cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

54 min
EL RENEGADO
Fantasía |
07.02.15
  • 0
  • 0
  • 525
Sinopsis

Un ángel caído llamado Daniel desafió a las fuerzas del bien y del mal al elegir su propio destino. Ahora, es un renegado que huye de su pasado y que intenta proteger a su hija de un futuro al que está predestinada.

Hola, hace poco publiqué mi primer libro, Almas Perdidas. I Las dos caras, con la editorial entrelíneas. Así que decidí escribir este mini libro para aquellos que se lean la novela, descubran como era todo antes de la saga. Que lo disfruten.

     

CAPÍTULO UNO

Era una noche negra, la luna se encontraba cubierta por unas nubes oscuras, y el camino era pesado y laberíntico.

Si no hubiera pasado por allí mil veces, ya habría caído prisionero de la naturaleza. El viento casi le arrancó la capucha de la cabeza pero eso no impidió que continuara el trayecto.

Las enredaderas luchaban por atraparle y entre los árboles parecía haber mil ojos observándole.  

Entonces escuchó el traqueteo de un carruaje acercarse por su espalda. Había empezado a llover y la niebla cubría todo el camino por lo que tuvo que detenerse y esperar.

Sus ojos estudiaron al hombre que conducía el carruaje, cuando este se detuvo frente a él.

-¿Qué hace aquí? ¿no ve que está lloviendo?

Él no respondió. Sin quitarse la capucha, rebuscó en uno de los bolsillos y de él sacó el dibujo de una joven.

-¿Ha visto a esta mujer?

El hombre observó el dibujo con detenimiento y señaló el castillo que se erguía, majestuoso, en lo alto de la gran colina. Justo lo que suponía.

-Hace un rato he visto a unos hombres arrastrar a esta mujer, maniatada. Decían algo sobre un castillo.

-Gracias, muy amable.

Continuó su camino, con los dientes fuertemente apretados y recordó todo lo que había vivido hasta ahora, y todo lo que había cambiado. Ninguna acción se queda sin consecuencia.

Se llevó la mano al pomo de su espada cuando estuvo frente al gran portón del castillo. Fuera, ya olía a moho, lluvia y pino. La gran puerta cedió con un chirrido y se internó en la oscuridad. Dentro, se despojó de la capa negra para conseguir más ligereza por si le asaltaban y la tiró a un lado.  

Habían pasado siglos desde que lo expulsaron, y todo por un capricho absurdo, por pura codicia. Ahora, todo era real. Lo que sentía era sincero. Y aunque no había dejado de ser el mismo, sus sentimientos sí que habían cambiado.

-¿De visita, Daniel?-era una voz que le resultó tremendamente familiar.

-¿Dónde está ella?

-Tu querida Mirella está bien.

Daniel resopló profundamente por la nariz y le atravesó con la mirada llena de furia. Aún así no perdió su calma.

-Déjala libre. Vuestro problema es conmigo.

Una sonrisa apareció en sus labios y a continuación se arrancó el colgante que llevaba alrededor del cuello y lo tiró a sus pies.

-No hay escapatoria. Una vez que entras, ya no sales.

-No quiero formar parte de esta organización.

-Ya formas parte de ella. Es más, los líderes tienen algo muy especial preparado para ti, en caso de que no quieras regresar.

Daniel sabía que se refería a Mirella. No pensaban dejarla con vida. De momento, solo podía tragarse su orgullo.

-Quiero verla.

-No estás en condiciones de dar órdenes.

-No es una orden.

Él asintió con la cabeza y le hizo señas con la mano para que le siguiera. Daniel no lo perdió de vista ni un solo instante mientras seguía sus pasos hacia la planta superior.

Al llegar al final de las escaleras, se escuchó un ruido procedente del final del pasillo seguido de unos golpes. A Daniel se le cerraron los pulmones, e hizo el amago de salir corriendo hacia allí pero el hombre que lo guiaba lo detuvo.

-La espada-le indicó-no entrarás ahí armado.

Daniel hizo caso a lo que le dijo, repitiéndose una y otra vez que si Mirella había sufrido algún daño lo pagarían caro.

No había tiempo de preguntar, ni siquiera pidió permiso para entrar dentro de la habitación. Daniel se precipitó dentro y cuando lo hizo la puerta chocó contra la pared despegando el yeso que la cubría.

Recorrió aquella estancia triste, oscura y siniestra con la mirada. Nunca había sentido tanto miedo como en el instante en el que sus ojos se posaron en la silueta de Mirella.

Estaba completamente desnuda en medio de la sala, con el pelo revuelto y enmarañado y heridas y moratones por todo el cuerpo. Al verla, Daniel se arrodilló junto a ella y sintió como las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Allí yacía la única mujer a la que había amado, y veía, a cámara lenta, como su vida se le escapaba. Aún estaba viva pero escuchar su respiración pausada, entrecortada, y su lucha por seguir unos cuantos minutos más le destrozó por dentro. Fue incluso peor que cuando le arrancaron las alas. Aquel dolor desgarrador, demoledor y ardiente que sentía en su pecho era mucho más poderoso. Y los segundos se le hicieron eternos.

Mirella trató de hablar pero la agonía que sentía fue suficiente para acallarla.

Daniel levantó la cabeza y clavó sus ojos llenos de furia en Raymond y en Asbeel. Luego dirigió su mirada hacia el hombre que lo había guiado hacia allí, Amudiel.

-Os arrepentiréis de esto.

Los tres rieron pero fue Asbeel quien habló.

-Solo te queríamos a ti. Los líderes te reclaman. Nos diste la espalda, Daniel, por una mujer. ¿Ha merecido la pena?

Daniel cerró los ojos. No quería presenciar el momento en el que Mirella entrase en un sueño profundo, para siempre.

Miró a la mujer que amaba y escuchó lo que ella tenía que decirle. Cuando abrió la boca, de sus labios solo  salieron leves gemidos de agonía.

-Te… te… te qu…-fue lo último que dijo antes de cerrar los ojos. Daniel observó impotente como su corazón dejaba de latir y lamentó más que nunca no estar en posesión de su espada. Lo lamentarían, los líderes lo lamentarían. Todo el mundo lo lamentaría.

-Siento mucho lo de tu chica-dijo Raymond-era una mujer muy hermosa.

Daniel no respondió.

-Es tu última oportunidad. ¿estás dispuesto a reconsiderar nuestra oferta y unirte a nosotros de nuevo?

Daniel hizo un gesto de dolor. Apretó los puños contra sus muslos y cerró los ojos, con la esperanza de que aquello fuese una pesadilla. Pero sabía que no lo era. Mirella estaba muerta y los cazadores de almas lo perseguían para que se uniera a su organización de nuevo. Tenía una idea clara, jamás volvería a enamorarse, u otros pagarían las consecuencias de sus actos; su propia familia.

Entonces, mientras pensaba esto último, y una lágrima resbalaba por primera vez por su mejilla, sintió una punzada intensa y dolorosa atravesarle el cráneo y el sonido de los huesos al romperse. Alguien lo había golpeado por detrás, aprovechando su distracción. Daniel soltó un gruñido de queja y se desplomó junto a Mirella mientras un charco de sangre se formaba alrededor de su cabeza.    

  CAPÍTULO DOS 

Año 1998 

Mi nombre es Daniel, últimamente resido con mi familia en Argentina. Hace muchísimo tiempo, tanto como el que podáis imaginar, fui alguien muy diferente a quien soy ahora. Pertenecía a una familia, en la que todos cuidaban de todos, tenía unos hermanos, un padre… todos inmortales. Y muchos de ellos, con ganas de aprender cosas nuevas,  quizá ese fue el motivo de nuestra expulsión. Fuimos condenados a vagar por la tierra eternamente hasta que llegase el día de nuestra muerte. Sin embargo, y a pesar de que intenté por todos los medios regresar, se me cruzó por delante la oportunidad de mi vida de poder empezar de cero. Me enamoré de una mujer humana, como muchos de mis hermanos que habían sido condenados por lo mismo que yo. La diferencia está en que lo mío sí era amor, lo de ellos era vicio, lujuria, sexo.

El simple hecho de pensar que podría pasar toda mi vida junto a ella me hacía olvidar el monstruo en el que me había convertido, y todos los pecados que había cometido. El caso es que los caídos de segunda generación, formaron una organización que consistía en robar las almas de todas las personas que poblaban la tierra. Al principio aquello lo hacían con el objetivo de alimentar sus vidas, ahora mortales, y hacerse cada vez más fuertes, pero llegó un momento en que la organización o hermandad dio un giro radical. Los líderes profetizaron la destrucción del cielo. Llegaría un día en el que el mal reinaría sobre el bien, y los Cazadores de Almas podrían vengarse de Dios y de todos sus hijos. ¿Cómo? Eso solo lo saben los líderes.

Me reclutaron a mí pero me di cuenta a tiempo, cuando le quitaron la vida a mi amada Mirella, de que no servía para nada. Aún así, los Cazadores de Almas no dejaron de perseguirme de continente en continente, queriendo acabar conmigo, hasta que, mucho tiempo después, en el año 1989 conocí a una mujer llamada Penélope. Traté de mantenerme alejado de ella, porque sabía que si no lo hacía, podría lamentarlo. Sin embargo, cuando le expliqué y le expuse que yo era peligroso y el por qué lo único que hizo fue decirme que quería estar conmigo y que aguantaría cualquier cosa para ello. Nos casamos en una ceremonia privada en 1990 y en mayo del 95 tuvimos una hija a la que pusimos de nombre Lilian, que significa “como la flor de lirio”, que simboliza la pureza y la belleza.

Era una niña preciosa y en seguida me sentí como un padre de verdad. Lo único que me preocupaba era que mi hija pudiera heredar algunos de mis poderes o que la tomaran con ella solo por ser mi hija.  Por un tiempo, los Cazadores de Almas nos dejaron tranquilos, hasta que Lilian cumplió los cuatro años, que fue cuando,  sin hacer las maletas ni nada, tuvimos que mudarnos a la otra punta de América con los Cazadores pisándonos los talones.

 

-¡Despierta! ¡Vamos, despierta!-Penélope se incorporó de inmediato al escuchar los gritos de alarma de su marido-¡la casa está en llamas!

Penélope se precipitó hacia la puerta con los pies descalzos y el camisón blanco que le llegaba por las rodillas.

-¡Coge a la niña! ¡Yo voy a buscar una salida!

Penélope salió de la habitación pero el humo aumentaba a cada segundo y cada vez era más difícil respirar. Se cubrió la nariz y la boca con el brazo y trató de caminar pegada a la pared. La habitación de su hija se encontraba cerca, pero los Hombres de Negro habían ocupado la casa y era difícil divisarlos entre tanto humo, fuego y ceniza. Tuvo que enfrentarse a uno de ellos, y derribarlo de un golpe en el cuello, empujándole después por las escaleras. No fue fácil, ya que aquellos hombres eran fuertes, musculosos y pertenecían al mundo de las sombras.

Al fin logró llegar al cuarto de Lilian, aunque para entrar tuvo que empujar la puerta con todas sus fuerzas. Penélope la cogió en brazos y la cubrió con su cuerpo para protegerla. Al salir se encontró a Daniel, peleando en el piso de abajo con tres hombres que lo habían acorralado en medio del fuego. Sus patadas eran certeras y fugaces. Daniel se las apañaba bien, pero tenía que salir de ahí cuanto antes.

-¡Daniel!-gritó su esposa desde el piso de arriba. El fuego las tenía prisioneras y no podían ir a ninguna parte. Daniel se alejó de sus perseguidores y de un salto llegó al lado de su esposa, cogió a su hija en brazos y empujó a Penélope para que fuera delante de él.

-¡Rápido! ¡Tienes que saltar!-le dijo cuando estuvieron delante de la ventana.

-¿Qué? ¡nos mataremos!

-¡confía en mí!

Penélope cerró los ojos. No lo pensó dos veces, se acercó a la ventana y se tiró al vacío. Daniel echó un último vistazo hacia atrás, en el momento en que los Cazadores entraban en la habitación como un rayo. Uno de ellos alargó un brazo para alcanzarle pero Daniel fue más rápido.

Abajo les esperaba un coche con una mujer en el asiento del conductor. Cuando el coche comenzó a alejarse con todos dentro, la casa estalló en mil pedazos. Fue una explosión que les hizo recordar que, otra vez, tendrían que empezar una nueva vida, en otro lugar. 

 

CAPÍTULO TRES

-¿Entonces es definitivo?-preguntó Penélope con lágrimas en los ojos. Clavó sus pupilas verdes en él,  afligida y con el rostro contraído por el dolor de la noticia que acababa de darle su marido. Este no apartó la mirada, nunca huía de las palabras que le transmitían los ojos de su esposa, por muy dolorosas que éstas pudieran llegar a parecerle.

-Sí-respondió Daniel, cargándose al hombro la espada con el emblema de los Cazadores de Almas, del cual se avergonzaba.

-¿Cuánto tardarás?-Penélope luchaba por controlar sus emociones y no echarse a llorar.  

-No lo sé. Puede…

No terminó la frese, porque esta podría haber impactado en Penélope de una forma inesperada.  Puede que no regrese, iba a decir.

-¿Has pensado en tu hija?

Daniel, que se encontraba de espaldas a ella recogiendo sus cosas para el viaje se detuvo en seco ante esa pregunta. Se volvió hacia Penélope con rostro inexpresivo.

-pienso en ella todos los días. Por eso me voy. Voy a zanjar este asunto de una vez por todas.     

Volvió a girarse, esta vez para marcharse. Sin embargo, una voz cantarina lo llamó a sus espaldas.

-Daniel. ¿A dónde vas?

Daniel se giró hacia Katherine y la besó en la frente.

-pórtate bien con tu madre.

 Se dirigió hacia la puerta y agarró el pomo con la mano, pero justo antes de girarlo dijo:

-Confía en mí. No la encontrarán aquí.  

Abrió la puerta lentamente mientras su mujer lo observaba a su espalda, y salió del edificio, perdiéndose en la lejanía.

Un par de lágrimas resbalaron por las mejillas de Penélope pero se las secó en seguida con la manga cuando apareció su hija por la esquina, de la mano del padre Bartolomé.

La mujer forzó una sonrisa y se acercó al viejo sacerdote, que en seguida notó que algo la pasaba.

-¿Te encuentras bien, hija mía?

Ella no respondió. Observó a sus hijas corretear por el enorme vestíbulo, a la mayor imitando un desfile de modelos y a la pequeña dando vueltas sobre sí misma, como si fuera una peonza. Ver a sus hijas felices le bastó para olvidar sus problemas.

-No estoy bien, padre. Mi marido se ha ido, dejándome sola y al cuidado de dos niñas pequeña.

-¿Y no crees que lo ha hecho para protegeros?

-Puede. Pero sí lo matan yo me quedo viuda y Lilian huérfana, y lo último que quiero es que crezca sin padre.

El padre Bartolomé la observó con cariño y pensó en todos esos niños y niñas que estaban a su cargo, que habían perdido a sus padres y necesitaban ser atendidos. Aquella escuela era perfecta para Lilian. Nadie se metería con ella y haría amigos en seguida.

-debes confiar en él. Todavía seguís vivos ¿no?

Penélope asintió y por un momento se sintió aliviada. Lilian, subida a una silla, jugaba con la bola del mundo que había encima del escritorio.

Su madre se acercó a ella y cogió a Lilian en brazos, a pesar de las quejas de su hija por seguir jugando.

-gracias padre, lo tendré en cuenta-le dijo al padre Bartolomé-ahora me voy a acostar a la niña. Vamos, Kathe.

Subió las escaleras de caracol hasta el piso de arriba y atravesó el pasillo y las habitaciones hacia la habitación de sus hijas.

-¿Dónde está papá?-preguntó la niña, en los brazos de su madre.

-Tu padre está de viaje.

No dio más explicaciones, y Lilian no se las pidió. Llegaron a la habitación 305, donde sintió un escalofrío recorrerla el cuerpo justo antes de entrar. Sintió una presencia en el interior y maldijo para sus adentros que Daniel no estuviera allí. Dejó a su hija en el suelo y les pidió a las dos que se quedarán ahí. Introdujo una mano bajo el vestido donde tenía sujeta una navaja, pequeña y ligera, pero muy letal.

Respiró profundamente, preparándose para lo peor, y contó hasta tres. 1… 2… y… ¡3!

Giró el pomo de la puerta y la abrió de un portazo, estrellándola contra la pared. Se precipitó dentro con la navaja en alto y la blandió en el aire varias veces, casi a ciegas hasta que el filo rasgó la carne de aquel individuo. Penélope observó con asombro como su herida cicatrizaba hasta cerrarse por completo. Se atrevió a mirarle a los ojos y por alguna extraña razón, no sintió miedo, y eso que sabía que no se trataba de un ángel caído, sino de algo mucho más poderoso, y que no había visto nunca. Un… demonio.

Le sorprendió que, en apariencia, fuera extrañamente joven, de unos dieciocho o diecinueve años, y que tuviera unos ojos del color del cielo y una piel muy blanca.

-Daniel no está-se atrevió a decir Penélope.

-No busco a Daniel-respondió el desconocido, con una voz suave y tranquila.

Penélope observó como su mirada se dirigía hacia su hija Lilian, que se encontraba fuera de la habitación junto a su hermana.

-por encima de mi cadáver-y escupió al suelo con repugnancia.

-¿perdón?

-tendrás que pasar por encima de mí para hacerle daño a mi hija.

El desconocido rió y su risa fue haciéndose cada vez más intensa. Al principio, Penélope creía que se burlaba de ella, pero no era así.

-No quiero hacerle daño a tu hija-dijo-quizá te he asustado por haber entrado sin avisar. Te pido disculpas.

Ella no bajó la guardia, aunque se sentía intrigada.

-¿y entonces qué quieres? ¿no eres un demonio?

-¿un demonio? ¿acaso lo parezco?

-no.

-Exacto. Mi nombre es Elías. Vengo para darte una noticia.

-¿buena o mala?

-depende de por donde lo mires.

Elías se quitó la chaqueta y se sentó en la cama después de quitarse la vaina y dejarla sobre el escritorio.

-Se va a producir una guerra-dijo-y tu hija será el centro de esa rebelión.

-¿qué?-fue lo único que consiguió decir. Su hija, en una guerra. Imposible. Aquello tenía que ser un error. O una broma.

-¿Es una broma?

Elías negó con la cabeza y sus mechones rubios bailaron, desprendiendo un delicioso aroma.

-Ojala lo fuera.

Penélope se guardó la navaja y trató de asimilar aquella información. No le cabía en la cabeza que su hija Lilian, tan pequeña y frágil fuera a ser el centro de una guerra.

-¿Qué tiene que ver mi hija con vuestra estúpida guerra?

-todo. Como sabes, es probable  que tú hija haya heredado algunos poderes de su padre, lo que la convierte en una peligrosa arma, en caso de que los demonios consigan capturarla.  

-Pero mi hija… mi hija aún no ha manifestado ninguna anomalía de ese tipo.

-Lo hará. Estoy seguro. Los demonios llevan tiempo ideando un plan. No sabemos como lo llevarán a cabo pero sí sabemos qué es lo que esperan conseguir; la destrucción del cielo y de la tierra. En ese sentido, los demonios y los ángeles caídos comparten el mismo odio y rencor hacia el todopoderoso y hacia la tierra por lo que están empezando a formarse alianzas. Y ya sabes lo que se dice, la unión hace la fuerza.

-¿Cuál será el cometido de mi hija?

-impedir que los demonios y los ángeles caídos venzan. Pero tranquila, no estará sola. Además cuando llegue el momento, estará preparada-hizo una pausa para que Penélope asimilara la información-es muy importante que tu hija no sepa nada de esto. Debes hacerla creer que tiene una vida normal y que tú no sabes nada de esto.

Penélope asintió, frotándose las manos con nerviosismo. Lilian entró en ese momento en la habitación y cogió su osito de peluche, estrujándolo entre sus brazos. Su madre la observó con detenimiento mientras luchaba por no echarse a llorar.

-¿Cuándo ocurrirá todo?

-Cuando Lilian cumpla los 17 años vendré a por ella.

Ella lo miró con los ojos abiertos como platos.

-¿te… te la llevarás?

-Lo siento.

Elías se levantó de la cama, se colocó el chaquetón y la espada y se arrodilló junto a Lilian con una sonrisa.

-Me alegro de haberte conocido, Lilian. Volveremos a vernos.

-¿Ya te vas?

-Sí, pequeña. Pero no te preocupes, 17 años pasan en seguida.

Y eso era precisamente lo que le preocupaba a su madre. Observó como Elías la besaba en la frente con dulzura y no pudo evitar derramar un par de lágrimas que se amontonaban al borde de sus ojos. 

    

  CAPÍTULO CUATRO

 

Aquella calada le supo amarga, quiero decir más de lo normal. Su mirada se paseó por la calle oscura sin buscar nada en especial. Las ojeras maquillaban sus ojos y sus labios habían comenzado a agrietarse. Penélope ya habría solucionado ese problema con sus besos. Dio otra calada a su cigarrillo, lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y soltó el humo por la boca muy despacio, juntándose con el aire frío de la noche. En ese mismo instante se oyó el ruido de una puerta al cerrarse, y no hizo falta que Daniel se diese la vuelta para saber de quién se trataba. El olor a azufre, muy típico de los demonios y el sonido de los tacones al rozar el suelo de piedra mojado.

-¿Y bien?-inquirió saber él sin volverse. Tiró el cigarrillo al suelo y esperó una respuesta.

-Los Cazadores de Almas se están fortaleciendo-respondió una voz femenina a sus espaldas.

-Dime algo que no sepa.

-Necesitaremos algo más que un ejército para detenerles.

-¿Qué propones, pues?

La mujer comenzó a caminar. Daniel escuchó de nuevo los tacones chocar contra el suelo. Se situó frente a él y lo miró fijamente a los ojos. Como siempre, su amiga iba vestida de forma atrevida y, aunque no se viera, estaría armada por todos lados.

-Ellos están formando una alianza con los demonios, lo que solo puede significar una cosa-hizo una pausa para despertar en Daniel la intriga, pero él no se inmutó-tienen algo grande entre manos y temen que sus planes sean frustrados. Eso, o quieren compartirlo con alguien poderoso.

-¿te refieres a Lucifer?

-puede ser.

-¡Eso es imposible! ¡Lucifer está…!

-lo sé, pero no podemos descartarlo todavía.

Daniel suspiró y se volvió hacia el coche donde se encontraba apoyado para apoyar las manos y poder pensar con claridad. Le venían a la mente un sinfín de cosas, su hija, su mujer, su condición de ángel caído, la organización Cazadores de Almas… probablemente no volvería a ver de nuevo a su familia y eso le rompía el corazón en mil pedazos.

-Daniel… ¿Qué propones que hagamos?

Daniel volvió a girarse y la miró fijamente a los ojos. Ella le devolvió la mirada, entendiendo lo que esta le transmitió.

-Si los Cazadores de Almas forman una alianza con los demonios, nosotros formaremos una alianza con los ángeles.

-¿¡Qué!? Antes muerta que aliarme con esa secta.

Daniel la fulminó con la mirada y se calló enseguida. Se produjo un silencio entre ellos y al cabo de unos segundos él dijo:   

-Es la única solución.

-Tiene que haber otra forma. Los ángeles siempre pasan de todo. Nos echaron del cielo, y porque logramos escapar de ese infierno que si no ahora estaríamos mucho peor.

-Ninlil. No olvides que tanto tú como yo fuimos ángeles en otro tiempo.

-Ya ni me acuerdo de eso.

Había comenzado a levantar la voz y Daniel la mandó callar con un gesto. La agarró del brazo y la obligó a agacharse y esconderse detrás del coche. La puerta del local acababa de abrirse y dos personas habían salido al exterior. Iban vestidos de negro y llevaban una gorra, también negra, como si fueran guardas de seguridad.

-Haremos lo que tengamos que hacer. En primer lugar, entraremos ahí-y le contó al oído lo que tenía pensado.

Minutos más tarde los dos se levantaron del frío y húmedo suelo y como si tal cosa, caminaron hacia los dos hombres que se encontraban fumando unos cigarrillos frente a la puerta. Cuando los vieron llegar se sacaron del pantalón unas pistolas y apuntaron hacia ellos con actitud amenazadora.

-¿Quiénes sois? ¡identificaros!

Como ninguno de los dos quiso hablar los hombres apretaron los gatillos. Ninlil no se apartó del campo de visión de los dos hombres.  Continuó caminando, mientras cruzaba los brazos alrededor de la cintura para sacar dos espadas relampagueantes de rojo fuego infernal. Se acercó muy decidida con ellas hasta que estuvo a unos pocos metros de distancia, y de un solo movimiento de los brazos ambas se hundieron con una precisión milimétrica en el traje de los hombres. Acto seguido la sangre salpicó su cara, pero no la importó. Es más, aquello la hacía sentir viva, como una guerrera. Daniel, al contrario que ella, trató de parecer un poco desapercibido ya que al ser un ángel caído podría morir más fácilmente. Cuando los dos hombres estuvieron en el suelo se dispusieron a desnudarles para ponerse sus ropas y poder pasar desapercibidos dentro del local.

Ambos respiraron profundamente antes de entrar. Ella lo hizo primero, escondiendo bien las espadas y su melena negra bajo la gorra.

Caminaron por un largo pasillo y muy, muy sucio. Por él correteaban ratas y otros animalillos y olía a  meado de gato. Daniel y Ninlil llegaron al final del pasillo donde había una puerta.

-¿Qué hacéis ahí?

Como un acto reflejo, ambos se dieron la vuelta y vieron a un hombre vestido no muy diferente que los otros y con el colgante de la estrella de cinco puntas muy a la vista. Ninlil se preparó para sacar sus espadas.

-Llegáis tarde. Los líderes están esperando.

Al oir aquello los dos se tranquilizaron y sus corazones volvieron a latir con normalidad. Volvieron a girarse, y aparentando tranquilidad entraron dentro de la sala donde había una mesa rectangular y cinco hombres sentados.

-Vamos, daos prisa. No tenemos todo el día-dijo el hombre que presidía la mesa. Aparentaba unos 30 años y su sonrisa era de lo más demoledora. Sus ojos parecían inyectados en sangre y sus manos no parecían manos, sino garras.

Daniel y Ninlil se sentaron, todavía sin saber cómo aquellos tipos no les habían reconocido.

-Muy bien ¿ya estamos todos?

Todos asintieron sin pronunciar una sola palabra. Aquel ambiente era siniestro y ponía los pelos de punta.

-Perfecto. Como ya sabéis tenemos pensado formar una alianza con los demonios. Por supuesto todo esto es temporal, nosotros somos perfectamente capaces de llevar a cabo cualquier plan. Pero este, precisamente este, quiero compartirlo con nuestros hermanos.

Como nadie lo interrumpió, siguió hablando.

-Bien. Ayer estuve reunido con uno de los jefes superiores de todo el infierno y está de acuerdo en echarnos una mano. Por lo visto tanto ellos como nosotros tenemos el mismo objetivo; derrocar al cielo.

Uno de los presentes levantó la mano y el otro tipo le dirigió una mirada, indicándole que hablara.

-¿y no nos traicionarán? los demonios son rastreros, mentirosos y aprovechan cualquier oportunidad para…

-Mi querido Hakael. Si uno te traiciona, te lo cargas.

Ninlil hizo todo lo posible por no partirse de la risa cuando escuchó aquello. ¿Es que ese tipo no sabía dónde se estaba metiendo?

-Pero Semyaza.

-¡Pero nada! Si vuelves a preguntar algo tan estúpido te arrancaré el corazón del pecho.

Hakael tragó saliva, y Semyaza paseó la mirada por todos los presentes.

-Bien, si ya no hay más preguntas… Entonces os contaré nuestro plan-y tras decir aquellas palabras mandó llamar a unos demonios que habían venido para traer una maqueta de lo que se suponía iba a ser el plan de los Cazadores de Almas.

Daniel y Ninlil aguardaron en silencio, con el corazón en un puño.  Luego, correrían a contárselo todo a los ángeles.

La puerta trasera se abrió y entraron dos hombres encapuchados con una maqueta cubierta por una sábana gris. Afuera estaba lloviendo por lo que ambos estaban empapados y en la calle se oía el chapoteo de la lluvia.

-Bienvenidos-los saludó Semyaza.

Los hombres asintieron con la cabeza a modo de saludo y uno de ellos se acercó para colocar la maqueta encima de la mesa.

-Caballeros-dijo Semyaza-preparaos para el Nuevo Mundo.

Y Quitó la sábana de encima de la maqueta. Se escuchó un “¡ohhhh!” por toda la sala y Daniel y Ninlil contuvieron la respiración. Aquello era… aquello era el Apocalipsis.

-¿Qué os parece?

Y todos aplaudieron, todos excepto los dos intrusos que se habían quedado paralizados.

Después, Semyaza se dirigió a los dos hombres y se dispuso a presentarlos. Ninlil sabía que no eran humanos, tampoco ángeles caídos, sino demonios. No lo supo por el olor, ya que un demonio no distingue el olor de otro. Lo supo por el porte, la majestuosidad con la que se movían.

En ese momento, los dos se desprendieron de sus capuchas. Ambos tenían el pelo negro, los ojos rojos y una mirada penetrante y mortífera, típica de los demonios. El de la derecha aparentaba unos 18 años y no se inmutó cuando notó todas las miradas de los ángeles caídos en él.

Cuando lo reconoció, Ninlil no supo si reir o llorar, pero no pudo contenerse.

Se levantó con el corazón acelerado y casi a punto de explotar.

-¡Eres tú!-dijo-¡eres tú de verdad!

Daniel se quedó anonadado mirando a su compañera, como si hubiera perdido el juicio, pero para cuando esta se dio cuenta ya era tarde. Los dos hombres más cercanos se acercaron a ella y la agarraron fuertemente de los brazos. La quitaron la gorra y su larga melena cayó a su espalda. Esta vez, Daniel no pasó desapercibido. No vio venir las manazas de aquel tipo que le quitaban la gorra y dejaba su pelo rubio a la vista de todos.

Semyaza sonrió y el resto de los hombres aguardaron en silencio.

-Vaya, vaya, vaya. ¿así que por fín te has decidido a regresar a nosotros?

Daniel no respondió, no porque no quisiera, sino porque añoraba a su familia y quería volver a verlos.

-y has venido con una amiga.

-Ella no tiene nada que ver con esto. Dejadla en paz.

Semyaza rio de buena gana, y los demás con él. En cambio, los dos demonios permanecían serios, como si nada.

-Llevadlos a los calabozos-dijo, dirigiéndose a los dos hombres que les tenían sujetos, después se dirigió a ellos-tengo grandes planes para vosotros.

Y dicho esto los dos fueron arrastrados por los pasillos, les arrebataron sus armas y les arrojaron a unos apestosos y oscuros calabozos.

Al cabo de media hora, la cual se les hizo eterna, Daniel no pudo más y tuvo que preguntar.

-¿Quién era?

-mi hijo-respondió sin mirarle.

-¿Tu hijo?

Ella asintió.

-No lo veo desde que conseguí escapar del infierno. Todo el mundo me creyó muerta y desde entonces no he sabido de él.

-¿y como sabes que se trata de tu hijo?

Esta vez, Ninlil sí lo miró a los ojos y él se conmovió.

-una madre sabe esas cosas.

Entonces se escucharon los cerrojos y apareció en la puerta un hombre con un arma que apuntaba a Ninlil en la cabeza.

-Vamos, preciosa. Acompáñame.

Ninlil y Daniel se miraron por última vez y ella se levantó, con lágrimas en los ojos y su corazón ardiendo por la desesperanza de que no volvería a ver a ninguno de sus hijos.

Cuando la puerta se cerró, Daniel se encogió sobre sí mismo. El próximo sería él, y esta vez no habría escapatoria. No volvería a ver a su preciosa niña, ni a su mujer, a la que amaba.

Cerró los ojos para reprimir las lágrimas cuando la puerta volvió a abrirse y volvió a aparecer el mismo hombre que se había llevado a Ninlil, con una espada de un brillo rojizo con el filo cubierto de sangre.

-Acompáñame-ordenó.

Daniel obedeció. Se levantó lentamente y se acercó a paso lento hacia aquel tipo. Alargó los brazos juntando las muñecas, indicándole que le esposara. El hombre se encongió de hombros y se acercó a él, lo agarró de las muñecas con fuerza y fue a esposarlo. Fue entonces cuando Daniel le rodeó el cuello con los brazos y apretó con fuerza. Sonó un clack, que indicaba que le había roto el cuello. Entonces salió corriendo. Corrió y corrió como no lo había hecho nunca con la esperanza de llegar cuanto antes al lado de su mujer y de su hija. Lo que había visto hoy en aquel lugar debía contárselo cuanto antes a los ángeles. Desde ese momento, estaban en guerra.

      

  CAPÍTULO CINCO

Cuando ya no pudo más se dejó caer de rodillas al suelo y todos los siglos de su existencia cayeron sobre él como losas. No podía tener el estómago más revuelto. Apretó los puños con fuerza clavándose las uñas en la carne. Lo que acababa de suceder se le había incrustado en la mente y cada vez que cerraba los ojos veía el recuerdo de su primera esposa, Mirella, en la imagen de Ninlil, asesinada hace unos instantes por aquellos ángeles caídos. Respiró profundamente antes de levantarse y buscar la facultad de filosofía donde Mihael daba clases a universitarios.

Mihael era un ángel de la segunda jerarquía, una Virtud. Las virtudes son las encargadas de los milagros y en casos extremos son los mensajeros de Dios.

Cuando Daniel se asomó por la puerta todos los estudiantes habían salido ya, y él se encontraba ordenando los exámenes de sus alumnos. Fue directo al grano.

-Mihael-el ángel levantó su mirada celeste de los papeles que había encima de la mesa y clavó sus ojos en él-necesito tu ayuda.

-Daniel-dijo él dejando lo que estaba haciendo-Pensé que no volvería a verte después de lo del diluvio.

-He estado ocupado-respondió Daniel con amargura-fui reclutado por los demás ángeles caídos. Han formado una organización y…

-Sí, algo he oído. Ya desafiaron a Dios una vez, estate tranquilo-y continuó ordenando todo el papeleo.

Daniel, con gesto de fastidio entró dentro del aula y dijo:

-me temo que es mucho peor que eso. Se están fortaleciendo, y pretenden formar una alianza con los demonios, destruir el equilibrio.

Mihael le echó una mirada furiosa y Daniel dio un par de pasos hacia atrás. Antes de su expulsión, Mihael había estado un par de niveles por encima de él, por lo tanto, era su superior. Y sabía reconocer cuando debía callar.

-¡Eso es un disparate! ¡A parte de que es totalmente imposible!

Daniel desvió la mirada. Se sentía molesto e impotente y no sabía cómo explicarle aquella situación.

-Mihael, por favor. Sabes que tengo razón. Los demonios llevan tiempo planeando derrocar al cielo y los Cazadores de Almas se han aprovechado de ello para actuar. Han ideado un plan que en cuanto te lo cuente te dejará helado. Esto es el Apocalipsis. Tienes que llevarme ante la Séptima Orden en seguida

-la Séptima Orden no recibe a cualquiera, y menos a un renegado.

Daniel respiró hondo. Tenía que intentarlo, y contarle a Los Séptimos todo lo que estaba pasando.

-Me he infiltrado en uno de los locales que frecuentan los Cazadores de Almas y he visto con mis propios ojos lo que planean.

Se miraron durante unos instantes. Mihael sabía que tenía razón. Conocía a Daniel. Habían sido amigos en otro tiempo. Aunque de eso ya hacía muchas décadas.

-Está bien. Conseguiré que te reúnas con Los Séptimos. Pero ya puede ser buena tu explicación, porque ya sabes como son.

-Lo sé. Y gracias, te debo una.

Dicho esto, Mihael guardó todos los papeles en una mochila y se la cargó al hombro. Salieron del aula y tras cerrarla con llave juntos fueron a alertar a los siete príncipes del Reino, más conocidos como los arcángeles, del plan que los ángeles caídos y los demonios estaban llevando a cabo.  

 

Más tarde,  Mihael y Daniel llegaron al lugar dónde se habían de reunir con los Séptimos. Mihael  había contactado con ellos, pero solo cuatro habían aceptado su petición urgente.

Habían quedado en una casa abandonada, para no levantar sospechas. Daniel entró solo, se despidió de su antiguo compañero y respiró hondo.

Los cuatro príncipes que habían acudido a su llamada no se mostraron amenazantes. Se encontraban los cuatro plantados en medio de la casa, totalmente a oscuras. Casi no se les distinguía, pero como por obligación, Daniel se arrodilló al instante cuando ellos se dieron la vuelta.

-¡Levántate!-ordenó una voz grave y severa y él obedeció.

Al principio se mantuvo callado pero consiguió mirarles a la cara e intentar no parecer asustado, que no lo estaba, pero sí un poco nervioso.

-Cuánto tiempo, Daniel-dijo una voz de mujer, tan hermosa como los cantos de las sirenas que cuentan las leyendas, y la belleza de su rostro era cautivador e inigualable.

-Qué es lo que tenías que contarnos, que era tan urgente e importante-dijo una voz masculina, diferente a la primera.

Entonces la luz comenzó a filtrarse por una de las ventanas, iluminando a los cuatro personajes que había frente a él. El primero iba vestido con una túnica de tela de color rojo, con muñequeras del mismo color que le cubrían todo el antebrazo y un cinturón muy ancho y dorado con letras ininteligibles. A su espalda llevaba colgado una espada y unas flechas y en las manos un arco. Su carcacterístico resplandor violeta lo delataba. Era Zadkiel, el arcángel de la transmutación. La mujer que iba a su lado, era inconfundible. Pelo rubio como el oro, alta, ojos celestes, bella como la aurora, vestida con un traje blanco y sandalias. Gabriella, a la que muchos mortales (equivocádamente) conocían como Gabriel, arcángel de la maternidad, la belleza y el arte, rodeada por un precioso resplandor blanco.

Daniel dirigió su mirada hacia el tercero, que vestía con una túnica marrón adornada con objetos plateados y unas sandalias de romano y llevaba una cinta en la cabeza cubriéndole su largo pelo castaño. Era  Jofiel, arcángel de la sabiduría divina y portador de la energía amarilla. Tenía una espada muy larga colgada de la cintura. Por último, el cuarto era Uriel, el arcángel de la curación de enfermedades y suministro de paz, que vestía también con una túnica, aunque dorada de un solo tirante y unas sandalias. Llevaba dos espadas colgadas a la espalda y sus alas, al igual que él mismo, resplandecían de un color oro-rubí.

-¿Y bien?-inquirió saber Zadkiel.

Daniel no sabía por dónde empezar. Los miró uno a uno consecutivamente hasta que decidió tomar aire y empezar su relato por el principio.

-Los demonios nos declararon la guerra-dijo, pasando por alto que aquello ya lo sabían-y los ángeles caídos se han aprovechado de eso para hacerse más fuertes y destruir todo cuánto nos rodea.

Jofiel arqueó una ceja y él y Uriel se miraron.

-Ya estamos al corriente de los planes de nuestros enemigos-replicó Uriel con voz seca-pero, suponiendo que llegaran a intentarlo, no tienen la más mínima posibilidad de derrotar al cielo.

-Con todos mis respetos, Uriel-dijo Daniel, ignorando el respeto, aunque ya no era necesario puesto que ya no pertenecía a su mundo-eso era antes. Si vierais lo que nosotros hemos visto…

Entonces se calló de inmediato al darse cuenta de lo que acababa de hacer. Había hablado en plural lo que significaba que tendría que hablarles de Ninlil, un demonio. Eso podría complicar bastante las cosas.

-¿Tú y quien más?-preguntó Jofiel con una dura y fría mirada.

-Ninlil-dijo él sin rodeos-nos infiltramos en…

-¡un demonio!-era la voz  de Uriel-¿pretendes burlarte de nosotros?

-En absoluto. Solo quiero impedir que cumplan sus objetivos.

-Ese no es tu problema.

-¡No, es el vuestro! ¡pero no puedo permitir que os quedéis de brazos cruzados sin hacer nada!-gritó Daniel olvidando delante de quién estaba. Los cuatro le miraron extrañados.

Gabriella era la única que no parecía enfadada. Dio un par de pasos adelante y le dijo:

-Comprendo tu frustración, Daniel, pero si el problema es tan grave como dices, poco podremos hacer nosotros.

Apretó los puños con fuerza, pero poco a poco se fue tranquilizando. Gabriella no era como los otros arcángeles. Ella siempre solía ponerse en el lugar del otro, incluso a veces se podía atisbar en ella una pizca de humanidad, algo que el resto no poseía.

-¿y qué hacemos? ¿Dejamos que la oscuridad nos devore poco a poco? Me niego a rendirme. Tengo una mujer y una hija. Prometí protegerlas con mi vida.

Daniel estaba que se salía de sí. Zadkiel le dirigió una mirada que helaría la sangre a cualquiera.

-Les protegerías mejor si estuvieras con ellos.

-¿Qué quieres decir con eso?

-quiero decir que vuelvas a casa. Nosotros haremos lo que tengamos que hacer.

Daniel tuvo ganas de estrangularle. El mundo, a punto de acabarse y ellos ignorando la realidad. Miró a Gabriella por última vez y se dio la vuelta para marcharse. Si ellos no hacían nada, regresaría a casa y protegería a su mujer y a su hija como es debido.

 

 

En ese mismo instante, al otro lugar de la ciudad

 

-¡Nos han encontrado!-gritó Penélope fuera de sí. Cogió a su hija pequeña en brazos mientras empujaba a la mayor con el otro para que se diera prisa.

Aquello era un caos. El enemigo había logrado destruir las defensas que se suponía estaban cubriendo aquel lugar, y niños de todas las edades corrían en todas las direcciones.  Aquello era demencial. Penélope divisó una salida de emergencias a lo lejos y corrió a por ella cuando Katherine se soltó de su mano y se perdió entre la multitud.

-¡Me he olvidado una cosa!-fue lo último que gritó.

-¡Kat!-gritó su madre dándose la vuelta, pero su hija ya había desaparecido. Miró en todas las direcciones pero no la vio por ningún lado. Se acercó al hueco que había debajo de las escaleras y dejó a Lilian en el suelo.

-Quédate aquí, cariño. No te muevas-dijo y corriendo como si le fuera la vida en ello subió las escaleras de tres en tres hasta llegar al piso de arriba.

En la habitación donde se habían alojado, Katherine buscaba un colgante muy preciado para ella, sin tener mucho éxito, y sin saber que acababa de entrar alguien por la puerta. La chiquilla se dio la vuelta y lo miró a los ojos. Aquel hombre, de apariencia normal pero con una mirada mortífera, sostenía un cuchillo con el filo ensangrentado en la mano derecha.

Ella continuó mirándolo, sin inmutarse. Como si no tuviera miedo de la muerte. Poco a poco, el hombre bajó el cuchillo y como si nada hubiera pasado, se marchó.

Penélope entró escopetada en la habitación, tropezándose con la alfombra, y zarandeó a su hija por su insensatez.

-¡Estás loca! ¡Casi me matas!-Había lágrimas en sus ojos, pero cuando comprendió que aquel no era ni el momento ni el lugar, la agarró fuertemente de la mano y juntas bajaron rápidamente las escaleras. Pero cuál fue su horror y su miedo cuándo Penélope descubrió que Lilian no estaba dónde la había dejado. Su corazón se detuvo.

-¡Lilian!-gritó con la voz quebrada por el pánico-busca a tu hermana Kat.

No lo hizo. Katherine solo se limitó a observar a su alrededor cuando tiró de su camiseta para llamar su atención. La mujer se giró hacia ella y siguió la mirada hacia donde se dirigía su dedo. Allí estaba Lilian, hablando con un completo desconocido. No se le veía la cara, pero estaba claro que no era humano. Ahora sí, Penélope palideció. Trató de gritar pero de su garganta solo salieron balbuceos.

El desconocido, vestido con una chaqueta de cuero y unos pantalones vaqueros desgastados, de cabello negro y ojos rojizos, se arrodilló frente a la pequeña y se introdujo la mano en el bolsillo. De él sacó un colgante que le puso en el cuello con extrema delicadeza. A continuación, se acercó a ella y le susurró algo al oído. Después de esto, Penélope no pudo más, soltó a Katherine de la mano y gritando una retahíla de insultos a aquel tipo y comenzó a dar zancadas hacia él. Aquel se levantó de inmediato, y desapareció detrás de una puerta. Lilian se acercó corriendo a su madre, la cual la abrazó con fuerza.

-¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño?-La niña negó con la cabeza-¿Qué te ha dicho mi amor?

La mujer contempló el colgante que su hija llevaba en el cuello, una especie de rueda que sostenía un reloj de arena dentro.

-Volveremos a vernos.

La mujer palideció. Sintió que se le revolvía el estómago. El ruido del gentío, de los chillidos de los niños en todas las direcciones comenzaba a marearle. De momento, su prioridad era salir de allí, por lo que volvió a coger a su hija en brazos, y le hizo señas a Katherine para que caminara hacia la salida de emergencias.

Cuando llegaron a la puerta, Penélope miró hacia atrás una última vez. Sentía pena por esos pobres niños sin hogar, que eran víctimas de aquel plan malvado del enemigo, fuera cual fuese. Por lo menos, sus dos hijas seguían intactas.      

 

CAPÍTULO SEIS

 

Cuando llegó al lugar donde había dejado a su familia se encontró con todo destruido. Los cadáveres de los niños se apelotonaban en el suelo con sus pequeños cuerpecitos completamente irreconocibles. Olía a humo y cenizas, junto con sangre chamuscada y carne putrefacta. Daniel empezó a temer por la vida de su hija y se tiró al suelo a rebuscar entre los cadáveres por si reconocía a alguno. Las lágrimas que habían comenzado a aparecer en sus ojos no le permitían ver nada. Solo podía pensar en que había fallado como padre. De su garganta salió un grito de agonía. Sentía tanto dolor en ese momento que no pudo continuar inspeccionando a los cadáveres por miedo a encontrar allí a Lilian. No lo soportaría.

Entonces vio una silueta negra plantada en mitad de aquella carnicería. Entrecerró los ojos para agudizar la vista. Era él. Lo conocía. Habían tenido una extraña conversación tiempo atrás. Miraba al suelo con detenimiento y luego lo miró a él a través de sus ojos color avellana. Después desapareció sin dejar rastro. Daniel se quedó quieto, sin saber qué hacer. Tragó saliva y comenzó a caminar intentando no pisar a los niños, unos encima de otros. Se detuvo justo donde había estado aquel tipo y cayó en la cuenta de que debajo de unos cuantos escombros se encontraba alguien. Daniel se arrodilló por inercia y quitó las piedras.    

-Padre Bartolomé-dijo Daniel tratando de levantarle. Aún estaba vivo, pero tenía una herida muy fea en el vientre. Si aún fuera un ángel quizá habría podido hacer algo, pero con sus poderes tan limitados de ángel caído poco podía hacer él. Hacer milagros no, desde luego. El sacerdote abrió los ojos y miró a Daniel. Tosió varias veces, y apretó con fuerza su mano.

-Destruyeron las defensas-dijo a duras penas-demonios por todas partes. Pocos se han salvado.

Volvió a toser. Daniel lo zarandeó, histérico.

-¿¡Dónde están ellas!?-exigió saber-¿¡están a salvo!?

-Sí-repuso él-han huido al bosque.

Se recostó sobre el suelo y Daniel observó como el padre Bartolomé echaba su último aliento. Apretó los dientes con fuerza y juró que no dejaría que nadie hiciera daño a su familia. Echó a correr lo más rápido que le permitieron sus piernas, saltando cadáveres y escombros de la escuela completamente derruida. Daniel estaba fuera de sí. Agarró el pomo de su espada; técnicamente solo los ángeles y los demonios poseen ese tipo de armas, pero él siempre fue diferente.

Saltó una rama que sobresalía del suelo y cayó a varios metros de distancia. Continuó corriendo con la esperanza de encontrar pronto a su familia.

Sin embargo, sus instintos le decían que alguien le estaba observando. Se detuvo con los nervios agarrotados y esperó unos instantes, escuchando atentamente. De repente, se echó hacia atrás, sin despegar los pies del suelo justo a tiempo de ver pasar una bala a pocos centímetros de su cara. Esta se estrelló contra el tronco de un árbol y Daniel se volvió hacia Araxiel, que le apuntaba con una pistola.

-Di, adios, Daniel-dijo él, a punto de apretar de nuevo el gatillo.

Daniel sonrió y observó que había una rama pesada y suelta encima de su cabeza. Se le ocurrió una idea.

-Adios, Araxiel-y lanzó su espada a modo de boomeran y el filo cortó la rama cayendo de lleno sobre su oponente.

Daniel alcanzó la espada al vuelo y echó a correr antes de que el otro se levantara. Sin embargo, no vio venir a Amudiel que descendió del árbol con un cuchillo bastante grande y afilado. No era celestial ni demoniaco pero suficiente para matar a un ángel caído si lo hacías bien; cortándole la cabeza o descuartizándole, por ejemplo.

-¿A dónde te crees que vas?

Daniel no respondió. Todavía recordaba el día que mató a Mirella y le guardaba mucho rencor.

-Te voy matar-dijo, sin rodeos Daniel.

-Pues deberías haber practicado.

-Cuando te arranque los brazos y las piernas del resto de tu cuerpo dejarás de subestimarme, Amudiel.

Amudiel rió y con un grito aterrador se lanzó a por él con el cuchillo por delante. Daniel lo esquivó sin problemas.

-No os saldréis con la vuestra. Esta vez no.

Amudiel sonrió. Esa sonrisa molestó a Daniel que agitó su espada, histérico para ver si en algún movimiento acertaba en su cuerpo. Amudiel esquivó todos sus movimientos.

-¿Todavía te crees un ángel?-le preguntó, sarcástico, señalando la espada que Daniel sostenía en la mano.

-¡cállate!-le lanzó una estocada directa al corazón, pero su oponente la esquivó, eso sí, tropezándose con las ramas secas del suelo. Eso dio ventaja a Daniel para salir corriendo en busca de su hija. Amudiel se incorporó, cogió su cuchillo del suelo y caminó en la misma dirección. Lentamente. Observó como lo perdía de vista.

Mas adelante, Daniel se apoyaba en un árbol, exhausto. No envainó su espada, por si acaso. Divisó una casita de madera muy escondida entre los arbustos y se dirigió hacia allí. Llamó a la puerta.

-¡Penélope! ¿Estás ahí?-no hubo respuesta-¡Lilian!

Cerró los ojos, mareado. Abrió la puerta de un empujón y encendió la luz, casi a punto de fundirse. Había una cama en el centro de aquel lugar, sin sábanas, solo el colchón. A la izquierda, un baño, muy sucio y a la derecha la cocina. En los cajones no había ni cubiertos, ni platos ni nada. Parecía una casa fantasma.

Daniel se apretó las sienes, temiéndose lo peor.

-Hicimos un trato-susurró-¡hicimos un trato!

No hubo respuesta. Todo seguía en un absoluto silencio.

-No puedes llevártela-dijo con voz quebrada y lágrimas en los ojos.

Se sentó en la cama durante unos segundos que a él le parecieron décadas y lloró en silencio.

-No lo he hecho-dijo una voz a su espalda. Daniel se levantó sobresaltado y miró a aquel individuo a los ojos.

-¿Dónde está?

-en lo más profundo del bosque.

-Hicimos un trato-repitió Daniel, ya más calmado.

-El trato no será válido si ella se opone.

-No lo hará-respondió, convencido.

-Entonces no hay más que hablar-y desapareció.

Daniel se quedó solo en aquel lugar. Durante unos minutos estuvo sentado en la cama, pensativo, hasta que el ruido de unos pasos fuera lo alertaron de que estaba en peligro. Cogió su espada y la agarró con fuerza. Si iba a morir, sería luchando. Se quitó la camiseta con desdén y la tiró a un rincón. Aún continuaba llevando el pentagrama alrededor de su cuello. No sabía cómo aquel objeto había vuelto a su poder. Era símbolo de todo lo que odiaba y despreciaba.

El pomo de la puerta comenzó a girarse y Daniel sintió que el corazón se le encogía.

Sin embargo, no supo si sentirse aliviado o molesto cuando fue Elías el que entró por la puerta y no los ángeles caídos.

-Elías.

-Daniel. No tenemos mucho tiempo-dijo él, con tono inquieto.

-¿Para qué?

-para huir. Tu familia está en el bosque. Las he escondido bien en lo que te encontraba.

Daniel no lo dudó. Se moría por abrazar a Lilian y a Kathe, que, aunque no fuera su hija, la quería igual. Y se moría por besar a Penélope. Quería acabar con esos malditos ángeles caídos que no habían dejado de molestarle desde el día que decidió elegir su destino. Sin embargo…

-¿Cuánto tiempo tenemos?

-lo justo. Démonos prisa.

Daniel asintió con la cabeza. Envainó su espada y respiró profundamente. Elías fue delante. Miró a ambos lados antes de salir y le hizo señas para advertirlo que de momento no había peligro. Había comenzado a llover, pero no eran unas simples gotitas, sino a lo bestia. Se precipitaba una tormenta. 

A penas habían dado un par de pasos, cuando en dirección contraria se escucharon las voces de Amudiel, Araxiel y Asbeel.

-¡Vamos!-apremió Elías cuando Daniel se detuvo.

Odiaba lo que estaba a punto de hacer, pero debía hacerlo.

-no-dijo, rotundo.

-¿Qué?

-no puedo. Ellos nunca dejarán de perseguirnos. Si no es ahora, será mañana, pero tarde o temprano tendré que enfrentarme a ellos.

Elías lo miró con detenimiento y por un momento vio al ángel que una vez había conocido.

-cuida de ellas.

Elías quería impedírselo, pero sabía que debía dejarle. Sabía que ese había sido su destino desde el principio.

-lo haré-respondió el ángel entristecido y se dio la vuelta para marcharse.

-¡Elías!-justo cuando se volvió de nuevo, le lanzó el pentagrama y el otro lo cogió al vuelo.

-Quiero pelear como lo que soy, no como lo que fui.

Elías asintió y agarró aquel símbolo demoníaco entre sus dedos. Daniel se estaba sacrificando por salvar a su hija de lo que algún día sería inevitable.

CAPÍTULO SIETE

 

Cuando lo vio llegar, Penélope se sorprendió al no ver a su marido junto a él. Corrió hacia Elías y lo zarandeó.

-¿Dónde está Daniel?-chilló, fuera de sí-¿Dónde está?

Elías no respondió. Lo único que pudo hacer era abrazarla y susurrarle al oído que todo iba a salir bien.

-No-cayeron los dos en la hierba mojada envueltos en un abrazo. Ella lloraba-:no… Daniel… no, por favor…

Elías cada vez la abrazaba más fuerte y ella sentía que el vacío de su pecho se convertía en un agujero negro. Todo a su alrededor desapareció. La lluvia cada vez caía con más fuerza empapándoles. No sabía cómo iba a cuidar de sus hijas ella sola. Se veía totalmente incapaz. Pasó sus brazos alrededor de la cintura del ángel y le apretó contra ella.

-Penélope, escúchame-ella no respondió. Se encontraba aturdida por las circunstancias y por tanta presión.

-protegeré a tus hijas, te lo prometo. Y a ti también. No dejaré que nadie os haga daño.

Le apartó un mechón suelto de la cara. Ojala pudiera hacer algo para calmar su dolor, pero su poder no alcanzaba a tanto. Si hubiera podido habría ayudado a Daniel, pero aquello era algo que debía hacer solo. Él ha elegido su camino. Ha elegido morir a cambio de la vida de su familia. 

-¿Dónde están?

-escondidas-respondió ella sin mirarle a la cara.

-Vamos-la ayudó a levantarse del suelo-os llevaré a un lugar seguro.

No les importaba que estuviera lloviendo a cántaros, solo deseaban llegar cuanto antes al lugar donde se encontraban las niñas para protegerlas de este mal tiempo.

Llegaron a un círculo de árboles con una redondez perfecta y avanzaron hasta llegar a un hueco que había en unos arbustos a modo de cueva. Antes de llegar, Katherine se abalanzó hacia su madre.

-¿Estás bien, cariño?-su hija asintió sin decir nada y ella trató de esconder su malestar. Penélope se acercó al escondite y se inclinó.

-Cariño-Lilian la miró con ojos tristes-tranquila, estás a salvo.

La cogió en brazos para tranquilizarla y protegerla de la lluvia. La pequeña estaba empapada.

-Tengo miedo ¿Dónde está papá?

Su madre no respondió. Grandes lagrimones comenzaron a surcar sus mejillas pero gracias a la lluvia no se notaron.  

-Penélope-la llamó Elías a su espalda-De momento estáis a salvo.

-Gracias Elías, pero…

-Toma.

Elías se acercó a ella y le entregó el pentagrama de Daniel; la estrella de cinco picos.

-Daniel nunca estuvo orgulloso de ser un cazador de almas. Por eso se despidió de esa organización. Aun así quiero que tengas su medallón. Quiero que se lo entregues a tu hija cuando tenga edad para valerse por sí misma.

-No sé si Lilian comprendería…

-Tu hija va a ser muy valiosa en esta partida. Tú eres su madre y depende de ti educarla como lo que es. Ambas estaréis protegidas. Pero solo será temporal. Algún día vendré a llevármela. Y cuando eso suceda, debes dejarla marchar.

Penélope bajó la mirada y un par de lágrimas descendieron por sus mejillas. Todavía no le cabía en la cabeza a lo que su hija tendría que enfrentarse.

-¿Cuándo será eso?

-Dentro de trece años. Tienes que estar preparada, pues también enviarán a un demonio para llevársela al lado oscuro.

Penélope suspiró y giró la cabeza para mirarlo. Se quedó callada un instante, luego dijo:

-llévanos a ese lugar seguro que decías antes.

 

Horas más tarde, cuando la lluvia había amainado, por fin pudieron estirar las piernas. Penélope permaneció en silencio durante un largo rato, incluso cuando Elías les mostró la casa en la que iban a vivir a partir de ahora.

-Aquí estaréis bien-dijo el ángel-a partir de ahora quiero que llevéis una vida normal.

-¿Cómo podríamos llevar una vida normal después de todo lo que nos ha pasado?

-Pues tendrás que hacerlo. Lilian no puede saber de lo que es capaz. No antes de tiempo. Apúntala a una escuela, que haga amigos, no le hables de nada que tenga que ver con todo esto. Ah, y por supuesto, si ves algo raro en ella, no lo menciones.

La mujer asintió y observó a su hija pequeña cada vez más asombrada por aquel lugar, y por la casa en la que iban a vivir. Elías la llamo y ella se acercó corriendo. Entonces fue cuando se percató del colgante que tenía alrededor del cuello; un ave fénix con las alas extendidas. Lo cogió con delicadeza y lo estuvo observando durante bastante rato.

-¿de donde habéis sacado esto? ¿y por qué lo tiene Lilian alrededor del cuello?

-Ah. Un tipo se lo dio mientras huíamos de la escuela. Lo había olvidado. ¿Por qué? ¿Sabes que es?

Sí lo sabía. Por eso mismo se había puesto pálido. Elías cogió el colgante y lo sostuvo en su mano mientras lo observaba. Aquello era muy extraño y sabía perfectamente a quién pertenecía y lo que significaba. Cerró los ojos y a continuación lo enterró en el jardín, a mucha profundidad. 

-Si volvéis a ver a ese tipo… huid-dijo. Penélope no se atrevió a preguntar. Lilian estaba agachada sobre la hierba, arrancando las flores que había, formando un ramillete y Katherine estaba sentada en el escalón delante de la puerta. Sonrió. No sabía por qué. Quizá porque sus hijas estaban bien. Porque por fin podrían vivir tranquilas.

-¿Qué va a pasar ahora?

-Le borraré la memoria-dijo Elías con decisión.

-¿por qué?

-es preciso que no recuerde nada de lo que ha sucedido. Solo lo que vendrá después. Y que el destino decida.

Antes de marcharse, Elías echó un último vistazo a las niñas y suspiró. Se despidió de Penélope con un beso en la mejilla y ella se quedó pensativa con el pentagrama en la mano, acariciándolo.

Daniel no volvería, y ella lo sabía. Antes de conocerle nunca pensó que se enamoraría de un hombre como él, de un ángel caído. Ahora, no podía imaginar otra cosa, ni soñar con volver a entregar su corazón.

En cuanto entraran en la casa, guardaría el pentagrama donde nadie pudiera encontrarlo jamás. Sin embargo, no tenía el valor para deshacerse de él, y mucho menos, de llegar algún día a entregárselo a su hija. Aún así, tenía la certeza de que lo conservaría para siempre. Aquel objeto, era un pedacito de lo que ella más había amado.     

 

                                                                FIN

 

Si deseáis saber más sobre la vida de Lilian, aquí os dejo mis blog: 

http://losangelestambienpuedenamar.blogspot.com/ saga almas perdidas (encontraréis toda la información sobre el libro (resumen, dónde comprarlo, y pronto subiré las descripciones de los personajes con varias imágenes

http://elmanuscritodeariadna.blogspot.com/ la página escrita (aquí encontraréis varios relatos míos y una sección solamente para el lector, donde podéis escribir sugerencias, ideas e incluso algunas historias)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         

 

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Este relato no tiene comentarios
  • Este relato no tiene valoraciones
  • Este poema lo creé para un concurso de mi instituto, ya que el tema de ese año era´el maltrato a la mujer.

    Un ángel caído llamado Daniel desafió a las fuerzas del bien y del mal al elegir su propio destino. Ahora, es un renegado que huye de su pasado y que intenta proteger a su hija de un futuro al que está predestinada.

    ; )

    ""

    Samantha es una chica enamorada de un chico que la mira pero no la ve. Ella cree que eso se debe a que es fea, solitaria y gorda. Pero Sam no se da cuenta de que solo es su reflejo lo que hace que su vida sea un infierno.

    Lisie tiene trece años, perdió a su hermana gemela cerca de la costa y se siente culpable de lo ocurrido. Según Lisie, sus padres la culpan y ella no hace otra cosa que desear desaparecer. Quiere recuperar a su hermana, para ello deberá adentrarse en el mundo a contrarreloj, un lugar fuera de los límites de la realidad, construido por cada pedacito de sueños rotos, de aquellas personas que no saben sanar las heridas de su corazón. No será tarea fácil, puesto que Lisie no entiende las fronteras que hay entre la vida y la muerte. Chénakon, el duende guía, le enseña a manejar los relojes y a no descuidar las agujas. Para ello, le da a entender una frase de la cual tienden los sueños, antes de comenzar el viaje, donde el tiempo, es leyenda: A veces los sueños se convierten en pesadillas, las pesadillas en realidad, y la realidad, no siempre es lo que nos envuelve.

    Este libro es el cuarto de cinco que estoy escribiendo. "NO SOY COMO TÚ" "CONSUMIDOS POR EL DELIRIO" "CUENTA HASTA DIEZ" "SI AMANECIERA SIN TI" "CHICOS CONTRA CHICAS" Voy por el segundo pero como veis ya lo tengo todo en la cabeza. En teoría es un libro de drama pero este es solo el primer capítulo. Ahí va el resumen: Javier y Matías han logrado superar parte de sus diferencias y ahora conviven como si se conocieran de toda la vida. Sin embargo, Matías aún no está acostumbrado a su nueva vida y todo cambia cuando conoce a Ainoa, una guapísima chica de la que se enamora rápidamente. Su vida da un giro de 180 grado cuando se ve obligado a elegir entre la vida que siempre quiso o la que quiere ahora. Pero el tiempo se acaba. Por otra parte, Jannie ve peligrar su relación con Hector cuando este se va a Londres a continuar allí su carrera como solista y músico de la mano de su manager, una guapísima chica que no deja de sorprenderle. Jake se vio obligado a regresar junto a Janette al darse cuenta de que la seguía queriendo y más después de haber tenido un hijo con ella siendo ambos tan jovenes, nada más y nada menos que 17 años. ¿Será Maia capaz de sentar la cabeza y mantener una relacion duradera? ¿Y su hermano Ivan, logrará olvidar a Jannie e ignorar el odio que siente hacia Hector? ¿O aprovechará el momento para recuperarla?

    Después de conocer el mundo mágico de Evania y la historia de los doce reinos, Michelle se prepara para lo peor cuando, después de la advertencia de Eko de no acercarse a Los Humaru, esta les pide un deseo. La chica tendrá que enfrentarse a la posibilidad de poder salvar Evania y encontrar al unicornio: totalmente ciega y con la suerte en su contra.

    Otra vez ese sueño. Ainara ha vuelto a soñar con él. Un sueño que cada vez está más lejos de la realidad. Alex es un guapo camarero que desde niño, sueña, con cnvertirse en músico. La única posibilidad que ve Ainara para que Alex se enamore de ella, aunque eso suponga arriesgarse a perderlo para siempre, es apoyar su carrera. Sin embargo, hay dos problemas que entorpecen el camino de Ainara: Uno, es la diferencia de edad. Y el otro, se llama Sara.

    Michelle acaba de cumplir los quinces años, un día perfecto para saltarse las normas. Vive al lado de un pequeño bosque, que rodea su casa, y dado que no tiene muchos amigos decide ir a la civilización. Teniendo en cuenta que para ello ha de atravesar la traicionera naturaleza. Lo que Michelle no sabe es que está a punto de hallar un gran secreto. Un secreto que el bosque guardó durante décadas y no se descubrió jamás. Hasta ahora

  • 11
  • 4.36
  • -

Solo sé que no sé nada

Tienda

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
19.09.18
25.05.18
Encuesta
Rellena nuestra encuesta