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5 min
El Rostro
Drama |
27.04.15
  • 5
  • 1
  • 1200
Sinopsis

Bajo las estrellas.

Estaban acuchillados y ladeados sobre el suelo. Remarcados en la noche por colores desentonados y un olor dulzón que conocía demasiado bien. Habría sido obra de ladrones, pero lo culparían a él. Se le culparía aunque en ese caso fueran claras heridas de daga, como si acaso fuera el elegido para portar la guadaña invisible que a todos acecha. A todos. Obvió a su perpetua pena y repasó la terrible escena.

Él solía pasar por un bosquejo lleno de matorrales y árboles gruesos, imperceptible si se iba por el camino. Ese pequeño trozo de bosque apartado del principal quedaba oculto a la vista gracias al monte que se llevaba las miradas, por lo que resultaba para él una fortaleza de la naturaleza donde esconderse. Sólo los autóctonos de la zona sabían de ese lugar, y por eso mismo estarían allí los cuerpos. Habrían sido forzados o arrastrados, con intención de que fueran devorados los restos por lo que cuentan que habita en la zona.

Palabrerías.

Husmeó el aire y se sintió molesto. Repasó con las manos los cuerpos, rectos y duros. No llevaban nada salvo la ropa, lo que re-afirmaba la teoría. Se maravilló por los rostros desencajados, remarcado el blanco de los ojos entre las sombras. La fauna del entorno no tardaría en borrarles la expresión... fue que escuchó el llanto. Los muertos eran un hombre y una mujer, lo que llevó a la rápida deducción de qué era ese sonido. Se movió con calma una vez localizó la procedencia. Lo encontró en el suelo a cierta distancia.

Elevó en su regazo aquella carne temblorosa. Analizó al bebé de ojos claros y de piel brillante y tersa, rota su cara por sangre ajena y la necesidad de su naturaleza. No derramaba lágrimas, ronca su voz por culpa del dolor de insistir y por el frío. Por instinto lo meció. Pareció funcionar.

Repasó de nuevo los cuerpos y el alrededor, no hallando nada con lo que ayudar al pequeño, aunque éste pareció más calmado gracias al calor de su cuerpo. Juntos formaron una misma temperatura que agradecieron por igual. Él estaba acostumbrado a la indiferencia fría de la noche, y al ver el sufrimiento de la criatura recordó cómo sentir frío.

Miró a la distancia para evaluar qué hacer... notó las pequeñas manos tocando su barbilla. Lo miró y comprobó al niño un tanto alegre, bobo por el rostro de quien lo acogía. Las pequeñas manos se cansaron de tocar la abultada mandíbula y parecieron querer ir más arriba. Él acercó su cabeza y se dejó toquetear por la inocencia. El bebé pareció contento al comprobar qué tacto tenían los largos colmillos inferiores sobresaliendo de entre labios agrietados. Los dedos no tuvieron pudor ante el agujero como nariz, casi esquelética la fisonomía de esa zona. Los ojos eran pequeños y amargados, desgastados, emoción que el pequeño aún no entendía y que por ahora le parecería una muestra de juego. La piel era áspera, y el pelo de alambre. El niño apartó las manos cuando notó cómo pinchaba. Eso no le hizo desistir en descubrir más de aquel rostro de orejas puntiagudas y cuello robusto, cubierto de un bello fino y ralo como el de un perro afectado por lepra.

Él se limitó a suspirar.

Se le ocurrió acercarse al convento, donde los monjes sabrían qué hacer y rezar para el amparo de la criatura.

Fue cruzando la noche con el mismo temor que portaba e inspiraba. Atravesó las sombras como si fuesen una niebla, mirando de reojo a menudo. Él reconocía ser también un sanguinario cuando se le provocaba. Demasiadas veces, más de las que deseaba. Mató a tiempo un atisbo del pasado.

La silueta del edificio comenzó a intuirse. Le pareció escuchar las campanadas lejanas de la torre del pueblo. Debía ser cerca del amanecer, así lo olía. Su nariz se molestó cuando notó que el niño se había desprendido de sus residuos. Lo miró y lo apreció medio somnoliento, con el pulgar en la boca. No sintió nada malo, y eso le extrañó.

Llegó y dejó al bebé en el portal. Lo volvió a mirar y, cerciorándose que el niño dormía, golpeó la puerta. No sonó fuerte, en imitación a la fuerza de cualquier persona. Se alejó, parando un breve suspiro para mirar al bulto que abandonaba, alternada la vista otro instante con las estrellas que no brindarían nunca las respuestas.

Pasaron minutos antes de que la puerta del convento se abriese. Salieron un par de frailes temblorosos, para nada afectados por el frío:

–Era ello –la voz sonó débil como si temiera que lo escuchasen. Eso forzó a su compañero a acercarse–. No hay duda, y nos ha dejado a su bastardo...

–No es posible. ¿Por qué Dios permitiría que los demonios puedan reproducirse?

Cogieron al niño y lo notaron. Se lo vieron en su debilidad y en su olor, estaba cerca de la muerte que portaba aquella bestia.

–No hay alternativa. Debemos purgar y salvar lo que quede de este niño.

Los monjes realizaron un ritual en nombre de su señor y ahogaron al bebé con una de las almohadas rellenas de paja. Fue enterrado en el bosquejo que se halla detrás del monte.

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