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7 min
El payaso Risón II
Drama |
24.10.14
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Sinopsis

Segunda parte del relato "El payaso Risón". En esta ocasión vemos de primera mano, contada por el protagonista del relato, su perturbada visión sobre la oscura existencia que padece diariamente y de la cual no logra ver la salida.

(   Enlace a la primera parte del relato: http://www.tusrelatos.com/relatos/el-payaso-rison   )

 

El payaso Risón II: El pozo de la vergüenza

 

 

     No me sorprendía en absoluto hallarme sentado en la mesa del salón frente a un alcoholizado vaso de vidrio. La botella yacía vacía a escasos centímetros de él, rozando el borde de la superficie compuesta por madera, acariciando la posibilidad de emprender una estrepitosa caída para romperse y finalizar su existencia como tal. Quizás mi situación se asemejaba a la de aquel instrumento de uso cotidiano, pensé. Me veía inmerso en un pozo negro e inexplorado donde fuertes manos tiraban de mi, hundiéndome cada día más en el mar infinito que bañaba mis pies. Era consciente de que no había tomado el camino correcto que me llevaría a aferrarme fuertemente a la vida, pero no lograba ver la puerta que me brindase otra senda que recorrer. Un gran y variado cúmulo de sentimientos y emociones se gestaba a ritmo veloz en mi desgastado interior, no dándome tiempo alguno a poder asimilarlo. Sentí incontenibles ganas por contemplar el mundo exterior que se dibujaba a través de la ventana, me levanté con dificultad y tambaleé hasta apoyar la mano sobre la pared, dejando tras de mí un rastro inconfundible de embriaguez. Por suerte, solo los pocos muebles y electrodomésticos que en la habitación se encontraban contemplaron mi vergonzoso paso.

 

     La luz del Sol incidió dañina en mis desorientadas pupilas, las cuales estaban acostumbradas a la penumbra que normalmente azotaba el lúgubre espacio que yo denominaba hogar desde hacía años. Antaño aquel piso había vivido mejores momentos, así como hermosos recuerdos que quedaban impregnados manchando las viejas paredes vejadas por la humedad. Bajo el manto de la escasa sombra que pude proporcionar a mis ojos veía pasear como hormiguitas diminutas a la gente por las calles. Felizmente cogidas de la mano, las parejas paseaban coquetas intercambiando toda clase de piropos y signos amorosos al compás que los demás viandantes solitarios se encontraban absortos en sus diarias tareas. Todas esas personas tenían una cosa que hacer en aquellos momentos, un motivo para levantarse todos los días y entregarse a la hostil misión de la supervivencia. Sin embargo, mis motivos se habían quebrado en mil pedazos tal como lo hizo la botella en el momento que me levanté de la silla. Sobre mis mejillas fluyeron finas lágrimas inocentes que empaparon mis cerrados labios, no sin antes haber discurrido con dificultad entre la poblada y descuidada barba que cubría gran parte de mi rostro. Los signos de mi abandono saltaban a la vista con facilidad, ante mis estupefactos ojos se dibujaba el pozo de la vergüenza donde estaba atrapado cada mañana al verme en el espejo. En la lejanía pude ver la silueta del tan odiado circo “Feliz Alegría”, dentro del cual tantas horas había dedicado al entretenimiento. ¿Cómo se puede hacer reír a la gente cuando tu cabeza está sumida en una inaguantable depresión?. Inexplicablemente, lo hacía. Aunque por suerte el tormento había finalizado, decidí no acudir más al lugar donde mis sentimientos contrastaban fuertemente con mis dedicaciones.

 

     Agrios recuerdos invadieron de forma repentina mi mente mientras me hallaba frente al cristal que delimitaba mi prisión, en ella se materializó la reciente discusión con el casero de la vivienda donde pernoctaba. Me encontraba tomando unas copas en el bar más recomendado para ello del pueblo: El “Jimmy's Fate”. Unas frías manos se posaron sobre mi hombro izquierdo, sorprendiéndome.

 

– Te he denunciado, no puedes hacer lo que estas haciendo –se dirigió frío hacia mi.

– Ya te he dicho que conseguiré el dinero, joder –respondí de mala gana, no estaba de humor para tratar aquel delicado tema.

– Yo no puedo estar perdiendo dinero ni contigo ni con nadie. Me debes tres meses de alquiler y sé que no estas trabajando. ¿Cómo piensas pagarme? –gritó a escasos milímetros de mi oreja.

 

El ensordecedor chillido que se coló y recorrió todo mi sistema nervioso, sumado al alto porcentaje de alcohol que corría por mis venas, consiguió turbar mis pensamientos arrastrándome hacia una violenta espiral donde varios dientes del hombre se despegaron de sus encías. Salí corriendo avergonzado del lugar, dejando a aquel individuo con un rojizo reguero proveniente de su boca al compás que me llovían toda clase de gritos e insultos. Aquel pozo de la vergüenza estaba consiguiendo hacer estragos en mi personalidad, no me reconocía dentro de aquellas violentas acciones, que también padecía el mobiliario del hogar, pero que no podía evitar por mucho que lo intentase. Mis bellos atributos se estaban tiñendo de negra oscuridad que me corroía a ritmo desenfrenado a la par que yo hacía caso omiso de ello. Mis amistades se esfumaban como el viento a raíz de entrar en aquel trance de reclusión social donde nada que no fuera una bebida alcohólica tenía valor para mí. Las llamadas empezaron a cesar progresivamente y las cartas vieron mi buzón como un lugar tenebroso donde era mejor no adentrarse. Sabía que no volvería a ser bien recibido en aquel galante bar y por ello continué bebiendo y pudriéndome en el piso, solo y desamparado.

 

 

     El retrato de mi amada esposa, la muerte de la cual no podía superar, lucía una sonrisa infinita sobre el armario donde depositaba el alcohol, mi más preciado amigo en aquellos turbulentos días. A su lado se encontraba la ya conocida nariz multicolor que solía emplear en todas mis actuaciones, esa que a tantos niños y niñas gustaban tocar, se trataba de un amargo recuerdo que no demoraría en ser destruido y olvidado. Quise abrir la pequeña puerta del armario para comprobar el nivel de las reservas y coger otra botella que me ayudase a ingerir mis pastillas diarias. Todos los días tragaba aquellas asquerosas píldoras para relajarme y poder conciliar el sueño con más facilidad, aunque ciertamente nunca llegué a notar mejoría por el seguimiento de las instrucciones que me propició el médico. Pero súbitamente mi alterado sentido del equilibro consiguió dar conmigo en tierra. Gire la cabeza hacia la derecha y a mi lado vi el retrato de Isabel, el cristal se encontraba roto debido al enérgico impacto. Sus azulados ojos se fijaban en mí queriendo transmitirme un mensaje. Quizás lo hiciese, o quizás fue el empacho que había dejado mi estomago ardiente. Rompí a llorar con violencia y unos gruesos ríos de caudal transparente comenzaron a rodar por la superficie de la fotografía cual lluvia otoñal marcha sobre las ventanas de los hogares. No parecía importarle el hecho de arroparme durante el difícil momento en el cual me hallaba prisionero, así pues me quedé dormido mientras apretaba con fuerza la instantánea contra mi pecho, deseando llegar al corazón, y sollozaba con débil voz el nombre de mi difunta esposa.

 

     Pronto mi sueño finalizó, estaban llamando apresuradamente a la puerta. Estreché dubitativo el pomo, no esperaba la visita de nadie.

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Joven de 20 años aficionado a la escritura que trata de llevar al papel sus más interesantes cavilaciones.

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