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10 min
El observador compulsivo
Suspense |
02.04.08
  • 5
  • 2
  • 2040
Sinopsis

Subió al micro y buscó su asiento algo impaciente: viajaba en el número 27 (¿Pero dónde está este asiento?). Lo encontró al fondo, justo al lado de la puerta del baño; un lugar bastante incómodo. Le gustaba viajar en la mitad del micro, creía que era la ubicación más segura, pero como había esperado hasta último momento para comprar el pasaje tuvo suerte de haber encontrado ese lugar libre. Miró el asiento con desconfianza, aunque totalmente resignado.
      Dejó la mochila en el portaequipaje y abrió la puerta del sanitario. Tenía por costumbre revisar el baño de cada lugar al que iba: allí estaba el típico inodoro químico, con la tapa de plástico manchada de orina; al costado había una canilla que no funcionaba y, un poco más arriba, el incasable espejo que nadie se atreve a mirar luego de veinte horas y una larga noche en vela. Uno es otra persona, muy diferente de la que inició el viaje.
      Cerró la puerta y se dejó caer en su asiento. Apenas reclinó el respaldo, el micro comenzó a moverse. Miró la hora: las cinco y media (Qué puntualidad). Pocos minutos después abandonaba la relativa tranquilidad de la terminal para adentrarse en un largo e impresionante embotellamiento.
Entonces escuchó una voz mecánica que habló por los parlantes:
      -Estimados pasajeros, les damos la bienvenida a la unidad 147 de Viajemar. Nuestro destino final es la ciudad de Comodoro Rivadavia, en la provincia de Chubut. Mi nombre es José y seré su auxiliar de abordo. La unidad cuenta con servicio de bar, así que…
      (Bla, bla, bla…) Apenas escuchaba lo que decía la voz. Estaba abstraído, escuchando sin prestar atención; oyendo, como bien se dice. Hacía el mismo viaje dos o tres veces al año y el discurso siempre era el mismo; incluso le molestaba un poco aquella interminable perorata. Sin embargo, de repente escuchó algo nuevo que le llamó poderosamente la atención:
      -… proyectaremos una película. Entonces, para su mayor confort y seguridad, pasaré a cerrar las cortinas…
      (¿Cómo? ¿Qué dijo?) La voz continuó hablando un rato más pero él ya no escuchó nada de lo que dijo; quedó sonando en su cabeza la curiosa frase: para su mayor confort y seguridad. No entendía la relación entre ambos conceptos: cómo era posible que cerrando las cortinas se mejorase el confort y que, a su vez, se disminuyera el grado de peligrosidad. (¿De qué peligrosidad está hablando?) No tenía sentido.
Además, aquella frase también lo inquietó un poco. Él nunca podía dormir en los micros; los asientos le resultaban demasiado incómodos. Generalmente, se pasaba toda la noche mirando por la ventanilla hacia el paisaje oscuro que lo rodeaba. Si le sacaban este pasatiempo, pasaría cerca de cinco horas mirando el monótono interior del micro, y esa idea no le agradaba.
      En esto último pensaba cuando el chofer hizo una maniobra brusca y el micro se detuvo de golpe. Por la frenada, la puerta del baño se abrió y chocó contra la máquina de café. Él pegó un salto por la sorpresa (¡Dios mío, qué julepe!) y luego comenzó a reírse de los nervios. Miró la puerta, que seguramente había cerrado mal, y también miró hacia el interior del baño. Algo extrañado, descubrió que había un pequeño espejo debajo del inodoro (Uno de los tantos misterios de la vida).
      Se levantó y cerró la puerta, cuidando de que esta vez quedara bien trabada.

Las horas pasaron rápido y llegó la noche. El auxiliar repartió unas endebles bandejas y luego sirvió la cena: un extraño mejunje que tenía forma de tortilla fue el plato principal, acompañado por una ensalada de tomate y lechuga (la mitad de un tomate y dos hojas de lechuga sin condimentar); de postre, un flan inundado por un líquido que simulaba pésimamente el sabor del caramelo. A pesar de la mala pinta que tenía la comida, él no dejó ni una migaja, y observó que el resto de los pasajeros hizo lo mismo. Por raro que parezca, uno se resigna a que la comida de los micros sea mala, y por esa razón acepta y come todo lo que le sirven.
Retiradas las bandejas y ya todos con la panza llena, las luces se apagaron; en contraste, los televisores se encendieron. Había llegado el momento temido. Vio aparecer al auxiliar por la escalera (¿Cómo era que se llamaba?), quien después de cerrar una a una las cortinas llegó hasta la suya. Con un gesto le pidió que la cerrara, pero él se negó rotundamente. Como el auxiliar repitió el gesto, él intentó disuadirlo:
      -¿Puedo dejarla abierta? Me cuesta mucho dormirme y me gusta mirar por la ventana.
      -Lo siento, señor, las reglas dicen que hay que cerrarla.
      -Por favor, ¿qué te molesta que quede abierta?
      -Le repito: son las reglas.
      -¿Dónde quedaron los tiempos en que el cliente tenía la razón?
-Señor, no juegue con las vidas de los demás. ¡Vamos, cierre la cortina!
      Tal argumento, aunque melodramático y algo ridículo, surtió efecto. Desistió en su empeño y hasta cerró él mismo la cortina. El auxiliar sonrió, algo aliviado. Luego caminó por el pasillo y desapareció por la escalera, de la misma manera que los barcos en el mar, lentamente. Mientras bajaba, revisó que nadie se hiciera el vivo.
      (¿Y ahora qué hago?) En los televisores comenzó una película llamada “Largas noches”; parecía a propósito. Decidió verla para matar al menos hora y media de su suplicio, pero apenas pudo ver unos diez minutos: “mala” era una categoría demasiado generosa para calificarla; además estaba doblada al castellano y no se escuchaba muy bien.
Agarró la mochila y buscó el mp3 y los auriculares; un poco de música lo ayudaría a relajarse. Encontró el reproductor, pero a pesar de que revolvió todo, no encontró los auriculares; en su apuro, se los había olvidado dentro de la otra mochila, la que usaba para trabajar (Me cago en…). Un poco molesto, sacó la revista de autodefinidos que había comprado en la terminal y encendió la luz, al menos podría entretenerse por un rato: la lamparita se prendió por un segundo y luego se apagó para siempre (¡La puta, no pego una!). Estaba condenado a aburrirse hasta la muerte. Desvelado, sin música, sin luz, sin ventana, sin nada… lo único que podía hacer era intentar dormirse; era eso o quedarse mirando las luces de los pasillos y esperar a que la noche pasara rápido (Qué poco productivo). Así que, sin hacerse muchas ilusiones, apoyó la cabeza contra la ventana y cerró los ojos.
A pesar de su mal humor y de su incomodidad, casi se quedó dormido. Ya se encontraba en un estado de paz, propio del mundo de los sueños, cuando el micro pisó un pozo. Aunque era un pozo pequeño, la carrocería se sacudió fuertemente. Entonces la puerta del baño volvió a abrirse, volvió a chocar contra la máquina de café y él volvió a dar un salto por el susto, despertándose por completo y perdiendo toda esperanza de dormir aunque sea unos minutos.
Furioso, cerró la puerta, esta vez sin siquiera preocuparse por dejarla bien cerrada.

Acababan de dar las cuatro en punto de la mañana. Tenía los ojos hinchados por el cansancio y estaba aburrido hasta el alma. Miraba el reloj exactamente cada tres minutos. Intentaba no hacerlo, quería dejar pasar el tiempo sin preocuparse, pero la necesidad era más fuerte que él. En vano había intentado dormir varias veces, y si bien dormitó por algunos minutos, no llegó a dormirse por completo. Encima escuchaba el ronquido del pasajero de enfrente y eso lo ponía frenético, furioso; comenzaba a perder la paciencia (¡Qué tortura, Dios mío!).
      Miró la cortina y se preguntó qué podía pasar si la abría tan sólo un poco, un poquito nomás… ¿Quién se daría cuenta? Y además, ¿qué peligro podría ocasionar abrir un poquito, un poquititito la cortina?... (¡Basta, no se puede y punto!) Un poco desesperado, luchando contra la tentación, apoyó la cabeza contra la ventana e intentó dormirse una vez más.
Cerró los ojos y se dejó llevar por sus pensamientos. Lentamente comenzó a relajarse, a calmarse, a dejar que las cosas pasaran y fluyeran… Estaba otra vez por quedarse dormido cuando el pasajero de enfrente comenzó a roncar de forma asesina. Él levantó la cabeza y observó en derredor: ¿cómo era posible que todos siguieran durmiendo a pesar de aquel terrible sonido? (¿Están todos sordos o qué?). Era el único que se había despertado; los demás ni siquiera habían cambiado de postura. Ya desvelado, esta vez para siempre, se dijo que al menos había perdido unos cuantos minutos, y se contentó con la idea; pero cuando miró el reloj su humor cambió totalmente: eran las cuatro y tres minutos (¿Sólo pasaron tres minutos...?). Fue en ese momento que perdió cualquier indicio de calma; se dio cuenta de que si no se distraía iba a volverse loco, y entonces vaya a saber Dios qué pasaría. Volvió a mirar la cortina y, por un segundo, se debatió si lo hacía o no; luego lo hizo: la abrió, completamente seguro de que no estaba haciendo nada malo (Ma’si… yo la abro y punto). Aunque sólo la abrió un poquititito, un poquitititito, fue más que suficiente.
En el momento exacto en que descorrió la cortina, el micro pasó por otro pozo y volvió a sacudirse; en consecuencia, la puerta del baño volvió a abrirse. Inmediatamente un potente haz de luz entró por la pequeña, pequeñita hendija, se reflejó en el espejo debajo del inodoro, luego en el mp3 de un pasajero dos asientos más adelante, y siguió su trayectoria en línea recta hacia el frente donde rebotó en el cartel que señalaba la escalera, bajó los cinco escalones y se reflejó en los lentes del pasajero del asiento cuatro. Finalmente el haz entró en la cabina del conductor, rebotó en el parabrisas y terminó su recorrido en los ojos del chofer, quien, sorprendido, dio un volantazo. El micro se fue contra la banquina y chocó fuerte contra un inmenso árbol.
Por el impacto la parte trasera se retorció en forma de ele y las ventanas explotaron; sin embargo, a pesar de la espectacularidad del choque, fue un accidente leve. Es más, si todas las cortinas hubiesen estado cerradas, nadie hubiera resultado herido, ya que éstas impidieron que los fragmentos de los cristales hirieran a los pasajeros; pero la suya estaba abierta: por la minúscula apertura pasaron cinco astillas de vidrio que se clavaron en sus ojos.
Los médicos no pudieron hacer nada. Quedó ciego.
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