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4 min
El que pintaba con colores tristes por no estorbar
Suspense |
03.09.11
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Sinopsis

Lo único coherente es ser una contradicción en uno mismo. Todos somos muchos a la vez. Ser constante es una falacia. El cambiante es más libre

 

Echó a volar hacia el Oeste, así que aquel día vio atardecer 17 veces. Si viviese en el asteroide B612 sólo tendría que mover la silla.   Así el día se hizo infinito y se alargó y se alargó… porque le daba miedo acabarse. Días de esos que no saben si quieren llegar a su destino por miedo a lo que puedan no encontrar.   Un cowboy solitario se asomó por la puerta de la terminal de llegadas. Bueno, llegué. Era un solitario no porque estuviera sólo (que lo estaba) sino porque así eran los cowboys: interesantones, ya sabes.    Con su sombrero y sus botas de veintisiete leguas si se sentía abandonado, en cambio, por la ausencia del caballito. El compañero incansable con quien salía por las noches armado con unas boleadoras a cazar estrellas polvorientas. Polvorientas de polvo de estrellas, que nada tiene que ver con el que envejece y desluce las cosas.    El reloj de la terminal daba la hora con ese aire absolutista que tienen los relojes. Nueve horas menos. No son suficientes para recuperar tantas mañanas.   Atravesó las puertas automáticas del aeropuerto de Tacoma, y entró en una habitación con luces desordenadas. Había penumbras e intimidad y rayos de luz apabullantes que apuñalaban la oscuridad en mil partes con trayectorias definitivas. Sonaban risas y música por los rincones, y las lágrimas se amontonaban en las ventanas con restos de ceniza… porque muchas tardes y muchas noches se quisieron tanto y fueron tan felices que no pudieron evitar ahogarse en un mar de lágrimas para no irritar a los demás. Los colores en la paleta estaban secos y los pinceles sedientos, porque el agua de los botes se había evaporado.   Reconoció todo aquello. Se acordó de que era suyo pero no sabía cuándo ni dónde.    Nueve horas para que los ojos se te acostumbren a la luz de esta habitación. Tienes que volver a pintar.    Se encendió un pitillo y paseó por la habitación.    No voy a cambiar de colores. No sé pintar sin el azul marino de proa, sin el Burdeos de los vinos franceses), sin el verde de los ojos verdes que más me gustan. Son tristes? No veo otro modo de controlar este destello continuo… pero cómo no salir a cazar estrellas…    Y el resultado es contradictorio y extraordinariamente elegante. Claro que no son tristes.   Y seguirán las líneas rectas.    El cubismo es un -ismo mitómano, terco en sus símbolos, bebedor, melómano y fumador de ventanas. Vuelve primitivas las formas para devolverles la sobriedad que tenían cuando se inventaron, antes de que todos aquellos modernillos les quitasen todas las aristas para no correr el riesgo de darse un golpe con ellas.    Santo Dios, menos mal que vinieron las Vanguardias a poner un poco de orden en tanto Clasicismo.    El cubismo, rectilíneo, superpone desordenadamente todas esas capas que forman las cosas, y en equilibrio sobre sus vértices consiguen, tout simplement que la imagen se termine sola.    Un cubismo que es intemporal, no con esa intemporalidad romántica de la belleza de Katharine Hepburn, sino  porque las líneas rectas no pueden entender nada del tiempo, que siempre fue un círculo cerrado.   Siguió paseando entre sus cosas, mirándolas todas y pensando. Miraba de reojo al cuadro que le observaba inconcluso desde el centro de la habitación.    Yo también estoy falto de conclusiones. De momento.   
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