quieres! ¡Muéstrate!- Mis ojos chispeantes de la bronca estaban clavados en la oscuridad, de donde provenía la voz, pero era un manto negro inperforable.

-¿Por qué no iluminas la habitación?- contestó fríamente, como sí no se hubiese tomado tiempo para pensarlo.

Me levanté de la silla, fui caminando hacia atrás sin apartar la vista de la oscuridad. Cuando llegué a la pared, busqué a tientas el interruptor, cuando lo encontré el frío comenzó a recorrerme el cuerpo, no sabía si quería ver, sí era un ladrón ni bien encienda la luz iba a tenerlo en cima mío y... Un momento, ¿Cómo sabía que estaba escribiendo esa pregunta? ¡Sí no lo dije en voz alta y nunca se acercó!

-¿Vas a prender la luz o vas a seguir haciéndote preguntas?- Y esas palabras perforaron mi lógica derrumbando mi firmeza. Me quedé congelado de la confusión y de un impulso para agarrar mi mente que quería salir de mi cuerpo, encendí la luz. Y cuando mis ojos al fin pudieron ver, mi mente se quebrantó, mis pies se desvanecieron, quedando sentado en el piso apoyado a la pared, estupefacto, congelado, sentía mi mente desconectada de mi cuerpo. Lo que tenía al frente era simplemente una sombra, un cuerpo de oscuridad pura, parado en el medio de mi habitación… contemplando mi horror.

-¿Crees que tú cuerpo, mente y alma tienen el mismo fin? ¿Y dónde entra lo sobrenatural, lo espiritual, los sueños?... ¿Dónde entro yo?- La voz seca comenzó a provenir de todos los sentidos y la sombra a cada palabra se me acercaba. Y yo sufría la inamovilidad del terror abismal, escuchaba las palabras pero no podía reaccionar de ningún modo, y la fobia de una muerte cerebral me consumió, temía quedar consiente pero no poder moverme jamás, no quería ser un catatónico y de un impulso me paré sin dejar de apoyarme a la pared. La sombra se me acercó aún más y quedó exactamente a mi estatura. Mi cuerpo comenzó a convulsionarse por completo, mi respiración sonaba como a alguien a quien ahorcan, con esa desesperada lucha por la salida y la entrada del aire. Sentía mis lágrimas recorrer mi rostro y toda mi entre pierna chorreando.

-¿Dónde entro yo?- Insistió y se acercó aún más a mi rostro, quedando a unos veinte centímetros y yo empujaba contra la pared deseando que sea de papel para poderla atravesar, mis ojos quedaron hipnotizados con su negrura deslumbrante, buscando algo físico, algo dentro de la lógica o aunque sea un punto a que ver. Percibía el frío congelante que emanaba de su existencia, que iba cortando cada fibra de mi cuerpo.
Queriendo salir de mi hipnosis. Empujé unas palabras de mi cabeza, pero el quebrantamiento y el miedo lo convirtieron en un llorisqueo tartamudeante. E insistí y volví a esforzarme aún más.

-¿Por qué mi mente, mi cuerpo y mi alma se deterioran?- Lo dije como un chiquillo que lo acaban de golpear y desconsolado buscaba clemencia.

-¿Por qué puede ser?-

-Porque me muero- Con palabras quebradas, dejando a la luz todo el dolor mientras sollozaba -¿Y por qué tiene que pasar?- Me sentía cada vez más niño, me sentía tan diminuto ante eso.

-¿Soportarías tanto sufrimiento por mucho más tiempo?- Siguió preguntando. La respuesta era obvia y mi mente dentro del caos sacaba conclusiones de entendimiento, recordando la vida de mierda que tuve.

-¿Hay vida después de la muerte?- Pregunté con ese brillo en las palabras a esperanza. Pero pasaron unos minutos y no respondió. Iba a repetir la pregunta pero me di cuenta que la respuesta la tenía de pie o flotando delante mío.

-¿Qué hay después de la muerte?- replanteándome la pregunta, con el mismo matiz de esperanza.

-¿No lo has entendido? ¿No te he dicho que en la supuesta vida están los sufrimientos? ¿Qué habrá después entonces?- La voz dejó de venir de todos los sentidos, y comenzó a provenir otra vez de la sombra. Quizás porque el terror asfixiante fue desvaneciéndose, volviendo el equilibrio y el enfoque. Noté que me estaba adaptando y acostumbrando a lo desconocido, o más bien, sus palabras abrieron mi mente, dejando la lógica, la ciencias y las leyes físicas de lado, adentrándome a un subconsciente desconocido en mi, encontrando sueños, imaginación y paz sobrenatural. Allí sus palabras me hacían sentir raro, pero no tenían agresividad, sólo era la impresión de lo desconocido y su acercamiento. Suspiré hondo y entrecortado. Aún había cosas que no me cerraban y no podía creer. Y pregunté sólo para romper aquel horrible silencio.

-¿Por qué me respondes todo con preguntas?- Y está pregunta salió como un sólo sonido o una sola palabras, de tan atravesado.

-¿Prefieres respuestas que no puedas razonar o preguntas que te hagan entender a tú manera?- y solo agaché mi cabeza respetando su sabiduría.

-¿Crees que viviste luchando contra el sufrimiento solo para morir? ¿Y dónde está el sentido a eso? ¿Qué esencia tiene?- Aunque la articulación de las palabras no tenían emoción, la conformidad de las palabras comenzaron a invadirme y hacerme sentir muy diminuto. Tenía razón, no tiene sentido ni esencia.

-¿Piensas que simplemente vagamos en la existencia? ¿No crees que algo tan grande como la existencia misma debería tener una organización perfecta, donde todo un sistema ancestral controla, destina, mueve, destruye todo lo que sea necesario?- Me fui empequeñeciendo a cada palabra, me sentía como sí me estuviera reprendiendo y agachaba cada vez más mi cabeza, avergonzado de mi ignorancia. Sin levantar la mirada, con mis ojos clavados en el suelo pregunté.

-¿Y qué debo hacer?- Con una voz muy gangosa.

-¿Qué sientes? ¿Qué es lo que deseas?- levanté mi mirada, encontrando algo en mi.

-¿Debo...?- Y cortó mi pregunta, con otra pregunta.

-¿Con lo que has entendido hoy, aún no estás seguro?- Y solamente asentí con mi cabeza. Ya acostumbrado a su presencia simplemente le di la espalda y me senté donde estaba escribiendo. Comencé apresurado sin darle importancia a mi lúgubre auto despedida, que había quedado a medio escribir, antes de que se me escaparan cada palabra y cada sensación de esa rara conversación. Comencé a continuación de la escritura que ya estaba en el papel, volví a leer mis 2 preguntas, y me lamenté no haberlas reflexionado, puse 3 puntos suspensivos como fin a un pensamiento erróneo, y empecé: -¿Cómo le va señor Blas?- Una voz salió de la oscuridad de mi..."

Cuando terminé de escribir los hechos, me di cuenta que el ser de oscuridad ya no estaba, y me vino la curiosidad de saber quién o qué era, pero sabía que pronto lo iba a saber. Releí lo que escribí y me percaté que nunca me dijo nada, siempre me preguntó, aunque siempre fueron las preguntas exactas, la verdad que una sabiduría sobrenatural. Como lo fue todo.

Sentí que llegaba el momento y me puse con el epílogo de mi escritura.

"Ojalá pueda cambiar con mi relato pensamientos iguales a los míos. Yo en los últimos ases de vida traté de entenderla, y no esperar a la muerte, porque entendí que nosotros mismos hacemos que nuestra vida sea bella u horrenda. Sólo hubiese querido saberlo mucho antes. Ahora sí me puedo despedir con una esencia diferente, no de mi mismo, sino de una vida que desperdicié, pero con la paz de que pude reindimbicarme y la tranquilidad de que no es un fin. Espero con muchas ansias la nueva etapa y antes dejo esta carta, como algo que hice por alguien más. Atte. Sr. Blas. Nos vemos pronto."

Luego de firmar mi escrito y volver a leerlo, lo dejé sobre la mesa, agarré el teléfono, llamé a la policía y con las últimas fuerzas pedí ayuda, dije mi dirección y antes que me la confirmen, mis piernas perdieron su fuerzas, caí sentado en el suelo y me arrastré a la mesa donde estaba la escritura, me apoyé golpeándola y el lápiz cayó al lado mío, volví a agarrar el teléfono y se escuchaba un lejano "señor, señor" y mis brazos dejaron caerlo, agarré el lápiz entre mis dedos, con mis últimos esforzados alientos, en el suelo me acosté boca abajo y escribí con letras quebradas en el piso "por favor, difundan lo más posible mi carta" y cerré mis ojos, deseando con todas mis últimas fuerzas, esa frase.
 

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Podrías marcharte sin dejar aroma alguno, podrías irte sin que pueda percibirte. Pero... no hay nada más satisfactorio que una valoración, no hay sentimiento más solemne que ser contemplado, no hay melancolía más dulce que una buena corrección, ni nada más gratificante que ser recomendado. Por eso, si en mí encuentras cosas como estas, házmelo saber y si tienes algo tuyo que recomendarme, no dudes en hacérmelo ver. Tan solo unos clicks nos separan de ser feliz.

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