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6 min
EL RECUERDO A FUEGO
Reflexiones |
17.11.12
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Sinopsis

LA MEMORIA NO ENTIENDE EL PASO DEL TIEMPO, Y ANCLADA NOS RECUERDA CON LATIGAZOS LA CULPABILIDAD O LA COBARDIA

     Existen momentos en la vida, puntuales, que permanecen en la memoria grabados como una marca a fuego, que no apreciamos su dimensión a pesar de que conviven con nosotros y forman parte de nuestra existencia, y que tal vez, dependiendo del estado de ánimo o la capacidad para generar recuerdos, lleguen a dar un vuelco en una vida repleta de contradicciones y hechizando un porvenir que solo se escribe con los actos que nunca cumplimos. La ruleta del ¿qué hubiera pasado si...?, será siempre un arma cargada con recelo e inquietud, preparada para ejecutar en el peor momento a una mente débil y dubitativa, procurando, si esta ha sido herida, unas páginas que en el mañana se volverán oscuras, escritas con trazo nervioso sobre fondo oscuro, enturbiando un devenir que nunca se hubiera deseado. La vida como se ha conocido se transforma en crueldad inédita, emboscando la mente con recuerdos e imágenes, muy duras y tal vez aumentadas o distorsionadas, dilatando una culpa que ya de por sí rebosa sincera. Que cualquier cosa (un acorde de piano, unas lágrimas ajenas, unas palabras) actúe como degradante no es síntoma de preocupación ya que forma parte de una enfermedad que aún invisible y mentirosa, no ceja en la destrucción sin concesiones; tal vez, en espíritu cobarde funcione como la mentira piadosa que espera como el añorado perdón. Grande es el dolor del hecho cuando inconscientemente se ha observado el castigo, convirtiendo la ignorancia en penosidad por el capricho de la curiosidad, del remordimiento o un simple equivoco. Aquella marca a fuego no entiende del paso del tiempo, y anclada en el cuerpo rememora caprichosamente con latigazos hasta qué punto uno puede ser un culpable o un cobarde; en caso de duda una mente moldeable se asigna por derecho, y en función del crimen, la mayor de las sentencias...

     Alguien regresa del trabajo a casa, pocos metros separan el morro del auto de la puerta del garaje. Es por la tarde, el tiempo es benigno y, además, viernes. Existe ansiedad sin razón, y desemboca en inexcusable para las prisas, exceptuando el mismo hecho de llegar a su casa. En un cruce, al principio del pueblo, no espera a ceder el paso aún teniendo el semáforo a favor, y aprovechando un hueco entre dos automóviles acelera el pedal y se cuela entre ambos. Detrás del coche que maldice nuestro acto, por la carretera sólo circula la soledad. Pero la ansiedad es mayor que la espera, y las decisiones rápidas se anteponen al razonamiento obviando el peligro y la nulidad mental. Metros más adelante, por la calle empedrada que desemboca en la plaza de la iglesia, y del techo de una furgoneta estacionada en la acera algo ve caer, un gato blanco descontrolado, perdido, pequeño, que tal vez dormía o jugaba o buscaba a sus crías. Pero aún no es importante, todavía no. El animal desaparece por delante del coche. El tiempo transcurrido desde que se avista al gato blanco ahora es eterno e imparable, en aquel momento, suficiente como para no recordarlo. Pero no frena. Y ahora no sabe porqué. Y se lamenta por ello, por el angustioso maullido de dolor y pánico del indefenso animal, gato blanco, madre tal vez, se lamenta por notar mientras avanzaba impávido pero en ese momento inocente como el neumático delantero ejerce poder sobre el cuerpo, se lamenta por darse cuenta en ese mismo instante que acaba de matar por primera vez. Ahora se lamenta. Continua, despacio, por el empedrado, dejando atrás al furtivo pero sin verlo y soñando que es un sueño, hasta que mira por el espejo retrovisor y observa la imagen, aquella que se convierte desde ese mismo instante en la enorme cicatriz marcada a fuego y a dolor y pesadilla, la marca que ahora le sube por el estómago y acaba en la garganta, insuflándole el veneno del recuerdo, del espanto, de la culpabilidad. Ahora es un momento puntual, uno de aquellos capaces de volcar una vida y convertirla en una especie de obsesión que no sólo es innegociable con la vida, sino que impide continuar con la que uno tiene. Por el espejo observa al animal, gato blanco, pequeño, madre tal vez, estirado en la calle y en primera impresión inerte, indefenso, desdichado. Y tan incierto es que la primera impresión es la que queda en la memoria, pués la ansiedad de unos minutos antes se convierten en el más sádico terror al ver como el animal golpea una y otra vez el rabo contra el duro suelo, nervioso o tal vez acto reflejo, una y otra vez, maldiciendo su mala suerte o su furibundo error. En aquel momento el hechizo del infortunio se adentra en lo más hondo del ser humano, en algún sitio inexplicable del cuerpo o la mente o el espíritu, que sin estar comprobado, hace acto presente para toda la vida. Y tal vez por sentir aquel peso inmenso, para corroborar su error, continua su camino no deteniendo la inocencia que le otorgaria el perdón, recabando la culpabilidad haciendo un ademán de frenar al ver como un alma caritativa ha frenado al divisar el cuerpo inerte o moribundo, del gato blanco, pequeño, gata tal vez, acudiendo en su ayuda para salvarle la vida, o acompañarle en su camino hacia el final de la misma, acariciando el destrozado torso, mostrando una sonrisa amable hacia el animal, para que la última visión de su corta e injusta vida sea alegre o condescendiente o compasiva o para que sienta que no esta sólo e indefenso en esta mierda de vida...

     En su corto camino hacia el garaje, interminable, piensa en lo que acaba de hacer pero no en las consecuencias, estas aparecerán cuando un triste acorde de música aparezca y se introduzca en la memoria, cuando unas lágrimas amigas desplacen la penuria por las mejillas y se adentren en el recuerdo del dolor, cuando unas palabras hieran a propósito aquella cicatriz marcada a fuego que siempre estará esperando el momento menos indicado para recordar de nuevo todo aquello que nunca se pudo cambiar.

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  • Hola, Eduardo, estoy de acuerdo con VVAA en que, en mi opinión, la primera parte sobra. Imagino que ti intención habra sido la de explicarnos, aclararnos, que iba a suceder a continuación, pero creo que narras tan bien la historia, que esta introducción no te hace falta para nada. Se entiende todo lo que has querido transmitir. En cuanto al atropello del gato, me pongo totalmente del lado de tu narrador aquí. Hace años atropellé a un pobre pájaro y me sentí fatal, y me castigué por ello durante días. Yo, que soy amante de los animales y la Naturaleza a más no poder.. Saludos!
    Dicen los que entienden de esto que no hay que hacer introducciones. Según eso, sobraría todo el primer párrafo. Después hay un problem: yo soy el primero que se pondría de los nervios si atropellara un gato, pero, a pesar de que expresas bien la angustia de lo que no tiene remedio, habrá quien piense que tanto pesar por la pobre bestia es un poco irrisorio tal como está el mundo. Aquí hay una inconsitencia muy humana entre lo que se suele considerar importante y lo que de verdad nos afecta. Pero esa es otra historia, no creo que haya sido tu intención.
    qué decir...
    Escribe tus comentarios...Una disección de la memoria con mucha enjundia. Acertada, además, la memoria nos recuerda tanto lo bueno como lo malo y tiene una vertiente dolorosa que intentamos diluir en la bruma pero que acecha en la penumbra. El pasado no tiene remedio. Pero bueno, Eduardo, vaya reflexiones que te gastas en las mañanas domingueras.
    Me ha impactado tu historia. La has escrito de forma soberbia y no creo que haya nadie que la pueda leer sin valorarte con el puntaje más alto. Gracias por compartirla, ojalá todos la lean y sientan el mismo impacto que yo. Felicidades
  • Es tan grande la imaginación del deseo que al sufrir la herida de la realidad, directa y rápida, el osado aliento capaz de explicar tal sentimiento sólo será escuchado lastimosamente.

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    LA MEMORIA NO ENTIENDE EL PASO DEL TIEMPO, Y ANCLADA NOS RECUERDA CON LATIGAZOS LA CULPABILIDAD O LA COBARDIA

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    MI RECUERDO TRAZA IMAGEN DE SU ESPALDA A CADA CENTIMETRO QUE AVANZA POR SU PIEL...

    SOÑANDO UN JUICIO EN EL QUE JUEZ, JURADO Y TESTIGOS ES LA MISMA PERSONA, LA MISMA MUJER, ESE AMOR JAMÁS CORRESPONDIDO...

    Y SI, ES CIERTO QUE ALGO FALTA...

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ir descalzo, café y cigarro, el frio abrigado, la lluvia, la mirada, otro café con cigarrillo por favor, los gatos y en especial las gatas aunque renieguen de serlo, los folios nuevos,

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