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13 min
El paquete
Reales |
08.11.14
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Sinopsis

Un día cualquiera un hombre recibe un paquete.

          Estaba nervioso cuando recibí el paquete. La sonrisa irónica del transportista denotaba cierto aire de presunción, como si supiese de antemano lo que contenía aquella caja de cartón embalada. Me pidió el DNI y una firma y pensé que eran demasiadas cosas en las que tenía que ocupar mi mente. Advertirme una y otra vez a mi mismo que todo estaba en orden, inyectar en mi hipotálamo mensajes positivos como que aquel mensajero simplemente era eso, un simple mensajero, eran acciones que estaban destinadas a reforzar mi ánimo a la hora de estampar la firma y los números con pulso firme. Le di el papelito relleno de la tinta del bolígrafo de plástico y me quedé con aquel objeto envuelto en papelón marrón lleno de curiosidad, al mismo tiempo que las hormigas de mi estómago dejaban de subir y bajar, quedándose sentadas en su sitio reponiendo fuerzas para otra ocasión. En cuanto entré en casa dejé el paquete en un armario y me alejé de él, sintiendo que la vida volvía a su estado aburrido de normalidad ilimitada.

            La llamé por teléfono y se extrañó por la hora. Como si tuviese que haber una hora para todo, una hora en la que todos estamos dispuestos y otra hora en la que el mundo está muerto. Qué raro que llames a estas horas. Lo susurró con miedo de que alguien pudiese escucharla. La verdad es que no creí que las nueve de la noche fuese una hora intempestiva. Dije con ánimo de sacarla de su abducción temporal. Emitió un leve gemido gutural que delató un insípido regocijo. Por su silencio advertí que sentía curiosidad por conocer el motivo de mi llamada y no tardé en satisfacer su deseo, en parte porque me empeñé en que las hormigas que habían vuelto a sus andares se estuviesen quietecitas. He comprado una cosa que creo te va a gustar.

            Tardó unos cuarenta minutos más de la hora estipulada en llegar a mi casa, pero aún así no se lo recriminé. Por menos tiempo ella sí lo hubiese hecho. Pero como aquella visita suponía un estímulo extra a nuestra poca llevadera existencia creí conveniente dejar las cosas como estaban y no tener que echar al traste aquella desventura que días antes se me ocurrió pudiese ser interesante. Le ayudé a quitarse el vestido y lo colgué de la percha que había en la entrada. Le ofrecí un café aún a sabiendas que ella no tomaba, más por no alterar las costumbres establecidas que por favorecer a su paladar con esta exótica infusión. La humedad de las palmas de mis manos denotaban cierto desasosiego, teniendo en cuenta que aquello por lo que ella estaba en mi casa, y que yo estaba dispuesto a ofrecer, contenía no demasiados patrones arraigados a una trayectoria gravitada en la normalidad. Me gustaría que me explicases a qué viene tanto misterio. Cuál es la causa de tu llamada. Por qué esas prisas en verme. De acuerdo te lo diré. He pensado en que te gustaría jugar a un juego que he comprado por internet. La dejé allí sola y me dirigí al armario donde estaba la misteriosa caja. Me quedé observándola mientras me preguntaba si aquello tenía sentido. Una caja empaquetada de la que ni tan siquiera sabía si estaba llena. Un objeto inerte. Sentía que se comunicaba conmigo de alguna manera. No quería que la abriese. Quería quedar allí encerrada para siempre. La perpetuidad del objeto inutilizable que sobrevive a varias generaciones. El minúsculo evento conceptual aturdido por el espacio y el tiempo. La supresión del acto verdadero engendrado alrededor de una batalla dialéctica que nadie gana nunca. El escozor de quien programa una acción frustrada por la dicotomía del ser y del no ser. Casi me convence. La cogí de un zarpazo y se la mostré a ella. La abrió.

            Un juego erótico. Esto es todo. Vaya. No, perdona, no es todo, es el todo. El juego dirige la vida. No hay vida sin juego. Es más, a la vida habría que llamarla juego. Es la antesala de la esencia. No hay escenario más simple que el propio yo. El egocentrismo radica en saltarse las reglas del juego, en no querer formar parte del todo. Y el todo es un juego. Somos el entretenimiento de un dios, o de varios dioses. Ganamos y perdemos batallas territoriales, batallas personales, luchamos por sobrevivir sin saber que puede no ser tan interesante hacerlo, pero no abandonamos. Y si lo hacemos salimos del juego y perdemos aunque ganemos. Si no juegas estás expuesto a perderte en el angosto trayecto del necio. Redimirte es peor que morir, porque el morir forma parte del juego. Perdona, no entiendo nada de lo que dices, pero de acuerdo, juguemos pues.

            Sentada en el suelo parecía más frágil. Sus pies se estiraban buscando el regocijo postural de aquel que no solo se conforma con estar físicamente cómodo, sino que se propone además laxar su espíritu. Al no convencerme demasiado la posición que adopté de cuclillas opté por imitar a mi rival dejando todo el peso de mi cuerpo a merced de la gravidez. La caja abierta ofrecía un recital de piezas coloridas diseñadas para atraer al tiempo que distraer. Estampas de lo más variopintas, azules, verdes, rosas, amarillas. Tarjetas con preguntas, insinuaciones, órdenes, sugerencias. Un reloj de arena que limita tus actos en el tiempo. Un dado rosa y otro azul, cuyos colores ofrecen cierta información de cuál es para cada uno. Todo alrededor de un tablero con el que redimir nuestras vergüenzas. Un tablero pulcro, desprovisto de cualquier pretensión desorbitada, selecto en las formas, capaz de disuadir el altercado si fuera necesario, exento de banalidades rancias, reconciliador y divisorio al mismo tiempo. Un cúmulo de sensaciones. Un remiendo para el espíritu.

La primera en tirar el dado fue ella. Un seis. Llegas a la casilla del conejito naranja. Te leo la tarjeta. “Sienta a tu pareja en una silla. Con el pañuelo que encontrarás en la caja véndale los ojos y besa su cuello lentamente. Haz que note tu aliento y moja de vez en cuando su cuello con la punta de la lengua. Tienes dos minutos”. No voy a poder hacerlo. Me va a entrar la risa en cuanto me vendes los ojos. No te preocupes porque ya sabes que solo es un juego. Siéntate, relájate y déjate llevar. Se sentó en la silla con cierta tensión. Movía la cabeza como esperando poder ver pese a que sus ojos ya no podían hacerlo. Los brazos, rígidos, pretendían aferrarse a la seguridad de la silla, siendo consciente de su invulnerabilidad. Su piel se erizó en cuanto mis labios tomaron contacto. Ladeaba la cabeza insinuando un cálido arraigo a aquel episodio de húmedas caricias. Movimientos circulares lentos. Arriba, abajo. El tiempo continuaba ajeno a las emociones proyectadas. El rasgo de personalidad subyace en los residuos de la piel. El sudor, el olor, el rubor. Sabía salado. Su cuerpo advertía la incomodidad de la prolífera situación. Situación que transmutaba en gozo. El placer es el remedio natural de las impurezas del espíritu. Tiempo. Te toca a ti. Te leo la tarjeta. “Pon a tu pareja de pie delante de ti y ponte de rodillas. Puedes utilizar un cojín para estar más cómoda. Acaricia suavemente el contorno de los genitales de él. Nunca directamente. Puedes utilizar la boca”. El universo puede no tener un fin. La imaginación puede ser tan grande como este.  Una idea inmersa en un universo que se expande sin llegar a tocar nunca las paredes. El regocijo de sentir el viento en la cara sin ver a nadie que te toque. Cualquier acción supone un objetivo a cumplir que puede no cumplirse. Es la imperfección del todo. Mientras ella frotaba sus labios en mis pantalones millones de neuronas y células gliales de mi cerebro se interrelacionaban entre sí convencidas de una reacción, que a su vez provocaría millones de interconexiones que desembarcarían en nuevas reacciones e interacciones de la masa encefálica. Mi polla erecta quería sentirse libre. La sangre acumulada en aquel trozo de carne pegado a mi entrepierna hervía en su afán por no sentirse afligida. La excitación momentánea no resuelta puede ser perjudicial si no hay una válvula de escape. No la había. En la tarjeta no advertía que yo no pudiese utilizar mis manos y me bajé los pantalones. El miembro erecto era observado de cerca. Era olido. La punta de su lengua emergió dispuesta a saludar tan educado caballero. El tiempo interrumpió el generoso gesto. Observé su cara. El dibujo de su sonrisa daba a entender que se sentía a gusto. Un juego utilizado como excusa para mantener relaciones. Pero no es un juego cualquiera. Es la interrupción de lo evidente lo que hace que las emociones se confundan. Reservar el intelecto, el raciocinio, el discurso para dar paso a lo inconexo. El placer del dolor lo será mientras solo sea físico. Si hay dolor emocional el juego no funciona. Puede resultar atractivo que te amordacen o te den unos azotes porque todo está dispuesto. Obligas a que te obliguen. No podíamos hablar, solo leer tarjetas. Pero estábamos cada vez más dispuestos a perderse en las obligaciones que nos ordenan los de arriba. Me toca leer. “Ata a tu pareja de pies y manos, siéntala en una silla y abofetéala suavemente”. Había dos trozos de cuerda en la caja y me dispuse a cumplir mi cometido. La resignación no conviene al espíritu cuando es verdadera. Si es falsa puede desembocar en estímulos superfluos que no llegan a frustrar el ánimo. Puedes incluso sentir placer. El placer de sentirse devaluado, detractado, violentado. El Ser Superior ejerce su poder en ti. Sucumbes a sus deseos porque no eres nada. Lo estrafalario de las especies. El macho dominante se regocija en su posición mientras tú eres otro más, un miembro que acata las órdenes, pero eres feliz porque no tienes que reflexionar, no decides, no eres responsable de la trascendencia de tus actos. Me mira mientras la ato. Su respiración es pausada. Está tranquila. El reloj de arena emprende su designio. Acerco mi cara a la suya. Lamo su pómulo derecho. Con la mano izquierda le doy una bofetada muy suave. Ella sonríe. Pide más. Con la derecha esta vez la bofetada es bastante sonora. Me mira confundida. No te pases. Me has hecho daño. Le empujo la cabeza hacia atrás. Se enfada. Otro golpe. Grita. Saco mi lengua y lamo desaforadamente sus labios. Muerdo su oreja derecha con relativa fuerza. Me insulta. Me pide que la desate. Sabe que no puedo hacerlo. La cojo del pelo y gime de placer. Ella quiere que la someta. Desea que sea su amo. Pero no quiere que sobrepase los límites. Si hay límites no funciona. El juego ha de parecer real. Así es el propio juego. Con los dedos presiono en pinza los mofletes y escupo en su boca medio abierta. Me escupe. Pero eres gilipollas o qué. Qué asco. La abofeteo dos veces. Cojo una bolsa de plástico y se la pongo en la cabeza. Grita. Pero qué haces me puedes asfixiar. No seas subnormal. Ya está bien por favor. Le quito la bolsa y le pongo un pañuelo en la boca. Le vuelvo a poner la bolsa. Gime intensamente. Noto que se ahoga. Cae al suelo. Llora. Pongo la suela de mi zapato en su cara. La podría aplastar como a una cucaracha. Empiezan las convulsiones. El desespero potencia la fuerza motora. Se mueve intensamente. Se muere pero quiere vivir. Puede que muera. El aire no llena sus pulmones. Se está ahogando. La vida no puede permanecer si el mecanismo falla. Sin aire no eres. Si fallan los pulmones mueres, si el corazón no responde mueres, si el cerebro muere mueres. La vida no es más que un engranaje de tejidos. El tiempo ha decidido que ella viva, que la maquinaria persista. Se acabaron los dos minutos. La bolsa ya no está en su cabeza. El pañuelo ya no impide que gesticule. Sollozos. Estás loco. Más sollozos. Como puedes hacerme esto. Forma parte del juego. A la mierda con el juego. La vida no es juego. No eres más que un tarado que quiere echar un polvo. Pero habíamos decidido acatar las reglas. Las órdenes son las órdenes. Quiero continuar. Necesito acabar con esto. La desato. Se arrodilla. Abraza mis piernas. El pene se agranda. Mientras se lo mete en la boca introduce su dedo en mi ano. Me hace daño. El dolor estimula los neurotransmisores intercambiando información incongruente. El dedo invasor roza zonas aun no descubiertas. Aprieta más. Los mensajes neuronales están confusos. Los impulsos eléctricos determinan nuevas sensaciones. Ella llora. Me corro en su boca.

El tablero permanece en el suelo. Solo tres tarjetas. Tres órdenes neutras que han sugestionado un encuentro etéreo. El universo se ha quedado estrecho. La complejidad formal de un espacio material es inversamente proporcional a nada. Todo es nada. Una masa encefálica es un universo. O varios universos. Un pensamiento equivale a un espacio, a miles de espacios, millones de espacios. La perpetuidad del universo solo es comparable a dos universos iguales. Y cuando ya no hay más espacio subes la cámara y ves que solo es una mancha que se puede extender. Conexiones. Emociones. Juego.

Dame un beso. Me lo he pasado muy bien. Gracias por invitarme. Llámame cuando quieras volver a jugar. De acuerdo, te llamo. La puerta se cierra separando dos espacios. Dos masas encefálicas que se alejan condicionadas por el comportamiento de sus conexiones. Sustancias inherentes que comportan las regla del juego. Del único juego.

 

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