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4 min
El poco tiempo que nos queda
Reflexiones |
14.12.14
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Sinopsis

La noria gira y gira, las ráfagas de este viento invernal nos calan hasta los huesos y ya nos queda muy poco tiempo. El adiós es inevitable, pero ella no lo sabe y yo dudo de si decírselo. Ella me lo pregunta, dudo, y resuelvo a contárselo sin pormenores, en el último instante... la miento.

Ella estaba a mi lado, en el puente, ambos mirábamos aquella noria que tan sólo habíamos visto de pequeños en viejas y roídas fotografías.

Llevábamos ya un tiempo contemplándola desde aquel inmemorial y consumido puente mientras aquel viento invernal nos calaba hasta los huesos.

De improvisto ella se tornó hacia mí y su mirada se encontró con la mía. Su rostro estaba ligeramente enrojecido por el frío y un mechón le caía por la mejilla derecha, un mechón que había escapado a aquel gorro azul. Los instantes que sucedieron a continuación me parecieron no existir, me había liberado de las cadenas del tiempo una vez más, era verdaderamente libre en un futuro que aún no es presente y en un presente que aún no se ha consumido en pasado. Me perdí fuera del tiempo en aquellos ojos que decían tanto y que yo, en mi torpeza, no sabía comprender.

 

-Algún día iremos – hizo una pausa - ¿verdad? – dijo con voz suave y melodiosa. Sus palabras estaban llenas de inocencia, llenas de ilusión, de amor. Ella esperaba mi respuesta con una sonrisa cálida y sencilla.   

 

En ese momento la más sombría de las melancolías se cernió sobre mí como la más negra de las noches. Yo sabía aquella amarga verdad, en realidad todos éramos conscientes de aquella trágica certeza, excepto ella.

Sus ojos cobrizos siguieron sobre los míos, anhelantes y expectantes, como los ojos de un chiquillo que ansían el tan deseado sí de sus padres.

No sabía qué hacer, sólo había dos posibilidades, y sin embargo, la respuesta era más huidiza que aquellas dos opciones.  Ahí es precisamente donde se escondía la fragilidad de mi respuesta.

 

Nuestras miradas nunca se volverán a encontrar, eso es una certeza, se perderán para siempre en un universo sin dueño, caerán y caerán en una espiral por siempre circular y perpetua en el olvido de un tiempo casi inmortal.

 

En aquellos instantes, frente aquella mirada y aquella noria comprendí que todos mis esfuerzos fueron baldíos, no había salvación, el hasta pronto no cabía en la caja de la vida. Desde aquel preciso momento en el que nuestras miradas se encontraron por vez primera en el café Lusié estábamos sentenciados, yo más que ella, pues era un reo conocedor de la condena.

Aquellas palabras tan lejanas que creí haber batido en Argel ascienden ahora desde lo más hondo de mi pasado, desde lo más profundo de mi quebrado corazón, sólo para asistirme con su frío y miserable abrazo en el presente:  “al final todo se resume… a cómo matar al tiempo”. Yo ya lo había matado y ella conmigo, ahora, sólo nos quedaba el adiós.

Vuelvo a este mundo indescifrable sin quererlo, los engranajes de este tiempo enigmático e invernal reanudan su movimiento perpetuo y ya no tengo escapatoria, vuelvo a ser esclavo del presente y mi respuesta es inevitable. Las palabras comienzan a fluir lentamente a medida que el tiempo se desentumece y despierta, vuelve de su holgado invierno al instante presente y me arrastra con él,  sus caprichosos engranajes vuelvan a rotar, y decido finalmente mi respuesta.

 

- Sí – saco la mano del bolsillo y le acaricio la helada mejilla con ternura. Mirándola a los ojos prosigo – algún día iremos – reprimo un sollozo y sonrío.

 

Su sonrisa se ensancha, sus ojos centellean de ilusión y de sueños, ella… parece feliz. Ambos nos volvemos y miramos la noria sin perder ya detalle el poco tiempo que nos queda.

 

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