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3 min
El Oráculo
Fantasía |
10.06.09
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  • 2664
Sinopsis

NO DEJÉIS DE LEER EL PRÓXIMO. OS CONVIENE.

EL ORÁCULO




      –Dame tu semilla.

      El rey la miró extrañado mientras acariciaba instintivamente su antebrazo derecho, surcado por finas cicatrices. Ella siempre había pedido su sangre. Sacaba su lámina de cobre, cuyo filo había sido obtenido a golpes entre dos piedras, rasuraba el vello y hendía la piel sin llegar a los músculos que solían blandir la pesada espada de bronce en los días posteriores, salvo recomendación en contra. Luego, cuando la sangre brotaba, ella sellaba el corte con su lengua y la retiraba para volver a observar el brote carmesí y las formas que se dibujaban sobre su piel. Repetía ese ritual una y otra vez mientras sus brebajes hacían efecto y comenzaba a entrar en trance. Después rodeaba la herida con sus labios jugosos y chupaba como un lactante hasta que se le escapaban los primeros gemidos. Cuando le entraban las prisas, soltaba el brazo del rey, que no volvía a sangrar, y corría hacia el lateral de la cueva, subía por una roca para acceder a su cámara por una pequeña abertura que tapaba con la piel de una cabra. Allí terminaba su éxtasis entre risas y llantos, ambos tan cargados de sensualidad y erotismo que siempre habían provocado fuertes erecciones en el rey, que pacientemente esperaba fuera hasta que ella reaparecía con sus vaticinios.

      Pero esta vez, ella le sorprendió con su petición.

      Los dos generales se miraron igualmente sorprendidos, pero el rey les ordenó que esperasen fuera de la cueva.

      Ella tomó su mano derecha y acarició las cicatrices antes de poner sus labios sobre ellas, pero el beso fue distinto. Atravesaron la cortina de piel de cabra y accedieron a la sala privada, donde unas lámparas de aceite iluminaban los vellones que en un rincón servían lecho. Ella se despojó de sus gasas y su piel, dorada ante la danza de las pequeñas llamas, desprendió un aroma a hierbas y a flores.




      Aún abrazados, ella le dijo:
      –Ve y ama tu mujer. Y que tus soldados también aprovechen sus últimos momentos con las suyas, pues si vas en busca de tu enemigo, todos tus soldados morirán mañana en la batalla. Si te retiras y te haces fuerte tras la muralla, morirá todo tu pueblo dentro de una semana. Si antes de la puesta del próximo sol abandonáis la ciudad y huís a estas montañas, os darán caza, pero habrá tres supervivientes y uno de ellos será rey cuando llegue el momento de recuperar estas tierras.




      –Tu hija no está preparada para morir. Dámela.

      La mujer entendió el significado de aquellas palabras y lloró mientras le daba el último abrazo, antes de entregarle la recién nacida. Otras madres que se refugiaban en la cueva también quisieron darle a sus hijos, pero ella ya había trepado a la roca que daba acceso a su cámara, y al cerrarse la piel de cabra tras ella se convirtió en roca y la entrada quedó así oculta a la vista, justo cuando las espadas entraron a verter la sangre.

Manuel Trigo




www.manueltrigo.com

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Comentarios
Valoraciones
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  • Buen relato
    Woh... Me ha recordado a la siniestra versión de Blancanieves de Neil Gaiman :)
    Muy bien marcado el ritmo del relato, una historia vibrante que has rematado de forma magistral. Un saludo
    Precioso relato el que hoy nos traes hasta aquí, me ha encantado, y estoy deseando leer el próximo... Un beso querido Manuel.
    Muy duro, pero estupendo. Tiene un ritmo y una tensión perfecta. Abrazo,
  • Y ya que discutimos sobre adjetivos, ahí va un pecaminoso asíndeton de tres adjetivos juntos ;)

    Dedicado a los que se empeñan en seguir vivos. Por cierto, lo de mataros a todos queda para más adelante, que ahora se acercan las vacaiones. Después, aceptaré voluntarios que me ayuden a asesinar, que sois demasiada gente.

    ¡Que lo disfrutéis!

    NO DEJÉIS DE LEER EL PRÓXIMO. OS CONVIENE.

    A Lázaro, ese gran maestro de los finales frescos y sorprendentes que tanto se han de valorar un en un relato y que a todos se nos suele olvidar aplicar a los nuestros. ACLARO: Las admiraciones del título son porque no me deja poner un título de tan sólo 4 caracateres.

    Perdón por pasar poco por aquí últimamente, pero estoy como el personaje de este relato. No tengo tiempo "pa ná", pero no os he abandonado, jejejej.

    A mi héroe, el Dr. House, a quien me parezco increiblemente, excepto en sus virtudes.

    Hola de nuevo, tras una breve pausa. Ando excesivamente liado últimamente, que tengo varios frentes abiertos. Mi salud me exige que los cierre absolutamente todos, pero mi carácter me los impide. Ya no es día 23, ya pasa bastante de las 24h, pero acabo de llegar de esta magnífica oportunidad que me ha brindado la Librería Carmen y lo menos que podía hacer era publicar este humilde homenaje que les he dedicado. Un saludo y espero poder contar de nuevo con tiempo para volver a leeros y meterme con vosotros (por la cuenta que me tiene, jejeje).

    Algo que quiero compartir con vosotros.

    Esto no es un relato más. Es una confesión. Sólo os ruego un poco de comprensión, que por un instante hagáis el esfuerzo de poneros en mi lugar.

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Lectura y escritura. Ambas complementan en la vida irreal lo que no puedo vivir en la real, que intento exprimir a tope con toda actividad posible y deportes de riesgo. No soy maestro de nada, pero me enorgullezco de ser aprendiz de todo, como buen renacentista. Una pincelada de saber en cada ciencia permite hablar con infinidad de maestros.

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