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11 min
EL PRIMER BESO DE EMILY CERVANTES
Amor |
25.02.15
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Sinopsis

 

A los once años de edad, Emily Cervantes era una niña buena, con su piel pálida casi trasparente, los ojos mansos de un incierto color de aguas mansas y la melena de rizos pelirrojos siempre atada en una cola de caballo.

Era la princesa de sus padres, hija única del señor y la señora Cervantes, y tenía un aura de inocencia y una sonrisa tan casta que parecía ser la niña más angelical del mundo. Usaba la ropa holgada y con dibujitos de caricaturas y su cuerpo escuálido y delgado no parecía estar a pocos años de la explosión de la pubertad.

Sin embargo, esa no era la verdadera Emily.

Reprimida por la feroz vigilancia de sus padres y la estricta y casi fascista educación católica en el Colegio de Señoritas de Santa Teresa, Emily Cervantes escondía tras ese rostro candoroso el tórrido fuego interior y los sueños inconfesables que le asaltaban todas las noches.

Pobre Emily.

Siempre pasaba desapercibida en el Colegio porque tenía una timidez esclavizante y un carácter fantasmal que la impulsaba a desaparecer en los lugares solitarios como los polvosos estantes de la biblioteca o los rosales aburridos del patio. Nadie le dirigía la atención y las tres o cuatro chicas que se hacían pasar por sus amigas lo hacían únicamente porque Emily les hiciera las tareas. La verdad es que era una criatura silenciosa, como una palomita melancólica, que vivía en su mundo de deseos ocultos y que a veces hablaba sola y hasta se chupaba el dedo.

Fue por esta razón que sus compañeros de clase casi se desmayan el día en que Emily entró al aula con el pelo suelto, el rostro maquillado y una sonrisa y una personalidad tan atractiva socialmente que se hizo popular en un segundo.

Emily Cervantes había cambiado para siempre y todo era culpa mía, según supe después.

Todo comenzó cuando tuve que viajar a Barcelona por primera vez para terminar mis estudios de literatura del siglo XIX y no tuve lugar dónde quedarme excepto en la casa de mi adorado (en realidad olvidado) tío.

No era mi tío realmente, pero era tan amigo de mi abuelo que era como parte de mi familia y desde que supo que iría a la ciudad no dejó de insistir ni un momento para que me hospedara en su casa.

Llegué a Barcelona durante una de esas primaveras terribles en la que las lluvias inesperadas asaltan de súbito con sus vientos atrevidos y que para mí era algo más desastroso que el invierno en el Amazonas.

Tomé un taxi y di la dirección de la casa de mi tío y me dejé conducir por las calles ignoradas a un hogar desconocido. Casi ni recordaba a mi tío, pero de su esposa tenía un recuerdo vívido e inolvidable porque cuando visitó mi país fuimos a nadar al lago y a través de su blusa mojada pude contemplar los senos pequeños pero deliciosos y los pezones asomando como una fruta prohibida. De Emily apenas recordaba que era una pequeña de ocho años cuando la conocí y que todos nos reíamos de sus hábitos de maniaca y le decíamos la “prima boba”.

Me recibieron muy bien.

Me dieron un cuarto en la planta alta con una ventana desde la que se veía el cielo gris de la espantosa primavera española y unas paredes tan tristes como el cielo.

-Si necesitas algo –me dijo mi sexy tía, apretada por un escote delirante-, en el cuarto del frente duerme Emily.

Yo sonreí para agradecer las cortesías, pero me fui a la cama sin cenar.

Por aquel entonces yo tenía unos veinte años y no tenía la desagradable panza cervecera que ahora adorna mi abdomen, sino que tenía el cuerpo delgado de un delantero de futbol y la melena ensortijada de un roquero. No era un Narciso, pero mi aspecto de macho latinoamericano fue suficiente para arrancarles suspiros a algunas ninfas españolas y, a veces, les arrancaba más que solamente eso.

En la casa nunca estaban ninguno de mis tíos pero siempre me topaba con Emily. Era una criatura omnipresente en aquella casa y en ocasiones al volverme de pronto me encontraba con su carita tierna sonriendo tontamente. Al principio me molestaba sentir su mirada que me perseguía por todos lados porque supuse que me vigilaba para encontrar una falta de qué acusarme, pero pronto caí en la cuenta de que su mirada no era de inquisición, sino de súplica y supe por primera vez lo sola que se sentía.

Desde entonces, la volví mi mejor amiga.

Me concentré en aconsejarla para que derribara la pared de su timidez y para que cambiara ese look tan desastroso. Le contaba todo sobre mi vida y hasta le dejé leer los primeros capítulos de mi novela. Le enseñé a jugar futbol y la convertí en hincha del Real Madrid (con todo y que estábamos en Barcelona). Le enseñé a fumar y hasta le conté mis conquistas sexuales.

Las noches de los viernes llegaba a medianoche porque mis amigos me arrastraban a los bares y se nos iba el tiempo entre cervezas o discusiones futboleras y yo sabía que no importaba a qué horas llegara porque me iba a encontrar con que Emily estaría esperándome en la sala con un café cargado para resucitar mis neuronas.

Siempre me recibía con una sonrisa excepto cuando no llegaba a dormir porque ella sabía que me había quedado en la cama de alguna mujer y siempre que eso sucedía pasaba varios días sin dirigirme la palabra y lanzándome miradas hostiles cuando yo, muerto de risa, le preguntaba que si estaba celosa.

Así fueron pasando los meses.

El tiempo transcurría y para mí, Emily Cervantes, era todavía la “prima boba”, pero los sentimientos de ella eran algo distinto.

Muchos años después supe que se enamoró desde el primer instante. No tenía un momento de paz en su cuarto porque sabía que yo dormía a pocos metros de ahí. En su ávida imaginación dibujaba los contornos de mi rostro, las líneas de mis facciones, los detalles de mi fisionomía. Cerraba los ojos para poder contemplar mi melena alborotada, mis ojos de sicario y mi sonrisa sarcástica.

Ella misma me contó que se imaginaba cruzando el pasillo, acostándose a mi lado y acomodando su cabeza en mi pecho y que se le volvió doloroso cada instante en que no estaba cerca de mí. En la escuela pensaba en mí y en las noches no podía liberarse de mi recuerdo, pero jamás pensó que yo le hablaría y cuando lo hice casi se desmaya de pura felicidad.

Desde el momento que empecé a hablar con ella la voluptuosidad de su obsesión llegó a niveles insospechados, incluso para ella. Se metía a mi cuarto mientras yo no estaba y revolvía la ropa sucia, se llevaba las almohadas y las cobijas a la nariz y aspiraba con ansias, hasta se tiraba en la cama a dejar volar la mente. Casi siempre terminaba llorando de desesperación al darse cuenta que su amor era una cosa imposible.

Aquel martes lluvioso, Emily Cervantes salió del Colegio y llegó a la casa empapada por el bombardeo húmedo. Como de costumbre no había nadie. Subió las escaleras cantando una canción de moda pero no se fue a su cuarto, sino al mío, como ya era su rutina, y se sorprendió al abrir la puerta y verme ahí.

Yo recuerdo esa tarde. No fui a clases por simple haraganía y estaba leyendo una novela de Galdós tirado en la cama cuando ella abrió la puerta y me sorprendió verla ahí con los ojos asustados, el pelo desordenado y la ropa mojada.

-Ven –le dije.

Ella obedeció. Cerró la puerta tras de ella y se sentó a mi lado en la cama. Afuera el cielo se desgajaba en un diluvio y adentro de la habitación la temperatura había caído ostensiblemente. Me levanté y con una toalla sequé su rostro y su pelo, inconsciente de que aquella acción despertaba ecos eróticos en la “prima boba” y fue la primera vez que vi sus ojos de un vívido tono azul clavado en los míos.

-Roberto –me dijo-. ¿A qué edad tuviste tu primer beso?

-Desde muy pequeño me besaba mi madre –bromeé sin dejar de secar su melena roja.

-En serio –insistió ella-. ¿A qué edad besaste una chica?

-A los nueve… ¿Por qué?

Ella bajó los ojos para responder:

-Yo tengo once y aún no sé besar.

Yo suspendí la actividad de secado y la miré a la cara comprendiendo por dónde iba el asunto.

-¡Ay pequeña! –le dije-. Yo te llevo casi una década… No sería el mejor maestro para ti…

-Lo sé –respondió ella de inmediato, con una voz que parecía que iba a romperse en un gemido-. Yo sólo quería saber que se siente… Lo siento, soy una boba.

Me senté a su lado y acaricié su pelo. Mil pensamientos cruzaban por mi cabeza. Si mi tío se daba cuenta de aquello era seguro que terminaría en una cárcel por pedófilo, no obstante lo que mi prima me pedía tampoco era algo del otro mundo.

No iba a abusar de ella, simplemente era enseñarle algo tan natural como comer y dormir.

No lo pensé más. Tomé sus tiernas mejillas a dos manos y atraje su rostro hacia mí. Ella no opuso ningún tipo de resistencia en el momento que colocaba sobre sus labios helados un beso breve y cariñoso.

-Eso es besar –le dije.

-¿Eso es todo? –preguntó ella con la respiración súbitamente acelerada.

-Para nada –respondí-. Eso es lo más básico.

Pensé que si ya había iniciado la obra era necesario terminarla. Así que con toda docencia le expliqué la forma en que debía poner el rostro para que las narices no chocaran, la manera correcta de humedecer los labios y la forma de respirar sin ahogarse. Cuando los principios básicos fueron dados me acerqué a su carita infantil y le di un beso más prolongado que el anterior y más juguetón, hasta el punto que mordisqueé su labio inferior y sentí sus bracitos delgados rodeando mi cuello por primera vez.

-Eso fue grandioso –dijo sin voz, luego del beso.

Animado por ello, decidí dar un paso más allá.

-Aún falta algo –le dije-. El beso francés.

Ella ni esperó que le dijera nada más. Cerró los ojos de inmediato y yo besé su boca tranquilamente y poco a poco fui animando la acción hasta que pude introducir mi lengua en aquella boca virgen. Entonces todo cambió. Aquella niña inocente adquirió una ansiedad sensual y pronto sentí su tierna lengua jugando conmigo y su cuerpo fino arqueándose para acostarme en la cama.

Estaba tan extasiado que olvidé la edad y el parentesco y la deje que estuviera sobre mí ahogándome con su aliento perfumado y sintiendo sus primeros movimientos espasmódicos y el ritmo cada vez más vertiginoso de sus caderas y de su sexo frotándose sobre mi cuerpo.

Un instante de lucidez fue suficiente para darme cuenta de que estaba llevándola muy lejos y que si la cosa seguía por ahí iba a terminar haciéndole el amor. La tome de los hombros y la lancé a un lado.

-Suficiente –le dije-. Hasta aquí llego yo.

Ella me miró sin responder nada. Se levantó, caminó hacia la puerta y antes de cerrarla me lanzó una sonrisa coqueta.

-Gracias –dijo.

La boba Emily Cervantes dejó de ser boba desde ese instante.

 

Próximo relato: LA PRIMERA VEZ DE EMILY CERVANTES

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