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4 min
El odio y el capricho en sus formas
Drama |
25.05.19
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Sinopsis

Lo que aquí se relata está basado en hechos reales.

Stalingrado. Diciembre de 1942. Campo alemán de prisioneros rusos.

 

Nikolai eligió la pierna derecha. Cortó con manos temblorosas tiras finas de carne con un escalpelo robado a un médico alemán. Misha las iba introduciendo discretamente en un cazo de agua hirviendo.

Dmitri acababa de morir. No pudo soportar aquel confinamiento, ni la epidemia de tifus, ni el hambre atroz, ni el gélido frío de las estepas rusas. Aquel sufrimiento lo había convertido en un espantapájaros, en un cadáver viviente y ahora, en el sustento de sus dos compañeros.

No podían perder el tiempo. Si el cuerpo se congelaba, necesitarían una sierra que no tenían y mucha más energía que la que conservaban para extraerle algo de carne. Después de repetir varias veces la macabra cirugía, lo colocaron bocabajo y lo cubrieron con algo de nieve para ocultarlo a los centinelas. Los alemanes habían prohibido expresamente la práctica del canibalismo bajo pena de muerte ejecutada ipso facto.

Esquivaron sus miradas mientras esperaban que la combustión ablandara aquellos restos sanguinolentos. Cayó el atardecer y pronto la oscuridad los protegería.

El primero en tomar un trozo fue Misha. Dudó, pero el hambre pudo con sus náuseas y se lo tragó casi sin masticar. Luego le siguió Nikolai que con menos remilgos engulló uno de los trozos mayores. No en vano llevaban días sin probar algo sólido, solo papilla compuesta de agua fétida con salvado de trigo medio podrido que repartían una vez al día.

Mientras comían, un haz de luz iluminó de repente el cadáver casi oculto en la nieve, luego se deslizó hasta el cazo que contenía restos de carne y sangre y finalmente enfocó hacia la cara de Misha que aún masticaba al que fuera su compañero.

Ambos observaron atónitos como Klaus y Alfred, un sargento veterano y un joven soldado alemanes, los apuntaban con sus fusiles. Luego un estruendo, y después otro, pusieron fin a aquella atrocidad como ellos mismo la calificarían ante sus superiores mientras relataban lo sucedido. Es algo propio de una raza inferior, se merecen todo el sufrimiento que le estamos infringiendo, aseveró Klaus mientras Alfred asentía orgulloso de aquella gesta.

 

Stalingrado. Febrero de 1943. Campo ruso de prisioneros alemanes.

 

Klaus y Alfred cortaron finas tiras del glúteo de su compañero Otto. Masticaron con ansia aquella carne sin cocinar, en crudo, mientras lloraban amargamente envueltos en harapos infectados de piojos.

Habían bajado a los infiernos, a pesar de los más de veinte grados bajo cero.

Ya conocían, para su desgracia, lo que era pertenecer a esa raza inferior que tanto detestaban. Ya conocían el sufrimiento que habían causado y cuán profundo el odio que habían sembrado en aquel país, entre aquellas gentes. Estaban cobrando con la misma moneda. Hambre, frío y sufrimiento sin ninguna compasión.

Klaus lo sintetizó en un par de pensamientos que, entre bocados, compartió con Alfred.

El odio genera más odio en una espiral sin fin. Después de esto, nada tiene ya sentido, salvo la muerte.

Aun así, no dudaban en seguir comiéndose a su compañero. El hambre les había devorado el alma, pero también la voluntad, dando vida a la forma más primitiva de su instinto.

Un centinela ruso los sorprendió en mitad del festín. Se les acercó con su fusil amenazante y sin mediar palabra disparó dos veces.

Degenerados, antes de comeros a uno de los vuestros, esperar al menos a que esté completamente muerto, dijo usando una mezcla entre alemán y ruso casi incomprensible. Luego se marchó mascullando improperios.

Klaus y Alfred quedaron confundidos mirando los dos agujeros en el cuerpo de su compañero, ahora ya muerto.

 

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