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6 min
El "pensaó"
Humor |
09.07.14
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Sinopsis

La falta de oportunidades  en una Extremadura herida casi de muerte en los años sesenta, había llevado a Virginio Pozuelo, como a tantos otros, a abandonar su pueblo, buscando tierras más ubérrimas y propicias. Hijo de Venancio el talabartero, su juvenil impulso y su viveza le abrieron el camino de los Altos Hornos vizcaínos, allá en las lejanas Vascongadas.
 
No andaba mal de pico el bueno de Virginio, que llevaba grabada a fuego la Extremadura más profunda y arraigada, ésa del "tú mandas y yo obedezco", "pan y amo"; aderezada con otros matices peligrosos y románticos: "la tierra para quien la trabaja" o "al obrero respeto antes que pan". Con buena presencia y adornado discurso, aprovechó las bravas aguas de la reconversión industrial y sus conflictos derivados, para abrirse paso en el mundo sindical. Convencido estaba el joven Virginio de que trabajando con la mente se adelantaba más que trabajando con las manos.
Fruto de las negociaciones con la patronal y los empresarios, acabó obteniendo Virginio la nada desdeñable prebenda de un pingüe matrimonio con Sarita Aperregui, hija de un pujante industrial de Bilbao, que acabó por abrirle de par en par las amplias puertas de Madrid. Así fue como el hijo de Venancio el mulero abandonó para siempre la fría trinchera del duro trabajo en la ría bilbaína por un coqueto despacho en la calle Embajadores.
 
Poco le duraban los amores a Virginio (Gini para sus nuevos amigos madrileños) y a los dos años del casorio con Sarita, acabó sucumbiendo a los encantos de una conocida actriz del destape postfranquista. El romance fue convenientemente tapado por su suegro a costa de la compra de su silencio, hasta la legalización del divorcio ya empezados los ochenta.
 
Presumía Virginio de "haber corrido delante de los grises" y de "dormir en Hendaya la noche del golpe de Tejero", como trofeos que adornaban el palmarés de sus tendencias ideológicas. Las elecciones del 82 le abrieron a Virginio las puertas del Congreso, ocupando uno de los escaños de un antiguo partido clandestino.
 
Retirado ya de la política y de toda profesión, después de pasar por las filas de varios partidos, vivía Virginio (Gini) holgadamente de la generosa pensión y de sus intervenciones como columnista y contertulio en conocidos medios de comunicación capitalinos.
 
"Quinto" generacional de tío Antonio Chirimías y compañero de andanzas hasta que marchó a Vizcaya, les unía a los dos una sincera amistad, edificada en una niñez pura y montaraz, a base de pedradas, brechas, carreras y todo tipo de correrías infantiles.
 
No pisaba el pueblo Virginio (Gini) desde hacía veinte años, los mismos que hacía que había enterrado a su padre, Venancio el mulero. Había acudido a enseñarle sus raíces a su hijo Albertito, de cinco años, fruto de su tercer matrimonio con una joven periodista madrileña.
 
Con un sentido y sonoro abrazo se saludaron Chirimías y Virginio (Gini), en la complicidad de la común crianza.
- ¡Coño Virginio!, ¡qué bien te veo!. ¡Güeleh a caro!.
- Bah, ahí ando Antonio, no es oro todo lo que reluce ... Contestó Virginio con modestia.
- Poh el reló que lleva sí que reluce ... Contraatacó Chirimías. ¡Qué buenah ropah traeh y que coche máh grande!, ¡no te va a cogé por lah calleh! ... Hay que vé lo que da de sí el oficio de pensaó ...
- Bueno, bueno. Carraspeaba Virginio para salir del paso. -¿Y la familia?-. Intentó cambiar de conversación.
- ¿Y ehtoh quiéneh son?, ¿tuh nietoh?. Señalaba Chirimías al niño, que no paraba de subirse al pilón de la fuente, a los bancos, a las rejas de las ventanas y a todo lo susceptible de ser escalado.
- No Antonio, es mi hijo. Admitió con cierto rubor Virginio. - Y no son dos, es uno sólo.
- Chacho ... poh cunde como doh ... y le guhta trepá como a ti ...
Se hizo un silencio incómodo que rompió Gini:
- Sí, es que es hiperactivo y tiene déficit de atención. Lo tenemos en tratamiento psicoterapeútico.
- ¿Y no hah probao con una buena guantá, como hacían con nosotroh?.
Se ahorró la respuesta Virginio y salió al paso:
- No veas como estoy disfrutando de él a mi vejez. Tragaba saliva el intelectual. Lo llevo al colegio por la mañana, a música y a tawkondo por las tardes. ¡Está para comérselo!, ¿verdad?.
Entornó los ojos Chirimías mirando al chaval que no paraba quieto ni un momento y esbozando una pícara sonrisilla sentenció:
- ¡Poh cometelo ahora que ehtá tierno!, que luego va a tené un comé mu malo ...
 
Delante de dos vasitos de vino de pitarra y un platito de callos con patatas fritas celebraban los viejos amigos el encuentro.
- ¿Que hah hecho ehtoh añoh, Virginio?, ¿de qué hah vivío?.
Sonreía Virginio abiertamente, ganando tiempo para acertar con la respuesta:
- Defendiendo los derechos de los que menos tienen y más necesitan.
Se hizo otro silencio, suspiró profundo Chirimías:
- Digamoh que hah ehtao viviendo de la mente mientrah otroh ehtábamoh con el zacho. ¡No eh mala profesión!. Tiene que habé gente pa tó ...
Entretanto Albertito correteaba por la tasca de Juan el chispa, después de haber dado buena cuenta de los callos y las patatas fritas.
- ¡Joé con el zagá!, ¡qué bien enseñao lo tieneh! ... Decía Chirimías mirando el plato vacío.
- Entonceh ... ¿sigueh siendo de izquierdah, no Virginio?.
Acababa de poner el chispa otros dos vinos y una cazuelita de arroz con liebre de campo.
- Hombre Antonio, decía Virginio mientras apartaba el arroz para comerse la liebre, ser de izquierdas es una vocación, es optar por los pobres, es protestar por la injusticia, es detestar la exclusión. Después de decir esto, se llevó a la boca la mejor presa de liebre que había en el plato.
Observaba atento la operación de búsqueda, localización y captura  del mejor de los trozos de carne y viendo con frustración como éste acababa aterrizando en la boca de su amigo de infancia, así habló:
- Yo no sé si seráh de izquierdah, de derechah, de arriba o de abajo. Lo que sí tengo claro eh que no ereh "gelipollah" ...

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