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5 min
El niño-hombre
Reales |
18.07.13
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Sinopsis

A veces, una mirada dice muchas cosas. Buenos Aires es una ciudad enorme, una de las más grandes del mundo. En el centro de la ciudad convergen millones de personas todos los días, personas que no se miran, y allí puede suceder de todo. Peleas, robos, persecuciones, son cosas de todos los días. Esta es sólo una pequeña historia de tantas que suceden.

Camino por la ciudad, por la vereda de la avenida Corrientes, ancha, desbordada de gente. Mis zapatos hacen un ruido al caminar que se pierde cuando los automóviles y los colectivos pasan  por la calle. Bocinas, frenadas, música, lo que más se escucha en ese mediodía de Buenos Aires.

Miro directo a los ojos a la gente, una costumbre que hace años quiero quitarme, porque sé que incomoda a la mayoría de las personas. Pero no puedo. Por lo general, las mujeres pasan por la vereda caminando sin hacer contacto visual con nadie. Se pierden sus miradas en el horizonte. Muchos hombres hacen lo mismo. Son tiempos difíciles, duros, salvajes, y casi todos tratan de no mirarse a los ojos en lugares públicos. La presión en sus vidas los hace más desconfiados, temerosos, escépticos con respecto a los demás.

En las calles también hay muchos indigentes que piden limosnas o viven como pueden, a los que no les importa nada el tema, porque nadie los mira, desde siempre. Son invisibles. Pero también existen otros sujetos que se dedican a robar. Son muchos y están entre nosotros, y esos son los que se sugestionan y enloquecen más si una persona los mira.

Y yo, que no puedo sacarme esa costumbre de mirar a todos a los ojos.

Me crucé con un muchacho, casi un niño, que debía tener doce años, o como mucho, trece. Estaba sucio, con el pelo revuelto, y vestía ropas viejas y gastadas. Se molestó conmigo. Me miró fijamente y se paró delante de mí, diciendo con una voz de niño que comenzaba a cambiar, pero con el tono agresivo de un adulto:

-¿Que miras?

Quise ignorarlo. Para eso intenté esquivarlo y traté de seguir caminando, pero no me dejó. Me sostuvo por uno de mis brazos.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras fijo?

Su actitud era agresiva, casi violenta. Yo le dije, de forma cautelosa:

-Disculpa, no me di cuenta.

Me miró durante unos instantes, dudando.

-Que sea la última vez que me miras o vas a arrepentirte, ¿entendiste?

-De acuerdo.

El niño me soltó el brazo, pero daba señales muy claras de estar alterado. Temblaba, y los ojos le brillaban. Quizás había consumido alguna droga. Yo seguí mi camino hacia la calle Suipacha, con la indiferencia de quien experimenta estas cosas todos los días, con calma, y el niño siguió el suyo hacia el obelisco.

A los pocos segundos escuché un disparo de arma de fuego que venía desde atrás. Por el ruido, fuerte y seco, no podía ser otra cosa. Volví sobre mis pasos con un presentimiento en el alma, que luego demostró ser cierto. Sobre el suelo, frente a la entrada de un local de una compañía telefónica, estaba tendido el niño irritado que me había amenazado hacía menos de un minuto. Tenía un brazo herido, por lo que pude ver. Un policía lo apretó contra el piso y le puso las esposas. Eso debió dolerle al niño, que sangraba mucho.

Según comentarios de los empleados y de los peatones que pasaban por allí, el niño delincuente entró al local, con un arma en la mano, y amenazó a una mujer que cuidaba de la caja. Pero tuvo mala suerte. Un policía lo vio entrar, sospechó por su actitud y rápidamente se dirigió hacia allí. Una vez en la puerta del local, vio que el niño sacaba el arma, entró al negocio y le efectuó dos disparos desde muy cerca. Uno le dio en el brazo, el otro disparo impactó sobre el mostrador del negocio. El niño tuvo fuerzas para salir del local, empujando al policía, que estaba en la entrada. Pero terminó cayendo sobre la vereda y fue apresado.

Su ilusión de niño, si alguna vez la tuvo, quedó destruida mucho tiempo atrás. Era un niño hecho adulto a la fuerza. A fuerza de golpes, hambre, dolor, maltrato. Un niño-hombre, ladrón por necesidad, por culpa de la miseria. Un niño que no tuvo el amor de sus padres, ni amiguitos ni juguetes y que por eso no pudo vivir la edad de la inocencia. Hoy le fue mal, pero mañana volverá a delinquir, porque no sabe vivir de otra forma. Son tiempos difíciles, duros, salvajes. Para mucha gente la línea entre la vida y la muerte es demasiado delgada.

Todo eso yo no lo estoy inventando. Lo vi en sus ojos, cuando nos cruzamos. Quizás por eso miro a la gente a los ojos. Para conocer sus historias.

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  • Por desgracia es algo que se ve con una frecuencia que asusta y nos anestesia. Me ha encantado la sucia realidad del relato.
    Estoy de acuerdo con J.M., este relato debería llamarse "el ladrón de historias" o aún más literario " el vampiro de las almas" , pues de eso se trata, robar la historia mirando a los ojos que son el espejo del alma y guardan lo que aquella vivió. " El carterista de ideas" también serviría. Un gran relato, no solo por lo bien que lo cuentas sino por todo lo que sugiere. Saludos.
    Amigo Rolando, las vacaciones me tienen un poco apartado de TR. Es necesario volcarse en la familia y disfrutar de estos días veraniegos y calurosos, pero bellísimos junto a los seres queridos. He aprovechado un minutillo de la noche para leer tu texto. Buenos Aires, maravillosa ciudad, en efecto, no se libra tampoco, como sucede en todas, ya sea en Europa, América o Asia, en ofrendar la ebriedad del vivir, con sus variados e inimaginables ¿tormentos?, ¿por que no?, a gran parte de la ciudadanía que recorre su asfalto, ya retratado por John Huston en una maravillosa película: "La jungla de asfalto" Una ciudad inmensa posee, pues, ese ritual tortuoso y egoísta ineludible, pero es el agreste paisaje que nos acoge sin remedio, y nuestro campo de batalla diario y del que no podemos evadirnos. El relato es duro, realista como la vida misma. Y por supuesto muy bueno. Hasta pronto, que vuestro invierno sea leve. Mientras te envío un poco de calor nocturno, con luna llena incluida, desde mi Jónico veraniego. Un abrazo, buenas noches y hasta pronto-stavros
    Es cierto Diana, seguramente es muy dificil vivir para muchos habitantes de esas ciudades, aunque solo puedo hablar por Buenos Aires. Y el texto es muy amargo, es verdad también, soy propenso a hacer ese tipo de relatos. Gracias por leerme.
    Una historia muy amarga. Buenos Aires, México, Madrid... Todo es igual
    Muchas gracias a todos por sus comentarios! Me han llegado al corazón. Alcázar, Mayka, el relato surgió de mi imaginación, nunca me pasó esto, es que tengo predilección por contar las cosas en primera persona. Nos leemos! Firmado: El ladrón de historias (gracias J. M.)
    Bonito relato, es maravilloso cuando alguien se siente afectado, interpelado, por las historias que ocurren en el lugar en que vive, el ambiente que lo rodea. Saludos!
    Buen relato. El único que mira de frente al narrador, que le aguanta la mirada, es un niño que, todavía inocente, ya adulto, va a poner a prueba su destino.
    Estupendo relato. Mis cinco estrellas para ti. Es posible que tenga tintes biográficos?? Me da a mí que un poco sí.. Saludos!
    Magnífica historia y no menos dura. La vida, en ocasiones, nos arrastra a un destino casi inevitable. Una pena lo de ese chico, aunque aún tiene tiempo de ser mejor persona. Maravilloso relato del que me intriga saber si te sucedió realmente. Saludos Rolando
  • ¿Qué sucede cuando comparas tus sueños de juventud con la realidad? Pueden pasar muchas cosas, y en esta reflexión reconozco que no me fue muy bien. Al menos en este caso.

    Un drama sin tiempo ni frontera, universal, que han sufrido y siguen sufriendo muchos hombres, por culpa de la ambición y la falta de escrúpulos de otros hombres.

    Nunca sabes la sorpresa que puede depararte la decisión de seguir a un gato negro...

    A veces una vida normal y segura de un matrimonio puede transformarse en una historia de violencia, si se pretende seguir para siempre con las costumbres habituales, enterrando muy profundo los sentimientos de cada uno.

    Una historia de persecución, argucias y distracciones. Con esos ingredientes las cosas pueden terminar muy mal, aunque a veces también se pueden obtener compensaciones inesperadas.

    Todos podemos afrontar dificultades que a veces parecen imposiblesde superar. Sin embargo siempre existe alguna forma de enfrentarnos a ellas. Y a veces se obtienen excelentes resultados, dependiendo del camino que elijamos para hacerlo.

    Cuando se vive como un esclavo maltratado una buena opción es pensar en escapar y tratar de cambiar de vida. Pero cuando sabes lo que quieres, la opción de escapar es la única posible.

    A veces, una mirada dice muchas cosas. Buenos Aires es una ciudad enorme, una de las más grandes del mundo. En el centro de la ciudad convergen millones de personas todos los días, personas que no se miran, y allí puede suceder de todo. Peleas, robos, persecuciones, son cosas de todos los días. Esta es sólo una pequeña historia de tantas que suceden.

    La envidia, uno de los sentimientos humanos más potentes, pocas veces favorece la claridad del pensamiento. Esto sucedió hace muchos siglos en un territorio muy lejano, pero hoy pasan las mismas cosas.

    Cuando elijas qué hacer debes hacerlo bien. Si eliges un trabajo equivocado, o para el que no estás preparado, te pueden pasar estas cosas como ésta.

Soy escritor, básicamente. Historiador, fotógrafo, empleado para sobrevivir, pero escritor ante todo.

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