cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

27 min
El navío de los recuerdos I
Suspense |
28.10.14
  • 0
  • 0
  • 1069
Sinopsis

Un extraño navío aparece repentinamente en las costas caribeñas. Un grupo formado por tres investigadores se desplazará al lugar para tratar de averiguar qué misterios esconde esta aparición.

El navío de los recuerdos I

 

El barco varado

 

Aquella oscura figura yacía encallada con violencia dentro de las amenazantes rocas afiladas donde las olas rompían, disipándose y retirándose derrotadas al mar bravío. La pálida luz de la luna, pintada sobre un negro fondo allá en las alturas, iluminaba débilmente el camino sembrado de verde hierba y vegetación que conducía a aquel barco de velas desgastadas. El afamado investigador inglés llamado Neiden Clarke había viajado hasta aquellas remotas costas caribeñas para investigar aquel singular fenómeno aparecido recientemente. Nadie daba crédito a la desconcertante visión que se pintó ante los ojos de los habitantes de la zona sin explicación alguna. Ciertamente se trataba de un navío que perteneció a épocas remotas donde la madera era el principal material empleado en la fabricación de éstos y las velas su único medio de alcanzar el movimiento. Los alegres cánticos proferidos por la brisa marina impregnaban el ambiente que rodeaba al investigador y su equipo, formado por dos hombres que se encargarían de documentar todo lo que en la investigación aconteciese. Sin más preámbulo y sumidos en la creciente oscuridad de la noche, comenzaron a avanzar hacia la extraña estructura varada dejando atrás a todo árbol y arbusto que en su camino se cruzase. La senda, formada por un camino estrecho construido por la mano del hombre, se extendía zigzagueando para esquivar los grandes y robustos troncos que conformaban la frondosidad de los bosques caribeños.

 

Pronto las piedras cubiertas de musgo y humedad marina comenzaron a predominar dejando atrás cualquier otro tipo de vegetal viviente. Al mismo tiempo, las larguísimas láminas que confeccionaban el casco de aquella antigualla se volvían nítidas a medida que la distancia se acortaba. Las circunferencias que permitían conectar los cañones con el mundo exterior se encontraban desnudas, en una completa y fantasmal oscuridad por donde varios sonidos tomaron salida al exterior dejándose oír, crujidos de la húmeda madera. Varios cabos sueltos en la cubierta bailaban compasadamente con las velas en aquella fría noche donde el aliento de aquellos quienes respirasen formaba hileras de humo a su paso. Aquella visión realmente imponía, callado y oscuro esperaba la llegada de los nuevos huéspedes, la escalerilla colgaba bailoteando con el viento, esperando ser descubierta y utilizada para acceder al interior, acción que no demoró mucho tiempo en cumplirse. Advertencias como “No entren ustedes ahí, quién sabe que puede haber ahí dentro...” o “Ningún barco normal aparece de la nada y se queda encallado del día a la mañana...” rondaban la valentía de aquellos tres aventureros, quienes subían peldaño tras peldaño sin dudar hasta verse inmersos dentro de aquella estructura sepulcral.

 

La oscuridad interna comenzó a huir despavorida cuando la amenazante luz de los farolillos campó dentro de las angostas cámaras, dejando libre tras ella multitud de figuras, prisioneras de aquella negrura insaciable que había permanecido allí durante un inestimable tiempo. Jarras y platos roídos por el paso del tiempo comenzaron a materializarse sobre las contadas mesas del comedor, asistidas por unas sillas que seguramente antaño lucieron mejor aspecto y utilidad. El suelo adquiría vida propia cuando en él se formaban auténticos conciertos con fuertes sonidos que rompían con la silenciosa calma que se respiraba, producidos tras golpear accidentalmente la gran cantidad de botellas que allí había tiradas. Seguramente se tratase de ron, aquella famosa bebida que todo buen marinero, sobretodo pirata, gustaba degustar en su paladar segundos antes de ser engullida y en su individuo producir ese estado de embriaguez donde el sistema del equilibrio se ve gravemente afectado. En los camarotes, donde la tripulación acostumbraba a dormir, la oscuridad dejó en libertad a camas y baúles, colocados sistemáticamente, dentro de los cuáles se hallarían los efectos personales de los desaparecidos tripulantes. No había grandes comodidades en aquella época, señaló una mirada cómplice de los tres investigadores quienes comprobaron la comodidad de las camas palpándolas. Las paredes se encontraban desprovistas de cualquier elemento de decoración que amenizase aquellos cuchitriles donde el descanso nocturno bailaba junto al balanceo del barco. El final del recorrido les llevaba directamente hacia la cocina, un pequeño espacio compuesto por cuatro paredes blancas y varias despensas donde incontables moscas se amontonaban emitiendo un zumbido repugnante. El humo, producido por la cocción de los alimentos, había quedado impregnado en aquellas claras paredes que ningún cuidado parecían haber recibido por parte de los marineros, consiguiendo cambiar el resplandeciente color por un tono más grisáceo. Sobre una mesa había una antigua cazuela de barro que poseía en su interior una viscosa y verdosa sustancia, sobre la cual revoloteaban las ya conocidas inquilinas posándose sobre una cuchara que en aquel pantano se hundía. Numerosos sacos abultados se esparcían por las esquinas de la sala, atados para prolongar el estado de conservación de la comida y evitar que entrasen huéspedes no bienvenidos.

 

Los castaños ojos de Neiden se posaron rápidamente en el camarote del capitán, en el cual se produjo un misterioso y repentino ruido. Raudos y veloces acudieron con sus reveladoras luces hasta posarse ante la puerta, cuya estructura no dejaba ver el interior y se encontraba marcada con una estrella para distinguirse de las demás habitaciones. Dudó unos instantes, aunque su insaciable espíritu policíaco adquirido con gran devoción en la academia le impulsó a entrar. Así pues, con los nerviosos dedos posados sobre el dorado pomo y cargado de valentía, se dispuso a abrir lentamente mientras analizaba todos y cada uno de los objetos que en el interior se dibujaban. Una gran mesa central, perfectamente cuidada y conservada, albergaba toda clase de escritos, mapas y herramientas que servían para trazar los rumbos por aquellas turbulentas aguas, presididos por un apagado cirio que bañaba con cera solidificada la calidad de la madera y parte de éstos. Las paredes lucían orgullosas varios cuadros donde se veían reflejados paisajes de tupida vegetación a la par que grandes lagos a los pies de unas bonitas chozas, todos ellos enmarcados y colgados estratégicamente. A decir verdad, aquellas tranquilas y apacibles imágenes contrastaban con la vida marinera que se vivía en aquella embarcación, llena de mareas y tormentas cuando el tiempo no decidía colaborar con el hombre. Una gran cantidad de libros se encontraba depositad tras la mesa en una gran estantería que recogía la sabiduría del capitán, no compartida con el resto de los marineros a quienes poco más que saber manejar las velas se les tenía en cuenta. El bello color de la madera que estructuraba aquella estantería incitaba a los investigadores a descubrir los secretos que dentro de los libros se encontrasen, todo buen libro es una fuente de enriquecimiento capaz de incentivar a su lectura. Una pequeña jarra desprovista de líquido alguno comenzó a rodar hasta tropezar con los pies del investigador inglés, no hubo duda de que aquel instrumento había provocado el anterior estruendo. El responsable fue un espeluznante gato negro agazapado en la oscuridad que rápidamente ganó belleza tras mostrarse con paso indiferente a la presencia de los tres individuos, una verdosa y salvaje mirada cual esmeralda reluce tras ser pulida comenzó a analizarles de pies a cabeza. Aquel ser no pareció ser muy amigable puesto que desapareció en la oscuridad del pasillo con la misma actitud indiferente sin dejar ser mimado. ¿Qué hacía un gato en aquel barco varado? Comenzaron a preguntarse los desconcertados investigadores mientras apuntaban todos y cada uno de los detalles relevantes que guardaba la embarcación, entre ellos el anterior encuentro con el animal. Entre los planes del inglés no se incluía tratar de averiguar la procedencia del felino, de modo que no dieron mayor importancia al hecho y continuaron recorriendo e investigando conjuntamente con la mirada el camarote del capitán. En la esquina derecha, protegido por el velo de la penumbra, había un cofre de tamaño mediano cubierto por varias mantas desgarradas que poco éxito tuvieron en su labor de esconderlo. Neiden retiró cuidadosamente ambos trozos de tela, que quedaron partidos en dos, y un grande y pesado candado al cual el tiempo no trató con respeto resonó anunciando su presencia. Estaba claro que si querían saber el contenido que allí dentro había debían de forzarlo.

 

– ¡Winston, corra y tráigame el cucharón de la cocina! –ordenó el inglés mientras se volvía al grupo. Vamos a ver que misterios pudo encerrar el capitán en su baúl personal.

 

El viejo investigador americano se paseó discreta y apresuradamente por los pasillos crujientes del destartalado barco tratando de no procurar el más mínimo sonido que anunciase su presencia, envuelto en las traicioneras sábanas de la calma absoluta. Aquel silencioso ambiente conseguía crisparle los nervios, aunque también contrastaba emitiendo un efecto relajante y pacífico. Winston trabajaba con Neiden desde hacía cuatro años, ambos se conocieron cuando el inglés viajó al continente americano para investigar un presunto homicidio en las vías del tren, un cuerpo desnudo vio la luz del sol atado a éstas y seccionado en dos mitades. Ambos trabajaron codo con codo para finalmente poder capturar al asesino, quien padecía un trastorno psicológico. Unas horribles voces que no le abandonaban nunca le ordenaban matar en reiteradas ocasiones, declaró intentando justificar su enajenación mental aunque no evadió la implacable justicia americana. La magnífica compenetración sumada a la gran devoción que aquellos dos investigadores demostraron poseer fue la razón por la cual aquellas dos mentes de la racionalidad se unieron y trabajaron conjuntamente en multitud de casos posteriores, los cuales siempre terminaban resueltos y con responsables encarcelados. Su anticuada mente aún recordaba el por qué y sus inicios dentro de este cuerpo especializado en el misterio cada vez que capturaba a uno de éstos individuos propensos a la criminalidad. Desde joven se vio impulsado a querer ser detective debido al asesinato de su padre cuando éste salía de la fábrica tras una larga y pesada jornada de trabajo. Nada revelador parecieron aportar las autoridades destinadas en el caso y Winston creció con el recuerdo amargo del arrebato de su progenitor, de quien tuvo que cubrir el puesto de trabajo para seguir aportando ingresos en casa. Cuando cumplió la veintena no dudó lo más mínimo en presentarse a las pruebas que posteriormente aprobaría y le permitirían entrar al cuerpo de detectives, emprendió así una vida apartada de su madre pero sin perder el contacto y seguir mandando parte del salario para su manutención. Una vida que nunca consiguió borrar aquella prematura pérdida aunque saber que estaba contribuyendo a la sanación de la sociedad conseguía aliviarle momentáneamente, como una especie de droga anestésica. En su camino no se vio cruzado el amor, tampoco podía permitírselo debido a sus ajetreadas labores, se justificaba cuando contemplaba triste las parejas felices pasear agarradas de la mano.

 

Tras alcanzar su objetivo, no demoró en obtener el pedido y volver con sus compañeros mientras un grupo alterado de moscas seguía de cerca la sustancia putrefacta impregnada en el cucharón. Tras entregarle la herramienta a Neiden, éste se dispuso a forzar el cofre sin consideración alguna por su integridad.

 

– ¿Le ayudo? –se ofreció interesado el americano.

– No se preocupe Winston, solo hay que hacer un poco de palanca y ... –un estrepitoso sonido consiguió centrar la atención de los presentes. Ya está, el deteriorado estado de la tablas ha sido de gran ayuda.

 

La podrida tapa de madera que cerraba el baúl cedió sin dificultad, dividiéndose en varios pedazos que depositó en el lateral izquierdo. Alumbrado por el farolillo de Winston, el interior se convirtió en una falsa esperanza de donde no pudieron sacar nada más provechoso que un mojado libro de cuentas que se rompía solo con mirarlo. Ambos conocidos no pudieron evitar cruzar miradas decepcionadas, debían seguir investigando en otra parte, no sería allí donde encontrasen respuestas esclarecedoras.

 

– Deberíais ver esto –sugirió el tercer integrante del grupo, quien había puesto patas arriba la mesa central del camarote apartando con delicadeza el material que sobre ella descansaba.

 

Bajo incontables mapas y escritos yacía misterioso, a la par que silencioso, un libro en perfectas condiciones que rápidamente resultó ser el diario del capitán tras ojear las primeras páginas donde pudo verse el nombre y la firma del mismo. Un dorado marco delimitaba la primera plana de aquella fuente de pistas, seguido por un sinfín de páginas donde las palabras y unos dibujos extraños bailaban cogidos de la mano. Se llamaba Paolo Shuk y su principal dedicación era la piratería, de donde sacaba suculentos beneficios mensuales, como bien apuntaban las cuentas. El joven investigador quedó abstracto leyendo, iluminado por el cirio derretido que había permanecido muerto largos y tendidos años, un fragmento donde Shuk narraba cómo se inició en aquellas ilícitas actividades mientras sus dos ayudantes revisaban la estantería, que quedaba a su espalda:

 

“Acudí a aquellos viejos muelles como acordé con el misterioso tipo de la taberna. Aquella taberna era sobradamente conocida por mí puesto que en ella obtenía los mejores tragos de cerveza que callaban mis penurias, arrastradas desde las frías minas de carbón. Me ofreció su barco a un precio descabelladamente barato que ningún hombre cuerdo podría haber rechazado. El bajo precio del navío fue justificado rápidamente por su dueño para que no pensase estar cayendo en una estafa. Me explicó que un nuevo producto procedente de la India revolucionaría el mercado nacional y él iba a tratar de cultivarlo en estas tierras, por ello era que necesitaba el dinero inmediatamente antes de que otro descubriera el rumor que vagaba por las tabernas y decidiera hacer lo mismo. No añadió ningún detalle más que pudiese poner en peligro su operación mientras me observaba nervioso, esperando mi respuesta, parecía que realmente estaba interesado en aquel negocio. No tardé muchos meses en reunir los materiales y una tripulación dispuesta, reclutada en las tabernas y lugares más conflictivos de la ciudad, unos hombres dispuestos a todo con tal de ganar dinero. Al fin y al cabo ése dinero era nuestra principal aspiración, aquello que nos movía. Yo, cansado de estar picando la dura piedra en busca de preciados minerales que llenasen los bolsillos de otras personas que se encontrasen en mejor posición social, decidí arriesgar en el mundo del dinero fácil. Un mundo incoloro e insípido donde la vida vale lo mismo que un par de zapatos rotos en la lujosa residencia del monarca. Tuve constancia de que mis acciones generarían repercusiones no agraciadas sobre mi persona, pero, ¿Qué puede hacer un hombre que trabaja de sol a sol para tratar de alimentar a su familia cuando ve que no es suficiente el esfuerzo realizado y no puede optar a más?

 

En junio de 1647 zarpé de Santo Domingo, dejando atrás a dos preciosidades, hija y mujer, sin poder evitar que varios ríos de lágrimas cristalinas discurrieren sobre mis rojizas mejillas. Emocionalmente fue uno de los momentos más duros de mi vida. Ahora poco podía hacer por tratar de enmendar mi decisión, desde el momento que llevé a cabo aquella inversión supe que mi destino se iba a apartar de mi familia, lo acepté con anterioridad, aunque nunca imaginé la dureza de aquellos rostros tristes y llorones contemplándome desde la lejanía mientras me alejaba. Los primeros días en alta mar se sucedían aburridos y cargados de náuseas y mareos, sin vosotras a mi lado para cuidarme me veía inmerso en una espiral de soledad que mis hombres no podían rellenar. Un día cualquiera como la mayoría donde nada especial acontece, unos gritos provenientes de aquellos sucios piratas me sacaron de mi camarote donde acostumbraba a pasar la mayor parte del tiempo sin ser molestado, se trataba de un barco mercante que se dirigía hacia nuestro encuentro. En el ambiente podía olerse...”

 

Un libro manoseado por Cassidy, el tercer e inexperimentado investigador, cayó notándose mediante un golpe seco que requirió la atención de sus compañeros. El jovenzuelo se agachó y depositó aquel amasijo de páginas amarillentas de nuevo en la estantería con rapidez mientras se disculpaba. Neiden buscó la línea donde había dejado la lectura, hallándola con dificultad entre un gran océano de letras formando palabras.

 

“En el ambiente podía olerse impregnada con violencia la sed de dinero que respiraban mis hombres, amontonándose en estribor y procurando todo tipo de gritos e insultos a aquellos hombres de negocios que se acercaban a toda vela. Pobres desgraciados, de haber sabido su destino seguramente hubieran cambiado de rumbo para perderse en aquellas azuladas aguas donde la luz del Sol impactaba destellante. También se nos pudo haber atribuido cierto mérito de traición debido a que ninguna bandera o signo ondeaba anunciando nuestra predisposición en aquella ruta comercial. Como bien imaginaréis, nada bueno encontraron los viajantes en la rápida muerte que les propiciamos después de abordarles, siendo aquel momento un breve intercambio de malas acciones que acabaron sumergidas en el oscuro e inexplorado fondo marino. Nos vimos repletos de cajas con sus respectivas mercancías que vendimos en el puerto de Cayman, una isla varada en medio del mar Caribe. El oro comenzó a rozar nuestras cada vez más codiciosas manos, en nuestro primer trabajo sacamos mil quinientas monedas de oro sin esfuerzo alguno, solo el de pelearnos con una enfurecida muchedumbre armada con pésimas herramientas de agricultura. Al principio, a mi destrozada moral solitaria se unió un sentimiento agrio, amargo, de culpabilidad por haber arrebatado injustamente la vida de aquellas honradas personas que se ganaban la vida navegando, como nosotros lo hacíamos ahora aunque de forma totalmente diferente. Pero cierto es que, tras hacerlo no dos, ni tres, sino repetidas veces, comencé a coger el gusto a aquel fácil y rápido trabajo donde lo único que se requería era tener sangre fría y pocos escrúpulos, rasgos que adquiría a medida que pasaba los días rodeado de mi banda malhechora, quiénes exigían el sueldo ansiosos cada vez que atracábamos en puerto. Por ello es que mi alma empezó a teñirse de negra esperanza y me gané el apodo de “Shuk el carnicero”, aquel que manejaba los cuchillos con gran habilidad para los fines dañinos.

 

Mi audacia llegó a tales confines que me atreví con la pesca marina de grande fauna marina cuando ningún barco asomaba tras la lente del catalejo. Amarrado fuertemente al pequeño bote mediante cuerdas y aprovisionado de numerosos arpones largos y afilados que mis asquerosos hombres me lanzaban, me disponía a esperar que los carnívoros se acercasen envueltos por el agradable aroma de la carnaza cruda que sobre la superficie flotaba. El primer arpón siempre iba provisto de una cuerda atada al extremo de la lanza, para que la presa me arrastrase allá donde quisiera huir, y con un afilado altamente especial que se clavaba hasta rozar los órganos de aquellas insensatas criaturas que se atrevieran a acercarse. Normalmente con dos o tres lanzamientos certeros la bestia caía rendida inmersa en aguas teñidas de rojas y espesas tonalidades, derrotada por la acción dañina del hombre para luego ser cargada y cocinada en el barco. Mis hombres me admiraban como si de un dios me tratase, sus numerosos peces pescados en las redes a nada podían aspirar contra los escuálidos que era capaz de cazar de la forma más primitiva y arriesgada posible. Mi historia en aquellos mares empezaba a adquirir fuerza y notoriedad.”

 

El investigador inglés interrumpió su atenta lectura para dirigirse a sus ayudantes, quienes seguían buscando pistas que revelasen el más mínimo detalle de aquella misteriosa embarcación. Parecían concentrados en su labor pero era de vital importancia comunicarles la información.

 

– Estamos dentro de un barco pirata, acabo de leerlo en el diario. Se llamaba Paolo Shuk, y comenzó a dedicarse a la piratería en el siglo XVII –consiguió que las miradas se posasen en él. Lo que no sabemos es por qué ha aparecido el barco a estas alturas, voy a seguir leyendo a ver qué más nos puede aportar. ¿Os importaría echar un vistazo a las demás estancias?

 

Ambos asintieron y abandonaron el camarote dejando en soledad a Neiden. Recorrieron el estrecho pasillo dejando atrás los pocos camarotes que conformaban la nave, seguramente la tripulación dormía apelotonada y con problemas de espacio en caso de haber sido numerosa. Mantuvieron una cordial conversación bañada en frías temperaturas de externa procedencia.

 

– Dime, Cassidy, ¿Es la primera vez que trabajas en una investigación? –preguntó interesado el viejo americano, observando directamente a los castaños ojos del joven.

– Sí, recientemente he entrado dentro del cuerpo policial de detectives debido a mis impecables aptitudes, o eso es lo que me dijeron –respondió indeciso. Neiden contactó conmigo la anterior semana y aquí me hallo en estos momentos. Sepa que ésta es mi primera investigación, estoy ansioso por avanzar en el caso y ver qué podemos descubrir.

 

Una cansada pero sincera sonrisa se esbozó en la arrugada tez de Winston. Aquel hombre realmente había visto mundo y viajado en busca de criminales a quienes meter entre rejas. Su perfil culto y serio, mostrado en la escena del crimen, contrastaba con el humor y el desparpajo que exhibía en las reuniones con sus amigos y familiares. Unas reuniones que celebraba en el comedor de su casa con abundante comida y bebida que a nadie dejaba insatisfecho. Reiteradamente anunciaba que un día cualquiera dejaría aquel peligroso trabajo y se dedicaría a pasear por los concurridos barrios de Nueva York, donde podría sentarse a leer el periódico tranquilamente mientras le sirven una caliente taza de chocolate. Se notaba pesado, lento, le costaba mantener el pulso con el arma desenfundada, la cual bailaba entre enérgicos temblores sin poder centrarse en el objetivo. Afortunadamente no tuvo que gastarla muy a menudo en los trabajos anteriores. La mera satisfacción por ayudar a la sociedad neutralizando las enfermas mentes que amenazaban con romper los valores humanos hizo que el hombre aceptara unos últimos trabajos junto al investigador inglés, como bien advirtió entre sonrisas.

 

– Me alegra que el departamento apueste por gente joven, algunos estamos ya viejos para esto, chico –dijo para concluir la breve conversación.

– Deben velar por el futuro de la institución, supongo.

 

Casi sin percatarse se plantaron en mitad del comedor, donde divisaron una silueta que hasta ahora había permanecido desconocida para ellos. Se trataba de una escalera de tamaño medio que conducía directamente a la cubierta del navío, donde en tiempos remotos los tripulantes se paseaban ajetreados con las labores marineras. El manto de la negrura se había encargado de esconderla hasta que los implacables farolillos irrumpieron en ella. Poseía un aspecto digno de haber sido cuidado, con todos y cada uno de sus barrotes laterales intactos y una madera libre de cualquier daño, ya sea con o sin intención. Decidieron subir a la zona superior después de haber investigado la cocina, de la cual apenas tenían un vago conocimiento. Así pues, entraron con paso seguro en aquella pequeña habitación, topándose con la ya conocida cazuela de barro, esta vez sin su cucharón. La luz se fijó en aquellos amasijos de moscas que producían un repugnante y molesto zumbido, parecían empeñadas en entrar en aquellas grandes despensas cerradas.

 

– ¿Crees que habrá algo ahí dentro? –preguntó inocente Cassidy.

 

Respondiendo a su inexperto compañero, Winston posó su mano sobre la manivela encargada de abrir aquellas grandes puertas. Tiró con delicadeza por precaución sin obtener mayor resultado que una fuerte sacudida en aquellos seres voladores y la caída de polvo que ensució las mangas de su camisa. “Está atascada”, esbozaron sus cuerdas vocales. Un segundo tirón, mucho más fuerte y enérgico, consiguió que las puertas se abrieran de par en par, impregnando el ambiente de violento hedor que no podía ser evadido. Millones de aquellas inquilinas emprendieron un vuelo circular, golpeándose unas con otras al compás que dejaban a la vista varios cuerpos momificados con terrible expresión en sus rostros. Las cuencas oculares, pintadas de un color negro inexplorado, junto a unas mandíbulas abiertas y destrozadas comenzaron a materializarse ante los atónitos ojos de ambos investigadores. La luz comenzó a penetrar dentro de estos muertos cráneos dejando ver brevemente su interior, donde nada diferente a su estructura exterior parecía tomar lugar. Había un total de tres cuerpos apilados en la despensa, arropados con viejas mantas que se convertían en finos hilos de seda solamente con mirarlos. Aquella perturbante visión pintó de pálido color la dermis de Cassidy, quien se retiró unos centímetros para apoyarse en la mesa, tropezándose con la cazuela cuyo interior quedó esparcido tiñendo el suelo. Los puntitos voladores seguían revoloteando alrededor de aquellas momias, intercambiándose continuamente entre los diferentes pelotones que se encontraban dispersos en las demás despensas.

 

– No hace falta abrir las demás, están repletas de huesos –sentenció el americano.

– ¿Por qué razón iban a guardar cadáveres en las despensas de la cocina?

– Eso es algo que no puedo responderte aún. Este sitio me produce náuseas, vayamos a hablar con Neiden.

 

Acto seguido y sin previo aviso, la embarcación comenzó a crujir estrepitosamente, moviéndose con violencia, obligándoles a amarrarse a la mesa central para no caer. Varios segundos se mantuvieron estupefactos aquellos quienes allí se encontraban, preguntándose qué podía estar ocasionando aquel alboroto. Toda clase de sonidos entraban por la puerta hasta ser captados por ellos, seguramente propiciados por todos aquellos objetos que se desplazasen impactando con los límites del navío. Paulatinamente, el bullicio fue cesando para dar paso a la calma en el interior, aunque suaves balanceos indicaban que el barco se encontraba en movimiento surcando las aguas. A su encuentro fue el joven inglés mostrando claros síntomas de desconcierto, quien nada nuevo sustraído del libro pudo aportar a sus acompañantes. Decidieron subir a la cubierta del barco por la escalera para ver qué estaba ocurriendo en el exterior, no sin encontrarse con una puerta que obstaculizaba sus planes. Harto de aquel impedimento, Neiden golpeó sin consideración alguna la pesada madera, que quedó tendida y habilitando el paso. La pálida Luna fue lo primero que observaron sus avispados ojos, las alturas yacían en plena oscuridad manchadas con incontables estrellas de blanquecinas tonalidades. Los mástiles, provistos de toda clase de cuerdas y velas, finalizaban a lejanos pero contables metros sobre sus cabezas, al mismo tiempo el timón invitaba a aquellos forasteros a que interactuasen con él para dirigir la trayectoria del navío, pero se encontraba inutilizado y nada pudieron hacer para encontrarle utilidad. Aunque girasen el redondo volante en la dirección deseada, la embarcación no parecía dispuesta a obedecer sus voluntades. La fuerza del viento se hacía más notoria a medida que se posicionaban en los laterales del barco. Estupefactos, contemplaron cómo el casco cortaba el líquido incoloro que componía aquellas aguas, ahora sí tenían la confirmación de que la embarcación había emprendido un rumbo desconocido. A sus espaldas quedaba lejano el paisaje rocoso donde había tomado forma aquella aparición, su prisión en aquellos instantes. Cassidy emprendió una rápida carrera hacia la popa del navío que de no haber sido contenida por los demás habría terminado siendo un salto al mar. El miedo había paralizado al joven quien solamente quería regresar a tierra firme y no pensaba en las consecuencias que hubiera acarreado aquella decisión.

 

– ¿En que estás pensando chico? ¿Sabes que no durarías ni diez minutos a flote? La corriente te arrastraría y te llevaría a saber qué lugar, estamos demasiado adentrados en el mar como para intentar volver nadando. Solo con pensarlo se me paraliza el corazón –regañó Winston mientras posaba su mano sobre el hombro del aterrado chico.

– Tranquilízate Cassidy, en este caso mantener la calma y la cordura puede resultar la diferencia entre morir en alta mar o regresar a tierra firme. Todo va a salir bien, te lo prometo. Buscaremos una solución, somo expertos en ello, ¿Verdad? –le calmó Neiden, quien en su interior compartía parte del miedo que sufría el joven.

 

Pareció tranquilizarse cuando las manos, envueltas en turbulentos temblores, dejaron de bailarle. Se incorporó y abrazó en señal de gratitud al americano, unos finos ríos de escaso caudal recorrieron sus mejillas. Luego, se plantó ante Neiden.

 

– Hay algo que aún desconoces acerca de este barco. Dígaselo usted, Winston.

– Hemos encontrado cuerpos dentro de la cocina, concretamente apilados en las despensas, por ello es la gran concentración de moscas que sufre la habitación.

– Bien, bajaremos a la cocina una vez nos hayamos ocupado de las velas. Si conseguimos arriarlas la acción del viento impactará inútilmente contra los mástiles y no nos moverá.

 

Al desconcertado rostro del investigador inglés, que en su cabeza se formulaba una y otra vez la idea de que estaban metidos en un barco con cadáveres, se sumó una espesa neblina blanca que comenzó a frotar la silueta del barco en movimiento. Aquel misterioso humo, encubierto bajo el falso manto de “una simple niebla”, llegó hasta los tres hombres, siendo respirado por éstos y causándoles unos ligeros mareos que rápidamente desembocaron en un estado de inconsciencia. No consiguieron finalizar su tarea con las velas a tiempo. Todo yacía en calma en aquel misterioso barco solitario de rumbo incalculable que cada vez se alejaba más del lugar donde había aparecido varado.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Este relato no tiene comentarios
  • Este relato no tiene valoraciones
  • El mundo que conocemos se haya envuelto en frío y desolación. La humanidad trata de sobrevivir día a día al hostil entorno. (Breve introducción a una serie de relatos que iré introduciendo.)

    Utilizamos el término "salvaje" para referirnos a ciertos aspectos de la naturaleza, pero ¿La entendemos realmente?

    Microrrelato que intenta lidiar con la cruda realidad que concierne la violencia de género.

    Microrelato emotivo donde un hombre lucha contra las fuerzas opresoras de un amor fallidamente correspondido.

    Breve relato que describe una sociedad avanzada y equilibrada.

    Un aterrador monstruo vive en el sótano de una tranquila casa. La hija pequeña pronto sentirá curiosidad y empezará a indagar y entablar contacto con el malvado ser.

    Tercer y último capítulo de este relato donde el payaso Risón emprenderá un viaje para alejarse de todos los problemas que conseguían martirzarle y así tratar de encontrar alivio.

    Un extraño navío aparece repentinamente en las costas caribeñas. Un grupo formado por tres investigadores se desplazará al lugar para tratar de averiguar qué misterios esconde esta aparición.

    Segunda parte del relato "El payaso Risón". En esta ocasión vemos de primera mano, contada por el protagonista del relato, su perturbada visión sobre la oscura existencia que padece diariamente y de la cual no logra ver la salida.

    Permítanme presentarme, soy un hombre que ha recorrido el mundo entero, sabio y esclarecedor camino junto a vosotros. He robado el alma y la fortuna de muchos seres, no sin haber disfrutado haciéndolo debido a mi picaresca personalidad.

  • 29
  • 4.71
  • 86

Joven de 20 años aficionado a la escritura que trata de llevar al papel sus más interesantes cavilaciones.

Tienda

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta