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4 min
El pene sideral
Fantasía |
05.09.16
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Sinopsis

Érase una vez un pene sideral que viajaba a través del cosmos inseminando planetas, sembrando vida. Recorrió distancias incalculables, traspasó los límites del espacio-tiempo, visitó galaxias lejanas y primigenias emponzoñadas por el frío almíbar de la no-existencia. Ha visto cosas que no podemos imaginar. Él va surcando el infinito, ha visto el borde del Universo y contemplado lo que hay más allá plegarse ante el incesante martilleo en expansión, nada se resiste, hace suyo todo lo que no estamos físicamente preparados para entender si lo viéramos. Ha observado lo que hay en el interior de los agujeros negros, y es que después de que una supernova colapse y de lugar a la singularidad, en su interior un nuevo universo en miniatura florece y la explosión es su propio y diminuto Big Bang. Ha atravesado más de una vez el horizonte de sucesos, paseando por los eones y las eras y las tinieblas ha ido y venido desde la dimensión más plana y diminuta hasta las más coloridas repletas de fractales.

El pene sideral un día pasó cerca de La Tierra. Desde allá arriba advirtió decadencia, odio, muerte y destrucción. Él no entendió por qué. ¿Por qué habiendo tantas pollas con tantos coños alrededor nadie es capaz de ser feliz o ni siquiera de contentar a los otros? Y a pesar de la ignorancia, de las injusticias y de la macabra idea de que tantos agujeros vacíos en el mundo necesitan ser llenados, el solemne pene sideral sintió envidia del resto de vergas colgantes como péndulos del planeta. Él había llegado lejos, ya lo creo, más que ningún otro pene. Probablemente seguiría siendo así por el resto de la eternidad.

Él sabía de nuestra existencia como ente omnisciente, nos conoce como el mar conoce los granos de arena. El pene sideral había surcado las más impenetrables tinieblas del multiverso, pero su reflejo en un asteroide de hielo gigante fue lo más parecido a un dios que vio jamás. Se pregunta de qué manera la mayor parte de la humanidad pudo subyugarse ante un recopilatorio bien escogido de recuerdos escritos sobre un hombre que vivió casi dos mil años atrás, ante la creencia de que rezar y evitar ciertos placeres les otorgará la vida eterna. Hubo un tiempo en que el majestuoso pene sideral surfeaba por las olas de plasma líquido de la estrella Belatrix, en el hombro de Orión, desde allá divisó cantidad de estructuras no naturales que imitaban la posición de las otras tres estrellas que formaban el cinturón. Calculó la distancia entre la supergigante azul y La Tierra, doscientos cuarenta años luz. Vamos allá. Entonces contempló una civilización que se estaba pudriendo, en Alejandría estaban borrando todo rastro de una basta cantidad de conocimiento para una sociedad tan primitiva. Entre tantos escritos había uno de Eratóstenes, que doscientos años antes del nacimiento de Cristo ya había averiguado que nuestro planeta es redondo y que mide cuarenta mil kilómetros; o de Aristarco de Samos, que también por aquella época ya averiguó que vivíamos en un lugar redondo y que además giraba entorno al Sol como el resto de planetas visibles. Esos conocimientos fueron eliminados, y hoy, a los humanos sólo nos quedan diminutos pedacitos con los que reconstruir la historia con un poco de imaginación. Sabe bien el gran pene sideral que la verdadera iluminación nunca pasa por eclipsar a los demás.

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