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9 min
El Saldo Cero ( 1ª Parte)
Reflexiones |
17.06.17
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Sinopsis

Reflexiones y recuerdos de un viejo y solitario multimillonario.

EL SALDO CERO

 

En realidad, al principio, las diferencias entre los dos no eran demasiadas. Y las que existían, al menos, no eran muy notables.

Él era tan sólo un año mayor que yo. Salimos del vientre de nuestra madre prácticamente con idéntico peso. Y nuestro aspecto físico era muy similar. Pudimos pasar en más de una ocasión por hermanos gemelos.

Nuestro carácter también era muy parecido. Tercos como mulas, ambiciosos, y trabajadores como pocos. Y eso que los inicios fueron realmente duros, en más de una ocasión incluso humillantes.

Con apenas catorce años nos pagaban dos pesetas por un día entero cargando estiércol en un carro enorme. Tendría usted que ver en qué condiciones. El olor a mierda se nos metía hasta el tuétano. Vamos, que no se nos acercaba nadie en dos kilómetros a las redonda. El caso es que como le digo lo hacíamos por dos pesetas cada uno, pero en casa entregábamos tres pesetas, y nos guardábamos una para los dos. Y nos la guardábamos de veras, a espaldas de nuestros padres, a los que veíamos como dos indolentes, dos personas bastante incapaces.

Si , si. Así lo veíamos. Se pasaban la vida rumiando su desgracia, echando la culpa de todo a un mundo que no les daba oportunidades. Tampoco se las buscaban. Lo único que buscaban por parte de él eran las botellas de vino, y por parte de ella el cobijo de una Iglesia, cobijo que buscaba con tanta frecuencia que  más tarde, y con la experiencia de los años, juzgamos casi hasta sospechoso… Dios la tenga en su gloria…

En cuanto nos vieron cierta capacidad física para el trabajo nos enviaban  a la calle a los dos para buscarnos la vida, y de paso, claro, buscársela a ellos. Tanto mi hermano como yo los considerábamos dos fracasados, que Dios nos perdone, pero aún ahora, en que ya hace décadas que han muerto, sigo pensando igual.

Claro que sí. Aún con eso los queríamos. ¿ Qué hijo no quiere a sus padres? Por eso cuando gracias a nuestro esfuerzo y determinación el dinero dejó de ser un problema siempre nos aseguramos que no les faltara de nada, salvo quizá nuestra presencia y compañía. Una vez en la edad adulta los vimos muy poco. Mi hermano por la clase de vida que llevó después, y yo…Bueno. Tenía asuntos más urgentes que atender. Y como le dije antes, aunque los quería, no sentía que debía devolverles el cariño que ellos jamás nos dispensaron a nosotros.

Fíjese. Ahora en estos momentos lo veo más claro. Mi relación con ellos fue la que forjó mi carácter, y al principio también el de mi hermano. La indolencia de nuestros padres, su mediocridad, su dejadez…No  íbamos a ser como ellos. Nosotros trabajamos más duro que nadie, luchamos, arriesgamos, y finalmente ganamos. Con apenas veinticinco años ya hacía siete que habíamos abandonado la casa familiar, si es que se la podía llamar así. Éramos dueños de una compañía con un crecimiento asombroso, que es la razón por la que usted se está interesando por  mi vida. Nuestros ingresos pasaron a ser millonarios.¡ Qué emoción la primera vez que pude ver un ingreso de un millón! El primero de tantos…

Jóvenes, guapos, y ahora ricos. ¿ Usted qué cree? Todo lo demás fue muy fácil. Fiestas, coches, mujeres, vicios… Fue una época muy loca. Eso sí. Nunca descuidamos el hecho de que lo primero de todo era la compañía, y que para seguir creciendo teníamos que seguir trabajando duro. Todo el jolgorio para el fin de semana.

Y es que la compañía nos empezó a superar en muchos aspectos. Decidimos formarnos. Nos pusimos de acuerdo. Mi hermano la rama del derecho. ¡ Y que gran jurista llegó a ser! Aunque no lo utilizó como yo pensaba… Yo me ocuparía de las finanzas, y si me permite decirlo, tampoco se me dio nada mal. Éramos brillantes. Y nuestro orgullo y ego crecía exponencialmente en paralelo a nuestra fortuna. Al menos hablo por mí.

No. No seríamos como mis padres.

 

No pasó demasiado tiempo hasta que la compañía comenzó a cotizar en Bolsa. Por supuesto ambos éramos los máximos accionistas, y presidíamos el consejo de administración.

Figúrese usted. Dos treintañeros presidiendo una de las compañías más pujantes del país.        ¿ Qué más se podía pedir? Como ya le dije antes todo era fácil. Pero fue en ese momento, en el momento culmen de nuestras vidas cuando apareció ella. Es irónico. Su nombre a mi hermano le venía al pelo. Ángela. Para mí la opinión era muy distinta.

Creo que la conoció en una presentación relacionada con la compañía. Ella le hizo unas cuantas preguntas. Sí. Así es. Era periodista. Como usted.

Le voy a confesar algo, y usted me va a perdonar. Reconozco que no me gustan ustedes los periodistas. Son personas con demasiado poder. ¿ Se ríe usted? ¿ Le parece que una pluma y un papel no pueden ser un arma poderosa? Le aseguro que sí. Quizá la más poderosa. Por eso tienen tanta responsabilidad. Me sorprende que no sea consciente de ello. Y me preocupa… En fin. Además suelen ser gente con un don innato para la curiosidad. Sí. Así son ustedes. Pues bien, Ángela también era así. Y creo que en parte eso fue lo que deslumbró a mi hermano, y lo que hizo que su vida cogiera otro camino. Nunca más volvimos a caminar por el mismo. Ella era guapa, lo reconozco. Bellas facciones, ojos verdes, cabello largo y moreno…Pero no me parecía nada que no tuviéramos a docenas todos los fines de semana. De hecho teníamos acceso fácil a muchas mujeres muy superiores en cuanto a belleza física. Auténticas modelos.

Cuando me la presentó y luego la fui conociendo más, mi entendimiento se alejaba más del de mi hermano. Él cada vez más atolondrado con ella, y yo , por el contrario, cada vez más incómodo con su presencia.

Y la razón no era otra; ahora no me da miedo reconocerlo, que me daba cuenta que aquella chica era más inteligente que nosotros. Entiéndame. Las mujeres con  las que yo me relacionaba eran mujeres listas, a mí nunca me gustaron los floreros con los que no pudieras tener una conversación medianamente coherente. Pero eran listas en otros sentidos.  Ángela era otra cosa. Estaba muy por encima. Me hacía sentir muy pequeñito cuando hablaba con ella. Yo con toda mi fortuna, mi prestigio, mi resolución… Me sentía muy por debajo de ella. Y yo odiaba esa sensación.

No tardó en ser muy crítica con nuestra forma de entender la vida. La juzgaba en el fondo vacía. Entendía que nuestros continuos alardes de riqueza no buscaban más que la forma de restañar viejas heridas o carencias que no éramos capaces de aceptar. Ya ve. La chica nos hacía de psicoanalista de tres al cuarto. Al menos así pensaba yo en aquel momento. Si me ha entendido bien lo que le he contado hasta ahora, habrá comprendido que ahora doy la razón a todo lo que nos decía. Ironías de la vida supongo.

Pero entiéndame. Yo no me había enamorado de ella. Mi concepción del amor siempre fue un poco más, digamos, práctico. Sin embargo mi hermano…

En muy poco tiempo al lado de Ángela comenzó a dejar “las buenas costumbres”. Las juergas fue lo primero que comenzó a espaciar. Cada vez más tiempo con ella y menos conmigo.

Disculpe si se me escapa una sonrisa. Me viene el recuerdo de uno de aquellos momentos, de aquellos días vamos…Me parece que fue la última fiesta con la “jet set” a la que acudió junto a mí. Bueno, en fin… Para qué más detalles. Mucho alcohol, mujeres sofisticadas y de gustos caros…

Yo ya había hecho migas con dos “bellezones” húngaras. Y no podía dejar de compartir con mi querido hermano tan feliz encuentro. Le presenté a una de ellas, y le sugerí que quizá le gustaría conocer más a fondo a mi hermano.

Ante mi asombro mi hermano me interrumpió. Se limitó a disculparse y a decir que no estaba interesado. Alucinado, me fui a hablar con él aparte.

-¿Qué coño te pasa? –Le dije.

-¿No sabes que ahora tengo pareja o qué?- Me contestó indignado.

-¡Venga ya! ¡ Y qué más da! Una cosa es el amor, y otra cosa es esto. No se va a enterar. – Le espeté alegremente. Pero su semblante seguía siendo serio.

- Esta vez no, hermano. Eso se acabó. Dos para ti solo.- Se limitó a decirme.

-¿Pero me vas a decir que siempre vas a estar sólo con la misma? ¿ Es que no te cansas?- Me burlé. Él sólo me miró, y le juro que en aquel momento noté condescendencia hacia mí. Manda narices. Y luego soltó la lindeza que aún me hace sonreír.

- ¿ Te cansas tú de ver la Luna en el cielo? Siempre es la misma, ni siquiera cambia su cara visible. Y sin embargo estés donde estés, si miras al cielo nocturno y ves la luna, sabes que ese cielo es ahora más hermoso. – Y así, sin ponerse ni colorado, se marchó.

Me quedé boquiabierto. Me pareció la gilipollez más cursi que había oído en mi vida. Lo que me quedó bien claro es que aquel ya no era mi hermano, tal y como lo había conocido siempre.

¿ Las dos húngaras? Bueno… Tengo vagos recuerdos. El alcohol me dio una noche más movida que ellas. Se lo aseguro.

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