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6 min
El reencuentro
Amor |
30.12.14
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Sinopsis

Tras un encuentro frugal durante una tarde de verano, Luis y Laura deciden reencontrarse meses después en Sevilla con ocasión de una ponencia que Laura ha de impartir en la ciudad en la que reside Luis.

Luis y Laura iniciaron su andadura un diez de noviembre; se encontraron en Sevilla, a la caída del sol. Él, elegantemente vestido y no portando consigo más que una rosa roja, la esperaba en el aeropuerto. Ella, con su maleta para tres días y un periódico francés bajo el brazo, descendió del avión algo nerviosa: alerta, pero, al tiempo, confiada en aquel chico alto cuya mirada sincera y penetrante la había intimidado tiempo atrás durante las vacaciones estivales.

Apenas hubo cruzado el paso de acceso al hall, Laura se tropezó de nuevo con los ojos de Luis, risueños esta vez y acogedores.

  • ¿Te acordabas de mí? –Le preguntó la muchacha, en medio de una risa nerviosa

  • Claro, te habría reconocido en cualquier parte, sólo temía que tú no supieras que era yo quien te estaba esperando

  • ¡Qué dices! ¡Por supuesto que sabía que eras tú con quien iba a cenar esta noche! Un detalle así no se me escapa…

En medio de risas, subieron al vehículo de Luis y acudieron al hotel donde se alojaba Laura. Atravesaron la ciudad iluminada, sus calles, sus plazas y sus puentes, al tiempo que Luis le indicaba dónde se ubicaban los monumentos más emblemáticos y le relataba alguna que otra historia relacionada con eventos recientes. Laura escuchaba con atención las palabras, precisas, con que Luis adornaba su discurso. Le sorprendieron ciertas reflexiones de las que dedujo una filosofía de vida que ella compartía. Le habló Luis acerca de la importancia del tiempo, de su tiempo, y del deseo de ser él quien controlara cada segundo de su vida.

Laura había acudido a Sevilla con ocasión de un Congreso sobre la Generación del 27 donde debía realizar una presentación que llevaba preparando concienzudamente durante dos meses. Pese al tiempo transcurrido desde que empezó a dar clases en la Universidad y las veces en que, diariamente, se enfrentaba a aulas repletas de alumnos, Laura no había superado el miedo escénico. Luis trató de tranquilizarla cuando ella le confesó que temía no estar a la altura del Congreso, haciendo hincapié en la capacidad de trabajo y profesionalidad que él le presuponía.

Al cabo de diez minutos, Luis aparcó su coche frente al hotel y ayudó a Laura a descender del vehículo. El chico observó entonces con mayor detenimiento, aun a riesgo de ser descubierto por la muchacha, el cuerpo de esta, cuya silueta se dibujaba bajo el abrigo, ligeramente ajustado. Vestía ropa cómoda, desenfadada, aparentando una frescura que contrastaba con la madurez –y un punto de tristeza- de su mirada. Un vestido violeta, un foulard de flores, unas botas altas y un abrigo de punto constituían su único atuendo; sin apenas maquillaje, pero con una sonrisa permanentemente dibujada en los labios, y su pelo castaño y ondulado, suelto, Luis sintió una enorme ternura por aquella muchacha menuda que, sin embargo, le parecía la persona más fuerte e inexpugnable que jamás había conocido.

  • ¿Cuánto tardas en estar lista para la cena?

  • ¿Bromeas? ¡Ya estoy lista! Bueno, me registro en el hotel, me doy una ducha y… ¿nos vemos en media hora?

  • ¡Hecho! ¡Hasta luego!

  • ¡Hasta ahora!

 

Tras registrarse debidamente como una de las ponentes del Congreso, Laura subió a su habitación algo aturdida ante el breve pero intenso encuentro con Luis. Deshizo su maleta, se duchó rápidamente y eligió un vestido para la ocasión: quería ir elegante, pero no encorsetada; quería sentirse libre, a gusto, ella misma, pero al tiempo quería estar guapa para él. Laura era coqueta pero no en exceso, prefería la sencillez a la sofisticación y deseaba, ante todo, mirar por fin a los ojos de Luis, sin sentirse intimidada, y escuchar de sus labios lo que este le quería decir. Cinco minutos antes de la hora prevista, Laura ya estaba preparada. Recibió entonces una llamada de Luis, diciéndole que estaba abajo esperándola. Se encontraron de inmediato en la entrada del hotel. Luis había optado igualmente por una ropa elegante, pero cómoda. A Laura le gustó la sintonía que ambos mostraron de nuevo al verse. Preparados para la cena, aunque sin hacerse una idea de lo que aquel encuentro iba a suponer para ambos en sus vidas, se dirigieron hacia el barrio de Triana. Luis detuvo su vehículo frente al restaurante.

 

  • Ya hemos llegado, me dijeron que era en el número 69

  • ¡Vaya! ¿Seguro que no lo has buscado tú adrede?

  • Te aseguro que no. Ven, a ver si te gusta…-le dijo Luis-, al tiempo que la rodeaba por los hombros acompañándola hasta el interior del recinto.

 

Laura sintió un escalofrío al notar las manos de Luis posándose sobre su espalda. Muy pronto uno de los camareros se aproximó y, tras indicarle Luis la reserva, les acompañó hasta la mesa. Una enorme cristalera permitía ver frente a ellos el Guadalquivir y, enfrente, la Torre del Oro. La luna, casi llena, se reflejaba en el agua del río.

Tras consensuar los platos que iban a conformar su primera cena juntos, se adentraron en una conversación repleta de entendimiento, de miradas sostenidas, de sonrisas. Y, en medio de todo ello, una confesión: 

-  Me enamoré de ti solo verte. La primera vez que te vi…. simplemente brillabas entre todo el mundo y, mirase a donde mirase, tú siempre estabas allí. Ya no había nadie más. Intenté acercarme a ti, te buscaba…pero cada vez que me aproximaba se me bloqueaban las palabras, no hacía más que balbucear, era incapaz de articular nada coherente. Desde el momento en que te vi, empecé a sentir mariposas en el estómago. Necesitaba este encuentro; no era capaz de dejar de pensar en ti y necesitaba, egoístamente, de este momento para “desidealizarte”. Sin embargo, ahora que te conozco un poco más, que te siento, sé que mi propósito ha sido en vano. Estás llena de sensibilidad, de ternura, mucho más de lo que podía imaginar, así que, a partir de ahora, mi sufrimiento, por no tenerte, va a ser mayor.

 

Laura no daba crédito a las palabras de Luis y a la sencillez y sinceridad que desprendían. Pese a su 1’90 m y su envergadura, Luis apareció ante ella como un chico frágil, tierno, sensible, que deseaba desnudar su alma ante ella sin miedo alguno de lo que pudiera pasar, seguro de lo que decía, arriesgándolo todo y empeñado en luchar por aquella muchacha de ojos castaños que lo miraba absorta.

La cena transcurrió plácidamente, entre risas y complicidades. Aún sin ella misma saberlo de manera consciente, Laura acababa de escoger a Luis como compañero de su vida.

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  • Un relato delicado y exquisito, sencillo y muy tierno.
    Una prosa muy cuidada. Fina, sin exageradas expresiones y adjetivaciones moderadas. Dos pequeños detalles, uno seguro ajeno a tu voluntad, cambia por guiones ese puntos que seguro se autoinsertaron y en el último párrafo sobra ella o Laura. Salú.
  • La rutina de un paseo como forma de mantenerse vivo

    Tras un encuentro frugal durante una tarde de verano, Luis y Laura deciden reencontrarse meses después en Sevilla con ocasión de una ponencia que Laura ha de impartir en la ciudad en la que reside Luis.

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