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6 min
EL MUNDO QUE NUNCA VEREMOS
Reales |
11.02.14
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Sinopsis

Todo está al alcance del ser humano: tanto destruir cómo crear.

Un cielo grisáceo lleno de nubes oscuras cubre la ciudad. Caminas despacio por debajo de la sombra de los enormes rascacielos sin prisa disfrutando de la soledad de la madrugada. A pesar de estar en pleno invierno el viento arde al contacto con tu piel y se hace insoportable. Odias no poder disfrutar apenas del sol ,oculto desde hace décadas, detrás de una niebla negra tan espesa que se asemeja al fondo de un pozo interminable.   Te gustaría quitarte la mascarilla de seguridad que debes llevar puesta desde que tienes uso de razón pero temes respirar el aire contaminado y sufrir cualquier tipo de enfermedad o morir asfixiado. Miras a tu alrededor y solo ves grandes edificios comerciales, fábricas que desprenden por sus chimeneas humo azabache, coches que sueltan rugidos de gas y petróleo, carteles llenos de luces multicolores anunciando productos contaminantes... Alzas la vista hacia el cielo y descubres un agujero violeta más grande que ninguno antes visto . Sabes que eso no es una buena señal y que si no se hace nada al respecto no habrá salvación para ningún ser vivo. Se te escapa un sollozo casi inaudible ahogado por la mascarilla. Sacudes la cabeza y una lagrima se desliza por tu mejilla. Antes de caer al suelo la gota de agua se desintegra en miles de partículas microscópicas. Un solo pensamiento ronda por tu mente “ ¿Cuanto tiempo más durara esto?” Dudas que alguien conozca la respuesta. Cierras los ojos. A veces hubieras preferido no haber nacido. Sin saber el porqué, durante apenas un segundo tu corazón deja de latir.

 

Un cielo azul celeste lleno de nubes blanquecinas cubre la ciudad. El canto de los gorriones y el vuelo de las golondrinas anuncian la llegada de la esperada primavera. Los árboles se alzan majestuosos ante todos, repletos de hojas verdes y de flores rojizas y frutas deliciosas. Los niños corren alegres por el parque disfrutando de la vuelta de las templadas temperaturas y de los calidos rayos del sol. Todo el mundo sonríe ya que el invierno ha acabado ,el fin de semana se acerca y con el la llegada de dos días de relax. Eso es lo que sientes mientras pedaleas montado en tu bici aprovechando la tarde de viernes. Adoras la naturaleza y te sientes tan unido a ella que necesitas estar cerca de los campos multicolores, cerca de los pequeños animales que habitan entre la flora, cerca de las delicadas flores que desprenden un aroma delicioso, cerca de un lugar en el que reine la armonía y en el que el reino animal y natural no sufran daños. Porque sabes que si ellos viven bien los seres humanos también. Esa es la primera y única razón por la que no debería haber ni humos ni venenos corrosivos, ni fábricas dañinas... Porque sabes que la naturaleza necesita ayuda del ser humano y que el ser humano de la naturaleza. Vuelves a sonreír enseñando un hilera de dientes brillantes. Entonces el sol te ilumina y notas cómo te demuestra su cariño. Y su calido abrazo te hace sentir completo.

 

Abres los ojos. Te llevas una mano a la frente. Estas tirado en el suelo y respiras con dificultad. Tu corazón corre de una forma desorbitada. Miedoso y torpe te ajustas correctamente la mascarilla creyendo que es la culpable de tu mareo. Te incorporas costosamente. De repente algo calido te recorre de arriba abajo y sientes que una luz brillante te ilumina. Miras hacia arriba. Nada. El firmamento sigue igual de apagado y contaminado y hasta ti no llega apenas un resquicio de luz. Debes de habértelo imaginado. Vuelves a caminar por debajo de los rascacielos. De repente ves una lata tirada el en suelo. Crees que el objeto te llama y algo te impulsa a agacharte y recogerlo. No entiendes el porque pero sonríes sintiéndote algo mejor que antes. Mientas lo haces un hombre pasa a tu lado y te ve. Oyes su risa al alejarse. No te toma en serio. Ni el ni nadie. Tu felicidad se la lleva el viento y la tristeza vuelve a llenar tu interior. Te incorporas, y observas los brillos metálicos que desprende la lata. Miras a tu alrededor y comprendes resignado que de ese modo no conseguirás cambiar nada. Nadie podrá hacer desaparecer todo el daño causado, nadie podrá curar los daños que ha recibido el mundo, no se podrá recuperar jamás todo lo perdido, ya que ningún ser humano hará nada por disipar el oscuro veneno mortal del ambiente ni aunque el sol deje de brillar en lo alto. Cansado, intentas no pensar en el amargo final que os depara el futuro y de un leve movimiento de brazo tiras la lata hacia atrás. El objeto da vueltas en el aire y cuando ya te has alejado cae sobre el asfalto un poco más lejos. Sientes ganas de llorar y cierras los parpados. Al momento te abandonas a un profundo sopor del que te gustaría no despertar jamás. En ese momento empiezas a soñar.

 

Dejas la bici apoyada contra un banco y vas a beber agua a una fuente cercana. Mientras sediento mojas tus labios con ese liquido tan puro ves como un niño de unos pocos años tira inconscientemente una lata al suelo y el objeto cae rodando hacia atrás. Tu bici detiene su descenso. Dejas de beber y te acercas a coger la bici. Aprovechas al mismo tiempo para recoger la lata. Antes de darte cuenta el pequeño se acerca hacia donde te encuentras y coge el objeto. Luego te mira a los ojos durante unos pocos segundos. Ves en ellos algo maravilloso, mágico un hermoso paraje en el que la humanidad y la naturaleza conviven, incluso mejor que en ese momento. Solo ves felicidad, amor y un lazo de unión tan fuerte que te emocionas. Retienes las lagrimas y acompañas al muchachito hacia la papelera más cercana. Le alzas en lo alto y el deja caer el objeto hacia dentro de la basura. Luego le sueltas y vuelve junto a sus padres corriendo y sonriendo. Ves como se aleja y recuerdas el paisaje que has visto en su mirada comprendiendo que todo lo que te rodea es incluso más hermoso que de lo que te creías. Todo eso con solo bucear en la soñadora mirada de un niño.  

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