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10 min
El Pueblo
Fantasía |
17.04.15
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Sinopsis

De un gitano que conversa con muertos. Homenaje a Delibes y Juan Rulfo.

EL PUEBLO

—¿Tú sabes Miguel, en qué piensan los muertos?

—Custo, ¿otra vez?

—¿Lo sabes o no?

— No piensan. Están muertos.

La respuesta tan tajante de Miguel ofendió a Custo, que por un momento, dejó de limpiar la modesta lápida de Don Marcial, el pastelero, 112 años mayor que él.

—¿Ah no? Y si no piensan, ¿por qué me miran así? Ya sabes, de esa forma, con esa mirada, tan triste, tan penetrante. Como si yo fuera el culpable de que anduvieran por ahí, muertos, sin pena (ni gloria), resentidos, desalmados. ¡Encima que me preocupo por ellos!

—¿Preocuparte? Si tú y yo estamos aquí, haciendo vida de enterrados, es porque en casa, ni un chavo. Que ni para pan de hostia nos da. ¡Y dale cera al muerto! ¡Qué las tripas me cantan!

—¿Ya tienes hambre? ¿Qué hora es? 

Miguel saltó desde lo alto de la escalerilla que le sostenía a la altura del nicho de Don Camilo, el Loco. Mientras se deslizaba hacía abajo, empezó a alzar su brazo izquierdo, recto, con brusquedad, haciendo descubrir el reloj de pulsera que escondía bajo la manga del jersey descosido. Cuando sintió el suelo bajo sus pies, bajó el brazo de manera que su muñeca izquierda quedara situada a la altura del corazón. Al bajar los ojos para consultar la hora, se percató de que las agujas del reloj giraban en sentido contrario y a una velocidad endemoniada. Se dio la vuelta, le dio la espalda a Custo, y respondió:

—Hora de acabar, hora de irse, hora de cenar. Quiero ir a casa, y de camino, tirarme al río, para quitarme este olor a muerto. 

Y echó a andar en dirección al valle.

—¿Irnos?— replicó Custo. ¡Pero si todavía hay que rezarles! Para don Justiniano, el boticario: un Padrenuestro, dos Avemarías, y tres Salves, por su alma, pero no por su cuerpo. Y para Don Guillermo, el tuerto: un Credo. 

Miguel paró en seco, se dio la vuelta, y reanudó el paso hacia su compañero. Custo estaba agazapado, de rodillas, y seguía limpiando con un trapo la lápida de Don Marcial, el pastelero. A medida que se acercaba, observaba de más y más cerca la mata de pelo que poblaba su cabeza. Sus rizos, negros como el carbón, le hicieron recordar las habladurías que resonaban por el valle sobre sus orígenes gitanos; sobre la supuesta inhumanidad latente que lo corrompía por dentro; y los rumores sobre su naturaleza incestuosa y zoofílica. Al notar la presencia de Miguel, Custo levantó la mirada y sus pupilas de búho se dilataron inundado sus ojos. Le enfocó con una mirada rapaz, no humana. —Un gitano —pensó Miguel, —Un gitano que conversa con muertos—. Sintió lástima:

—Custo, reza tú si quieres, yo me voy. Total, ¿éstos? Ni se enteran; y los vivos, menos. Además, ¿tú sabes lo que nos debe aún Don Rafael, el hijo de Don Guillermo, el tuerto? ¡Tres pagas! ¡Tres! ¡Ni un duro! Vemos, del señoritingo.

A Custo no le convenció la idea de dejar inacabada la tarea funesta encomendada para ese domingo de guardar en el cementerio de la Almudaina, a lo alto de la Colina del Mocho. Y es que a pesar de su temprana edad, 14 años de vida terrenal, Custo no tenía el espíritu contestatario y rebelde de Miguel –2 años mayor que él- pero sí una gran capacidad para descifrar los entresijos de la vida cotidiana y las relaciones humanas. Desde muy joven, tubo conciencia de que su paso por la vida no iba a ser fácil: nació con los pies por delante, erguido. Su madre, murió desangrada en el parto, víctima de su capricho de querer nacer del revés. Su padre -o aquél que decía ser su padre- perdió los estribos al ver a su esposa postrada sobre la cama sin vida y abierta en canal: agarró al niño, se echó al monte y se lanzó desde lo alto de la colina del Mocho. Mientras caía, blasfemó contra las santas escrituras, contra el Señor, y contra todo aquél que osó juzgarle en juicios sumarios de valor. Los ecos pecaminosos resonaron por todo el valle durante 33 días y 32 noches hasta que una ola de viento huracanado se los llevó lejos de allí. Dadas las circunstancias, al niño se le dio por muerto, víctima de infanticidio parental. Desde la plaza del pueblo, Don Gori, el cura, hizo reunir a todos sus convecinos para prohibirles expresamente que se compadecieran por las tres muertes. Mientras, en la taberna, se brindó con vino consagrado en santa eucaristía.

Dos meses después, mientras Doña Josefa, la madre de Miguel, lavaba ropa en el río, halló al niño muerto, vivo, bajo un arroyo. No lloraba y su aspecto era el de un niño sano y humano: sin ninguna apariencia de criatura salvaje. Nadie podía explicarse como un niño recién nacido había sido capaz de sobrevivir tanto tiempo en el bosque solo y sin sustento. María, la telefonista, le confesó a Don Gori, el cura, que la Virgen María se le había parecido en sueños para decirle que el niño había sido amamantado por una loba romana. Juan, el carpintero, sostenía que había sobrevivido alimentándose a base de huevos de lagartija y caracol. La versión oficial fue que había nacido con el don de la inmortalidad.

Dado que las leyes de Dios prohibían (y se hacía imposible) el sacrificio del recién nacido, se aprobó en asamblea extraordinaria que Doña Josefa, la madre de Miguel, debería acoger al niño en su seno familiar, darle de cobijo, y alimentarle con dos platos de comida al día.

—Yo me quedo, Miguel, quiero terminar el trabajo. Vete tú, si quieres. Luego te alcanzo.

A Custo le apasionaba su trabajo y no necesitaba que nadie le pagara por hacerlo. Lo hubiera hecho sin cobrar ni un céntimo de no ser por doña Josefa, la madre de Miguel, que desde los 10 años le impuso el mandato de traer dinero a casa para colaborar con la economía familiar. Doña Josefa había enviudado joven y la Divina Providencia quiso que lo hiciera una semana después de encontrar a Custo en el río. Creía firmemente que ese ser era el culpable de todos sus males y que un plan de odio desmesurado hacía él era la única solución para hacerle marchar del pueblo por su propia voluntad. Intentó criarle peor que a los perros y prohibió a su hijo mantener cualquier relación de hermandad con él. Según ella, aquél que mostrara el más mínimo indicio de sentimentalismo hacía Custo, estaba condenado a desaparecer.

—Me voy pues. No tardes. —se despidió Miguel.

—No tardaré. —aseveró Custo.

El Sol ya estaba decidido a esconderse tras las moles rocosas que peinaban y circuían la villa. Miguel contempló el rastro de luminosidad que se resistía a esconder tras los cerros antes de lanzarse con la bicicleta cuesta abajo, veloz, dejando atrás un mar de nichos y cruces. Durante todo el trayecto no se quitó la idea de que quizás se había comportado de una forma demasiado descortés con su compañero. Pensó en Custo y en su atormentada vida. Al final, acabo por arrepentirse de haberle dicho que los muertos no pensaban por estar muertos. A fin de cuentas, él nunca lo supo.

En el cementerio de la Almudaina, a lo alto de la Colina del Mocho, Custo había acabado de recitar en voz alta sus oraciones. Cuando salió del cementerio, el Sol agonizaba tras la topografía escarpada. Miraba al pueblo, a la plaza, a la ferretería de don Gustavo, el ferretero. Todo se podía contemplar a la perfección desde ahí arriba. En lo alto del campanario, vio a Finito, el monaguillo, haciendo resonar 9 campanadas para marcar la hora exacta de aquél inhóspito lugar. De la calle del vicio vio salir dando tumbos a Don Hernando, el carnicero, mientras gesticulaba con grandes aspavientos y maldecía al coño de la Bernarda; Doña Francisca, la infiel, sacaba escandalizada la cabeza por el ventanal de su casa, en la que llevaba recluida 10 años de forma voluntaria por pecadora; Don Camilo, el cura, intentaba abrir la puerta que daba a la sacristía con un puntapié; y Doña Josefa, la madre de Miguel, iba de camino a la finca portando un saco con diez kilos de pienso para los cerdos.—Allá va mi cena— se dijo para si mismo en voz alta.

Mientras desataba su bicicleta de la verja del cementerio, una colmena de abejas cayó de un árbol frente a sus pies, de ella escamparon decenas de gusanos e insectos de dos cabezas que se esparcieron por la tierra. Fue en ese instante cuando un grito de lamento escupido desde lo más profundo de las entrañas de una mujer retumbó en sus oídos. Sintió a la montaña y a sus tímpanos temblar. Cuando fue a asomarse para avistar que es lo había ocurrido, vio a Doña Josefa, la madre de Miguel, corriendo despavorida por la plaza del pueblo sollozando y clamando venganza. Mientras observaba la insólita escena, una mano caliente y sudorosa le agarró del hombro por detrás. Al girarse, vio a Miguel:

—No te asustes Custo, soy yo. He venido para avisarte de que mi madre se ha vuelto loca y dice que te quiere matar.—Se lo dijo mirándole fijamente.

—Pero ¿por qué? ¿Qué ocurre?—exclamó Custo asustado.

—Dice que me has matado.

Miguel iba con la cabeza ensangrentada y de sus cervicales sobresalía una puntiaguda y gruesa rama de pino. De la herida brotaba un riachuelo de sangre que se perdía tras los matorrales y delataba su nueva condición. La rama le había atravesado cuatro órganos antes de partirle las vertebras como castañuelas. El impacto fue limpio y certero, tras estrellarse a gran velocidad sobre un pino.

—Miguel, dime una cosa. ¿Estás muerto? —preguntó Custo sin mayores dilaciones. Tras un silencio eterno, Miguel ni asintió ni negó. Y Custo acabó por indignarse. Nunca, hasta ese preciso instante, había estado tan convencido de querer marcharse de ese maldito pueblo donde los muertos resucitaban para no hablar.

 

Carlos Garfella Palmer.


 


 


 


 


 

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  • Hola Néstor. Es mi primer cuento y todavía (creo) le queda mucho por pulir. Por eso, se agradecen muchos tus palabras, me dan ánimos. Gracias.
  • Este relato no tiene valoraciones
  • Esta es la crónica de una lúgubre tortura. Esta es la historia de Sebastián Frontera, y de como fue encontrado, más muerto que vivo, un 5 de enero de 1998 en el sótano nº 66 del Puig de Sant Pere.

    De un gitano que conversa con muertos. Homenaje a Delibes y Juan Rulfo.

Derecho en UIB. Posgrado en Comunicación de Conflictos Armados y Paz en Univ. Autònoma de Barcelona. https://twitter.com/CarlosGarfella

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