cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

22 min
El Reloj (Capítulo I)
Fantasía |
29.04.15
  • 4
  • 2
  • 401
Sinopsis

Amanda Tormes quisiera ser una chica "normal". Pero, claro, ser normal es muy subjetivo y ni ella misma sabe bien que es eso. No ayuda demasiado tener veinte años y estar recientemente empezando el bachiller. Pero lo que menos ayuda, desde luego, es la compañía del fantasma de un escritor huraño y machista.

Capítulo I

Y Amanda se halló entonces en una disyuntiva tan horrible y despiadada que solo pudo sentarse sobre su cama y hundir la cabeza entre sus manos. No estaba hecha para preguntarse algo como esto.

¿Camiseta roja o azul?

En un primer momento, cuando supo que estaba matriculada en un instituto con gente normal y corriente, no le tomó mucha importancia. Pero conforme el día se acercaba, comenzaba a ver las cosas desde otra perspectiva. La gente, si, esa gente de su edad con la que no se relacionaba desde hacía años, se veían de mil formas en su imaginación. Desde seres de cruel amargura a linda dulzura. En las películas y libros, se tornaban en ocasiones como entes caprichosos y volubles, muy superficiales, siendo algunos mejores que otros.

-No entiendo, señorita, para que siendo niña se pone a elegir prenda de vestir –mencionó, con cierta sorna, Francisco-. Es bien sabido que a su edad, como mejor se está es encuerada.

Amanda cogió la primera que vio y se la puso rápidamente. Total, nadie podía ser peor que Francisco.

Pervertido, misógino, machista, arrogante… Francisco tenía todos esos calificativos y más. Era un hombre repulsivo y odioso, de los que nadie aguanta más de dos minutos y que recibe más bofetadas que caricias por parte de las mujeres. Era un hombre mayor, de poco pelo rizado y gruesas gafas redondas.

Lo había conocido un día muy significativo. Hacía diez años, su tío Lucas había muerto en extraño incidente del que no le gustaba hablar. Tras su entierro, fueron a casa de la abuela. Esta nunca les había recibido con demasiado entusiasmo y tenía una extraña obsesión por los objetos antiguos, así como una curiosa antipatía hacia los niños. Amanda estaba demasiado enfrascada en su dolor como para mantener la atención en algo y simplemente fue de un lado a otro de la antigua casa, hasta que se topó con el trastero y un singular reloj antiguo que deslizó rápidamente hacia su bolsillo antes de ser descubierta.

En él habitaba un espíritu, un hombre que se presentó ni más ni menos que como Don Francisco de Quevedo. Un hombre arrogante y molesto que se pasó desde entonces flotando a su alrededor.

Se miró al espejo mientras pensaba que hacer con su pelo. Estaba, como de costumbre, encrespado y despeinado. Siempre había odiado peinárselo, porque además se abría y el efecto que causaba era mucho más horrible que el despeine. Para acortar su tiempo de ducha, decidió cortárselo a la altura de la nuca hacía unos días, por lo que un recogido era imposible. Observó su camiseta, se había decantado por la roja.

Agarró una diadema roja. Era simple, sin lazos ni más adornos, y justo lo que necesitaba. No quería ser muy ostentosa, ni siquiera iba a tocar su maquillaje –porque tampoco sabía maquillarse, entre muchas otras razones-, pero necesitaba algo que le apartase un poco el pelo de la cara y además le sirviera de adorno. La simpleza estaba bien, en su justa medida.

Antes de salir de su dormitorio, comprobó los incluso los cordones de sus zapatillas. Iba vestida de forma correcta, un pantalón vaquero, unas deportivas rojas y una camiseta del mismo color. Dejaba ver sus brazos, pero como siempre tapaba sus muñecas con unos mullidos brazaletes de cuero artesanal. Estaba lista, aún bajo la mirada desaprobadora de Francisco.

-Nunca he entendido la moda que las mozuelas lleváis ahora… Ni nunca la entenderé –suspiró el fantasma moviéndose de un lado a otro de su cabeza.

-Pues no lo entiendas –replicó la chica, colocando un cuaderno y un bolígrafo en su vieja mochila.

Su padre habría querido comprarle una nueva, pero no era precisamente eso lo que Amanda quería. La vieja, aquella que llevaba en la primaria, apenas había sido usada en dos o tres ocasiones. Aunque le quedaba un poco pequeña al echársela por el hombro, al menos por ahora le iría bien.

Salió de su cuarto para tomar su desayuno en solitario. No había nadie en casa, como de costumbre. Su padre siempre estaba demasiado ocupado en su trabajo y su madre siempre estaba con su migraña, su dolor de muelas o simplemente tan enferma que no podía siquiera levantarse. Con suerte, salía a comer una o dos veces por semana.

Repasando todas esas cosas sin darse cuenta de que su cara de preocupación había pasado a ser de clara amargura, se preparó una tostada y una infusión. Había dejado los ansiolíticos y diversas medicaciones hacía años, cuando se dio cuenta de que los efectos secundarios no compensaban dos o tres horas de tranquilidad. Decidida a encontrar otra solución, descubrió el mundo de las infusiones y las hierbas que aliviaban su dolor de forma mucho más efectiva.

En ese momento, se hallaba tomando una infusión bastante cargada. Té verde para terminar de despertarse, hierba luisa para los nervios y un poco de pasiflora para evitar posible futuras taquicardias. Cuando terminó de beberla, se metió la tostada en la boca y salió de casa mientras hacía grandes esfuerzos por tragar ese trozo de pan apenas untado en mantequilla. Bajó las escaleras de tres en tres y salió del edificio dando grandes zancadas. El sol estaba en alto aquel día y los pocos y débiles árboles que había a su alrededor no tapaban apenas el fiero sol de un verano que estaba despidiéndose.

Los pantalones largos no habían sido una buena opción. Nada más llegar a la parada del autobús, notó el sudor en sus piernas. Aunque también podían ser nervios, o ansiedad, o a saber…

El autobús llegó un par de minutos más tarde. Lo tenía calculado para no esperar demasiado bajo el sol. Francisco estaba malhumorado por tener que subir a “ese aparato del demonio”. Decía odiar el ruido de la gente y el motor, y profería insultos que mejor nunca fueran mencionados por alguien vivo. A veces, prefería ir flotando junto al autobús, entre los coches.

Ese fue uno de los días. El único asiento libre estaba al lado de un chico alto y desgarbado, de pelo moreno y barba mal afeitada. Pensó en quedarse de pie, pero el autobús estaba demasiado abarrotado para ello. Suspiró y se sentó al lado del muchacho, que ni siquiera se paró a mirarla.

Tenía un perfil anguloso. Nariz y nuez enorme, con barbilla puntiaguda. Amanda se descubrió a si misma mirándolo con una malsana curiosidad. Era un chico normal y corriente de su edad, más o menos. Se preocupó de que el chico la descubriera mirándolo con tanto interés y lo malinterpretara, pero pronto descubrió dos cascos en sus oídos. No creía que fuese a coscarse de su presencia.

Cuando se aburrió de prestarle atención al desconocido, sacó el reloj de bolsillo y comenzó a abrirlo y cerrarlo, a jugar con sus formas arabescas de flores y tallos pasando el dedo sobre ellas y sintiendo su energía, la energía residual del viejo y huraño espíritu. Llevaba años encerrado, así que lo extraño era que no quedase siquiera algo de energía por donde pasaba. Cuando recién comenzó su pubertad, no fueron pocas las veces que el viejo Francisco había tratado de “seducirla como se seducía a una niña de su época”, recibiendo siempre un aire helado allí por donde osaba poner la mano. Con los años, Amanda se había acostumbrado, pues sabía que le molestaba mas a él no notar nada que a ella un poco de frío.

Estaba algo aburrida y agobiada tal vez. No se sentía nada bien rodeada de tanta gente. Desde hacía diez años, solo se había visto rodeada por un máximo de tres personas: Su padre, un médico y un enfermero. Al recordar aquello, se llevó instintivamente las manos a las muñequeras y las apretó, al tiempo que se mordía el labio inferior. No quería ponerse a recordar. No ese día tan importante. No en ese momento.

El traqueteo del autobús en movimiento y el sonido del motor la adormiló un poco. La infusión comenzaba a hacerle efecto. Las hierbas calmaban sus nervios mucho mas de lo que cualquier ansiolítico había hecho nunca. Pronto se vio de pie en la parada frente al gran instituto al que iba a comenzar a asistir. Un gran campus en mitad de una ciudad industrial. Una jungla de cemento cuyos árboles de metal entrelazado con bellas y artísticas formas limitaban un oasis de césped de intenso esmeralda y flores de rubí. Un bello jardín no muy secreto sobre el que se tumbaban los recién llegados estudiantes que salían del edificio antiguo que se encontraba en el centro.

La Academia de Artes Catalina de Venom.

La reja estaba abierta y por ella entraban y salían algunos estudiantes. Muchos de ellos llevaban uniformes de colores diversos. Nadie le había comentado que esa escuela poseía uniforme, pero le alivió no tener que preocuparse nunca más por su ropa. Avanzó por el empedrado camino de rocas pulidas y limpias. Nadie osaba tirar un solo papel en el interior de ese paraíso divino.

A cada paso que daba, veía mil y un detalles más de la academia. Tenía en total cinco edificios, siendo el más grande aquel que creía principal. La fachada tenía un estilo neoclasicista, con columnas de material blanquecino, que bien podría ser mármol, de estilo corintio sujetando un pequeño tejadillo que ofrecía sombra frente a la puerta principal, enorme y abierta, de madera robliza y de apariencia maciza. Los estudiantes caminaban por el vestíbulo principal sin prisa alguna, pasando primero por un gran tablón de anuncios que, en un marco de marmoleo material y mitológico tema, anunciaba en quince papeles distintos las diferentes clases de la escuela, sus horarios y un mapa de la escuela. Encontró su nombre en la clase de 1º Adélaïde, nombre bastante curioso para una clase, todo sea dicho de paso. Tenía que ir al aula 803, que se encontraba en el último piso. Las escaleras eran anchas, largas y estaban alfombradas, por lo que Amanda llegó un momento en el que se preguntó si se había equivocado de lugar y época. Pronto encontró una puerta de madera con una placa dorada que llevaba el número 803. Estaba abierta, dejando ver a varios estudiantes acomodados en dos hileras de mesas enormes. Aún no había señal de ningún maestro y apenas quedaban dos lugares libres para sentarse.

Con las mejillas encendidas, se armó de valor y se sentó en uno de los dos asientos libre, totalmente al azar. Las dos chicas de delante estaban hablando entre ellas amigablemente y una de ella se fijó en Amanda. Esta sacó uno de sus cuadernos y lo puso encima de la mesa, para copiar el horario casi como un acto reflejo.

-El horario está abajo –la informó la chica de delante.

Llevaba una coleta alta, bastante larga, de rizos negro azabache, que no la favorecía demasiado. Su piel era del pálido asiático que perfectamente combinaba con sus ojos negros, que la miraban sonriente.

-Si, pero no lo copié.

-Toma –la chica le pasó una hoja escrita a mano, de letra redonda y femenina-. Me llamo Ópalo, encantada.

-Yo soy Amanda. Igualmente.

Comenzó a copiar el horario. Tenía una letra muy fea e infantil y se avergonzó un poco al escribir delante de todo el mundo. Al lado de cada asignatura estaba asignado un número y una letra, como por ejemplo, “Artístico 140P” o “Lengua 209C”. No entendió muy bien que significaban, pero comprendió que era mejor copiarlo todo.

-¿Qué significa…? –comenzó a preguntar.

-De eso mismo estábamos hablando. ¿Qué significarán los números y las letras? –la interrumpió la otro chica.

-Son el aula y el edificio. Por ejemplo, Lengua se da en el aula 209 del edificio común.

Las tres chicas miraron al improvisado interlocutor. Pronto Amanda lo reconoció, era el chico del autobús, el cual había dejado sus cascos a un lado y estaba mirando el horario con cierto desinterés.

-El aula de Artístico está en el Edificio Picasso –siguió explicando el chico-. El Edificio Común es el único que no tiene nombre de artista. Ya os acostumbraréis a ir cambiando de edificio y a llamarlos por su nombre –por primera vez, miró a las chicas en lugar de mirar el horario-. Soy Nacho, por cierto.

-Yo soy Ópalo –respondió la asiática, mostrando una enorme sonrisa.

-Y yo Elisa –sonrió la otra chica.

Nacho miró directamente a Amanda. Esta respondió con su nombre en una voz bastante baja, sonrojándose en el acto y mirando a otro lado. Aún se acordaba de la curiosidad casi grosera con la que había mirado al joven en el autobús.

Francisco chisto a sus espaldas. Disimuladamente, la chica miró de reojo hacia dónde el espíritu señalaba. Al tiempo que un hombre que debía ser un profesor entraba en el aula, una sombra pasaba a sus espaldas, ignorando a las personas que se encontraban dentro de la sala o a su alrededor en los pasillos. Amanda solo llegó a ver correctamente la cola de un largo y abombado vestido blanco.

-Era una mujer… -musitó Francisco- No más de veinticinco años. Una pálida muchacha.

Lo que faltaba… ¿Más fantasmas? ¿Ni en el instituto podría librarse de su sino?

-Atentos –el profesor llamó la atención de todos los rientes y charlatanes estudiantes, que por primera vez dejaron el fulgor de hacer nuevas amistades el primer día de clases-. Soy el profesor de Volumen, Ernesto. Vuestro tutor, el profesor de Filosofía, no ha podido acudir hoy a la presentación por problemas de salud.

-Es un borracho. Hoy estará de resaca –le susurró Nacho a las tres chicas, riendo entre dientes.

-Lo importante es que hoy presentamos un nuevo curso. Tenéis mucho que hacer y que buscar en la escuela. Abrimos este año, además, el Edificio Torrente para aquellos que estudian Arte Dramático. Será un año de muchas posibilidades –el profesor avanzó hasta en centro de la clase, con las manos en las espaldas-. Este primer día, debéis saber que es importante no llegar tarde. Otros profesores tal vez sean menos exigentes que yo con la puntualidad, pero os aseguro que no dejo entrar a nadie ni un minuto más tarde del previsto. Está prohibido, completamente, el dibujo de grafitis en casi toda la superficie del centro, excepto los de calidad artística que se hagan en las paredes habilitadas para ello en los pasillos del Edificio Picasso.

Elisa levantó la mano tímidamente, como una niña que recién ha entrado en la escuela primaria.

-¿Si, dígame? –preguntó Ernesto, aprovechando el momento para quitarse las gafas y limpiarlas con cierto cuidado.

-¿Cuáles son los edificio? ¿Y por qué se llaman así?

Todo se quedó en silencio. Tampoco es que nadie hubiera reparado en algo parecido hasta ahora, pero cuando oyeron la pregunta de pronto cayeron en que las asignaturas con el número y la letra no tenían sentido.

-Oh, sí, es cierto. Para los nuevos debe ser algo lioso –el profesor volvió a colocarse las lentes-. Bien, como ya habréis visto, son cinco edificios. El Edificio Común, que es dónde estáis, daréis las asignaturas comunes, como son Lengua, Inglés, Francés, Ciencias para el Mundo Contemporáneo, Proyecto Integrado y Filosofía. Así pues, también tenéis aquí una cafetería y una biblioteca. El Edificio Picasso es para vosotros, los que estáis estudiando Artes Plásticas, dónde daréis Dibujo Artístico, Dibujo Técnico, Volumen y Cultura Audiovisual, además de tener las paredes preparadas para el dibujo de grafitis y salas de trabajo libre. El Edificio Meyerbeer es para los estudiantes de Música, el Edificio Darcey es para los estudiantes de Danza y, por último, el Edificio Torrente es para los estudiantes de Arte Dramático. El Edificio Darcey es el único que tiene un gimnasio, que usaréis para dar Educación Física. Por otro lado, el Edificio Torrente tiene el salón de actos, en el cual toda la escuela tendrá que representar algo alguna vez.

¿Representar? ¿Obras de teatro? Oh, no, eso sí que no.

-Por otro lado, también hay que informar sobre el uniforme. En esta escuela se lleva un uniforme escolar de distintos colores dependiendo vuestra especialidad. Los vuestros son azules. Se dan gratuitamente al final de esta presentación, puesto que son únicos y exclusivos. Se os darán tres mudas, para que podáis cambiaros a menudo, así como uno de invierno y otro de verano.

Ernesto se dirigió a un armario metálico que se encontraba en la esquina superior derecha de la clase y lo abrió con una llave metálica tan brillante que no parecía haber sido usada nunca. Sacó unos cuantos paquetes y comenzó a repartirlos entre los alumnos. Cada paquete tenía sus nombres y apellidos, así como la talla del uniforme. En la matrícula, pedían talla de ropa y ahora Amanda entendía porque. Debió de haberlo pensado antes de comprar esa cantidad ingente de ropa para llevar una muda cada día.

-Ahora que tenéis el uniforme y que está todo claro, podéis iros. Mañana vuestro tutor os dará las tarjetas de estudiante. Bienvenidos a la Academia de Artes Catalina de Venom.

Tan pronto como el profesor dijo que podían irse, las sillas comenzaron a arrastrarse y los pasos, junto con los murmullos alegres de los adolescentes, comenzaron a llenar la sala. Amanda se despidió de sus recientemente conocidas compañeras antes de encaminarse hacia la puerta, pero antes de darse cuenta se vio caminando junto a ellas.

-Bueno, Nacho –dijo Elisa-, cuéntanos un poco de la escuela, que se te ve un experto.

-No, solo es que llevo aquí en primero tres años –respondió el chico llevándose una mano a la frente-. Tres años ya, que se dice pronto. En fin, la directora está loca. Ernesto prefiere no contar los sistemas extraños que tiene puesto.

-¿Qué sistemas? –preguntó Ópalo, abriendo mucho los ojos.

Amanda se acercó un poco más al grupo mientras salían del Edificio Común, interesada aunque en silencio.

-La asistencia y los exámenes van por puntos, con los que puedes conseguir comida gratis en la cafetería. Por ejemplo, si reúnes cien puntos, puedes pedir una tarta de cumpleaños –explicó Nacho-. Se ganan diez por asistencia y tu nota multiplicada por diez a partir del cinco.

-Eso es una tarta cada diez –resolvió Amanda sin pensar-. Buena forma de celebrarlo.

Los tres rieron. Sin darse cuenta, había bromeado. Había bromeado y ellos habían reído. Pero… ¿Del chiste o de ella?

-Eso ha sido un punto –rió Elisa-. Si, sí, yo quiero mi tarta cuando saque el primer diez.

-También está el profesor de Artístico, no hay quien apruebe con él. Se carga clases y clases enteras a final de curso –siguió Nacho-. El de Lengua mola, es un buen tipo, aunque a veces te sangran los oídos al final de la clase. Y con el de CMC y Educación Física no contéis mejor.

-¿Y eso? –preguntó Amanda.

-Ya lo veréis por vosotras mismas.

Pusieron los pies de nuevo sobre la selva de cemento que era la ciudad y, en ese momento, Amanda se dio cuenta que el ensueño que era la academia se había evaporado. La cordialidad existente entre todo un universo del que creyó formar parte se había evaporado.

Si, odiaba la ciudad y todo lo que tuviera que ver con ella. Por un momento, estuvo tentada a volver a entrar y no salir, pero sabía que de hacer eso quedaría como poco más que una loca. Inspiro profundamente y se despidió de sus compañeros, ya si definitivamente. Antes de volver a la soledad de su casa, necesitaba un pequeño periodo de relajación. Pese a no salir demasiado a menudo, Amanda conocía perfectamente el camino, desde cualquier punto de la ciudad, para llegar a su utopía particular.

Era una biblioteca que parecía haber sido colocada por algún tipo de mafioso que quería concretar sus reuniones allí. Estaba escondida en un destartalado callejón, oscuro incluso de día. Unas escaleras medio rotas ascendían en espiral hasta una puerta colocada en un piso superior, que llevaba al interior de una vieja y destrozada biblioteca. Sus pasillos eran laberínticos y, allá por dónde mirases, las estanterías que cubrían hasta el último centímetro de las paredes rebosaban de gastados y robustos ejemplares de todos y cada uno de los clásicos que debían encontrarse en cualquier biblioteca que se precie de serlo. Amanda se había leído al menos la mitad en los cortos ocho años que llevaba refugiándose allí cada vez que la temible ansiedad se asomaba por una esquina.

El bibliotecario no era más que un cartel de “Vengo en cinco minutos” que parecía ser colocado a las diez de la mañana y retirado a las doce horas. En esos ocho años aún no había visto a nadie ni delante ni detrás del mostrador y por tanto no podía pedir libros prestados, lo que era una bonita escusa para permanecer allí horas y horas devorando libros. Sus libros. Sus amados libros.

Cogió uno de psicología mientras se apartaba el pelo de la cara con una sonrisa de oreja a oreja. Algo de Freud y su psicoanálisis. Algo de teoría de las masas le vendría bien ahora que iba a verse todos los días rodeada de gente durante seis horas al día. Se encaminó a la sala de lectura, que no era más que dos asientos siempre vacíos para tres personas colocados en un pequeño hueco entre las estanterías.

Sin embargo… Ese día no estaban vacíos.

Al oír sus pasos, la mujer que se encontraba sentada en uno de los asientos que le daba la espalda giró su cabeza hacia ella. Un par de ojos ambarinos la miraron intensamente, como si pudieran leerle el alma. Amanda retrocedió al tiempo que notó un calor intenso en sus mejillas. Tras varios minutos así, la mujer movió sus labios pintados de rojo carmesí en una enigmática sonrisa y se levantó de su asiento.

Sus movimientos eran puramente gatunos. Hacía las cosas con una lentitud y gracia tal que parecía querer que Amanda se aprendiese cada uno de estos movimientos de memoria. Agarró con la misma exasperante lentitud un bastón que descansaba a pocos centímetros contra el propio asiento. Se colocó un mechó de su cabello tras la oreja, apartándoselo de su afilada mirada. Parecía no habérselo cortado durante años, puesto que le caía como una cascada de rizos chocolate por la espalda hasta casi las rodillas, y se lo apartaba por un lado con un lazo de color bermellón. Combinaba en su indumentaria dos colores: Toda clase de tonos de rojo y negro.

La mujer llegó a su altura, apoyándose innecesariamente en su bastón de madera negruzca. Al llegar a su altura, la miró de reojo y acercó su boca a su oído. En una circunstancia normal, Amanda habría huido ante tal acercamiento, pero esta vez, por alguna extraña razón, no podía moverse.

-Sí, este es un buen sitio –le susurró. Su voz era la que podría imaginarse de un ángel caído-. Disfruta, pequeña.

Y, dicho eso, se perdió entre los laberínticos pasillos de estanterías. Un libro cayó al suelo y con él, Amanda se precipitó contra la estantería más cercana, tratando de apoyarse. Demasiado cerca, demasiado cerca, demasiado…

Tuvo que respirar profundamente varias veces antes de recobrar la compostura. Era la primera vez que una persona viva que no fuese un especialista se acercaba tanto a ella. Estaba temblando de arriba abajo y de pronto su preocupación sobre si sus compañeros se reían con o de ella le pareció ridícula.

Ni siquiera recogió su libro. Solo se incorporó y se marchó de allí como si de pronto ese paraíso particular se hubiera cubierto de sombras y criaturas profanas.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Excelente. Tener al fantasma de un escritor también tiene sus ventajas, jeje.
    muy buen relato, espero con ansias la continuacion.
  • El primer día de clases da paso a la primera jornada de clases. Sin embargo, cuando a las ocho de la mañana el profesor simplemente decide no hacer acto de presencia, no suele decir nada bueno de esa clase...

    Amanda Tormes quisiera ser una chica "normal". Pero, claro, ser normal es muy subjetivo y ni ella misma sabe bien que es eso. No ayuda demasiado tener veinte años y estar recientemente empezando el bachiller. Pero lo que menos ayuda, desde luego, es la compañía del fantasma de un escritor huraño y machista.

Escritora amateur. Defensora de la imaginación y narrativa libres de censuras.

Tienda

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta