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2 min
El Pintor
Amor |
16.04.18
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Sinopsis

Estaba pintando una marina en una playa solitaria...

Planté el caballete en la arena de la playa, y me dispuse a pintar la marina. Estaba en una pequeña cala solitaria, rodeada de acantilados. La luz atravesaba las olas, iluminándolas por dentro como si fuera un cristal cóncavo verdeoro, y rompían contra unos peñascos levantando un surtidor de espumas. Las ondas llegaban mansamente a la orilla, que brillaba en la claridad del atardecer como un espejo dorado.

Estaba enfrascado en las pinceladas de las diferentes tonalidades de azules y verdes, cuando una joven rubia, completamente desnuda, irrumpió en la playa y se metió en el agua. Estaba sola. Su risa de cascabel llenó el silencio. Me fue imposible apartar la mirada. Su cuerpo esbelto se mecía en las olas que avanzaban oblicuas contra sus nalgas. El agua le llegaba a los muslos. Los rizados vellos del pubis resplandecieron como fuego con el reflejo del sol en las entrepiernas. Sus generosos pechos eran vaivenes de medusas. Jugaba, moviendo las caderas adelante y atrás para que las olas reventaran contra su pelvis. Parecía que estuviera haciendo el amor, apasionadamente, con el mar. De pronto, me saludó con los brazos en alto. Me sonrió muy coqueta y me hizo claros gestos para que me diera un baño con ella.

Yo permanecía sentado ante el lienzo, paleta en mano. Miré hacia atrás, por si se estaba dirigiendo a otra persona. No ví a nadie. Acepté su invitación. Dejé los pinceles a un lado. Y cuando empezaba a quitarme los pantalones, apareció a mis espaldas, un tipo rubio que, en pelotas, corría por la arena hacia ella.

Recogí los bártulos y desparecí del lugar. Otro día acabaré de pintar el cuadro.

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