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5 min
El Saldo Cero ( 4ª Parte)
Reflexiones |
23.06.17
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Sinopsis

Reflexiones y recuerdos de un viejo y solitario multimillonario.

 

Efectivamente viajé a Valparaíso, y una vez allí, y después de largos años, pude ver a mi ya viejo hermano. Los dos rondábamos ya los setenta años, de los cuales habíamos pasado los últimos treinta sin vernos en persona. Él vivía en una sencilla casita cerca de la ciudad de Valparaíso; ciudad preciosa por cierto. Se asentaba justo al lado de una hermosa y apacible playa.

Allí conocí a mis sobrinos, a los que como supondrá nunca había visto. Ellos los visitaban en su casa constantemente. No noté en su mirada hacia mí, ni en sus palabras reproche alguno. Y nunca me pidieron nada aún a sabiendas que su padre había sido el cofundador de la compañía. Se ganaban bien la vida, aunque no eran ricos como yo y mis hijos.

Estuve alrededor de dos semanas en aquella casa, conviviendo con ellos, y disfrutando de su compañía. Y fíjese usted que digo disfrutando. Porque en aquellos quince días pude reír, tener buenas conversaciones, pasear, y en definitiva sentirme parte de una familia real por primera vez en mi ya larga vida, consiguiendo que mis pensamientos se aislaran por completo de los negocios, que siempre fueron mi prioridad absoluta.

En todo el tiempo que estuve en la casa nadie me habló de la enfermedad de mi hermano; y él menos que nadie, así que llegué a pensar que todo era un estratagema de Ángela, bendita estratagema por otra parte, para conseguir que al fin nos reuniéramos los dos hermanos.

No era así. El último día, mientras volvía a  hacer las maletas para mi regreso al día siguiente, y barruntaba por vez primera en mi vida, las pocas ganas que tenía de volver a mi despacho, mi hermano entró en la pequeña pero acogedora habitación y me invitó a pasear por la playa.

Un largo paseo y una larga conversación de la que le contaré sólo lo más importante. Durante ese paseo pude sentir que volvía a la esencia de la relación con mi hermano. Nos miramos y nos hablamos con franqueza, como siempre, pero también con la complicidad de los primeros años.

Y así fue. Allí me lo dijo sin ningún rodeo.

-Me muero hermano.- Aunque yo lo sabía no pude reprimir un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo.

-Lo sé. Por eso estoy aquí. Pero dime. ¿Sabes cuánto tiempo…?- No pude completar la pregunta. Él me sonrió y me dijo:

-No te tortures con eso. Yo no lo hago. Pero por desgracia te puedo decir que esta será la última vez que charlaremos en este mundo a solas. Mañana te tienes que ir. Y no habrá tiempo ya para una segunda charla. Por eso era tan importante para mí. – Me respondió sonriéndome y poniéndome la mano en el hombro. Yo estaba entre perplejo por su entereza y roto por el dolor por ser plenamente consciente de que se agotaba un tiempo que ahora me hubiera gustado volver a  tener.

- Ven, acompáñame. – Le seguí y me llevó a un pequeño promontorio desde donde se dominaba toda la playa y la línea del horizonte del mar. Desde allí se contemplaba un bellísimo ocaso, lo que me parecía en aquel momento un signo claro del momento por el que pasaba mi hermano. Él me siguió hablando.

- Elegimos este lugar para pasar nuestros últimos años en parte por esto. Las mejores puestas de sol están en las costas que miran al oeste, te lo aseguro. Hay que ver como el sol se esconde directamente. Ángela y yo hemos recorrido los cinco continentes, hemos ayudado a mucha gente a tener una vida más digna. Y este lugar es un buen regalo para nuestro descanso. Me voy a enterrar aquí hermano. Cada día hemos venido a sentarnos aquí y ver como se esconde el sol. Es un lujo, te lo aseguro. Un lujazo…

He sido y soy inmensamente feliz. Por eso no tengo miedo a lo que va a pasar. Forma parte de la vida misma. Y ahora aún menos, pues si tenía algún miedo; era irme de este mundo sin despedirme de ti, y en paz. Tú que fuiste el referente del primer tercio de mi vida. Y aquí estás. Junto a mí. En mi lugar en el mundo. Ya me puedo ir totalmente tranquilo. – Me dijo con total calma.

Yo me sentía angustiado y sólo me salió decirle:

-Yo… Siento tanto que no hubiera sido de otra manera… Ojalá nos hubiéramos visto más.

-No te disculpes.- Dijo levantando la mano. – En realidad siempre has estado muy presente allí donde he estado. Siempre en mi cabeza. En cualquier parte del mundo.

- Háblame de ello. Quiero saber las cosas que has hecho. – me salió decirle. Y me salió de corazón. Pues de pronto deseé saber cómo había sido tan feliz. Y tenga por seguro que esta vez le escuché con toda mi atención. Y lo más sorprendente es que me maravillé y también me tranquilicé.

¿Cómo acabó? Pues con un largo y sentido abrazo a solas de dos hombres ya ancianos. Al día siguiente tuve que volver a casa, que aunque era muchísimo más lujosa que la de Valparaíso, se me tornaba muchísimo menos acogedora.

No. Por supuesto. Él no hablaba por hablar. No pasó mucho tiempo. Aproximadamente un mes más tarde tan sólo, volví a coger otro vuelo hacia Chile. Había muerto sin dolor, con cuidados paliativos  y bien rodeado de los suyos.

 

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