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8 min
El Portón Maldito
Amor |
16.08.14
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Sinopsis

Las maldiciones no son un juego. ¡Existen!

Instituto Técnico Santa Luisa. Jamás me agradó ese nombre, pero tenía que hacer mi bachillerato en algún sitio, y el ITSL era el que más cercano a casa se encontraba y al mismo tiempo el que cobraba menos, así que no pude hacer mucho por evitarlo. Un largo muro plagado de graffitis indescifrables rodeaba el recinto. Todos los alumnos en años anteriores —y yo no dudaba que en el año que corría en ese tiempo también— parecían estar orgullosos de todos esos garabatos sin sentido, pero yo que en ese año me convertí en alumno también me convertí en la excepción. Lejos de llenarme de orgullo, ese muro me provocaba aborrecimiento, tristeza y decepción.

Y en contraste con ese lamentable pintarrajeo, justo en el enorme portón de la entrada alguien había escrito con grandes letras la declaración “Te amo, Sara”. Me pareció tan tonto, triste y cursi que pensé que hasta prefería que en su lugar hubiese más graffitis.

 

            En fin, mi vida en el instituto se desarrolló con bastante normalidad. Hice un par de amigos que también eran de nuevo ingreso con los que pasaba casi todo el rato. ¿Cuándo no estaba con ellos? Había un chico llamado Enrique, el cual estaba repitiendo el curso por segunda vez. Como era de esperarse era bastante malo para los estudios, y se había creado su fama al dedicarse a gastar bromas pesadas a casi todo mundo, por eso la mayoría del resto de estudiantes le rechazaba. Pues rompiendo todo paradigma de alumno de nuevo ingreso me acerqué a él, hicimos plática y trabamos amistad. Resultó que lo único que Enrique deseaba era un amigo. Por desgracia los demás alumnos seguían evitándole, hasta mis amigos. Aun así no dejé de juntarme con ellos, incluso después que Enrique se convirtiera en mi mejor amigo.

 

            Como casi todo adolescente estudiante de instituto con las hormonas alborotadas, caí perdidamente enamorado de una chica preciosa de un curso superior. Yo, que al principio me había burlado del pobre tonto que amaba a Sara, comenzaba a hundirme en la misma situación. Bueno, uno en ese momento cree que lo que siente es amor. Normalmente suele ser un capricho hormonal, pero yo lo daba todo por esa chica…

La miraba a la distancia cuando se reunía con su grupo de amigas, riendo y secreteándose entre todas. De vez en cuando ella parecía percibir mis ojos sobre su espalda y se volvía para mirarme. La primera vez sentí temor, pero al ver que me dedicaba una de sus perfectas sonrisas supe que ella también sentía por mí lo que yo por ella.

Una tarde al encontrarla sola, leyendo en la biblioteca, decidí que no podía perder más tiempo y me senté a su lado con la firme convicción de convertirla en mi novia. Tampoco era posible que al término de nuestra primera conversación nos hiciéramos novios instantáneamente, pero los resultados que obtuve de ella me complacían. Comenzamos a actuar casi como una pareja, pero algo en el fondo nos detenía. Talvez al ver que ambos íbamos tan en serio eso nos hacía pensarlo dos veces. “¿En serio deseo pasar contigo el resto de mi vida?” ¡Vaya! ¡Estaba decidiendo con quién quiero pasar el resto de mi vida a la edad de quince años! ¡Já! Por supuesto, esto tenía que contárselo a Enrique.

 

- En serio quieres a esa chica, ¿eh?

- Con toda mi alma… ¡Pero temo que lo nuestro se termine incluso antes de comenzar! ¿Qué puedo hacer?

- Yo sé lo que puedes hacer… Pero no sé si estarás dispuesto…

- ¡Lo que sea por ella! ¡Dime!

- Bien, te lo diré… —Enrique adoptó un tono tan serio como nunca lo había escuchado antes—  Ya te has dado cuenta de que alguien escribió “Te amo, Sara” en el portón de la entrada, ¿no? Pues hay una muy buena razón para ello. Hay una leyenda entorno al portón del ITSL. La leyenda cuenta que si declaras tu amor por esa persona especial en tu vida escribiendo “Te amo” seguido de su nombre en ese portón, sus destinos estarán unidos para siempre y serán felices.

- ¿Piensas que voy a creerme eso?

- Oye, yo he estado aquí por más de dos años, y he sido testigo de las parejas que visitan el portón porque el chico declaró su amor por la chica hace muchos años ya. Creí que la única pega que pondrías sería la de tener que pintarrajear el portón cuando odias tanto los graffitis, pero si no quieres creer, es tu problema.

 

            Eso de que el amor es tonto es una completa mentira. El amor es precioso. ¡Es uno mismo el que se vuelve tonto cuando se enamora! No podía creer que fuese así de fácil, pero si no funcionaba al menos declararía mi amor por ella al mundo entero. Bueno, a la parte del mundo que pasara frente al portón.

Visité el instituto aquella noche, ofrecí mis respetos al valiente que declaró su amor antes que yo y rocié aerosol blanco sobre el portón hasta cubrirlo por completo. Luego sellé mi destino y el de ella. Con aerosol rojo y enormes letras escribí “Te amo, Paola”.

 

            A la mañana siguiente, de lo único que parecía que hablaban todos era de mi heroica hazaña, sin embargo todos hablaban en voz baja, casi consternados, como si se tratara de una tragedia.

No habían ni comenzado las clases cuando Paola apareció en mi salón, me tomó del brazo y sin mediar palabra me llevó lejos del aula, donde no hubiese nadie. ¡Paola estaba por decirme que también me amaba! ¡Había funcionado!

 

- ¿Tú escribiste eso ahí afuera? —preguntó sin siquiera mirarme a los ojos.

- Sí, fui yo. ¿No es genial?

- ¿Genial? ¡Eres un tonto! —gritó terriblemente alterada— ¿Que no sabes lo de la leyenda?

- Sí, lo sé. Ahora estaremos juntos para siempre, ¿no?

- ¿De qué hablas? ¡La leyenda dice que los que declaran su amor en el portón quedan malditos y nunca podrán estar juntos ni ser felices!

- ¿Qué? Pero Enrique dijo…

- ¿Enrique? ¿En serio? ¡No puedo creer que hayas confiado tan ciegamente en algo que te dijo Enrique! ¡Eres un tonto!

 

            Dicho lo anterior comenzó a llorar y se alejó corriendo. En ese momento no supe diferenciar qué cosa era más tonta: haber creído en cualquier tipo de leyenda o haber creído a Enrique. ¡Maldición! Entonces Enrique seguía siendo Enrique después de todo, y ni siquiera a su mejor amigo pudo evitar gastarle una broma así. Y Paola llevaba un año más que yo en el instituto así que debía saber cómo funcionaban las cosas; parecía creerse lo de la maldición sin vacilar. Después corroboré con mis amigos que la versión correcta de la leyenda no era ese cuento del amor eterno, así que ese día Paola dejó de hablarme…

 

Es curioso cómo trabaja nuestra memoria, ¿no? Todos estos recuerdos vinieron a mí en un segundo, mientras pasaba a toda prisa en mi coche con mi esposa y los niños por la calle que daba justo frente al portón del Instituto Técnico Santa Luisa. Lo que escribí sobre ese portón hacía tantos años aún seguía ahí. Al parecer después de mí no hubo ningún otro tonto que osara en desafiar la maldición.

Eché un vistazo al retrovisor y observé las caritas de mis hijos. Los tres se habían quedado dormidos, ya que era un viaje largo hasta el colegio y aún no estaban acostumbrados a madrugar. Hice un gesto a mi esposa para que observara a los que también eran sus hijos. Al verlos pude notar por la expresión en su rostro que su corazón se enternecía satisfecho, justo como el mío.

 

- Vaya que estamos malditos, ¿no? —dije a mi esposa.

- Si, malditos de tanta felicidad —me respondió Paola con una preciosa y perfecta sonrisa.

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Me gusta mucho leer. ¿Por qué estaría aquí si no? jajaja Lastimosamente ya no tengo mucho tiempo para ello, ni para escribir tampoco. Pero bueno, hay que hacer un esfuerzo.

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