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11 min
El MUDAKIRA DE SAMIR I
Varios |
05.04.13
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Sinopsis

La historia de Samir la voy a repartir en tres entregas...

EL MUDAKIRA DE SAMIR

 

Lucas aupó la pequeña maleta a la cinta de pesado, en la terminal de facturación. Cuando planeó la salida, no tuvo en cuenta el día que era. “Si es que no vives en este mundo, no tenías otro día para irte que no fuera vísperas de puente…” le reprochó su madre mientras recolocaba en su equipaje las camisas de guerrillero, como llamaba Matilde a las prendas color arena de su hijo.

 

Cuando la auxiliar de tierra, hizo caminar la cinta, el equipaje inició la letanía de golpes que llevaría durante su periplo por los sistemas de transporte de equipajes de los aeropuertos de medio mundo.

 

La terminal era una canasta desordenada de nervios. Viajaban familias enteras, era el inicio de cinco días de vacaciones, tiempo suficiente para darse la licencia de realizar una salida de mediano recorrido. Un padre, sentado en el extremo del carro donde lleva todas las maletas, descansa con el rostro entre las manos. Es fácil adivinar que está arrepentido de la aventura que inicia. Uno de sus hijos, de unos siete años, corre por la sala del aeropuerto con los brazos en cruz, simulando ser un aeroplano y gritando “¡París, París…!”

 

Lucas se sienta donde puede ver la puerta de embarque mientras hojea una revista de Nacional Geographic en francés, la compró con la esperanza de mejorar el idioma vecino antes de finalizar el viaje. Se distrae de la lectura cuando un asomo de culpabilidad se sienta a su lado. El ambiente vacacional de la terminal le ha llevado a sus años de niñez, cuando junto a sus padres y Silvia, su hermana, viajaban a Calpe para disfrutar de unos días de asueto. Ahora debería ser él, quien los acompañara a ellos. Su madre le repite continuamente que ellos son felices sabiendo que él también lo es haciendo lo que hace. Su padre acata la opinión de su mujer por imperativo legal, pero en alguna que otra ocasión le pide explicaciones a Lucas el por qué no trabaja en un despacho del periódico para el que escribe, como su cuñado y no como corresponsal en zonas de conflicto.

 

En el avión, rumbo a Paris, abandona la lectura naturista sobre glaciares, porque en los asientos que preceden al suyo, se ha instalado la familia del niño avión.

 

Contra todo pronóstico, el niño apenas da muestra de existencia, apenas se le ha oído durante el viaje. Cuando la auxiliar de vuelo les comunica la temperatura que hace en París, Lucas descubre la causa de tan radical cambio en la actitud del muchacho. Mamá se pone muy nerviosa cuando vuela, el niño lo sabe y por eso se controla.

 

Mientras espera su enlace con Trípoli, repasa el material de trabajo, contesta sus correos y se pone al día de la situación que se encontrará cuando llegue a Chad, donde cubrirá   la crónica del estado del país, tres semanas antes de la llegada de la Comisión Europea que velará por unas elecciones imparciales, tarea difícil, porque Chad está considerado uno de los países más corruptos del mundo.

 

En el trayecto de París a Trípoli, algunos pasajeros ya visten los atuendos propios de países africanos, efecto que hace que Lucas empiece a pensar en su destino y se vaya olvidando de occidente.  Su compañero de viaje, lleva una agbada, una prenda parecida a una camisa, que su madre metería en el cajón de los pijamas. Casi todos son hombres de negocios. En África es fácil distinguir la clase social a la que pertenece la gente por el aspecto de sus ropas. Las telas y bordados son señas de identidad de quienes las llevan.

 

Cuando llega al aeropuerto libio, el cambio es radical. Los pocos occidentales que venían en el vuelo de            Lucas, se disuelven entre el gentío que va de un lado para otro, algunos con equipajes enormes y desordenados con los que golpean a todos los que no se retiran a tiempo de su trayectoria.

 

Se respira una mezcla exótica de olores, dentro de la coctelera de calor húmedo que es la terminal.  Llega justo de tiempo para enlazar con el vuelo que le llevará a N´Djamenea, la capital de Chad. El calor y la preocupación por encontrar la puerta de embarque, hace que la camisa guerrillera se le pegue a la piel cuando pasa por zonas sin aire acondicionado.

 

El embarque al avión, se hace entre envites y ruidos ensordecedores. Los pasajeros se gritan entre ellos aunque estén uno al lado del otro. Deja pasar el tumulto y es de los últimos en subir al avión. Cuando llega al asiento que le han asignado en la puerta de salida, lo encuentra ocupado. Recurre a la diplomacia occidental y en un más que entendible francés, le señala al ocupante, que está en su sitio. El ocupa le escanea con la mirada y pone cara de no entender. Le enseña el billete, pero el hombre ni lo mira. Simplemente se ríe dejando a la vista una dentadura falta de piezas al tiempo que le indica un asiento vacío al otro lado del pasillo.”¡Bienvenido a África Lucas!” piensa el periodista, mientras se sienta resignado donde le ha señalado el que llegó primero.

 

Dentro del avión, continúa el mismo ambiente que durante el embarque. Algunos equipajes de mano, no cogen en los departamentos habilitados para ello y sus propietarios, los dejan entre los asientos o en el mismo pasillo.

 

Se hospeda en el hotel Kempinski, cerca del aeropuerto, sólo hay un par de vuelos con destino a Abéché, que salen por la mañana.

 

Cuando sube al pequeño aeroplano de hélices, le saluda a pie de escalerilla el piloto, un belga que trabajaba para una O.N.G.  Le advierte que desde el escándalo que envolvió a la O.N.G francesa “El Arca de Zoé”, en Abéché, los occidentales son vigilados de cerca y la población civil, muestra una continua desconfianza hacia ellos.

 

Durante el vuelo, se le presentó Marco, un periodista italiano, un freelance que dominaba las situaciones en el país africano, al que había llegado hacía un lustro y donde decía sentirse a gusto. Tenía buenos contactos y sus trabajos los colocaba en ediciones de prestigio de todo el mundo.  Hablaron de misiones comunes donde habían coincidido en el tiempo pero no en el lugar y acordaron desinteresadamente apoyarse en esta nueva tarea periodística.

 

Se instalaron a unos ciento veinte kilómetros de  Abéché, un pequeño poblado en el que según las informaciones de Marco, estaban los orígenes de los cabecillas revolucionarios, muertos hacía dos años, en una refriega con el ejército.

 

Se acomodaron en la parte baja de una vivienda de adobe que les alquiló un tratante de ganado. Después de regatearle, la cuantía del alquiler se quedó en la mitad de lo que pedía el dueño. La experiencia del periodista italiano, era una garantía en estos lances.

 

La vivienda no contaba con ninguna comodidad occidental, no tenía agua corriente ni luz eléctrica, el agua se traía de un pozo cercano y el suministro de electricidad estaba a las afueras del poblado, donde había unos grupos electrógenos pertenecientes a una guarnición australiana de la O.N.U., o en el edificio que hacía las veces de lo que en occidente sería una mezcla entre ayuntamiento y centro médico.

 

Los primero días, los aprovechó Lucas para adaptarse al medio. Le fascinaba el hecho de que cada amanecer ponía fecha de caducidad a la felicidad de sus gentes.

 Escaseaba casi todo y nada se desechaba. Una botella plástica de agua mineral vacía, era codicia del primero que la viera. Le asaltaban por la calle para ofrecerles sus servicios, desde traerles el agua a casa hasta el cuidado de sus ropas y hacer de porteadores de su equipaje en los desplazamientos.

 

Las inminentes elecciones no alteraban sus costumbres, sabían por experiencia, que no serían determinantes en sus vidas. Era como si se acostumbraran a ser dichosos con la desdicha de haber nacido en el rincón de la tierra, que se quedó entre los dedos de Dios, cuando éste, fuera el que fuera, puso nuestro planeta en el orden del universo.

 

Al tercer día de estar allí, Lucas subió al único cerro que había cercano al poblado, para comunicarse con su terminal por satélite. La cobertura era mejor y el envío de datos se hacía más de prisa. Desde allí, el embrujo de los atardeceres africanos hechizaban los sentidos del periodista.  Incapaz de digerir tanto embeleso, lo compartía con los compañeros de redacción de su periódico. Éstos le contestaban entre risas si estaba de vacaciones o trabajando. El contestaba a sus provocaciones de envidia, con un artículo de cómo esos atardeceres daban paso a las incursiones de los rebeldes por la noche para intimidar o matar a los que de alguna manera apoyaban al régimen estatal. De cómo los disparos y alborotos lo despertaban a cualquier hora de la noche y de cómo para el otro día, se removía la tierra del cementerio.

 

Marco le prevenía cada día del peligro que corría al subir sólo al balcón de atardeceres, como lo llamaba él. Dejó de hacerlo, cuando le acompañó en una ocasión y vio la fascinación que provocaba en Lucas la despedida del día desde aquella atalaya.

 

En una de esas subidas, iba madurando la idea de cómo dar un nuevo formato a la crónica diaria. Ya se había sentado en la silla de siempre, una piedra plana, cuando se percató de que estaba acompañado. Se asustó por instinto e hizo amago de poner a buen recaudo el equipo de conexión, sabido era de todos, que estos equipos eran una fuente de ingresos rápidos para el que los consiguiera, daba igual la forma. No los sabían usar, pero sabiendo lo imprescindible que era para sus dueños, o bien pedían un rescate o los vendían en otros poblados, tal cual o por componentes.

 

A una docena de pasos donde él estaba, permanecía inmóvil, mimetizado con el paraje, un muchacho que lo miraba con ráfagas de desconfianza. Lucas se avergonzó por haberse apresurado en proteger al equipo. Quiso disculparse con una sonrisa forzada. El joven, se levantó y cogió del suelo una pequeña piedra, Lucas borró la sonrisa y a punto estuvo de terminar de guardar en el bolso la parte del equipo que le faltaba y salir de allí cuanto antes.

 

Con un esforzado gesto, el chico lanzó la piedra en dirección a poniente,  cuando la noche ahogaba al Astro Rey en una agonía anaranjada.  Una nubecilla de polvo, indicó el lugar de impacto del proyectil. Lucas tiró de experiencia de comunicador y extendiendo el brazo, recreó el gesto de los emperadores romanos cuando perdonaban la vida de los gladiadores en el circo, con el pulgar hacia arriba, le transmitió su admiración por la distancia del tiro.

 

–¡Salam Malecum!– Dijo Lucas al ver que el muchacho se relajaba.

 

El periodista esperó la respuesta mientras, éste daba un pequeño rodeo para no pasar cerca de él, en dirección al camino que llevaba al poblado, pero el silencio, fue el acuse de recibo de su saludo.

 

Pasó confiado a unos escasos cinco metros. Lucas aprovechó para percibir con atención los rasgos del chico, al que echó fugazmente unos diez años. Ya estaba oscureciendo y en su tez oscura, mandaba con atrevimiento el blanco de sus ojos, unos ojos muy grandes encaprichados con la tristeza.

 

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  • Me encantó.
    Hola Lucía, como estas? espero que muy bien, también espero que te acuerdes de mí jajaja soy Raúl S. Cervantes. Ya veo que sigues escribiendo con esa gran sensibilidad, de una forma magistral, me encanto volver a leerte y te diré lo mismo que le dije a stravros en un comentario... he vuelto para quedarme jajajaja un saludo y un enorme abrazo
    Nada que agregar y quitar al comentario de Ender. Un aplauso para ti. Voy al siguiente relato
    Que historia más interesante, esas realidades tan cercanas y lejanas a la vez siempre me han fascinado y preocupado. Amena la lectura, con destellos poéticos que ponen el contraste en la realidad que vive el personaje, belleza y miseria de la mano. Sin dramatismos innecesarios pero sin ocultar nada. Espero la próxima entrega.
    Una buena historia, muy interesante en su planteamiento inicial . Utilizas, o eso me parece a mí, un estilo narrativo aparentemente sencillo, pero muy trabajado, que recuerda a la crónica periodística ( a mayor gloria de Lucas ) y confiere al relato una notable dosis de realismo aderezado, eso sí, con una notable colección de bellas y poderosas imágenes literarias: " La tierra entre los dedos de Dios, el balcón del atardecer, agonía anaranjada, ojos encaprichados de la tristeza, el contraste brutal entre la poesía del crepúsculo con la sangre y las tumbas...). Pienso que es uno de los mejores relatos que has escrito últimamente. Espero la continuación. Un afectuoso saludo.
    Aunque yo ya he tenido la suerte de leerlo en su totalidad, no quiero desperdiciar la ocasión de decirte, una vez más, lo mucho que me gusta, no sólo por lo bien escrito que está sino por lo sutilmente que tratas una realidad tan dura. Besitos
    Lucía, eso de "unos ojos muy grandes encaprochados con la tristeza me ha puesto la carne de gallina", es muy bonito. En cuanto al relato en su conjunto. aprecio una descripción eficaz, fluida, cosa que no es fácil. Igualmente en el tratamiento que le das al personaje Lucas, puede "verse", también esto requiere tablas. Un saludo...espero que tús ojos no esten encaprichados con la tristeza
  • Llegó mi turno... esta semana estaba muy liada pero no he querido que pasara más tiempo... así que Roberto es hora de que pienses en una buena venganza... jejeje. Esto se acaba y me da penaaaa...lo he pasado bien. Gracias a todos por dejarme compartir espacio en estas páginas.

    La historia se reparte en tres capítulos...los niños soldados y el porqué de su crueldad. Siempre detrás de ellos está la mano negra...

    La historia de Samir la voy a repartir en tres entregas...

    Espero que no tengamos que esperar a esto para firmar un contrato indefinido... ojalá se arreglen las cosas pronto...

    No he podido evitar incluir un toque de romanticismo...drama...y alguna sorpresa. Espero que os guste,lo he escrito con mi mejor intención y he disfrutado haciéndolo. Ahora le toca a nuestra compañera Marfull así que ánimo, y a seguir escribiendo que es lo de que se trata.

    De lo bueno a lo malo solo hay un paso...y viceversa...

    A veces se escoge el camino equivocado para llegar a un fin...

    Una ilusión... un hecho... y no solo una vida destruida. Es un relato largo y por eso lo enviaré en tres o cuatro capítulos. Me apetecía volver...

    A escribir se aprende escribiendo, no dejemos nunca de hacerlo.

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Me gusta escribir para transferir a la realidad cosas positivas. Y en esta balanza de la vida además de obligaciones compartimos aficiones.

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