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9 min
El regalo
Fantasía |
08.07.10
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Sinopsis

El año pasado me apunté a un taller literario y en una de las tareas nos mandaron continuar un relato a partir de un primer párrafo de Ray Bradbury. A mí me salió esta tonteriita que, aunque no me parece que tenga demasiada calidad, puede resultar refrescante. (El primer párrafo es de Ray Bradbury. El resto, mio)

      El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible.
      Esa preocupación no desapareció del todo ni siquiera cuando se iban aproximando a la estación y una amplia sonrisa invadió la cara del niño al divisar por primera vez las espigadas siluetas plateadas de las naves interestelares.
      –¡Son preciosos! –exclamó el chico– ¿Verdad que nos vamos a montar en el más alto? Creo que ése es el que alquilaron Molina y su familia en exclusiva cuando él hizo su viaje...
      –Ya te hemos dicho muchas veces que los padres de Molina tienen bastantes más medios que nosotros. Tú no te preocupes, que lo tuyo va a ser mucho mejor –contestó el padre, sin lograr despegar su desasosiego de la alegría contagiosa de su hijo, de igual forma que tampoco le era posible dar un trago de una cerveza helada sin sorber algo de la espuma.
      El entusiasmo del niño no decayó cuando cruzaron el umbral de la estación y se toparon con la larguísima cola de turistas espaciales, que aguardaban con impaciencia, cámara holográfica en mano, su momento de entrar en los cohetes.
      –¡Mira que suerte! –gritó el padre, guiando a su familia hacia una desaliñada puerta al lado de los aseos, adornada con el letrero «Experiencia Alternativa»– ¡Para lo nuestro no hay cola!
      Con esto, la familia entró en un oscuro cuartucho ocupado por un sofá y unos sillones desvencijados. En el centro de la habitación reinaba una mesita en cuya superficie se podían distinguir tres píldoras azules y tres vasos de agua. Una azafata esperaba aburrida la llegada de la familia. En cuanto se hubieron acomodado en los sillones, la azafata les soltó, con displicencia manifiesta, una retahíla legal de diez minutos de duración tras la que les señaló la mesa con las píldoras:
      –Y ahí lo tienen: tres experiencias alternativas de tipo económico, con filtro navideño añadido.
      –Pero, papá, ¿esto qué es? –preguntó el niño, buscando ahora una ilusión a todas luces perdida.
      –¿Pues qué va a ser, hijo, qué va a ser? Esto es tu viaje espacial –explicó el padre, acentuando la palabra «viaje» con un tono desquiciado que hizo fruncir el ceño de su esposa–. Mira, hijo, la edad te enseñará que las cosas no son como son, sino como las vives. Y las vivencias no son más que el conjunto de percepciones del mundo exterior que tienes en tu cerebro. Esta pastilla tiene la capacidad de producir las reacciones neuro-químicas en tu cabeza que van a simular un viaje en nave espacial. No sólo eso, también tienen un aditivo de vitamina C y de calcio, que es bueno para los huesos. ¿Entiendes?
      –Pues no mucho. Además, a Molina...
      –Quiero decir que te tragues la pastilla y te calles.
      Los tres obedecieron entonces a una indicación de la enfermera y tomaron sus pastillas y sus vasos de agua, en lo que iba a ser su primera degustación farmacéutica familiar. El niño observó por un momento la gran pastilla azulada, que le recordaba a aquellas otras que su padre guardaba con tanto secreto en el dormitorio, y se la tragó como si fuera un castigo.
      El efecto de la pastilla fue mucho más repentino de lo esperado. Su cabeza parecía querer estallar y de inmediato comenzó a sentir un chunda chunda en su interior parecido al sonido de aquel bombo precioso que a Molina le regalaron sus padres un día. Al mismo tiempo, las paredes de la habitación comenzaron a estrecharse y se ovalaron en forma de tubo, formando huecos para ventanillas. El asiento se convirtió en una versión venida a menos de los sillones que, según había visto en la holovisión, se usaban en los viajes interplanetarios. La mesita para la bebidas daba pena y estaba cubierta por una pegatina de «Rodamientos Asensio». A su lado estaba sentado su padre, con cara de mareo. Tenía la cabeza cubierta por un ridículo gorro de Santa Claus, como el que ahora veía en su propia cabeza. De su madre no había ni rastro.
      –Pero papá, ¿dónde está mamá? –preguntó en niño, compartiendo las nauseas con su padre.
      El padre estaba pálido y cubierto de sudor. No le respondió, preocupado como estaba de buscar la bolsa de las emergencias.
      El propio mareo del niño aumentó de grado cuando por el hilo musical Plácido Domingo comentó a entonar Blanca Navidad. El chico intentó darse una vuelta por el pasillo para despejarse, pero su migraña imposible no dejaba de atormentarlo. Las ventanillas le ofrecían el apasionante espectáculo del universo, pero éste no era tan atractivo para un cerebro bajo tortura. Además, no se podía ver más que la repetición continua de un patrón de cinco estrellas torpemente construidas.
      Al final del pasillo, el chico encontró una puerta entreabierta. La abrió con algo de respeto, para hallar a dos hombres en pijama y pantuflas de andar por casa, sentados en dos sillones delante de un cuadro de mandos que parecía el mismo con el que su madre controlaba los fuegos de su cocina. Los dos hombres estaban absortos en una encarnizada discusión sobre el último partido del River Plate.
      –Pero pibe, ¿qué hacés aquí? No se puede entrar en la cabina de los pilotos –le increpó uno de ellos.
      –Me duele la cabeza –repondió el chico.
      –Pues andá a distraerte con las estrellitas. Mirá qué lindas.
      –Pero si está claro que las estrellitas no son más que bolas de alcanfor. Además, se ve perfectamente el hilo del que están colgadas. ¿No podíamos dirigirnos a algún planeta?
      –¡Ah, no, no! ¡Planetas, no! Para ver planetas hay que pagar la experiencia premium. Decile a tu papá que se gaste la plata. Con lo que pagaste, como mucho te podemos enseñar Plutón, que, ya sabés, ya no es un planeta. Y si las estrellitas no te gustan, vos sos el único culpable. Al fin y al cabo, son el producto de tu imaginación, que debe estar en desuso. Así que ya sabés, menos holovisión y más lectura.
      El chico salió desganado de la cabina. Ya estaba al otro lado de la puerta cuando oyó decir:
      –¡Eh, pibe! ¡Gracias por los piyamas! Para habernos imaginado haciendo este laburo de mierda, por lo menos nos has puesto cómodos.
      El chico volvió a sentarse en su asiento, al lado de su padre que ya casi estaba desfallecido. Su dolor de cabeza sólo se había intensificado, y Plácido Domingo parecía no cansarse de Blanca Navidad, aunque ahora la cantaba con acento orillero. El chico cerró los ojos y sólo deseaba salir de este viaje del que iba a tener que dar una descripción muy distinta a Molina. Deseó con todo su corazón volver al cuartucho en el que todo había comenzado para encontrarse rodeado de la compañía reconfortante de papá y de mamá. Con los ojos cerrados, se repitió varias veces: «No hay ningún lugar como en casa, no hay ningún lugar como en casa». Cuando los volvió a abrir, en abierta contradicción con las convenciones de los viajes fantásticos, se topó con la decepción de que todavía no había conseguido escapar del escenario de ese cohete de lujos mínimos, de esa migraña que le estaba mostrando las nuevas fronteras del dolor, de la voz de un Plácido Domingo que repetía la misma canción con un tono cada vez más desafinado y monótono. Tras tres horas de tortura durante las que consideró seriamente el suicidio, las paredes se volvieron a transformar y el chico se encontró otra vez, aliviado, en la habitación en la que habían ingerido las pastillas.
      El padre estaba tumbado en una silla con la expresión pálida y la camisa blanca con restos de la lasaña de ayer. La madre también se hallaba allí, tapada con una manta, tiritando de frío.
      –Mamá, ¿dónde has estado?
      –Ay, hijo, no te puedes imaginar qué horror. Me deben haber dado la pastilla equivocada, porque me he visto de repente escalando el Himalaya y rodeada de sherpas vestidos de Santa Claus. Los sherpas, al verme sola, me han quitado la mochila y se han largado corriendo. Creo que uno de ellos también me ha tocado el culo. Claro, si tu padre me hubiera comprado un abrigo de visón, por lo menos no hubiera pasado ese frío tan intenso –y con esto, lanzó una mirada recriminatoria a su marido.
      –Pero mujer –contestó el aludido–, cómo ibas a venir con un abrigo de visón en pleno verano...
      –Y esa es otra, que todavía no comprendo esta manía que tenemos de celebrar las navidades en julio.
      –Ya sabes, mujer, las rebajas del verano. Hay que aprovechar para economizar...
      Mientras se produce este diálogo, el padre, la madre y su hijo van recorriendo el camino hacia el aparcamiento. Incluso cuando emprenden el camino de vuelta a casa en su vehículo prosiguen estas cariñosas trifulcas que forman el aderezo ideal para coronar un día de intensa felicidad familiar, que si papá, creo que voy a vomitar, que si yo lo que tenía que haber hecho era casarme con Molina, que si a mí tampoco me importa si te vuelves a casa con tu madre. El vehículo se cruza con muchos otros, cuyos ocupantes son también rehenes de las distintas preocupaciones que les acechan: muchos no saben qué cocinarán esa noche para cenar, otros no están seguros si tendrán trabajo el mes que viene, uno de ellos está absorto en el argumento de una novela genial que no escribirá nunca, el más violento piensa asesinar a su suegra esa misma noche, pero al final se conformará con llamarla gorda. Todos ellos forman el bullicio de pensamientos de la gran ciudad.
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  • Hola amigo. Que recuerdos me trae esto; has desarrollado muy bien la historia; hace ya mucho mi profesor de Literatura nos obligó a seguir "Primavera Con Una Esquina Rota"; tremendo desbarajuste, casi nadie pudo seguir la historia bien; no he leído mucho sobre Ray, pero posiblemente te acerques a su manera de escribir. Un saludo
    Interesante, buen ejercicio literario que te ha ayudado a producir esto
    ¡Mu güeno! , para mi gusto, este es el relato del mes.
    Escribe tus comentarios...Entretenido y con doble fondo del que afloran las miserias cotidianas, el comentario de Miranda da en el clavo. De alguna manera emulas las cr´´onicas marcianas de Ray, el mismo retrato de la sociedad en que viv´´ia que hace en esos relatos (perdona por el acento que en este teclado no va) En cuanto a tu comentario, no pretendia que tuviera que ver con el relato de Borges, reflexionaba sobre las pocas lineas que se necesitan para hacer una magnifica historia y lo que me gusta a mi escribir relatos largos. Saludos.
    Te agradezco el comentario que me has dejado, lo que sucede es que empleo la palabra francesa. Sékbé está escrito en francés y significa n su traslación al japonés (perverso, pervertido). Desconozco que sólo se empleara para definir a personas, podría servir aquí como elemento literario. Personificar las cosas. No me malinterpretes, no quiero ser recalcitrante. (Por cierto, dejando el tema, yo también estuve en un taller literario y este relato es genial). Un abrazo.
    a sido mui agradable la lectura, no podia dejar de reir. lo peor de todo es que estaba en una biblioteca publica lellendolo, casi me hechan de ella. hacia tiempo que no leia algo tan bueno, tienes mucho talento sobre todo con el humor. gracias por tu aporte a sido estupendo poder disfrutar de el, estoi desendo ver que mas publicas.
    [Viene de El ombligo] Estoy seguro de que no te molestará este rollo. Posiblemente, eres el mejor narrador en esta web ahora mismo y no hay nada mejor que me llame la atención hoy. Las tres estrellas son porque, maldita sea, no sé qué diablos has querido decir con “hinchable”. Me queda una duda más: ¿qué juguete erótico escogiste?, si me perdonas el atrevimiento de preguntar semejante cosa.
    Pienso igual que Miranda. Un saludo
    Rompo el hielo de esta web en estado glacial mientras España se achicharra en medio de la euforia futbolera. Tiene mucha miga este relato que nos traes. Refrescante...sí, por la originalidad, el toque de humor negro y la calidad (que aunque se la niegas de antemano la tiene, la tiene). Pero el trasfondo es desolador. Mucha realidad hay en esta "surrealidad".
  • Publico también este otro relato, cuya primera versión vio la luz hace por estos lares hace unos cuatro años.

    Dice la Encyclopaedia Britannica...

    Hoy me despierto con la satisfacción de haber dormido bien.

    Me alegra pasarme por aquí después de un tiempo y encontrarme esto tan cambiado y con un aspecto inmejorable. Para celebrar la nueva temporada, os dejo este relatito que tenía por ahí guardado. Un saludo a los viejos conocidos.

    Hoy me ha dado por volver a publicar este relato que apareció por aquí hace más de tres años, y que a mí me hace una gracia especial.

    Conversión acelerada al ateismo

    Vuelvo a publicar este relato, que apareció por estos lares hace más de dos años.

    Este lo publico por primera vez.

    Ahora resulta que la sipnosis es obligatoria

    El año pasado me apunté a un taller literario y en una de las tareas nos mandaron continuar un relato a partir de un primer párrafo de Ray Bradbury. A mí me salió esta tonteriita que, aunque no me parece que tenga demasiada calidad, puede resultar refrescante. (El primer párrafo es de Ray Bradbury. El resto, mio)

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La amistad, el amor, la familia, el arte, la naturaleza, el descubrimiento del mundo, la superación intelectual: todo eso representa para mí el 60% de las cosas por las que merece la pena vivir. El otro 40% está directamente relacionado con los placeres derivados del queso.

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