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4 min
El pozo
Terror |
18.10.06
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Sinopsis

La noche estaba oscura como pocas. Ni una sola nube se adivinaba en el firmamento; ni un destello furtivo de estrella; nada. Podría decirse que era una noche tranquila, pero en el ambiente silencioso se percibía un algo misterioso. No era que los árboles mantuvieran constante conversación entre sus ramas a pesar que no corría ni un suspiro de viento. Tampoco que las bestias en el corral se refugiaran en un rincón. Era el silencio. Parecido al que queda después de una terrible tormenta: entre pacífico y angustiante. Los de casa lo sabían; lo sentían. Dos hombres y una mujer en el portal. Mirando hacia el portón cerrado del amplio patio, como esperando llamaran a él. Ella fue quien se percató de la lámpara que colgaba en el portal. Cómo su flama comenzó a bailotear y le siguió el resto de su cuerpo; oscilando cual péndulo de reloj. Luego escucharon el viento en erizante silbido. Sólo podían oírlo; acercándose lentamente. Sus corazones latían cada vez más rápido. Tenían el deseo de huir dentro de su hogar y refugiarse inclusive bajo la cama, pero no acertaban a moverse y cambiar su posición. El grueso madero, que mantenía firmemente cerrado el portón, comenzó a desquebrajarse hasta romperse en astillas y abrirse las hojas violentamente. Una nube de polvo, hojas secas hizo camino en un frío remolino. El viento se desató. Apagó lámparas, derribó macetas y puso nerviosos a los animales. Cascos de caballos. Tal vez una docena. Todos alrededor del viejo pozo de piedra que se alzaba al centro del patio. ¿Qué era aquello? Oían a los potros más no los veían. ¿Cómo era que apreciaban la tolvanera que provocaban, pero no a los jinetes? Contuvieron la respiración. De pronto, todo quedó en calma. El viento cesó, pero quedó el frío, uno más que invernal. Nubes de niebla brotaron del suelo y dejaron al descubierto una docena de fantasmales jinetes. Sus ropas desgarradas y bañadas de sangre tenían el aspecto de los revolucionarios. Rostros perdidos en la oscuridad y la niebla, manos asidas con firmeza a las riendas; descarnadas unas, mutiladas otras. ¿Qué esperaban? ¿Qué se suponía que debían hacer o decir aquel trío de temerosos humanos? Fue la mujer quien tuvo el primer impulso de dejar el portal y acercarse a los jinetes, pero como reiniciaran su aguerrido galope alrededor del pozo, fue halada de sus enaguas por unos de los hombres, derribándola a tierra. Varias vueltas más y uno detrás del otro saltaron en impresionantes reparos a la boca del pozo. ¡Cuán ensordecedor era su tropel! Y al terminar, todo quedó en agradable calma. Los grillos cantaron entre la hierba; la lechuza gritó surcando el cielo zafir y algunas estrellas comenzaron a vestirlo. Los dos hombres y la mujer estuvieron de acuerdo en no contar a nadie lo que presenciaran. ¿Quién podría creerlo? Los tildarían de locos. No se hallaban en buenas relaciones con muchos del pueblo. ¿Para qué echarle leña al fuego? Entraron a la casa y se pusieron a rezar por las almas de aquellos espectros.
Ese año había sido parcialmente seco. Metros y más metros a bajo, el pozo rezumaba de sus rocosas paredes un poco de agua. Mucho más a bajo, en el lecho limoso, resplandecían como con brillo propio un sin fin de monedas de oro, joyas y piedras preciosas.
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Escribir, leer lo más posible, tocar guitarra, a veces el piano, la flauta y mi querido violín se apolilla en el armario porque no he podido estudiarlo; las películas de acción, de misterio, terror, ¡todas! Dibujar, soñar despierta...

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