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19 min
El Reloj (Capítulo II)
Fantasía |
04.05.15
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Sinopsis

El primer día de clases da paso a la primera jornada de clases. Sin embargo, cuando a las ocho de la mañana el profesor simplemente decide no hacer acto de presencia, no suele decir nada bueno de esa clase...

Capítulo II

La Reina de Picas se encontraba boca arriba sobre el suelo, cubierta solo por una pálida y fina mano cuyas uñas se coloreaban de color sangre. La tierra comenzó a resquebrajarse llegado ese punto, como si el infierno mismo quisiese salir de ella.

El ser saltó. Apenas era una sombra negra de brillantes ojos blancos que miraban con hambre, hambre de carne humana. Sin embargo, pisó el As de Diamantes en su precipitado descenso, el cual explotó llevándose por delante los oscuros restos de la sombra. La mujer de rojo y negro lanzó un simple papel alargado hacia el lugar, y la sombra terminó de desvanecerse.

-Señorita…

-Cállate, Asrael –replicó la mujer.

Recogió su carta y la devolvió al interior de la baraja. Asrael, que se había quedado al margen de la pelea, disimuló una molesta mueca mientras seguía apoyado en la pared más cercana. La mujer de rojo y negro recogió también aquel papel alargado, en blanco cuando lo había lanzado. Extendió su brazo hacia atrás y su sirviente se vio en la obligación de acercarse a ella, a desgana, para guardar aquel sello.

-El kanji de “sombra”, por lo que veo –comentó Asrael tras mirarlo detenidamente.

-Si –respondió la señorita-. No era más que una invocación.

-¿Otra invocación? Señorita… -torció el gesto- ¿Cree que puede tratarse de esa chica?

La dama suspiró y comenzó a pasearse por los caminos empedrados de la Academia de Artes Catalina de Venom. La noche que se cernía sobre ella no dejaba ver correctamente los enormes edificios que por la mañana albergaban a los indefensos estudiantes. Todas las noches desde que aquello comenzó, ella se dedicaba a limpiarlos para evitar los ataques diurnos de aquellas criaturas.

-No. Esa chica aún no sabe qué cosas puede hacer –sentenció finalmente.

-¿Está diciendo, señorita, que esto es obra de alguien que no conocemos? –preguntó el sirviente, aguantando una expresión de horror.

-No lo creo… El invocador está aquí y es un estudiante –contestó la señorita-. Contacta ahora mismo con Víctor, ambos tenemos que estar ojo avizor. Y cambia las clases, yo voy a encargarme del Dibujo Técnico de la clase de 1º Adélaïde.

-¿Está ahí…?

-No –la mujer alargó la mano para que su sirviente le devolviera su bastón.

-Entonces…

-Esa chica, Amanda Tormes… Tiene demasiado potencial, es conveniente vigilarla –por primera vez, la señorita miró directamente a Asrael, el cual esperaba con el bastón extendido hacia ella-. Haz todos los cambios que tengas que hacer para poner a mi cargo la clase 1º Adélaïde.

Tomó entre sus manos el bastón cuya empuñadura resplandeció a la luna con un brillo carmesí impropio del oro que la recubría. Los ojos dorados de la mujer no se apartaron de los azules de su joven sirviente.

-Y limpia todo esto antes de que comiencen las clases.

-A sus órdenes, mi ama.

Dicho esto, hizo una profunda reverencia, tras la cual la señorita había desaparecido.

 

Se frotó el ojo izquierdo mientras subía las escaleras que parecían infinitas del Edificio Picasso. Buscaba el aula 145, que se supone debería estar en el primer piso. Sin embargo, tal vez por los grandes y mareantes que eran los grafitis y lo laberínticos que llegaban a ser los pasillos, su aún dormida mente no podía centrarse en encontrar cual de las muchas escaleras y puertas llevaría a la famosa clase.

 Al fin vislumbró el letrero dorado a la derecha de una de las puertas, que brillaba con el 145 inscrito en él. La puerta estaba cerrada aún y frente a ella, sentados en el propio suelo, esperaban varios compañeros. Las mejillas de Amanda se incendiaron de solo pensar en tener que esperar mucho tiempo en compañía de aquellos desconocidos antes de toparse con los ojos negros de Ópalo, que se encontraba jugueteando con su móvil al lado de Nacho.

Se acercó tímidamente a ellos, temblando de pies a cabezas, y murmuró un pequeño “Buenos días” antes de sentarse junto con Ópalo. La asiática la miró con una sonrisa cansada y le devolvió el saludo.

-Esto es muy raro, Alfonso no suele llegar tarde –mencionó Nacho, casi como si solo estuviese pensando en voz alta.

-Es cierto, pero de todas formas no sabemos si tenemos a Alfonso en Dibujo Técnico –replicó otro chico.

Amanda alzó la vista hacia el chico que había hablado y casi se atraganta con el propio aire. Era todo aquello que desde niña le habían dicho que era una “mala influencia” o una “persona que no es de bien”. Tenía el pelo corto, de un color cobrizo extraño, y una barba descuidada de varios días. La ropa deportiva que llevaba estaba remendada a más no poder y su sonrisa no distaba mucho de la que conseguía su madre tras tomar uno de sus cócteles de calmantes y ansiolíticos.

Instintivamente se encogió sobre su sitio, como un gato asustado.

-¿Eh? –Ópalo la miró alzando una ceja.

Casi se muere de la vergüenza al darse cuenta de esa reacción tan absurda que había tenido. En numerosos libros había leído que las apariencias engañan. Al ver la mirada molesta de ese chico sintió un enorme remordimiento y a la vez un incontrolable miedo sobre la reacción del resto de su clase.

-Que asustadiza eres, ¿no? –Nacho sonrió de medio lado, mirando hacia otro lugar- Cualquiera diría que no has salido de casa en tres años.

Ópalo y él se rieron entre dientes antes el aparente chiste, pero pararon a ver el meditativo silencio en el que se había sumido Amanda. Esta sacudió la cabeza y los miró sonriendo forzadamente, tratando de mantener la calma sobre el miedo a no ser aceptada y la ansiedad que le provocaba la posibilidad de haberlo fastidiado todo.

-Realmente llevo unos diez –replicó sin borrar su sonrisa.

La expresión dura del chico se ablandó al tiempo que palideció la de Nacho y Ópalo. Volvió a mirar al frente, pensativo sobre lo que acababa de oír. Un frío espectral inundó la espalda de Amanda, al tiempo que una voz susurrante de su olvidado acompañante siseó en su oído.

-Habéis hecho bien, Amanda.

No estaba muy segura, pero por suerte era capaz de disimular el haber oído a Francisco hablando tan cerca y tan por sorpresa. Se aclaró la garganta y siguió con una sonrisa mirando hacia el frente, pero sin ver nada en concreto.

-Es una larga historia. Algún día, si… -suspiró enérgicamente-. Algún día puede que la cuente.

El silencio siguió a sus palabras como fiel siervo de estas. El rostro asiático de Ópalo no hizo más mueca de lástima pero si de comprensión hacia la chica que conocía de tan poco. Nacho, por su parte, volvió su vista al pasillo esperando que de entre sus intrincadas y coloridas paredes apareciese de una vez Alfonso. No apareció, pero, sin embargo, otra persona ocupó su lugar en la primera planta del edificio de dibujo.

Sus pasos resonaron por todo el pasillo conforme avanzaba. Sus tacones golpeaban fuertemente el suelo que llevaba al aula 145 del Edificio Picasso. La Directora Grymaldi apareció entre la oscuridad del colorido pasillo con una sonrisa. Nacho lo entendió todo entonces.

-Creo que este año nos toca con la directora, Fer –anunció.

El chico con aspecto de delincuente puso los ojos en blanco con resignación y se levantó del suelo pesadamente. Nacho hizo lo mismo y le señaló a las dos chicas que se levantaran también. Mientras se levantaba del frío suelo de mármol, Amanda alcanzó a ver una falda carmesí sobre unas pálidas piernas. Reconoció al instante a la mujer que tenía delante. Era la mujer de la biblioteca.

-Buenos días, chicos –sonrió la mujer. Su voz resonó por el pasillo vacío y se quedó deambulando por él en forma de eco unos segundos.

El tintineo de las llaves pronto dejó paso al crujido de la puerta y la consiguiente visión de la clase. Allá por donde mirasen, parecían haber sido transportados en el tiempo. Una columna ayudaba a sujetarse el techo en la mitad de la clase, dividiendo así dos hileras de mesas de dibujo. Ópalo y Amanda se sentaron juntas, con los ojos muy abiertos mirando como las paredes de aspecto envejecido se cernían sobre ellas. Se pensaron incluso si sentarse o no, por miedo a que la silla venciese bajo su peso y tuvieran que pagar una gran suma para reponer el material escolar.

-No os preocupéis –la directora les sonrió con aire cómplice a los nuevos alumnos-. Son nuevas de este año, no se romperán.

Amanda alzó la vista del asiento y vio como, excepto Fer y Nacho, todos sus compañeros se encontraban en la misma disyuntiva que ellas. Se sentaron finalmente y la directora se posicionó frente la pizarra ornamentada con un relieve de madera que representaba flores y tallos de plantas sacadas de algún mundo de fantasía.

-Bienvenidos a la Academia de Bellas Artes Catalina de Venom, chicos y chicas –sonrió la mujer abiertamente-. Mi nombre es, para los nuevos, Helena Grymaldi. Bienvenido a un nuevo y emocionante curso de primero de Bachillerato de Artes Plásticas.

Los nuevos alumnos abrieron los ojos de par en par mientras observaba los movimientos de la directora mientras escribía el nombre de la asignatura en la pizarra. Con una sonrisa, se volvió hacia sus alumnos.

-¿Alguien puede decirme qué es el Dibujo Técnico?

-Ahí va otra vez… -susurró Fer con una risita entre dientes.

Toda la clase se mantuvo en un silencio que asombró a Amanda. Ella realmente lo sabía, pero no era capaz de abrir la boca, además de que tenía la impresión de que esa mujer daría otra explicación bien distinta de la teoría que ella misma conocía.

-El dibujo técnico es… Un sistema de dibujo que ayuda a la comprensión del objeto que se utiliza –respondió una chica que había escogido el pupitre más cercano a la pizarra.

Por la voz de esta chica, instantáneamente le cayó mal a Amanda. Era una voz gritona y chillona que le recordaba, cuanto menos, a la voz que imaginó en un principio para la antipática señorita Rottenmeier. Solo que a diferencia de poseer un cuerpo larguirucho y delgado, esta muchacha era rolliza y bajita, con grandes mejillas mucho más grandes que sus propias manos y más rojas que cualquier pintura que hubiese visto.

Fer y Nacho, casi sincronizados, pusieron los ojos en blanco y lanzaron a todos los demás una sonrisa cómplice y casi resignada. La directora curvó sus labios en una sonrisa gentil que parecía decir por sí misma “pobrecita” y negó en dirección a la chica.

-¿Cómo te llamas, chica? –le preguntó.

-Me llamo Basilia, señora.

¡Y encima tenía un nombre horroroso!

-Basilia, ¿eh? –el rostro de la profesora dejó de ser gentil en pocos segundos- Bueno, comenzaré por decirte que prefiero que mis alumnos me llamen Helena o señorita, como mucho. Al próximo al que oiga llamarme “señora” tendrá por seguro que no va a aprobar esta asignatura mientras me tenga como profesora. En otro orden de cosas… Creo que es obvio que te has equivocado, no con el concepto, sino con la respuesta en sí. Has respondido a la pregunta “¿Qué definición tomamos por Dibujo Técnico?”, no a la pregunta “¿Qué es el Dibujo Técnico?”. Si te preguntase, por ejemplo, “¿Qué es el Dibujo Artístico?”, ¿Qué dirías?

Basilia fue a abrir la boca para responder.

-No hace falta que respondas, chiquilla, era retórico –la interrumpió la directora-. Voy a responder yo por ti. Dirías seguramente que es la asignatura en la que estudiamos el concepto artístico de un dibujo. Sin embargo, nada tan lejos de la realidad. El Dibujo Artístico es el arte del dibujo, como bien dice su nombre. Aquí lo estudiamos, igual que la Cultura Audiovisual, Volumen o Dibujo Técnico, asignatura en la que estamos. Esta es simplemente otro tipo de arte. Pero… ¿Qué clase de arte? Vamos, Fernando, Ignacio, lleváis ya dos años conmigo, ¿No os sabéis la respuesta?

Nacho puso los ojos en blanco de nuevo, en mueca de claro cansancio. Sin embargo, Fer esbozó una medio sonrisa y le contestó con aire cansado a la profesora.

-El Dibujo Técnico es el arte preludio de todas las artes o algo así, ¿no, Helena?

-¡Exacto! –sonrió alegremente la profesora. A Amanda incluso le pareció una niña pequeña al esbozar un gesto como ese- Veo que mis palabras no han caído en saco roto. Espero que ahora el resto de mis adorables alumnos empecéis a entender la asignatura como el preludio del resto del arte. Para crear un majestuoso edificio como en el que ahora estáis, se usa el arte de la arquitectura. Pero, antes de ese arte, se necesita el arte del dibujo técnico para plasmarlo en papel. Es necesario para casi todas las artes.

Eso fue tan solo el preludio antes de las dos horas de discurso. ¡Dos horas! Las dos horas que tenían de clase se vieron invertidas en ese discurso introductorio en el cual Amanda llegó a preguntarse a sí misma varias veces como alguien podía tener esa habilidad para hablar tanto de un mismo tema sin cansarse y sobre todo sin asfixiarse. Hablaba tan rápido y sus pausas eran tan cortas que todos los alumnos menos aquellos veteranos temieron no poder tomar los apuntes debidamente cuando tuvieran que hacerlo.

El timbre sonó pocos segundos después de que Helena diera su discurso por finalizado y se dispusiese a pensar en que les iba a explicar ese primer día. No se cortó de todas maneras para ponerles una cantidad ingente de deberes que consistían en una gran suma de figuras geométricas simples que hasta un niño podría hacer con la escusa de comprobar su nivel.

Tras salir con un marcado cansancio -o más bien resignación- en sus rostros, se encontraron con otro problema. Y era que ahora debían dirigirse al edificio común para las clases de Inglés. Si bien, poco antes de llegar, se encontraron con Elisa esperando junto a un par de chicas en el césped del jardín.

-¡Ey, vosotros! –los llamó- ¡El de Inglés está en una reunión! ¡No tenemos clase!

Estupendo. El primer día y ya habían perdido las dos primeras clases. Eso significaba que, contando con el descanso, quedaba hora y media para hacer algo productivo.

Amanda no se consideraba una persona adicta al trabajo ni mucho menos, pero tanto tiempo perdido la estaba comenzando a irritar. Al fin y al cabo, le costaba mucho salir y entablar conversaciones con la gente como para encontrarse ahora con que ese esfuerzo no tendría sus frutos en concepto de clases y futuras notas.

Ópalo y ella, seguidas de cerca por Nacho, se acercaron al improvisado grupo que descansaba sentado sobre el césped. Aparte de Elisa, había otras dos chicas. Una de ellas llevaba brillante uniforme azul con ciertas decoraciones en plateado que ni el suyo ni el de ninguno de sus tres amigos las tenía. Eran un grupo de figuras finas en los bordes de la camisa, la falda y las medias. Manejaba unas cartas con sus manos con gran destreza, barajándolas y cortándolas en rápidos y secos movimientos.

La segunda chica tenía el uniforme decorado de la misma manera, solo que este lucía un tono amarillo oscuro. Un color bastante feo para un uniforme, sobre todo sumándole la extraña decoración. Estaba tumbada sobre la hierba, bocabajo, dejando su rostro casi entero cubierto por una larga y rizada cabellera anaranjada. Alzó una mirada curiosa al notarlos llegar.

-Mira, Nacho trae carnada nueva –rió para sentarse en el suelo-. ¡Buenas, Nachete!

La chica del uniforme azul paró su intrincado juego de cartas y miró por primera vez a Amanda, Ópalo y Nacho. Este último le dirigió una escueta sonrisa.

-Hola, engendro –le sonrió-. ¿Y esas dos bellezas?

-Pregúntales tú. ¿Tan pronto y ya ligando, Victoria?

-No más que tú, bicho –replicó la chica de las cartas antes de comenzar a levantarlas-. ¿Quieres enterarte del futuro de esta otra lindura? Lo mismo sales en él.

-¡No, por Dios! –exclamó Elisa con una gran carcajada.

Victoria, como la llamaba Nacho, sonrió maliciosamente ante la cara del chico, como una niña pequeña que acaba de ver a esa profesora estricta y molesta caer al suelo de un resbalón. Frente a ella, en el césped, había diez cartas bocabajo. Había dos en forma de cruz, una sobre otra, rodeada de otras cuatro. La carta que se encontraba más a la derecha de la chica parecía que se bifurcaba, pues tenía cuatro cartas más a la izquierda formando una línea vertical.

-Vamos a comenzar con la primera carta –anunció, dándole la vuelta a la carta de en medio con aire solemne. Era un diez de diamantes-. Estoy viendo cambios a tu alrededor, Elisa. Cambios producidos por… -levantó la carta bajo la primera, descubriendo un rey de corazones- Cambios producidos por un hombre mayor, puede que en mente o en espíritu, posiblemente rubio o tal vez solo tan angelical que lo parezca –levantó la siguiente carta, un seis de tréboles, que se encontraba inmediatamente bajo las dos primeras-. El seis de tréboles simboliza peleas y luchas, posiblemente internas contigo misma. No sabes que debes hacer, si aprovechar eso o no, si dejar que los cambios sucedan o no. Ni siquiera sabes si te gustan esos cambios o no. Podemos seguir entonces con el porqué de esto… -la siguiente carta, a la derecha, era la reina de diamantes- ¡Vaya! ¡Veo una mujer mala! Una traidora, ni más ni menos. Alguien que contribuyó a que tu corazón se volviera de piedra, Elisa. ¿Te traicionó tal vez contribuyendo a que te hicieran daño o fue la causa directa? Ahora lo comprobaremos… -la carta de arriba era el tres de diamantes- Con el tres de diamantes, lo que reconoces de la situación es que es fastidiosa. No sabes que hacer, y eso solo te molesta y te hace sentir insegura, llevada por las circunstancias. ¿Seguimos con lo que te depara el futuro, pequeña?

Aunque en un principio Elisa parecía divertida y riente, de pronto su rostro había palidecido y sus labios se tornaban en una mueca seria y casi asustada. Asintió lentamente, observando fijamente las cartas en el césped como si quisiera desentrañar algún secreto en ellas. La chica de cabellos anaranjados miró ligeramente desaprobatoria a su amiga, la cual no borraba su sonrisa maliciosa mientras se dignaba a levantar la siguiente carta, la carta de la derecha.

-El tres de corazones. Vas a tener un resultado positivo, pequeña. Toda esta confusión se aclarará tarde o temprano, pero… -antes de levantar la carta, parecía ya saber que era lo que venía en la siguiente. El cuatro de corazones se desveló como la siguiente carta, la carta de abajo en la línea vertical-. Vuestra relación, tú relación con ese hombre rubio, ya empezará en una crisis. Al menos, es lo que crees tú. ¿Estás segura de que lo quieres? ¿Estás segura de amarlo? Eso es lo que se te vendrá a la cabeza. Tu entorno, la gente de tu alrededor… -la siguiente carta era un dos de corazones- Piensa que tienes suerte. Ese hombre mayor tiene dinero, o tal vez sea rico en espíritu. En ambos casos, la gente no va a comprender tus dudas. Es normal, él es un buen hombre o eso creen ellos –la penúltima carta desveló una jota de corazones-. Parece que esperarás que un buen amigo te ayude. O tal vez incluso que él quede como un buen amigo y ya está. La pregunta es… ¿Se logrará? ¿Podrá ser un buen amigo? ¿O podrá ese buen amigo ayudarte con el lío en el que tu propia mente de ha enredado? ¿Quieres saberlo o prefieres dejarlo aquí?

-Si… -murmuró Elisa con la voz levemente seca.

-Me lo imaginaba –respondió Victoria, ensanchando aún más su sonrisa. Tomó la carta con dos dedos ligeramente y le dio la vuelta. Era la reina de picas-. Es rotundo e innegable. Romperéis. De una forma u otra, él o tú romperéis la relación. Sea quien sea ese hombre, vuestra relación está predestinada al desastre. Te recomendaría ni siquiera empezarla, pero no me vas a hacer caso. En fin, este es el camino que ha trazado el destino para ti. Tú misma decides que hacer con la información que te he dado.

-Que catastrofista eres, Vicky –rió finalmente la chica de pelo anaranjado-. ¿No te habrás creído todo eso, no? Esta mujer tiene una labia que da miedo… Sería capaz de convencer a los árabes de que necesitan más arena.

Pese a las palabras que acababa de oír, Elisa no cambió su expresión preocupada hasta que Victoria, sin borrar su sonrisa, recogió sus cartas una a una. Solo entonces apartó la vista hacia la otra chica.

-En serio… ¿Tan impactante os parece a todos? ¡Vaya silencio de muertos que tenéis!

Ópalo y Amanda reaccionaron al fin. La chica seguía recogiendo sus cartas en un malintencionado silencio. Y sonriente, siempre sonriente. Una cosa estaba decidida, esa chica no le daba, ni nunca le daría, buena espina a Amanda.

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  • El primer día de clases da paso a la primera jornada de clases. Sin embargo, cuando a las ocho de la mañana el profesor simplemente decide no hacer acto de presencia, no suele decir nada bueno de esa clase...

    Amanda Tormes quisiera ser una chica "normal". Pero, claro, ser normal es muy subjetivo y ni ella misma sabe bien que es eso. No ayuda demasiado tener veinte años y estar recientemente empezando el bachiller. Pero lo que menos ayuda, desde luego, es la compañía del fantasma de un escritor huraño y machista.

Escritora amateur. Defensora de la imaginación y narrativa libres de censuras.

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