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13 min
El Rey Zorzal
Suspense |
22.08.15
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Sinopsis

Félix atraviesa una carretera olvidada que lo llevará al pueblo donde murió su padre. Tiene la convicción que allí encontrará las respuestas que necesita. Horas antes ha recibido una extraña y hermosa pieza de ajedrez. Con ella despierta el poder de su memoria, y su mente se transforma en un laberinto. Todo parece un juego, una simple atracción de fin de semana. Pero la curiosidad tiene sus costos. El joven periodista se verá envuelto en una trama cuidadosamente elaborada. Será incriminado de asesinato en un pueblo casi abandonado donde la justicia no existe, y la ley es la del más fuerte. O el más inteligente.

Prólogo

 

Hacía años que vivía en Rosario y la vida de ciudad me agradaba. Eso mismo creía aquel sábado que desperté igual que siempre, sin ninguna motivación particular. Tenía sí la intención de repartir, como acostumbraba los fines de semana, algunos libros de poesía. Los compraba en una librería escondida en la calle Cuzco. No es que me sobrara el dinero o que tuviera necesidad de quedar bien con la gente, solo adopté esa costumbre por su originalidad. Tal vez ser creyente de la poesía impresa era una forma de rebeldía. Rescatar libros con olor a años de las desordenadas mesas de una desconocida librería, era un desafío minúsculo. En suma la actividad me entretenía unas buenas horas. Primero apartaba con cautela cada autor. Desconfiaba de los impostores. Luego apilaba y compraba. Finalmente elegía, casi al azar, a una persona. A veces era un amigo, un seguidor de Twitter o un extraño de la calle. Procuraba seleccionar personas que no leerían las hojas a menos que se las regalaran sorpresivamente. Pero aquel sábado no hice nada de eso. La pila de libros permaneció intacta hasta mi regreso.

En el autobús, cuando volvía de Ushuaia, ya sentía que algo había cambiado. Aunque solo fueron tres meses de viaje, yo sabía que era otra persona. Miraba por la ventana del colectivo con una nostalgia incomparable. Terminaba algo, aún no sabía qué. Ushuaia no había sido planeado, fue lo más espontáneo que se me ocurrió en muchos años. Me acuerdo que estaba de frente al departamento, con un bolso grande y una escopeta colgando del hombro; sólo tenía que tocar la puerta, sabía que abriría la gente que yo esperaba encontrar. Pero no lo hice. Me subí nuevamente al auto y sin parar, fui desprendiéndome de todas las cosas que llevaba. Pasaron tres meses y una vez más me encontraba frente a esa puerta, como en un punto muerto, pero esta vez casi sin nada, solo colgaba de mi mano una bolsa de nailon. En el intervalo entre mi partida y mi regreso perdí mucho peso. Trabajé desde cerrajero a diseñador, fui ayudante en una barcaza pesquera en San Antonio Oeste. Entonces ya no tenía el Senda, apenas fundió el motor lo vendí en un pueblo pasando La Pampa. Me despojé de todo. Solo retuve la llave y esa bolsa.

Todo empezó aquel sábado, sin conciencia exacta de lo que implicaba el viaje, ya estaba rumbo a Los Reartes, conduciendo en una ruta vacía. En algún momento me sentí un rebelde, uno de esos que escapan de las rutinas y horarios, un ser casi único, pues ya nadie tiene tiempo de ir hacia el pasado. Yo lo tenía y lo adoraba aun sabiendo que me haría daño. Ya en la carretera el viento me quitaba el ardor del sol y allí mismo desaparecían otras preocupaciones. ¿Qué podía hacer contra esa dulce libertad? ¡El no tener que pensar es tan parecido a la felicidad!

Creo que toda acción tiene motivos ocultos que nos es vedado entender. Ante este hecho, antaño, los griegos argumentaron que todo estaba unido por unos hilos invisibles. Arriesgo que eso vedado, implícito, constituye el hilo más fuerte. El destino, quizá pensaron los antiguos. Una fuerza superior a los hombres y a los mismos dioses. Para designar ese poder trascendental hay muchos otros nombres. Casi no hay religión que carezca de su propia forma de designar al destino. La política necesitó acabar con el mito de que todo está escrito para consagrar la importancia y la necesidad de ordenar. Paradójicamente, así nace la libertad. Yo no estoy convencido de nada de eso, mi libertad existe solo en pleno caos. Cuanto más me desprendo de las cosas y de las definiciones, más libre de elegir soy, menos limites tengo. Kierkegaard, el filósofo danés, supo decir que la vida se vive hacia adelante, pero se la comprende hacia atrás. Así que empezaré por el comienzo.

 

 

I

 

Sonó el timbre del departamento. Dejé el desayuno en la mesa y al ponerme de pie agarré una tostada con dulce de leche. De camino a la puerta, tomé el bolso de Vanina. El timbre se repitió. Cuando abrí, me saludó un hombre con gorra azul de Correo Argentino. Dio su saludo rutinario sin mirar y dijo que era una entrega especial. Me pidió un documento para corroborar la identidad. Le mostré el celular con lo que pedía y cliqueó "Ok" en su pantalla. Félix Agu Sosa. Firmé el comprobante de la entrega y entonces me dio una carta y una pequeña caja marrón. Volví al departamento con el entusiasmo propio de un niño en Navidad. Me senté en el sillón a inspeccionar el sobre. No conocía al remitente, provenía de la provincia de Córdoba, Valle de Calamuchita. Es extraño recibir correo en persona, extraño y motivador. Me dije, en tono estúpido, que una sorpresa era una linda manera de empezar el sábado. "Disfrutar el misterio de un reparto inesperado". Busqué en el escritorio una tijera. Abrí el sobre con cuidado. La carta era, a simple vista, un fraude. Una sola página, con solo dos oraciones y la firma. Decía así "La pieza te pertenece por su dueño pesimista. No confundas el brillo de la memoria con la luz de la verdad, aunque ésta no exista no debería el hombre renunciar a ella. Hugo Miguel Saar" El nombre no me resultaba familiar. Con el tiempo supe que para entender ambas oraciones haría falta mucha paciencia, la suficiente para desarmar una catedral quitando de un ladrillo por vez.

Abrí la caja negra. Adentro encontré una fina pieza de ajedrez, de unos diez centímetros de alto, hecha de mármol blanco. La corona  tenía detalles dorados. Pensé que sería bronce o una aleación de aspecto similar, no creí que fuera oro. Ante mí tenía una de las figuras más débiles y también más poderosas: el Rey. En la base de la pieza, se leía tallada en cursiva la palabra "Zorzal". Quise cambiar el café por un buen trago de whisky. Pero en vez de eso me dediqué a imaginar de dónde había salido esa magnífica pieza. Al terminar el café, tenía en mi mente una imagen de mi infancia: mi hermana y yo, en la cocina de la casa, jugando al ajedrez. Vilma siempre ganaba. Eso enojaba a mi padre. Él me enseñó movimientos secretos, aperturas que exigían fatigar la memoria en arduos entrenamientos. Quería que fuera un buen jugador. Pero yo sólo veía una complicada lucha de muñequitos. Se enfurecía cuando tomaba la derrota en broma. Colegas de su trabajo venían a jugar contra él. Eso decía mamá. Algunos pocos superaban su ataque italiano, en esos casos las partidas duraban un poco más de diez minutos. Esas ocasiones, muy escasas, eran terribles para su estado de ánimo. Se encerraba con el tablero a practicar variantes para engañar a su rival. Fue en una de esas situaciones que me escabullí hasta su estudio. Al principio no dijo nada sobre mi presencia, aunque yo sabía que al cruzar la puerta lo desobedecía. Él estaba abstraído en su juego. Cada unos ocho segundos movía una pieza del tablero. El ceño se le iba frunciendo progresivamente hasta que un puñado de ideas salía al campo de batalla. Yo no podía entender qué ocurría en las casillas blancas y negras, me dedicaba a mirar alternativamente la jugada y luego su cara. Finalmente, todo terminó con las piezas volando por el aire fuera del tablero. El puño de mi padre cayó dos veces más sobre la madera antes de frenarse del todo. "Ya lo tengo", dijo para sí mismo. Un peón había rebotado en el piso y estaba justo debajo del sofá. Por mi implacable silencio y quizás en agradecimiento a la iniciativa propia de alcanzarle el peón, me dejó permanecer una partida más. Con exactitud de autómata armó primero las filas de peones negros y luego ubicó las torres, los caballos, los alfiles, la dama y el rey. Repitió la operación con las fichas blancas. Apretó el reloj y avanzó dos casilleros un peón de ladera. A los tres minutos, las blancas desestabilizaban el medio antes dominado por negras y jugaban con clara ventaja. No terminó la partida. Solo entonces se dirigió a mí, con algunas preguntas sobre el juego: "¿has entendido lo que hice?" "¿viste cómo ocurrió?" No sé qué le dije, solo tengo presentes sus manos guardando las fichas de madera y sacando de otro cajón un tablero de mármol con las piezas ordenadas. Recuerdo el cariño de su mano izquierda apoyada sobre mi cabeza. Fue eligiendo las fichas, apretándolas con cuidado entre el pulgar y el índice. Me las mostraba como trofeos diminutos una a una, hasta llegar al Rey, momento en que se frenó y comenzó a explicar algo que pertenece al olvido, seguramente alguna clase de estrategia que tenía como objetivo elemental proteger a los peones.

"Esta pieza te pertenece por su dueño pesimista". Pesimista. Sí, podía serlo, era de hecho un rasgo esencial de su carácter. Decidí no discutirle autenticidad, a mí no se me hubiera ocurrido un adjetivo mejor. Él mismo utilizaba esa palabra para definir sus virtudes. Para él toda la voluntad de un hombre giraba en torno a cuánta desilusión tenía y cómo planeaba combatirla. El pesimismo no era un sinónimo de mediocridad sino una fuente inacabable de energía; "es un hacha con la cual partir las murallas de tus enemigos, atrás de eso, está la vida". Eso lo escribió en alguna de sus agendas. Según mi madre siempre profesó esa idea. Incluso en su trabajo de veterinario pagaba un alto precio por ser sincero respecto a su verdad. En casos delicados recomendaba más seguido acabar con el animal que operarlo. Nada provoca más indiferencia en las personas que quitarles las esperanzas. Aun así, amaba las utopías y vivía en consonancia con ellas, como si fueran posibles. Las peleas contra los críticos que lo difamaban no lo debilitaban, lo enriquecían. Podía decidir perfectamente si escuchaba a alguien o si era inútil hacerlo. En la medida en que la gente lo dejaba de lado, él se abría caminos en otros mundos imposibles. Espacios donde decía que el tiempo era su aliado: "no soy libre pero el tiempo empieza a ayudarme". En definitiva mi padre fue un misterio, una persona completamente indescifrable.

El Rey de mármol me producía una extraña sensación, similar a la que aparece cuando uno tiene que hacer algo importante por primera vez en su vida. Uno es consciente de que debe hacerlo, y aunque está preparado para la ocasión, no sabe realmente qué sucederá. Miedo, seguramente, pero no sólo eso. La pieza me pertenecía por herencia, pensé. ¿Y qué con eso? Mi padre había fallecido hacía casi diez años, y desde mucho antes no había sabido nada acerca de su vida. Su muerte no coincidía con su existencia. Había mucha distancia entre una y otra. A muchos les pasa. Una vida intensamente transcurrida, vivida activamente, y, en un momento, detenida por algún acontecimiento profundo; a partir de ahí, personas que caminan  como muertos pero sin serlo, como zombis. Sí, mi padre podía ser considerado así, hubo un antes y un después del divorcio. Eso creía yo.

Me concentré en la segunda oración. "No confundas el brillo de la memoria con la luz de la verdad, aunque ésta no exista no debería el hombre renunciar a ella. Hugo Miguel Saar." Pensé en la verdad como ideal y estuve de acuerdo con la idea que ese enunciado expresaba. Pero me detuve especialmente en el nombre. Aparentemente, nada había en él que lo vinculara a mi familia. Rastreé el nombre en google. Los resultados me sorprendieron, pues no esperaba encontrar a un asesino. En realidad, aparecieron los antecedentes de un asesino. La noticia era muy vieja, tenía cincuenta años de publicada. El titular era de los que acostumbraban usar antes, de esos que resumían toda la información en una oración: Hugo Miguel Saar condenado a cadena perpetua en Bower por homicidio culposo. Desde esa lectura una pregunta se instaló en mi cabeza. ¿Qué tenía que ver mi padre con ese tipo? El portal era de un periódico local del Valle de Calamuchita. Las últimas noticias fueron publicadas en 2017 e informaban del estado de las rutas y de los avances de los planes para reforestar Villa General Belgrano. Anteriores a esas aparecían las noticias de la explosión del embalse de Río Tercero. El portal había dejado de publicar en una situación de extrema necesidad de información. Unas cuantas búsquedas más me dieron un detalle no menor: Hugo Miguel Saar residía en el pueblo de Los Reartes. Mi familia tenía una cabaña abandonada en ese pueblo. Mi padre vivió su infancia y también sus últimos años en ese lugar. Ese rincón siempre estuvo poblado de sus secretos. Muchos cabos que se unían en algún punto. Casi sin conciencia de lo que hacía, me dispuse  a viajar hasta allá. Distaba unos 600 kilómetros más o menos, pero no lo dudé ni un momento. Buscaría a ese hombre, le mostraría su carta y hablaríamos acerca de mi padre. Ni mierda. Las cosas nunca suceden como las planeamos.

 

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