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14 min
El rincón de mi casa
Amor |
10.01.15
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Sinopsis

La calle en la que se encontraba la tienda de antigüedades costaba subirla.

La calle en la que se encontraba la tienda de antigüedades costaba subirla. Si se partía de la Iglesia del Carmen, había que ascender por un largo repecho que, en los últimos metros, era especialmente empinado. Una hilera de álamos acompañaba al viandante que se atrevía a remontar a pie semejante cuesta y, al llegar a lo alto del camino, el esfuerzo se veía recompensado con la visión de la tienda: “El rincón de mi casa”. Situada en la esquina entre dos calles, la enorme cristalera enmarcada en roble de su escaparate se divisaba desde el principio de la gran alameda. Era ésta la única tienda de antigüedades de la ciudad y su dueña, Clara, conocida incluso por los forasteros que acudían de la capital para hacerse con algún mueble, un cuadro o un libro que no se podía encontrar en ningún otro lugar.

Pero, durante muchos años, el anticuario no fue sino un local medio abandonado en el que nadie reparaba, ni tan siquiera los domingos, cuando la calle se llenaba de gente que paseaba tras la misa de las doce o se dirigía a la confitería de Doña Pura en busca de sus caprichitos de las ninfas, dulces rellenos de crema deleite de los más finos paladares. La tienda de antigüedades fue, en otros tiempos, una librería especializada en publicaciones de arte regentada por el abuelo de Clara, primero, y por su padre, después. A la muerte de éste, su única hija no quiso hacerse cargo de ella y, por ello, durante años fue la morada de aristocráticas arañas, roedores glotones y algún que otro felino vagabundo.

Clara dejó la ciudad dos veces; y dos veces, la ciudad la hizo regresar. La primera, partió rumbo a la universidad de la capital a estudiar Historia del Arte. En los años que estuvo fuera, no echó de menos nada ni a nadie de las calles que, mientras fue niña y adolescente, constituyeron su hogar; mas, al finalizar sus estudios, volvió y retomó la vida donde la había dejado. La segunda vez, marchó con la intención de no volver nunca más. Se alejó de su ciudad, de su casa y de su familia con el corazón destrozado prometiéndose a sí misma borrar de su memoria aquellos lugares tan amados, sin saber que los llevaba con ella. Ni siquiera la insistencia de su madre, cuando se acercaba la Navidad, la hacía volver y eran sus seres queridos los que habían de trasladarse a la capital si querían celebrar con ella las fiestas. Sólo regresó una vez en esos años cuando falleció su padre. Aún así, apenas la vio nadie. Llegó la noche anterior al entierro y, como un suspiro, no estuvo más que la mañana de la triste ceremonia y después de comer se subió al tren que la llevó de nuevo a la capital.

En la gran urbe, encontró un empleo como documentalista en una biblioteca. Pasaba las mañanas catalogando miles y miles de libros: sus mejores amigos durante meses. Muchos de ellos también la acompañaban por las tardes. Antes de salir del templo de las letras en el que trabajaba, pasaba largo rato recorriendo los anaqueles con la vista y acariciando los lomos de los volúmenes que los poblaban, mientras leía en voz baja sus títulos: "Jane Eyre", "Orgullo y Prejuicio", "Casa Desolada", "La montaña mágica"... Aquellos momentos, antes de decidirse por uno de los libros que la tentaban, podían haber sido los más placenteros del día si no fuera por el gozo con el que vivía las historias que se escondían entre las tapas de los tomos que, finalmente, elegía. Se sentaba en un sillón de la habitación de su casa que hacía de dormitorio y de salón, abría un libro y se dejaba transportar a otros países, a otras épocas, mientras, tras el cristal de su ventana, el mundo avanzaba en su eterno viaje. Por entonces, abandonó sus sueños de estudiante en los que se veía a sí misma dueña de una tienda de antigüedades. Le parecían ingenuas ilusiones de una niña que aún no ha crecido, quimeras inalcanzables.

Al año de llegar, empezó a compartir el despacho en la biblioteca con Pablo. Era éste un pelirrojo aspirante a escritor que la entretenía con las historias de fantasmas que, al estilo de Poe, inventaba. El joven documentalista la amaba sin esperanza casi desde la primera vez que ella entró en el despacho y le dirigió una sonrisa que parecía haber concebido en aquel momento para él. Aunque ella nunca le contó nada, sabía que el corazón de Clara estaba encerrado y que ella no le entregaría la llave por miedo a que volvieran a dañar los trocitos que aún le quedaban. Pero a él le bastaba con que le permitiese disfrutar de su compañía. Salían de la biblioteca los dos juntos al terminar la jornada y él la acompañaba en el camino que la conducía al portal de su casa. Clara no supo sino hasta dos años después del rodeo que tenía que dar Pablo para llegar a su casa, al otro lado de la ciudad. Con el paso del tiempo, la costumbre los hizo en amantes sin que se dieran cuenta de ello. Los sábados por la noche, la iba a recoger y cenaban en pequeños restaurantes después de ir al cine o al teatro. Acababan la noche uno en brazos del otro en la casa de Pablo hasta el domingo por la tarde cuando ella regresaba a su apartamento.

Clara veía pasar el tiempo dejándose querer. Alguna vez, sin embargo, los remordimientos le cosquilleaban la conciencia. Sentía que estaba engañando a la persona que más la había querido. Pero el temor a la oscura soledad le impedía romper con él. No se daba cuenta de que había hecho del pasado una prisión que no le permitía continuar con su vida; que recluida en el refugio de sus recuerdos, se negaba cualquier posibilidad de dicha; que el miedo a volver a sufrir se había transformado en temor a ser feliz. Estaba tan acostumbrada a vivir con la pérdida de su primer amor, que le daba miedo no saber hacerlo si se desprendía de su dolor.

Mientras tanto Pablo, antes de que el sueño fuera a buscarle, hacía trabajar a su cerebro tejiendo planes con los que sorprender a Clara. Conociendo cuánto le gustaba, se perdía en alguna librería de viejo y no salía de la tienda sino daba con una rara edición de algún libro de poemas; o rebuscaba en las almonedas y le compraba exquisitos objetos, que joyas eran para su joya más amada: una cajita de música, un peine de plata, un marco de fotos. Clara sentíase más y más abrumada por tantos regalos. Hubiera querido rechazarlos para no alentar vanas esperanzas en el corazón del joven, mas no se atrevía por temor a herirle; y, con el paso de los meses, aquella situación iba colmando su alma de tristeza y remordimientos.

Un domingo abrileño en el que estaban dando un largo paseo por las afueras de la gran ciudad, Pablo le pidió que se casara con él. No pretendía para sí un gran amor, sólo pedía que le dejara hacerla feliz. Él lo sería con sólo compartir su vida con ella, con sólo tenerla a su lado. Sorprendida por tan generoso ofrecimiento, no supo qué contestar. Le pidió tiempo para pensarlo que no era sino tiempo para encontrar la manera de decirle que no. Camino de su casa, un nuevo dolor se instaló en su espíritu. Era el miedo a perder a su único amigo. Hubiera querido apoyar la cabeza en su acogedor hombro y contárselo todo. Imaginaba cómo él pasaría la mano por su cabello y encontraría las palabras más tiernas, bálsamo para su dolorido corazón. Pero, ¿cómo hacerlo sin causarle dolor?, ¿y cómo renunciar a su único amigo?

Y fue la desprendida petición que le hizo Pablo o, más bien, los sentimientos contradictorios que tal petición le suscitaron los que la llevaron de vuelta a la ciudad de su niñez.

Hizo el viaje de regreso en tren. Sentada junto a la ventanilla, sus sentimientos jugaban con sus pensamientos como gatos a la caza del ratón. Cuando salió de la estación, era Pablo el que ocupaba su imaginación; pero, a medida que dejaba atrás pueblos y campos, llanuras y montañas, otro rostro iba pidiendo paso hasta expulsar de su mente cualquier otra cosa. Y, al apearse en su destino, volvió a ser la que en otro tiempo fue, como si los años transcurridos no hubiesen sido sino un insignificante sueño que se desvanece al despertar.

Durante días no salió de su casa por miedo de encontrarse con aquel que siempre amó. Su madre las primeras semanas no se daba cuenta del estado caviloso de Clara, tal era su contento por tenerla con ella. La seguía por la casa contándole mil y una anécdotas, mil y una historias ocurridas en la pequeña ciudad. Pero, con el paso del tiempo, Clara íbase marchitando como una rosa a la que no llega la luz del sol y su madre ya no pudo dejar de verlo.

Con el pretexto de la compra de una bobina de hilo color celeste que, según dijo, necesitaba con urgencia, la envió al otro extremo de la ciudad. Pensó que a Clara le vendría bien el paseo, que ver caras distintas le alegraría el ánimo. Y ella, de mala gana se dejó convencer.

El trayecto hasta la mercería fue un viaje por sus recuerdos; el reencuentro con su primer amor. En la esquina donde estuvo la tienda de caramelos, se dieron el primer beso a los dieciséis años; en el pub "El pájaro loco" se reunían los sábados con los demás de la pandilla; en la Plaza Mayor, bailaron una tras otras las canciones que cantó la orquesta contratada por el ayuntamiento durante las últimas fiestas en la que estuvieron juntos. Un gorrión posado en un castaño le recordó el amor que él sentía por los animales y unos niños con sus mochilas escolares, cómo se conocieron en el colegio. Vio con sorpresa que los recuerdos ya no le dolían como en otro tiempo, que su corazón estaba despidiéndose del ayer y, en lugar de la tristeza que durante años se apoderase de ella, una sensación de paz la empezaba a acompañar. Se estaba despidiendo del joven que amó y de la joven que fue y que, para su sorpresa, ya no era más que una desconocida.

Y, cuando más sorprendida estaba por la Clara que iba renaciendo, se encontró en la puerta de la vieja librería de su padre. Se sintió invadida por el deseo de entrar: aquel día de recuerdos, lo que quedaba de la pequeña librería la llevó a las tardes de verano, cuando ayudaba a su padre en la tienda. Fue él el que le inculcó el amor por los libros. Cogía uno de los anaqueles y, antes de abrirlo, le hacía pasar sus dedos por sus tapas, aspirar su aroma a papel nuevo, a la tinta recién salida de la imprenta, pasaba rápidamente sus páginas mientras el sonido de las hojas al perseguirse acariciaba sus oídos. Y, por último, el deleite de extasiarse en las ilustraciones de los bellos libros que entregaba más que vendía su padre: un ángel de cabellos ensortijados, una Madonna florentina, un caballero veronés... Y su favorito, "El matrimonio Arnolfini". Desde muy niña, se quedaba horas y horas contemplando los detalles escondidos por Van Eyck: los misterios del espejo que presidía la habitación, el rostro tímido de ella, la severidad de él. Y, mientras descubría tales detalles, dejaba que cada uno le contase una historia. Al evocar aquellos años, una ola de nostalgia irrumpió en su corazón. Quiso entrar, mas no pudo por no tener la llave de la puerta; pero se prometió volver al día siguiente.

De camino a casa, una idea iba abriéndose paso en su mente. Volvió a su imaginación el sueño de su juventud: abrir una tienda de antigüedades. Al pasar por la casa de él, se detuvo un momento. Dirigió su mirada hacia la ventana de su habitación antes de volver a emprender el camino. Ya sabía lo que iba a hacer. Sus pasos la llevaron hacia la Iglesia del Carmen. Junto a ella, había un puesto de flores. Compró un ramo de rosas blancas y dio la vuelta al templo. En su parte trasera, se encontraba el camposanto. Al abrir la verja, los goznes de hierro oxidado por los años chirriaron, pero Clara no oía más que los latidos de su corazón. Caminó despacio por el sendero de cipreses y sepulcros olvidados, como si temiese despertar a los que allí dormían. Y, al final del camino, se arrodilló al pie de una sepultura, rezó una plegaria y dejó en ella su presente.

No esperó a llegar a casa para llamar a Pablo desde su móvil. Su paciencia se vio puesta a prueba; la línea telefónica estaba ocupada. Al fin, tras unos minutos de anhelante espera, él atendió la llamada:

—Pablo, ¿te gustaría tener tiempo para escribir tu novela mientras yo me ocupo de una tienda de antigüedades? —preguntó con tal alegría por oír su voz que hasta ella se sorprendió.

***

... Pero yo no quería hablar de Clara, sino mostrarles mi anticuario favorito. Por favor, entremos. Al abrir la puerta, el sonido de una campanilla nos da la bienvenida y le indica a Clara la entrada de unos posibles clientes. El aroma de tiempos lejanos nos sale al paso. A la derecha, una alacena nos muestra su cargamento de plata envejecida. Una esbelta vinagrera junto a una panzuda tetera, cual Quijote y Sancho, parece mirarnos. Al fondo, una librería cuyos estantes abarrotados de libros de arte cualquiera diría que van a romperse de tan combados que están. Aquí y allá, una cómoda isabelina, una silla chippendale, un escritorio Luis XV, un baúl cuyas muescas en su tapa dicen mucho de los viajes realizados.

Cuando estamos más emocionados admirando tanta maravilla, nos aborda un niño pelirrojo de unos siete años.

—Buenos días —nos saluda con mucha educación —. Soy Pablo, el hijo de Clara. ¿Quieren que les enseñe algo en especial?

Y detrás, aparece Clara, que viene a atendernos. Sus ojos ya no están cubiertos por el velo de la melancolía; parecen haber adquirido una belleza que no recuerdo hubiera tenido antes. Y en un rincón de la tienda, Pablo, su marido, envuelve un paquete mientras conversa animadamente con unos clientes.
 

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Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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