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6 min
El retiro
Humor |
28.09.15
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Sinopsis

Un cómico se aísla en las afueras de la ciudad para renovarse. Su retiro se ve importunado por una vecina y no sabe como librarse de ella. Al final, su perrita Osi le da la idea de como hacerlo.

El retiro
Autor: Felipe Molina Molina


Ambrosio Santaella Riquelme no quiso continuar con el oficio que su padre mantenía desde generaciones anteriores. Su bisabuelo había fundado en el año 1901 la empresa de pompas fúnebres “Funeraria Santaella, para toda la eternidad”. Cuando Ambrosio Santaella Riquelme cumplió los 18 años, al finalizar un almuerzo, mientras tomaban como postre un arroz con leche quizá algo falto de canela, comunicó al resto de la familia con cierto énfasis y golpeando con la cucharilla la copa para solicitar su atención, que había decidido hacerse cómico. Su padre se atragantó con el arroz con leche que acababa de llevarse a la boca y lo espurreó con la tos al resto de los comensales.


En la semana siguiente Ambrosio realizó las siguientes modificaciones en su persona y hábitos: Se cambió el nombre de Ambrosio Santaella Riquelme por el de Rodolfo Sandunguero y así lo llamaremos a partir de ahora. Se dejó crecer bigote y barba. Se compró un sombrero horrible de color verde que llevaba siempre puesto. Por último, adoptó una perrita negra que no pesaba más de seis kilos a la que puso por nombre “Osi” y de la que nunca se separaba.


Rodolfo Sandunguero, con el tiempo y con fuertes dosis de ingenio, humor y paciencia, fue ganándose la confianza y la fidelidad del público que era cada vez más numeroso. Aumentó su caché y se fue haciendo de una pequeña fortuna. Sus chistes, neologismos y monólogos se repetían de boca en boca durante bastante tiempo. Se especializó precisamente en eso, en los monólogos y fue en el programa televisivo de “El club de la comedia” donde lo pudimos ver en varias ocasiones.


Rodolfo Sandunguero vivía contento y satisfecho de sí mismo. La vida era de color rosa para él. Era capaz de transmitir a quién lo acompañara en el momento, aun sin proponérselo, esa alegría y optimismo que lo desbordaba. Y parecía que su perrita Osi fuera la más receptiva a esos sentimientos.


Pero fue a raíz de un episodio de fiebres que quedaron sin diagnosticar cuando Rodolfo Sandunguero empezó a “perder fuelle”. Opino yo que algo tuvo que
influir el hecho de que su pareja lo hubiera abandonado unas semanas antes –lo dejó por un mofletudo y rubicundo actor televisivo de tercera categoría–, pero Rodolfo Sandunguero insistía en que este suceso no lo había afligido en lo más mínimo (“Vamos, que ni me ha rozado” decía quitándole importancia al hecho), y seguía achacando su declive a las fiebres misteriosas y al inepto médico que no supo tratarlas. El caso es que, sus chistes se volvieron más insulsos. Sus monólogos no tenían la chispa de antes, eran menos incisivos. Lo aplaudían cada vez menos. Conservó a “su público” durante unos meses pero, al fin comenzó a perderlo también.


Pese a los numerosos intentos y muchos esfuerzos por ajustarse a los gustos “del exigente público”, una noche, en mitad de la actuación, empezaron a silbarle y a abuchearle. Rodolfo Sandunguero se aproximó al borde del escenario y, levantando la voz, se dirigió a la escasa concurrencia diciéndoles: “O paráis de silbar y comenzáis a aplaudir ahora mismo o lo repito todo”. Fue el último aplauso que oyó.


Pensó que tenía que reiniciarse y decidió aislarse en una casa apartada que se había comprado junto a un riachuelo lejos de la ciudad. La casa más próxima a la suya estaba a más de 600 metros de distancia. A la entrada del jardín había quedado un ajado cartel que ponía: “Cuidado con el perro”. Seguramente lo había dejado el antiguo propietario. Como era de esperar le acompañaba su perrita Osi que también parecía contagiada de languidez. Confiado en que ese retiro le devolvería en pocos días la salud humorística, se disponía a cenar una empanada de berberechos con un poco de albariño, cuando sonaron unos golpes, -un, dos, tres-, en la puerta. Algo sorprendido, la abrió para encontrarse con una mujer menuda, que aún no había perdido por completo su lozanía y quien, sin darle tiempo a sobreponerse, comenzó a atosigarlo con bienvenidas y ofrecimientos de vecindad. Le confesó que, al verlo llegar, enseguida lo reconoció y se dijo que no podía perder la oportunidad de “disfrutar” (así, con esa palabra) de su cercanía y de sus ocurrencias chistosas. Rodolfo Sandunguero se excusó y le confió que había venido a descansar, poniendo más acento en lo de descansar y cerrando, casi con grosería, la puerta. Pero de poco sirvió este gesto pues la visitas de la vecina se repetían una noche y otra, con el consiguiente fastidio de Rodolfo Sandunguero que intentó adiestrar a Osi para
que ladrara a la vecina inoportuna cada vez que la tuviera cerca. Solo consiguió de Osi leves gruñidos a la mujer que esta se tomaba como un cariñoso recibimiento. Abrumado por la situación, Rodolfo Sandunguero culpaba a Osi de no saber frenar los asaltos a su soledad que cada noche, e incluso alguna tarde que otra, sufría por parte de su vecina. A gatas, trataba infructuosamente de enseñar a Osi como se ladraba con energía y enseñando los colmillos.


Una noche, desesperado ante la proximidad de la visita, vigilaba desde la ventana la inminente llegada de la mujer, con la esperanza de que una súbita inspiración le diera el método para librarse de sus males. Cuando ya la luz solo le permitía adivinar que su suplicio se estaba acercando por el sendero que conducía a la casa, se le encendió una luz en la mollera y salió corriendo antes de ser delatado por la proximidad de la vecina. Se agazapó oculto por el follaje a la entrada del jardín, donde estaba clavado el cartel de “Cuidado con el perro”, y cuando la incauta mujer estaba ya a su alcance, se le abalanzó a las pantorrillas ladrando enérgicamente y tirándole una fuerte dentellada que la dejaría marcada por un buen tiempo.
Despavorida, con el vello erizado y dando gritos de “¡¡Socorro, auxilio!!” la pobre mujer salió corriendo, lanzando al aire un bizcocho que traía en una cesta y que cayó, destrozándose en mil pedazos, al suelo.


A la mañana siguiente, muy de temprano, Rodolfo Sandunguero añadió un “Muerde” bien grande al cartel de “Cuidado con el perro”. Pensó que a partir de entonces podría ensayar el humor negro en sus actuaciones y se alejó sonriendo

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  • El protagonista ya estaba predestinado al humor negro desde el principio dado que se dedicaba al negocio de pompas fúnebres.
  • Un cómico se aísla en las afueras de la ciudad para renovarse. Su retiro se ve importunado por una vecina y no sabe como librarse de ella. Al final, su perrita Osi le da la idea de como hacerlo.

Siempre me ha gustado escribir. Quizá me viene de familia. Ahora tengo tiempo de sobra y me dedicaré con más energía a dicha tarea

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