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6 min
El retrato
Terror |
13.05.15
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Sinopsis

Amo..

“Soy cada pesadilla que has tenido. Soy tu peor sueño hecho realidad. Soy todo aquello de lo que alguna vez has tenido miedo.”

It (1990)

 

Una gota, y otra, y otra.

Fue entonces cuando se abrieron las puertas del cielo.

El viento aullaba con fuerza, y, junto a la lluvia que caía salvajemente, hacían perder a Dean las esperanzas de encontrar refugio,  ya se veía al lado de un árbol, buscando implorando tregua a una guerra que se presentaba sin cuartel.

“No se le ocurra salir hoy señor, ¿Acaso no sabe que día es?, el Día de San Jorge, cuando las manecillas señalen la medianoche la maldad de los entes que moran en la oscuridad no conocerá limite”

Los ruegos de la dueña de la posada, una viuda cuyos hijos no habían vuelto de la guerra, resonaban en su cabeza. Le había instado a pasar esa noche con ella y sus huéspedes, pero Dean, conociendo el fanatismo religioso de aquella mujer y tras dejar unas monedas a modo de pago por una hospitalidad que denotaba un cariño maternal arrebatado por la llamada de la nación, se despidió dibujando una floritura con la mano.

A Dean le caía bien aquella viejecilla, no hacía preguntas, se limitaba a ofrecer comida caliente y un techo, pero creyó percibir miradas de recelo por parte de los demás huéspedes hacia la maleta que portaba, la cual hacia guiños dorados a la lumbre, por esta razón decidió no prolongar más su estancia, y proseguir su viaje sin mapa ni destino.

Tras hacerse a la idea de que su huésped partiría en esa negra noche, la posadera se santiguo varias veces antes de colocar un  crucifijo alrededor del cuello de Dean.

Apoteósico era la descripción que más se acercaba a aquel temporal que se había desatado en la mitad de la noche. La silueta de un imponente castillo se recortaba contra la luna llena, este hecho sacó a Dean de sus pensamientos, que se dirigió rápidamente al majestuoso portón, asombrado por su buena suerte, que no se correspondía para nada con sus actos. Llamó fuertemente, pasados unos segundos, apareció ante él un escuálido hombre, sintió su mirada atravesándolo, escrutando el fondo de su ser, y sin mediar palabra, se dio media vuelta y penetro en el lúgubre vestíbulo, invitándolo a entrar, una vez dentro, el afortunado viajero estaba ensimismado con los ricos adornos que custodiaban aquel enorme recibidor, su entrenada vista rápidamente percibió las riquezas que guardaba aquel viejo gigante de piedra.

Una corriente gélida anuncio la llegada del mayordomo, Dean se sobresalto, ni siquiera había notado su marcha, el hombrecillo tendió hacia él una muda limpia, y señalando a sus empapadas ropas, daba a entender sus intenciones.

Mientras se cambiaba, no se dio cuenta de los furtivos movimientos del mayordomo, que con un giro en apariencia descuidado se apropio del colgante, obsequio de la posadera.

Una vez acabados los preparativos, Dean siguió al hombrecillo, que con un candelabro lo guio por una infinidad de pasillos y escaleras hasta que se detuvieron frente a una  puerta de robusta madera, fue entonces cuando el portador de la mortecina luz señalo el picaporte y pronuncio la única palabra que Dean le oiría decir:

-Amo

Dicho esto desapareció entre las sombras y luces que arrojaban los relámpagos a través de los ventanales, lo único que se podía distinguir era la llama del candelabro, hasta que una fría brisa la extinguió.

 

La estancia parecía ser una biblioteca, donde había dos opulentas butacas, en una de ellos descansaba un hombre que debía rondar los sesenta años, su pelo ya carecía de color, al igual que el bigote, el anciano, que recibió al extraviado aventurero con una gran hospitalidad, y después de escuchar Dean relatarle como, al viajar hacia el norte, se había perdido en medio de la fuerte tormenta, le ofreció una copa para entrar en calor. Hablaron de muchas cosas, pero Dean estaba distraído, mirando un cuadro de grandes dimensiones, había algo en él que le llamaba la atención, el marco, ricamente adornado y ostentoso, parecía hecho de oro, aparentaba ser muy viejo, pero la pintura aparentaba ser nueva, el anfitrión se percató de la falta de atención de su huésped, y siguiendo su mirada, dijo:

“¿Le gusta el cuadro?, es un retrato de mi antepasado Daniel O´Craught, devenido sus maneras poco... ortodoxas, acumuló una gran riqueza, también estaba obsesionado con un cuerpo eternamente joven, él sostenía que la sangre era la esencia vital del ser humano, el verdadero “espíritu” y por eso la gente lo acusaba de vampiro, relacionándolo con una extrañas desapariciones de campesinos, por esta razón, los campesinos, una noche, asaltaron el castillo y le dieron muerte.

Este retrato fue pintado por un amigo suyo, y por petición expresa de Daniel, fue pintado usando como base para los colores su propia sangre, eso es, en mi opinión, es lo que le da esa sensación de estar "vivo", en fin, habladurías de la gente.”

En ese momento, en alguna iglesia cercana, sonaron doce campanadas, y el anfitrión sorprendido por el rápido paso de las horas, indicó a Dean el camino hacia el cuarto de invitados.

Presidia la estancia una elegante cama con dosel, fue debajo de ella donde el invitado oculto su maleta, en la que parecía ir su vida entera.

Esa noche, Dean no podía dormir, le parecía escuchar pasos acelerados cruzando el corredor, y junto con la tétrica atmosfera adornada por las plegarias de los lobos a la luna, creaban un cuadro dantesco, que hacía perder los estribos al ahora desafortunado viajero, que deseaba haberse resguardado bajo un árbol, cada poco, echaba una mirada furtiva al contenido de la maleta, y sonreía, una sonrisa propia de aquel que se ha despojado de su humanidad, que se ha entregado al instinto de supervivencia.

Hasta creyó notar cómo se movía el picaporte, pero poco a poco se sumió en una espiral de sombras, camaradas traicionados y botines.

A la mañana siguiente, la luz de la soleada mañana entraba por los ventanales, e iluminaba toda la biblioteca, podía verse como el anfitrión, subido a una escalera, limpiaba una mancha de la comisura de los labios del retrato, la mancha tenía un brillo carmesí muy peculiar.

 

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