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8 min
El sacrificio de Andrea
Drama |
05.05.14
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Sinopsis

Este relato erótico se lo dedico a Andrea Martínez Dietrich, una compañera de rasgos germánicos, que sólo nos acompañó un año, el último de la secundaria, por lo que dondequiera que se encuentre le mando un cordial saludo y si lo llega a leer y se siente aludida y me reconoce entre mis letras, espero que lo tome con visión literaria y no me maldiga a la distancia jaja.

Hola, mi nombre es Andrea, y actualmente, merced a mi padre que es pintor de paisajes y por ende tiene algo de hippi y errante, llevo cursando el último año de la secundaria en una ciudad al norte de mi país. Yo no me parezco en nada a mi padre, por lo que deduzco que todos mis atributos físicos ---piel sonrosada, ojos azules, cabello rubio, espigada, delgada y de contornos y relieves muy femeninos--- se los debo a mi madre, que según mi padre fue una turista alemana que días después de darme a luz murió. Habrán notado la categoría de "atributos" que di a mis cualidades físicas, mas no ha sido por sentimientos de vanidad, sino porque desde que tengo uso de razón siempre he visto posarse en mí las miradas lujuriosas de todo hombre, sin distinción de edad, así mismo las de envidia de las chicas. Ahora, si de murmuraciones varoniles se trata, he sido blanco de todos los inimaginables tipos, desde discretas hasta las más descaradas.

Siempre fui conciente de lo mucho que influía mi presencia, sin importar dónde y en qué circunstancias me hallara, en todo lo que me rodeaba, de especial forma en los varones; pero no es hasta esta edad en que lo he considerado con seriedad y ha despertado en mí una tendencia altruista que desconocía. Todos los chicos de mi clase, sin excepción, buscaban la forma de verse inmiscuidos hasta en mis más triviales asuntos. Como en todo lugar, los había tímidos y otros más desenvueltos. Unos solo se conformaban con contemplarme desde lejos, y los otros pugnaban por sentarse cerca de mí, o me preguntaban la hora, o se esforzaban por parecer graciosos, o quizá presumiendo de sus propinas cuando me disponía a comprar en el quiosco. Solo tres chicos trataron de ir más lejos y eran los de familia más acomodada. Me prestaban sus libros, me conversaban en la hora de receso, e incluso uno de ellos, hijo de un reconocido médico, me invitó a salir. Lo que no sospechaban era lo aburridores, inmaduros y banales que me parecían sus requiebros, y ellos mismos. En fin, todo lo toleraba, todo menos una cosa, tal vez la más insufrible, la forma en que se habían ensañado con José Manuel, "Pepe".

Este era un chico de baja estatura, piel trigueña, cabello hirsuto, sus rasgos faciales recordaban los de las tribus amazónicas, y sus ojos, siempre furtivos a los míos, eran de una marcada timidez. Una vez, por mostrarme solidaria, le pregunté dónde vivía, a qué se dedicaban sus padres, pero solo atinó a sonreír y bajar la mirada. Un día, cuando el profesor aún no venía, empezaron a acosarlo debido a un escrito que hallaron en su cuaderno. Uno dijo: "Uhh...Pepe está enamorado...y no saben de quién...jajaja" Otro: "Lo que no sabe es que a ella no le gustan los aguarunas...jajaja" Un tercero: "Ni mucho menos los indios feos...jajaja" Y un cuarto, entre risas burlonas, mientras los otros sujetaban a Pepe que quería a como dé lugar impedirlo, se acercó y me entregó el papel. Todos quedaron viéndome, esperando que lo leyera, pero no poca fue su sorpresa cuando sin leerlo lo hice trizas y lo boté. Sentí lástima por él y un inmenso repudio por todos los demás, y ambos sentimientos repercutieron en mí de tal manera que no dudé poner en ejecución lo que días atrás ya había concebido, mi venganza y sacrificio.

Al día siguiente, cuando hubo sonado el timbre de receso, esperé a que todos salieran, y cuando Pepe hacía lo propio, lo detuve por el hombro. Luego me cercioré de que todos hubieran bajado y nadie estuviera por el pasadizo. Hecho esto, lo conduje de regreso al salón y cerré la puerta. Pepe, que en el interín no había dicho nada y solo me miraba, se puso de mil colores cuando me desnudé. Le dije que me disculpara por haber roto su carta y que no encontraba mejor forma de resarcirlo. Al no recibir respuesta le dije que se desnudara él también, que no teníamos todo el tiempo. Creo que en vez de estimularlo lo inhibí más, así que yo misma tuve que hacerlo. Ya desnudos, y viéndolo tan rígido, me le acerqué y cogiéndole con ambas manos la cabeza restregué su cara en mis senos, que justo era hasta donde alcanzaba su talla. Él, no atinaba a nada, solo a retirarlo muy avergonzado. Cogí una silla y lo senté. Su pene estaba erecto. Le puse el preservativo que en la víspera me había agenciado, y me senté a su vez encima de él. Poco a poco, con mi cabalgar y mis afectados gemidos, aunque apagados para no ser oída, fue adquiriendo más confianza. Con todo, logré sentir unas manos que vacilaban por tocar mi cintura, siguiendo el ritmo, y unos indecisos labios que se posaban en mis pechos en un supremo intento por darse apariencia de besos. Antes de que se viniera, ello guiándome por su semblante, y segura de que ya había adquirido la necesaria confianza, me incorporé y me recosté sobre el pupitre. Abrí mis muslos en acogedora bienvenida y dejé al descubierto y en tan vulnerable postura mi rubio sexo. Él, aguijoneado por el espectáculo de ensueño que veía, no se hizo de rogar y se me echó encima. Así como estábamos, yo en el pupitre y él sobre mí y con la punta de los pies en el piso, a duras penas alcanzaba mis pechos, pero como curado de la enfermedad timidez, no solo las besaba sino que su boca era ya una irrefrenable revolución de lamidos y mordizcos. Yo por mi parte sólo fingía goce, y con eso aumentaba la de él, porque justamente ello era una de mis consignas, y como se explica, jamás iba a hacer algo que atentara contra ese fin. Mientras eso ocurría sentía su desesperada acometida pélvica, y a pesar de que no pronunciaba palabra alguna, tampoco le era necesario, pues sus desorbitados ojos se arrogaban esa facultad y emitían como una súplica gratificante, unas infinitas gracias por el bien que le hacía.

Pasaban los días, y siempre era testiga del mismo proceder de mis compañeros para con Pepe, pero aunque se burlaban de su condición étnica, de sus rasgos faciales y se aprovechaban de su humildad, eso ya poco lo humillaba. Se sentía más seguro de sí mismo, lo podía percibir por ciertos aires de orgullo que coronaban sus gestos, también creí notar brotes de impulsos ofensivos para con sus agresores. Todo ello era bueno y me confortaba. Me consolaba saber que mi sacrificio no había sido en vano y ya daba sus frutos.

Hasta aquí mi historia. Hoy es sábado y estoy en mi casa. Es doce de noviembre del año corriente (2002) y si veo mi reloj son las diez de la mañana menos quince, la hora del receso, la hora en que cinco meses atrás sacrifiqué mi virginidad por una buena causa. Con Pepe no he vuelto a hablar. Fui clara cuando le di a entender que había sido locura del momento y que todo moría donde nacía. En cuanto a mi sacrificio diré que tenía dos propósitos. El primero ya lo dejé entrever, que era el de dar a Pepe temple y seguridad consigo mismo, y aunque pausadamente, este seguía próspero curso. El segundo propósito no lo veré consumado sino hasta dentro de unos días, cuando culminada la secundaria, mi padre y yo busquemos otro paradero, según los caprichos de su lienzo; pero esto, no sin antes haber enviado a todos los correos electrónicos de mis compañeros, la prueba fidedigna e inapelable, reivindicación absoluta de uno y envidia insufrible de los otros: el video que grabé en aquel entonces y que nos inmortalizará a Pepe y a mí, y a mi sacrificio. Adiós.

 

                                                            ***************

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